viernes, 27 de agosto de 2010

Niveles

Papá y mamá se habían ido. Cuando llegué iban saliendo y me habían prevenido del Mercedes color azul metálico estacionado en el techo de nuestra casa. El dueño volvería en algún momento. Simplemente había que asegurarse que no se le ofreciera nada. Cuando era niña papá tenía un Ford al que llamábamos La perrera, pintado de ese mismo color. 
Estaba en mi habitación, iluminada con una luz cálida y preciosa, cuando escuché que, sobre el techo de la sala, el motor del Mercedes empezaba a roncar. En nuestro garaje, ahí, planta baja nomás, estaba el Orion rojo modelo 95. Mis tíos aún lo conservan y a mí me gusta. La pintura es de un rojo especial.
Cuando el Mercedes bajó del techo por la rampa -que era simplemente alguna pared del frente de la casa inclinada en un ángulo de 45 grados- recibí un montón de información que atravezó mi cabeza, como un video. No es que la haya descubierto enseguida o la haya sabido de antemano sino que en ese momento, ocupando tiempo, antes de abrir la puerta de calle para salir a despedir al huesped, hubo para mí esa presentación informativa: El precioso automóvil estacionado en el techo de mi casa no era de un viejo libanés de piel curtida que sostenía en los labios una boquilla con un cigarro light en la punta, como había sospechado yo al principio; era nada más y nada menos que del autor, novelista, el fabricante más prolífico de bestsellers en el mundo, Stephen King. El informativo, muy bien editado, documentado e ilustrado, me contó que Stephen King tenía una hija. Una nena que había nacido entremedio de una relación tortuosa con una mujer. Ella había tenido un trágico destino que no hacía falta detallar. Los medios, un juicio, no sé qué más cosas, habían hecho un jaleo espantoso y terrible alrededor de aquel bebé que por nada del mundo podía quedarse con su madre, tenía por padre a un escritor alcohólico de cuya cordura dudaba la ley, y además la bebé padecía alguna enfermedad que limitaba su capacidad mental. Stephen King, luchando contra todos los obstáculos, había sido valiente y había criado a su nena. 
Tal vez habría que mover el Orion para que Stephen King pudiera echarse en reversa para salir. Yo nunca he manejado el Orion. Aunque quizá pensándolo bien, el mercedes sí daría la vuelta; era un coche pequeño, de esos que no tienen asiento de atrás más que una especie de maletero o en el que sólo cabe una persona ridículamente sentada a lo largo. Abrí la puerta de calle y efectivamente Stephen King había podido maniobrar. Esa fue la primera señal que tuve de que era un hombre sencillo. Habría podido gritar que le corriéramos esa carcacha si se le hubiera dado la gana, como un rico pelotudo e inútil. Pero no lo hizo. Había frenado el auto sobre el empedrado, frente a mi casa, y apagado el motor. Su puerta estaba abierta y él hacía una llamada de trabajo por el celular. En el asiento del acompañante había una chica. Cuando me acerqué, Stephen King pidió un momento a la persona en el teléfono y se presentó conmigo. Me tendió la mano, me dijo su nombre. Lucía Malvido, mucho gusto, le dije yo. Y él tocó mi hombro y con un gesto paternal se disculpó con la cabeza y retomó su llamada. Yo me acerqué al auto para saludar a la chica. En el informativo la hija de Sthephen King era sólo un bebé, pero eso había sido hace mucho tiempo. Tendría mi edad. Su piel era cobriza y estaba además bronceada por el sol. Iba arreglada con excelente gusto: corte de pelo carré, pequeños aretes dorados, una camiseta de punto, mangas tres cuartos y escote en v de un color verde ficus y sus pantalones eran de gabardina delgada, de un verde pálido, menta. Su perfume olía bien también. Estiré la mano para estrechar la suya pero sería propio darnos un beso, aunque para eso yo tenía que sentarme en el asiento de Stephen King. Siéntate, dijo ella, sabiendo que su padre se demoraría. Venían de pasar el día en algún spa, bañándose en algún lado, algún tipo de club o balneario. Habían dado una caminata y disfrutado del domingo juntos y en paz. ¿Por qué estacionaban en mi techo? Bueno, todos los techos son iguales. Podrían estar pegados. Simplemente sería como un nivel un poco superior, nada más. No tenía demasiada importancia. 
