martes, 24 de septiembre de 2013

Todos vuelvan

Un pedazo de masa se desarrolla en mi garganta. Está a mitad de camino entre lo que quiero decir, lo que me he fumado y masticado en estos días y en todos estos años, un año nuevo marcado por la ausencia de gracia, y la gracia que todolo entrega. Las cosas que soban y las que se meten en la casa, todos estos juegos de llaves metidas en argollas que evocan los pañuelos de todas mis primas y de las abuelas, un tejido de algodón color de rosa, de azúcar, Lucía y Julieta. Esos nombres juntos para siempre en la ciudad de Babel, donde todos se encuentran entre las distintas palabras y músicas, conociendo todos los lenguajes al mismo tiempo, bibliotecas vivas de mambo y música de los noventas, la década en la que nuestros amigos nacieron a las trompetas subtropicales, las moléculas subatómicas, los comportamientos de las distintas sales, de todo el plomo que nos comimos alrededor de nuestros combustibles y nuestros vehículos, todo este humo quemadándose y nadie que sepa cómo se cierra la canilla del gas, dónde carajos quedó sepultada bajo todo este cemento. Una tira, una historieta enorme de palabras que dibujan las imágenes de un circo de mujeres pequeñas con grandes pectorales, la lengua lastimada y un poco de saliva en las heridas, la miel del cuerpo inerte, de todo lo que se le pega cuando escuchamos las sirenas y tienen dientes y escamas como plumas, tener semillas y regalarlas, lentejas en cuencos tirando raíces porque están cargadas de un jugo blanco y si tomaras un vaso de eso tal vez podrías morir con sólo, apenas, tocarlo con tus papilas. Como una púa de vida en la punta del cuchillo, una manifestación del veneno que concentra los poderes creativos, la potencia del oscuro y la del blanco, la luz infrarroja que quema los negros. Juegos continuos de colores y texturas desfilan ante nuestros cerebros llenos, hay algo de panfleto, de lo que entre todos dicen, eso que se data comoformando filas o pilas, cadenas enteras de manifiestos estares, qué postura ante la máquina como tirada en el suelo, con el pelo largo y despeinado en el living de tu casa o de la casa de tus viejos, la casa vieja en la que estaban esas personas sentadas en el patio al fondo de un pasillo de ladrillo visto sobre el que trepan los tallos de hiedra. Me voy a ir a dar un baño, como para dar otra vuelta.
Aquí volví, dicen en provincia.
Vino un chico a la pieza y me sirvió más cerveza. Es martes a la noche. Volví de la Casa 13, fumé marihuana y tuve miedo de la cana, me puse una gorra y los tacos fluorescentes. Hay un cienpiés en mi cabeza, no es de goma ni de seda, su larga cola gris se asemeja a la de una muñeca sin cabeza.
A mí también me duele el pecho, no me duele diario, pero puedo sentir como se afilan mis huesos, sus puntas se proyectan hacia la enormidad de mi vaso de cerveza. Los 30 se celebran. Al gato le gusta que yo juegue con los dedos, que peguen sobre el tapete, su cola se mueve y los bigotes se le hacen para adelante como antenas, hace una mueca. Tal vez vuelva.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Carta a los muertos I

Si están ahí y pueden escucharme, aquí es donde podrán encontrarme. He apagado las luces y encendido las velas, el único fuego que nunca me ha traicionado. Afuera las personas chocan en sus vehículos y un par de individuos discuten aún, a gritos, desde la noche anterior a ésta.
Me colgué y pensé que hoy ya había pasado y que era mañana, aunque ya es ese mañana del que ahora hablo, al menos aquí en la tierra de los hombres de cuero. Estamos bien, aunque un poco apretados dentro de nosotros mismos. La piel sólo se estira en la medida que podemos alimentarnos en exceso y suele ser poco sentador además de malo para la salud y tampoco ayuda mucho a acomodarse del todo; entre más espacio se ocupa menos capacidad de movimiento resulta de ello.
Ayer lloré por ustedes. Lloré por mí, porque los extrañaba y por las cosas que se fueron.


martes, 20 de agosto de 2013

Diario de Casa 13, Cinética de la percepción

Qué suerte que tengo de que exista el lugar común, el rincón quieto, el sitio donde podramos hallar un refugio cuando tengamos frío, hambre, miedo o no tengamos dinero. ¿Cuánto cuesta un día más de estar vivo? ¿Cuánto es lo que dices que te debo? ¿Cuándo te cansarás de enumerar todo lo que me es ajeno?
El living quedó limpio. Por mi parte hay una pieza lista, son paquetes rellenos de folletos instrascendentes; no estoy diciendo que lo que anuncian no hubiera tenido importancia, sólo su información ahora, tras el paso del tiempo, pareciera que todo lo que dicen ya lo sabemos.