La tarde tenía ese sol mandarina que no quema sino que entibia dulcemente. Estuvimos platicando un poco. Los asientos eran de piel color hueso y combinaban muy bien con las molduras de madera y el azul acero del auto. Ella era muy amable, muy linda e inteligente. Su discapacidad sólo se notaba en una untuosidad particular en su voz y una de sus manos no se había formado bien por lo que no tenía dedos más que uno muy pequeñito. Sus rasgos no eran muy diferentes a los de su viejo, aunque llamaba la atención que su piel era mucho más oscura, como la de un pielroja. Su nombre empezaba con S. 
Mientras le decía algo, ví una cosa que se movía en la pequeña ventana detrás de ella. Le dije ¡Mira eso!: una oruga, como un gusano de seda pero grande como una esponja, estaba esquinada en el ángulo del vidrio y se movía. Era negra y verde y amarilla, con un patrón curioso como todas las orugas, y en algunos puntos tenía manchitas color malteada de fresa. A mí me daba un poco de miedo. No parecía mala o algo así, pero era grande. Quizá quemaba, como algunos gusanos. No hace nada, me dijo ella. Se habría metido en el auto. Vendría del nivel de allá arriba. Simplemente querrá regresar a su casa. Y la gorda oruga recorrió despacio su camino. Eso implicaba pasar por donde yo estaba, por lo que salí del auto y me acuclillé junto al asiento para verla desplazarse. La observamos durante un rato largo. Era muy bonita. S no le tenía miedo y la tocó un poco para orientarla. Mientras tanto Stephen King discutía con alguien que le decía algo de unos archivos que tendría que reenviar. Renegaba porque los traía en el celular pero no estaba seguro de cómo mandarlos y, un poco embolado, pedía indicaciones a la persona que hablaba con él, quejándose de que por estos días la tecnología resultaba a veces tan un dolor de huevos. S me sonrió y yo a ella. Esas sonrisas que resumen las cosas cotidianas.
Mientras esperaba con S a que su papá terminara la llamada, en la casa de la esquina también había unas personas esperando. Eran dos tipos, uno más joven y uno más viejo, muy flaco, que tendría casi cincuenta años y una rala melena larga y canosa. Usaba bermudas como para hacerse el pibe. Un forever planta y el otro por ahí. El vehículo en el que esperaban sentados era como una carreta. Y se sentaban bastante juntos respetando el lugar que ocuparía la persona que faltaba. Empezaron a cantar esa canción que dice “y nos dieron las diez y las once, las doce y la una, y las dos, y las tres...” Su tono era terriblemente desafinado y yo y S nos reímos. Después empezaba a ser insoportable. Era gracioso que nosotras también estuviéramos esperando, pero a pesar de los cánticos de borrachos, Stephen King no se distrajo ni un poco de lo que lo ocupaba. S me preguntó si tenía hermanos y le conté algunas cosas acerca de ellos. Que ya vivían cada quien por su lado, que mi hermana vivía con su chico y todo eso. Algunas anécdotas de cuando yo era chica y mis hermanos eran adolescentes. Nada del otro mundo, sólo mis impresiones de entonces; las locas ideas de los chicos de quince y dieciséis años que yo admiraba tanto. En la pared de ladrillos de cemento debajo de mi ventana, todavía se podían leer frases escritas con aerosol color vino, que los amigos de mi hermano habían escrito en esa época. La más desubicada decía algo del whiskey. Había una, escrita por el Negro Cobos, que decía Juan sírveme un meñoqui gratis. Recordé al Negro sentado en la mesa de la cocina de la verdadera casa en la que crecimos, diciendo algo sobre que siempre había menú, la comida era rica y además era gratis. Y entonces siempre que tenía hambre, preguntaba si no había menú (meñoqui, qué sé yo. También menú es gracioso).
Hubo una elipsis sonora en la que, mientras yo pensaba acerca de el origen de la palabra meñoqui, Stephen King suspendió su llamada, se despidió de mí muy amablemente y me dió las gracias. Un gran tipo. Se ve que un gran padre también. S y yo nos dimos un beso y nos dijimos que había sido un gusto conocernos y charlar. La molesta voz de los borrachos pasó a segundo plano y caía la noche. El Mercedes, del color de la noche nueva, sonó y encendió sus luces blancas, dio vuelta en la esquina y desapareció. En algún lugar, alguien me esperaba a mí también.
Me despertó mi propia risa: Meñoqui gratis, jejejeje.