Encontré muchas revistas y la colección completa del poemario Troquel, un libro enorme, lo dejé sobre la mesa del living, quizá lo tenga que volver a meter al mueble.
Después de mirar todos esos folletos, catálogos, propagandas, invitaciones, quedé descompuesta. La información cuando la obra està ausente es sólo el ego que queda, incluso algunas impresiones con fotos de obra plástica, las rescata su estampa, una imagen que podría tomar otro lugar humilde, un lugar gustoso en alguna otra parte. Si no, podría hacerse un muestrario, sobres llenos de reproducciones, practicar el arte del reciclado.
Es por eso que éste es un proyecto a largo plazo, porque hoy nada más me quedan ganas de llenar este diario.
Habrá que ver qué queda al final, hacer con ello un collage, un encuadernado. Por suerte los pibes tienen pilas. Creemos con certeza que es este y no otro nuestro trabajo.
El comedor está muy despelotado pero algunas cosas ya tienen su espacio, ojalà todos corrièramos con la misma suerte, ojalá el mundo no sea un lugar definitivo.
Deseo el vacío.

domingo, 21 de octubre de 2012

Pájaro que brilla, teatro.

Aquí se puede leer online o descargar la versión original de la obra de teatro Pájaro que brilla, que fue estrenada en el Teatro La Luna, en la ciudad de Córdoba, Argentina, en agosto del 2011.





El video arriba es el trabajo que hizo Ivana Iudicello para Pájaro que brilla. Éste -junto con algunas modificaciones del guión en las que el pájaro no se comportaba como un tarado (cual figura en el archivo de Scribd)- ensamblaban el final de la obra como se llevó a escena.

jueves, 4 de octubre de 2012

Tracción

No poder dormir sin esa voz callada. No saber qué hacer para conseguir olvidarle.
La mañana pide abrigo y despojo. Una suma de café y amargura de la que ya se conoce el sabor y no es rancio, todavía, aunque uno pensara que podría ser así. Ella ya no baila y fuma sin querer, ahuyenta a los insectos para que no molesten un sueño que no se ha concretado. El descanso o la muerte llegarán un día y, si la fortuna continúa de su lado para entonces, no ha de tardar mucho en acercársele.
Golpea la soga en el patio, con pesadumbre. Arrea delgados caballos que cansan la vista como para dejar de verlos. No quisiera encontrar sus costillas sosteniendo el cuero sarnoso, maravillan los cascos que aún truenan y trinan metalizando la espera. Que el asfalto vuelva a hacerse tierra, claman, que el brío vuelva y el brillo herrado enrojezca; también espera.
Un hombre pasa y vende tierra. La mujer es grande y olvidó sus anteojos. No puede trabajar, así que se excusa y regresa a casa buscándolos. Cuesta hallar lo que sea sin poder enfocar correctamente la vista. El hombre es ya viejo. Lee una novela sobre los recuerdos de infancia de otro hombre ahora también muerto. Estaría haciendo otra cosa de saber que la oscuridad está vacía y tibia aún de la piel desprendida de alma que yacía boca abajo cuando las horas no amanecían todavía.
Sirenas y policías. Ladrones. Vías del tren. Cada cual anuncia sonoramente su trayectoria abyecta dividiendo el espacio sin sentido, cortándolo en porciones que escapan las soldaduras; firmemente ocultando su titubeo.
Las cosas importantes se desgajan y gotean. El muro se revoca sólo con dinero, la gripe, en cambio, se diluye con el tiempo. La gente se ocupa en distraerse. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

Día de independencia


Llovía tanto que nadie lo podía creer. La plancha enorme, atascada de gente. Luces robóticas instaladas desde los ángulos más fríamente calculados para que los ojos lectores de las lentes no vean nada más que los reflejos verdes y sangrientos, los flashes inacabados, las voces sepultadas de la tormenta y los millones de muertos que yacen ahí, bajo la planta de tu pie.
Maravilla Martínez mantuvo la guardia bien baja y lanzó un gancho tras otro. No arreció nunca. No cejó. El chico había dicho que lo iba planchar en la lona y no supo lo que once años de aguantar hacen en quien los lleva consigo. Aguantó él también, como los grandes, y por su patria, y por su padre. Quizá Maravilla haga como el chico le dijo, y se retire ahora con su título y sus ojos brillantes.
Cien millones de personas gritándole asesino en otro estadio, no muy lejos de ahí, a ese hombre siniestro en medio de toda la mafia, por el séptimo round, las apuestas subiendo y el dinero de todos esos asquerosos que se juegan por él. El grito de todos los dolores.
Ya es domingo y se acerca el fin del mundo. Algunos cables apuntaron:

https://www.youtube.com/embed/6G5WswRbUsc

¡Viva el cambio!
(Asesino, Asesino, A-se-si-no, A-Se-Sino)
!Viva México!

Tocan las campanas.
Empieza la marcha del himno nacional. Suena y retiembla en sus centros la tierra.

!México!
(Sigue unido)
¡México!
Sigue unido.
Sigue unido. Como un corazón agitado. Un corazón solo, sentido entre todos los que ponen los pies sobre esa tierra… esa tierra…

Desde aquí abajo son los héroes de una gran novela de ciencia ficción.
Jamás en mi vida vi tanto ni escuché tanto. Jamás había sentido latir mi corazón como lo siento ahora.
Aquí no llueve, ni allá tampoco.
Es domingo. La gente bebe jugos de fruta fresca. Esa parte de la cabeza no nos duele, sino todo lo demás. Cerveza fría y chorizo para los que andan bajo el sol. Aquellos duermen en sus cuevas, dichosos en su sueño. Gloria a los dormidos y a los muertos.
Termina la historia de golpe, en ese solo momento. La plancha caliente y vacía. Los robots desmembrados crujiendo. Un chico sentado, rendido, que sabe lo que es verdadero.
Puedo verte, oh gigante, hombre pequeño. Brilla tu camisa blanca bajo el cielo. Amarilla. Brillan los latones, las chapas bruñidas, lo que ha quedado de todo ese duelo. Desde aquí la nada sigue. Yo te permito empezar de nuevo. Borrar esas marcas frías, esas heridas derritan el hielo. Que el cielo se limpie. Te limpia ese cielo. Que por un día apenas puedas ser libre. Sin derrota. Sin ningún premio.

domingo, 12 de agosto de 2012

Duelo #10035

Botellas de vidrio sumergidas en el agua
lavandina y detergente.
Un millón de pibes necios esperando que alguien les diga
Vamos por un helado. Nacidos esperando
que todo se caiga hoy
ya mismo
y no haga daño y no haga ruido,
no se rompa ningún extremo.
La piel tira porque el sol está cerca, 

fregar quema los nudillos en los puños de las manos.
Aquí me tienes, abominable y fija,
no me gastaré. Todavía
no se han cerrado los huecos de mis lóbulos y tal vez coloque ahí
algún pendiente, o lo deje para mañana;
pondré a San Expedito sin cabeza, junto a la ventana
de mi habitación, cuando tenga una,
sin maletas.
El humor acuoso no consigue hacer contacto con la dama del/ futuro. En cambio, junto a la barranca, crecen lianas y está/ la abuela. Buceo en una bahía de piedras negras
y no conozco el encierro porque siempre hay otra puerta.
Déjame salir, tú, pereza, descuento, suspenso...
Atrás está -si consigo darme vuelta- el proyecto de luz platina
tejido de organza y quietud.
Tamborilea con los dedos la máquina simple.
Enrosca en sus labios cabellos
de acero.
No teme volcar el tintero
y termina el cuento.


sábado, 21 de julio de 2012

Pisadas

Una piedra
entrenada en los solos despojos
de la antigua montaña.
Un jardín abandonado: alguien
hizo del baldío un sendero
alguien decidió un día desenredar
la enredadera.
Un pozo para la tierra fértil
un pozo de agua viva.
Un estanque donde corra el agua en vez
del niño, una tregua para ésta alma hembra
aferrándose al muro
como la hiedra que nunca se seca.
Ella entendió la estructura de las plantas
y ahora crecen.
Aprendió y ha olvidado cómo podarlas.
No hay que pintar la pared, dijo,
yo estaré para verla volverse verde.
Para cuando la bugambilia
haya dado flores de todos los colores
el agua estará envenenada, mis piernas servirán para borrar
mis pisadas.
Huellas de lumbre reblandecen el barro
huellas fugaces se escapan...
no quieren contar más ésta historia.
Ya ven llegar el día en que
las plantas no toquen el suelo
y queden
por algún tiempo sus hojas,
sus semillas con alas y pelos
lluevan ahora condensadas sobre otros
pétalos y se transformen en azúcar.
Disuelta en las venas de los tallos,
en espinas, en leche
y estambre. Que tejan los cascarones
las esporas que cultivan las hormigas
y comen durante el asueto de invierno
repitiendo de vuelta los nombres de todo, Lucía.
    Lucía la piedra como una pequeña
montaña. Ella escuchaba su murmullo,
sus ganas de llegar al mar, y
sabía: está viva. Era sabia. grdhdDFREDDERFDDDFFFFrato. Cuandaba ento en el fondo os Piedra, una vez que hayamos muerto apidenadamente en este aparato. Cuand