jueves, 12 de agosto de 2010

Acopiando viento

Si el cielo no tuviera hoy ese uniforme celeste y viejo.
El Plata café con leche. El tango de esa noche cantándole al humo de un cigarro, otra vez como si cada rizo gris fuera inesperado.
Un viejo marino descubre la melancolía en el horizonte, tierra a la vista, como si fuera la última vez, la primera de todas, la única que hubiera conocido.
Ha cruzado todo el Atlántico para llegar hasta aquí ya que todo tiende hacia el ocaso. Durante la noche enfrenta a la oscuridad, resiste, y muere. Pero la muerte y la honra son la vida: el sol ha renacido.
La esperanza de que vuelvas. De que halles la hermosura en un nido de gusanos. Si creyeras un poco.
Por qué quemaste a tanta gente con tu pólvora. Por qué llamaste putas a las que cerraron los ojos en tu pecho, y hablábamos del alma, del héroe, del vacío...
Yo también he maldicho la carne. Yo también he malvido los campos.
He pisado las semillas, Señor. He afilado los colmillos de los cerdos para infectar sus raíces; con la luz que tuve en mis brazos frabriqué veneno. He calentado el hierro para grabar mi nombre en sus ancas. He ayunado con ron y llanto esperando convertirme en perla, en ostiones, en almejas. He dormido más de la cuenta. He contado más de lo que escribiré nunca. He andado tanto para llegar hasta acá: el mismo sitio que nos vio partir. Quisiera no morir nunca Señor. O morir en el mar, un día martes. En el misterio del mar con sus posibles monstruos. Descubrir las sirenas. Ver a las tortugas que sostienen el mundo. Acariciar su espalda de roca; contemplar cómo le crece al coral el cabello.
La Victoria flota en una nube ceniza y no puedo ver hacia dónde apunta su frente. Sólo sé que vamos adelante, sin torcer el rumbo, acopiando viento.

martes, 10 de agosto de 2010

El recurso soñado

Había grandes salones de luz pálida como la miel de maíz. Los pisos eran fríos. Escaleras por las que sólo pudimos bajar y las venas del mármol lechoso eran casi negras, rojas o azules como entrañas. Había cosas doradas. A lo mejor los marcos de los cuadros que hubiera en la pared, los listones que sostenían las cortinas, los candelabros en la superficie de los muebles, el pasamanos de la monstruosa escalera. No estaba sola sino que había otros conmigo. No estábamos preparados para la misión. Todo era demasiado grande. El techo de aquel sitio estaba por lo menos a diez metros de nuestras cabezas. De haber sido necesario abrir un cajón o manotear un picaporte, hubiéramos tenido que hacerlo entre dos o tres y de todos los que podrían haber estado conmigo sólo puedo asegurar que no somos -ni en sueños lo éramos tampoco- acróbatas, karatekas ni agentes secretos. Sólo nosotros, los mismos de siempre con lo bueno, lo malo y lo feo, enfrentando ese espacio, esa presencia que nunca pudimos ver pero que estaba allá arriba acechando; un ogro, la vehemencia del mal, las cosas que nos persiguen y de las que no nos podemos deshacer porque están adentro nuestro. Dejarlas atrás sólo es posible quitando, como quien arranca una costra, un pedazo que tal vez no sirve pero, de menos, va a doler.
No sé muy bien cuál era la misión. Sólo sé que debíamos sobrevivir a ese sitio. No perder a nadie en el camino, formar un equipo y ver por la seguridad de todos. Resistir a lo que fuera que estuviera allá arriba y en todas partes, con su frialdad y su blancura se filtraba despacio adentro nuestro. Nos hubiera convertido. Nos hubiera transformado en sal o en piedra alejándonos de toda posibilidad de volver a ser nosotros mismos, de volver a calentar nuestra piel o darnos un abrazo, de percibir la luz más vulnerable, esa que se enciende junto con la madera y que puede ser color de rosa, lila o crema como un durazno. 
Íbamos contra el reloj. Teníamos que salir de ahí y debíamos hacerlo rápido. No bastaba con salir por la puerta: afuera no había nada. No habría nada hasta que resolviéramos el asunto. Necesitábamos organizarnos. Teníamos que usar todos los recursos y las capacidades de cada quien. Teníamos algunas armas pero nos dábamos cuenta que no servirían de nada. Sosteníamos esos palos en el aire sólo para aferrarnos a algo, pensando que tal vez sería mejor agarrarnos de las manos. Llevábamos lo puesto, lo que uno siempre trae encima. Como mucho un cinturón, un reloj, un celular, un alfiler de gancho.
También pensamos en ceder. Hacer un círculo, apretados unos contra otros, las cabezas juntas, el calor de nuestros alientos, y despedirnos de todo ahí, en la penumbra formada por la fuerza de nuestros cuerpos, como una casa en ninguna parte, ahí... decirnos hasta nunca. Morir juntos. Con recuerdos, con amor.
Pero no lo hicimos. Necesitábamos una idea, un último intento. Las reglas eran esas, como las de un cuento de hadas o una historia épica.
Se me ocurrió una idea: desde algún dispositivo que no sé quién tenía o de dónde sacamos mandé un Twitter. Tampoco sé qué decía pero eso nos salvaba. Es gracioso.
Creo que lo que sucedió fue el hallazgo de la posibilidad de romper la ley de ese sitio de un modo tan simple, con algo tan al alcance, una ocurrencia que aplastaba toda la coherente y lo serio de ese mundo tan fácilmente como aplaudir sobre un mosquito. Tal vez esa fue la clave del éxito. Me hizo pensar en los recursos que tenemos y en lo importante que es cómo, cuándo y para qué los utilizamos sin importar qué tan bastardos pensamos que son. Yo ni siquiera tengo Twitter.
Hacía bastante que no posteaba. Pensé que valía la pena compartir esto.
Les mando besos.
Lu =)!