martes, 21 de febrero de 2012

19/2/2012

No podíamos distinguir entre verdes y azules y cuando hicimos la sopa todo el mundo quiso meter la mano. No hay quien desaparezca y si desapareces todo el mundo se pregunta dónde estás.-¿Dónde estuviste?-. Qué te importa. Nunca te ha importado nada.
Pasar siempre el mate hacia la izquierda y tener cuidado con el mundo, que está detrás de ti.
El colchón está limpio y en el refrigerador había café. No sé cómo habrá que repartir las cosas, pero hay algunas que nos son repartidas equitativamente.
Espero dejar de quejarme de mí misma. Torpemente, que otros aprendan a hacerlo más, sólo para sentirlos iguales. ¿Cómo podríamos igualarnos? Algo totalmente absurdo y para nada simpático, querer que el otro sea de la manera fastidiosa en la que uno se comporta. "En ellos está la verdad que hay en mí." Los hongos reunidos en una colonia. Otra colonia de hongos más pequeños cerquita de ahí. Un gato que se dirige a nosotros. Una carrera por encontrarnos, sorprendernos, descubrirnos perdidos.


¿Quién engañó al capitán de la barca dorada?
Quién ensayaba los peces como si saltaran del suelo, 
plateados peces sin alas. 
Otra vez hazte estambre, mira tus zapatos; la luz que quedó encendida y podrías haber apagado. La oscuridad que no puede verse bajo el techo, tras el nylon.
El río va revuelto porque hay lluvia. Las centellas me estremecen, se disuelven y brillan en mi voz.

Alguna vez seremos serenos, con una sola lámpara encendida palpitando fuertes por la noche 
en el nombre del día.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Astillas de La Victoria

Sopló el viento. Las veredas estaban llenas de basura. A las carreteras no hace falta que nadie las barra y caerá nieve aquí o en otra parte.
No pude encontrarte y me pareció evidente que no querías que lo hiciera. Sólo fue que te creí cuando dijiste que te gustaría quedarte mucho tiempo.
Yo no sé cuándo conseguí servir el café en tazas de porcelana. Fueron traídas cuidadosamente cien años hace, o más, envueltas en barcos, desde algún otro continente. ¿Cuándo fue que formulé ese deseo?... Creo que yo era una cabra (al menos puedo bromear con eso) buscando equivocarle una justicia al fenómeno de la persistencia y de los tropiezos.
Había una vez un pez color magenta que nadaba, río arriba, como si eso fuese posible. Había, con él, un pájaro -otro más- cuyas plumas no pude ver nunca, pero quería tanto tocarlas con mis mejillas. ¡No queremos ningún pájaro!, gritaban los pequeños habitantes del musgo criado bajo el helecho. No traigas a nosotros más trabajo ni más sustento (porque la turba era tibia, no templada sino tibia, de las que tienen el corazón amarrado con un moño de seda). Siempre supe cómo hacerlos callar pero nunca se cansaron de hablarme. Cada vez que acaricié mi ombligo quedaron restos de la miel incorruptible y de las formidables guadañas quedaron trazas que escarbaran en la piel.
El día ha hecho de mis manos las de un abuelo: los caminos ascienden por las más altas montañas. Y estas plantas del desierto no han pedido casi nada y crecen brillantes bajo este techo -Trópico de pacotilla-. Y más piensa uno en irse cuando no se va. No tengo ningún lugar a dónde ir...
Cubrió su cabeza con un pañuelo, alzó al hombro las pocas cosas que llevaba. Cuando se cansó de andar, emprendió el camino de vuelta. Cuando hubo descansado, de vuelta emprendió el camino.
Unas veces hizo las valijas y levantó la habitación tan sólo para sentarse en la puerta de la vieja casa esperando al sol con su nuevo nombre. La luna la llamaría Lucía, Adriana, María, y le enfriaría el pecho y el aire hasta hacerla entrar, orgullosa o avergonzada de la vergüenza, por haber vuelto, por haberse ido o por no haber llegado a ninguna parte. No llegamos a Las Indias. No trajimos ninguna doncella porque no quedó ninguna (ella vino con nosotros, pero no es doncella)... Hemos traído estas piedras de colores, flores secas y la misma miel que ya había. No encontramos el amor porque no pudimos quedárnoslo. Nos llevó mucho tiempo navegar en dirección opuesta; hemos transitado por calles sin sentido... Estamos cansados, tenemos hambre, y está éste dolor que no se sale más del cuerpo.
No nacimos en este mundo -si nos sirve de consuelo-. Remontamos ese río porque es la brecha que ya hemos recorrido. Jamás habremos cruzado un puente que no haya sido construído. Qué dulce y qué tonta la palabra que se conjuga con otra. Qué predecible, qué sorpresa noble, aparecerte frente al lago y sentirte descubriéndolo: un cajón de manzanas doradas; un racimo de dedos gruesos.
Apriétame esta máscara esdrújula y sácala lejos; llévatela hasta el límite. No me traigas más esta inquietante marea de los signos.- Aparécete aquí, frente mío. Pon en la ternura una pizca que me acaricia, un remo de barco, una sinfonía silente de anteojos que se retiran para verte los poros y tocarte con la sien. No te vayas, dice la chica. No me dejes, absurda... siniestra. Estamos solos, incluso aunque haya bosques en otro planeta, y se caigan los árboles -aunque nadie los vea-. Yo igual quiero ser una antorcha, si es así que se pasa la pena.