miércoles, 14 de julio de 2010

Amoral

Miles de personas se congregaron hoy en distintas ciudades de Argentina, convocadas por la iglesia católica, para expresar su desapruebo a la derogación de la ley que licita el matrimonio entre parejas homosexuales. Una visión terrible: hombres y mujeres del siglo veintiuno, nuestros congéneres, nuestros contemporáneos, los sujetos con los que debemos compartir el mundo. A los que les cedemos nuestro lugar en el colectivo, a los que les ayudamos a levantarse cuando se tropiezan en la vereda, los mismos que dicen seguir el ejemplo de Jesucristo, un tipo más que dedicó su vida a intentar difuminar esos bordes que entre todos nos esforzamos en poner en medio de nosotros y continuamos separándonos, segregándonos, evaluándonos. Seguimos siendo esos mismos salvajes con bikinis de mapache con un defecto de fábrica extra: como ya no tenemos que preocuparnos por sobrevivir porque vivimos en un mundo de excesos; como ya no tenemos que preocuparnos por trascender porque las siliconas de nuestras nuevas tetas no se van a biodegradar jamás, muestra de que estuvimos en esta tierra; como no tenemos que preocuparnos por las pestes porque Lysoform viene en aerosol y mata el 99% de los gérmenes, como vivimos en la fértil y salvaje Latinoamérica y todavía le cuelga para que hasta acá llegue la guerra que lo devaste todo y nos deje lo suficientemente desnudos como para darnos cuenta de que todos somos iguales... Nos queda algo de mierda que adquirimos en algún momento del camino, craso error apostólico cortesano, de la que todavía no podemos deshacernos y que, para nuestro pánico, entre más banal se vuelva todo esto, más tiempo vamos a tener para seguir trayéndola a colación: La moral.
La moral es una cosa absurda que no existió nunca hasta que los seres humanos estuvieron lo suficientemente al pedo como para empezar a fijarse en los demás, aún cuando el bien común ya había sido conseguido. Como ya estábamos bien a un nivel masivo (no digo que fuera justo, simplemente ordenado) -habíamos conseguido crear un sistema jerárquico general en el que había un sitio para cada cosa, incluso para la perversión, para la corrupción, para la enfermedad-, empezamos a aburrirnos tanto de no tener nada de qué quejarnos que no nos quedó nada mejor para hacer que ver la paja en el ojo ajeno: reciclaremos la metafísica y la utilizaremos para darnos a todos en la madre, para retorcer todo lo retorcible. Enjuiciaremos a los padres que fotografían a sus niños sin playera porque nosotros mismos somos tan asquerosos que no podemos mirar esa escena sin salivar. ¿Si no por qué lo haríamos?
Porque una cosa es sentarse a hablar con alguien, cuando algo te afecta directamente, y decirle mira, lo que estás haciendo a mí me hace mal. Eso tiene un sustento de amor. Un sustento de comprensión. Agradezco infinitamente el estar rodeada de seres que son capaces de hacer eso, de poner por delante el respeto y el cariño. Que por más que todos somos prudentemente ateos nos limamos la cabeza para convencernos de que somos hermanos. La ética es natural al hombre y podemos explicarnos, discutir. Tal vez no lleguemos a nada pero podremos decir, bueno, está bien… me sigue doliendo pero escuché lo que dijiste y, lo crea o no, agradezco que hayas estado frente a mí y lo hayamos aclarado. Pero la moral es una construcción deshonesta producto del malentendido de la libertad humana. Del estúpido síndrome de abstinencia. De la gente que sólo puede controlar el hoy ya que no alcanza a avistar lo que le puede pasar mañana. Como los alcohólicos anónimos que deciden seguir llamándose a sí mismos enfermos cada día en vez de elegir curarse o chupar en paz. Como el “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” con la megalomanía que implica el creerse capaz de hacerlo todo ahora mismo. Y hoy te juzgo, te rechazo, te limito, te tiro mala onda ya que estamos porque quién sabe si mañana lo podré hacer.    
Es en verdad triste que desde lo particular hasta lo universal sucedan cosas semejantes a esa. Que nuestros semejantes canten respeto y después nos digan que lo que hacemos, lo que somos, nuestros valores están mal, que somos malos. Una maldad abstracta que sólo llevamos cargando porque alguien nos la puso, nos la tiró como la piedra del evangelio de San Juan.
“Ah, pero si yo quiero tirar una piedra, la tiro. Soy un hombre libre” Sí mi amor, tírala y córrele en la dirección opuesta. Pero las pedradas duelen. Y los que las reciben, también pueden tirártelas, mañana, cuando te vuelvan a encontrar. La única piedra con la que se puede tirar y después dar la cara y decir no me arrepiento porque lo hice con el corazón, es el amor. Y ellos, lo que estaban esta tarde en la plaza, no saben nada de eso.