martes, 30 de agosto de 2011

Brillante

Éste es un texto que escribí para una muestra colectiva de artes plásticas que se inauguró el 10 de agosto en el Teatro La Luna, en la que expusieron obras Lucas Aguirre, Jose Ábalos, Juli Cuervo, Pupi Gazi, Gime Fernández y Javi Pissoni (A la derecha, abajo, están los links hacia los espacios digitales de cada uno de ellos). También pretende ser un vínculo entre la producción de esta exposición y el resto de mi trabajo creativo, particularmente con la obra de teatro Pájaro que brilla, mi ópera prima que se encuentra ahora en cartelera.

La luz es quizá lo más parecido a la realidad de lo que jamás tendremos noticia o llegaremos a un acuerdo. Todo lo que existe puede también no estar ahí y ya conocemos las millones de volteretas espectaculares tras las que podemos desbaratar o precisar la verdad.
El brillo, sin embargo, pareciera siempre un mediador: con los ojos cerrados ante la luz o en su ausencia, todavía queda un rastro de colores neón detrás de nuestros ojos. Permanece ahí un instante hasta apagarse despacio, replegándose para quedar guardado en la memoria. El brillo nos anuncia las cosas y nos incita a observarlas: lo asociamos con el valor, con la agudeza, con una extraña pulcritud; con la pureza y la inteligencia.
Nos gustan los fuegos encendidos en la noche, la amplitud móvil de un reflejo en el agua, el vidrio, la piedra o el metal. A falta de una chispa o de un engendro, del botón rojo que prende o se zafa, nada de esto acontecería. Todos percibimos la gracia con la que un niño descubre un pájaro y la inquietante desgracia del combustible que no ha sido suficiente.
¿Cómo es que eso sucede o por qué?
No sabemos la respuesta.
De todo lo que se añade, tan sólo podemos verificar el vacío: el espacio en blanco que queda sobre el lienzo; el detalle que bruñe el borde y el nuevo límite que empuja al aire en la dirección opuesta; la resonancia del pulso en las cuerdas de un piano; un recuerdo súbito o la visión de una hoja seca que se sostiene hasta llevarnos a pensar en lo que está vivo; el calor y el dolor que se ven iguales bajo la lente.
El brillo como una respuesta constante para lo que se ignora. Una figura que se dibuja en común, de la cual nos servimos para encontrarnos en este punto, desafiando todos los otros posibles.

lunes, 22 de agosto de 2011

✈ Duelo No. 9,678

Mira: no hace falta que instales una alarma; te va a bastar con el mero susto. Vos te vas a alarmar. Cualquier cosa extra -vaya que le pone uno salsa a sus tacos- sería un pleonasmo. Esto es así: meta pleonasmos.
No basta conque hagas estallar los explosivos. No. Basta ya con eso de hacerlos estallar. Mañanas como hoy, absolutamente brillantes y sabidas, en las que los pájaros aterrizan en el asfalto al compás de una marcha insolente. Mañanas que no existen jamás en la ilusión, no porque no las deseemos, sino simplemente porque no estás ahora ahí, de cara al sol, con los ojos entrecerrados, -las córneas ajustadas en su sitio-, el pequeño, apenas descanso en un mísero momento de gracia, la saliva de un beso distraído. Empecemos por mirarnos las manos y acabar en la punta única donde nace lo que no muere. Siempre y cuando ahí, esté algo que nos sea posible.
No debo entablar el jardín por encima o podar mi pasto si consigo la maña de revolcarme por los parques, pulir y encerar este pelaje espeso. Tiende a desaparecer, de todas formas.
Ya te dije que ya te lo he dicho. Un encanto, un collar de flores, una daga repujada que llevas contigo. Estaríamos inclinados por sobre la neblina intentando inventar qué es lo que ocurre bajo las colchas grises. Sería el unicornio (un único unicornio) echándose a nuestros pies tan sólo para que pasemos a un lado suyo. Qué triste y qué honda es la tristeza que produce el éxtasis cuando nos ha abandonado. Intuyo bien un paralelo secuencial en el que todas éstas ondas endemoniadas se procesan, sin detenerse nunca para abstener una figura o un duelo.
Son las marcas que dejan las tijeras... el trazo... el nudo... el mundo al que nos remite un globo.
Yo podría desatarlo, borrarlo, amalgamarlo... una nueva espina chispea: tras sus resinas, el fuego.
Lo que arde no es nada: arde ya: se está consumiendo.
Empatar al menos... aunque sea la altura de las rejas. Empatar al pierde, el marcador a ceros (redundante signo de lo que arde también). Esto también.
Y esto.
Me estoy volviendo loco, dices. Lo que no se puede elegir es el tránsito rumiante de ese pastizal de irrefrenable boca seca, mastique despacio, deglución, reposo, tracto y resto. La tierra que estás pisando es mierda de lombrices; no hace falta que lo sepas.
Me he quedado ciego pero sigo en el mundo -tremendo equívoco estático que, ante ti, cobra movimiento-. Si usted entra en trance, no olvide respirar con cierta frecuencia; sacrifíquese como un delfin, pero va a resultarle imposible.
Daría aquello que no tengo para podernos cambiar las fichas. Que, utopía, no importara el color, no adquiriera el valor. Véndelo entero por dos pezuñas. Chúpate el jugo de los frutos arrancados de sus pencas. Contémplate ahí; a bocanadas de aliento inverso. Ahora ábrelos:
Los semáforos estaban apagados.
Yo no sé si escuché sonar la sirena.

lunes, 13 de junio de 2011

Cuatro cuartos

I

Una fiesta en el bajo Alberdi, anoche, entre toda la basura.
Ya todos han sentido una aguja entrando en su carne:
Una flor negra crece en el hombro de una mujer de vestido corto. Ese de allá lleva un par de objetos grandes ensartados en las orejas. Aquella chica ha adornado su camiseta con un montón de alfileres de gancho.
Es domingo y el periódico no está sobre la mesa del desayuno. En cambio, hay un libro de poemas, tabaco sabor vainilla y agua caliente para el mate dulce. Una pantalla blanca en la que a lo mejor aparece un hermano.
El sol estalla haciendo equilibrio sobre alguno de los centros. Cómo hemos deseado pensar que sólo había uno de cada cosa. Cómo, después de tantas vueltas, encontramos que posiblemente así sea, al menos aquí o por ahora:
Si alguien quiere hacer un chiste, éste es el mejor momento.


II

Espero de la vida: otros domingos como éste;
que haya miel en la alacena;
que cada invierno los árboles tengan frutos. Y la lista sigue, totalmente predecible, como si fuera yo y no otro el que enumera las abundantes espigas de oro.


III

Aspirábamos las notas sensacionales, los acordes fuertes, tocando
la batería con el ritmo al que movemos nuestros hombros.
Si todo se prende fuego:
Este tapete plástico va a servir de mucho.
Sal por la salida,
sal, la salida.
Si todo se prende fuego:
Arde la herida. Sal, la salida. Sana,
sana, palidece. Exuda... suspira.


IV

Era lunes y el otoño lo sabía. Nada ya clareaba tanto como ayer,
excepto tú.

¿Sigues ahí?
.- Sí.

Después de eso, no pudo encontrar consuelo alguno; la belleza reventó contra la pared y le dejó una mancha roja, anaranjada, amarilla y verde. Y si todo se prende fuego, sal por la salida.

domingo, 5 de junio de 2011

Las crónicas

Mínimo santificarás las fiestas.

Disculpen que los salude a todos, pero en seguida me encontré con que mis ojos los separaban por colores brillantes y mis manos querían ir a meter sus manos adentro de la bolsa con fichas de neón. Qué pequeño es el mundo, decían. Qué de cosas compartimos, con esa cruz sostenida en la mano o colgada del cuello y utilizando el nombre de dios. Todavía quedan una cantidad suficiente de punks como para que eso no ocurra en vano. No pidan que le encuentre sentido a esa clase de abstracciones. Existe el peligro de la ley basada en la moral.
Nada hay que no haya dado frutos. Nada que no sea fruto, como una flor previa.
Dark Days y Afuera el sol, por debajo de los 45 grados sobre nuestras cabezas y a esta hora, todavía un compañero. Ese marinero al que se lo puede mirar a los ojos, saludar bajando un poco la cabeza. Las frondas van soltando sus hojas, amarillas como las esferas de un árbol de limones. Qué dulce vista la de esos frutos dorados que aparecen junto con el invierno por todas partes, contra todas nuestras predicciones. Lavar los platos con agua tibia mientras se espera a que llegue el verano.
Viernes 20 de mayo del 2011. Correo aéreo. Quizá es el pan y el circo para el pueblo, un montón de corrupción y violencia ciñendo nuestras costillas dentro de un corset de latón, pero son tantos los gestos que compartimos y podemos entender que es inútil: no te ofendas si un extraño te trata bien.
Las bicicletas, las guitarras, ni siquiera los hippies se han ido del todo. Una parte de nosotros desearía que fueran ellos los que gobernaran el mundo, pero ya sólo quedan sus cadáveres putrefactos e inútiles dando vueltas en las flores, en los libros y en la paja de los que hacen malabares en los semáforos. Quedaron, sí, los hijos de la guerra fría, los espías y los sospechosistas, los conspiradores, los perseguidores y los agentes. Los hombres grises que se quedan con el tiempo de los distraídos y con la calma nuestra. Sería realmente fascinante que pudieras pasar un día entero desnudo en la cama sin sentir la decadencia ni por un instante. De afuera, pareciera que las acciones de ese tipo son osadas, excéntricas, innecesarias, vulgares, enfermas, perdidas y la verdad es que incluso las acciones humanas más descabelladas se deslindan de una sencilla fenomenología de lo cotidiano. John y Yoko habrán pensado.- Qué ganas de quedarse en la cama en bolas todo el día. Uh, dijo Yoko... pero tenemos esa conferencia al mediodía. ¿Dónde era? Van a venir a buscarnos aquí al hotel. Y bueno, dijo John... que pasen... Que suban. Los atendemos aquí, así no tenemos que vestirnos. No tenemos que ir a ningún lado ¿Te copa?. Al final, el caso por el cuál esa pequeña decisión se convierte en un gran alboroto es la piel, la carne, la manera severa y cruel que tenemos de rechazar nuestros propios instintos porque los que todavía aspiran a algo, han sido entrenados para aspirar a una iluminación basada en el rechazo. Una cultura -bastante nueva, por cierto- que nos culpa de que el líquido en nuestros oídos vibre próximo a nuestro cerebro, de percibir la luz con nuestros ojos, de las millones de terminaciones nerviosas apenas bajo la piel, de meter la nariz en algún asunto o de anhelar que sea domingo para comer un asado. Nada de eso tiene un sentido profundo, nos dicen, como si hubiera algo más introyectado que lo propio de nuestra esencia. Ahogados en su propia imbecilidad, transcurrirán entre las vetas trazadas por la lava entre la lava antigua. Estamos en el infierno y todos los caminos nos conducen al mar. Saldrías por donde entraste. Una voz baja cuenta la historia, porque una punta debe estar bien afilada y una cuerda se envuelve en sí esperando los dedos juntos que la acaricien y la estiren y la tensen. Marcar un compás para volver a su delicada quietud. Érase una vez, un ave con escamas a la altura del cuello y un mono que aplaudía marcando el ritmo de la música y nunca se equivocaba. Un pañuelo de tela que llevaba casi cien años en los bolsillos de los miembros de una misma familia. Una bicicleta herrumbrada en el galpón del fondo. Un billete de veinte dólares entre las páginas de un libro. Una virgen moldeada en yeso, cuyos ojos de vidrio brillaban a pesar de la penumbra en el pasillo. No hubo nada que pudiera contra la dicha, si apenas hace algunas horas que estabas esperando el trolebús en el mismo lugar de siempre, contemplándote unos ojos elípticos y esa planta que esperabas tuviera tallos secos y agusanados tiene brotes otra vez. Brotes sanos. Cortas pedazos de madera buscando las larvas, pero no hay ninguna... La tierra lo renueva todo.
Nos gusta pretender que ya no vamos a la escuela, a pesar de que todas las mañanas nos levantamos, nos tomamos el desayuno, espiamos la hora antes de meternos a bañar, peinamos nuestras cejas y limpiamos nuestros anteojos para precipitarnos al sol, siempre atentos de no tropezar con algo. Olvidamos la posibilidad de la caída hasta el momento en el que dejamos de sentir el suelo, señal de que estamos empezando a a aprender a volar. Sabiendo ya que estamos en el infierno, podríamos empezar a soltarnos un poco, salir a dar una vuelta en bicicleta y llegar hasta la frontera para poder cruzarla sin pestañear. Ya no permitas que tus venas te frenen; trata de captar el momento en el que impulsan la sangre y no el instante apenas perceptible en el que todo se congela, como si hubieras muerto. Por retorcido que parezca, la conciencia humana se mueve dentro de estos parámetros. Qué zarpado, sí, poder ver las estructuras engomadas con las que está fabricado el universo. Qué vanguardistas que somos los que nos damos la cabeza contra la pared para comprender de qué está hecha, con qué está tejida, pero ya puedes ir cortándote el flequillo e imaginar a todos estos hombres, grises y vómito, irradiando luces de colores desde el ombligo. Da un poco de miedo ya que uno no quiere ser uno con todo ni con todos y quizá sería mejor que exploten (y mueran).
No sé por qué, nuevamente y en el lugar más apestosamente común de todos, estoy enferma y me siento inspirada. Tiene esa parte tonta de poeta maldito y de estamos en el infierno y esa otra que lo hace parecer obvio, natural o incluso entrañable. Esa falibilidad acá adentro del propio pecho. Mi viejo nos decía que sorber tus propios mocos te inmuniza, te hace más fuerte. Que es el modo en el que se curan los animales. Las mamás alrededor y señoras de todo tipo, también esas nenas con vinchas de brillantina, lo miraban con cara de asquete o como si fuera un desubicado. Algunos púberes se reían estúpidamente y la mayoría de los niños también reían pero por que les parecía divertido que justo fuera bueno para uno hacer algo que todo el mundo te dice que está equivocado, es feo, parece desagradable, lo noto raro, esto no está bien, algo salió mal, etc. etc.
Hoy mi cuerpo es más fuerte que nunca. Sólo va a desarrollarse un poco más que esto y después empezará a marchitarse. No me voy a regodear en mi juventud ni en mi belleza, pero más me vale tenerlas por ciertas. No tener miedo -por ahora-. Como un personaje de una novela de ciencia ficción, que no puede hacer demasiadas preguntas sobre el pasado o sobre el futuro porque, a no ser que seas George Orwell y escribas un libro de la reputa madre, vas a hacer que los lectores pierdan por completo la atención en lo importante. La novela histórica realmente apesta también. Nosotros preferimos llamarle periodismo aunque tengamos que ser los personajes alternativos del relato. A mí me gusta bastante eso y conozco mucha gente que también prefiere las películas de hombres lobo antes que ver trilobites hablando sentados por televisión. Hoy vimos uno que era realmente desagradable. Usaba un traje de color madera pero no del color que podría ser la corteza de un árbol vivo, sino de esa madera, como el nogal, que se ha curtido ya en su propia resina porque la han separado de sus raíces. Esa funda de camuflaje deshonesto para poder desparramarte grasa vacuna encima y que no queden marcas visibles. Su cuerpo era desproporcionado ya que el tamaño de su barriga superaba el espesor de su pecho, de tal modo que su postura era con la cabeza agachada, como quien se mira esa parte entre el ombligo y las costillas en la que realmente no hay nada que ver -a menos que te hayan injertado un pez robot en las entrañas, que estés intoxicado, tengas el abdomen de una modelo rusa o de ese chico que te gusta tanto-. Eso y varias cosas más de las que compartimos pruebas prácticamente irrefutables, me llevan a pensar que, en el improbable caso de que su traje haya sido confeccionado por un sastre, el encargo fue llevado a término tras una gran cantidad de ajustes y correcciones e -incluso a pesar de ello- una vez ataviado el trilobite, el calce era realmente malo. Aparentemente los uniformes cumplen un papel importante en la tarea de pasar desapercibido, pero un vertebrado con semejantes características tendría que aprender antes de asuntos que superan su inteligencia para dejar de resultarle molesto al prójimo.

Gracias al Gran Secuenciador que todavía eres tú quien está cerca mío.
Gracias, Altísimo.
Altísima.
Gracias, Noche despejada.
Despenalización.
Andar en bicicleta.
Gracias por transformar nuestra agua en vino.
Gracias por haber venido.
Qué bueno, Grandes Iniciados, que ya no tienen que volver.
Gracias a aquello que hace que los pájaros vuelen.
Gracias, Oh Gran Señor, que ese tipo jamás pronunciará mi nombre.
Gracias. Vuelvan pronto. Viajen, y vuelen. 
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