sábado, 10 de julio de 2010

Lo que se acerca

No se lavó los dientes porque le gustaba el sabor que el humo le dejaba en la boca. Todo puede ser hipotético. Tomaba agua de la llave porque creía que estaba limpia. Sabía que podíamos ser tan chiquitos. Lugares comunes. Indefensos. Hemos deseado tanto dejar de estar solos y con las cortinas cerradas nos espiamos para ver si tenemos los ojos abiertos. Que pueda besar tu frente, acariciar tu mano. Y me aterrorice que la oscuridad fuera sólo un largo equívoco, y regresar a ella porque es más fácil, más rápido. Obvio. Que viva en mis sueños aunque logre desterrarla de mi vida. Está aquí y es nuestra. También debemos amarla. Y eres mi amigo, mi hermano, mi padre…

.- ¿Se acerca el fin del mundo? Preguntas conteniendo la voz.
No lo sé, mi nena.
Pero algo está cambiando. Estamos creciendo.

Vine hasta aquí para encontrar el amor. Tiemblo de frío, pero lloro y sonrío. En esa foto puedes ver cómo brillaban tus ojos ese día. No podrías arrepentirte nunca. Un vampiro, un árbol, un samurai, un duende, un maestro, un brujo, un camello. Un alacrán. Una magnolia. Una fuente.
Una canción que has escuchado mil veces. Los kilómetros recorridos. Los niños pequeños que podrían ser tus hijos.

miércoles, 30 de junio de 2010

Algo viejo

Aquí está la gente que amo. Ellos. Los demás. Aquí dentro estoy yo. De este cuerpo, de este cuarto. En este lugar. Nosotros hemos ido y vuelto. Ellos no volvieron. Los abuelos se fueron ya. Y yo los amo todavía.

Una silla de un aeropuerto. Un hombre viejo y una joven esperan sentados. La joven trae un bolso de mano grande y pesado que está junto a sus pies.

V: 28 de agosto de 1980. Otra vez aquí. Esta es la última vez que vuelo. La última vez que volví.

J: ¿Estabas en este aeropuerto?

V: Todos son iguales. Lo que uno siente es lo mismo.

J: ¿Siempre es lo mismo?

V: Siempre.

J: ¿Pero por qué abuelo?

V: Supongo que son los lugares donde uno se da cuenta que la historia se repite.
¿Tenés el pase de abordar?

J se asusta. Abre y hurga en todos los cierres del bolso de mano. Finalmente encuentra el pase en el bolsillo más externo.

J: Aquí está.

V: Ahí estaba...

J: No soportaría la idea de quedarme varada aquí.

V: ¿Crees?

J: Imagínate. Esta sensación todos los días.

V: La misma.

J: ¿Cómo la misma?

V: ¿Qué sentís?

J: Que este es el lugar más horrible sobre la tierra.

V: ...

J: No sé por qué. Los aeropuertos deberían de ser algo bueno. Lo son para el resto de la gente. Sólo están viajando.

V: ...

J: Pero tú no estás viajando. No estamos viajando ahora ¿Verdad?

V: No. Casi nunca.

J: ...

V: Vamos o volvemos. Todo el tiempo será así.

J: ¿Esperar?

V: No, vos todavía no esperás.

J: ...

V: Volvía de Miami. Me habían quitado el tumor. Me dolía el cuerpo pero lo peor era la espera. Todo era lo mismo. Esperar a irse. Esperar volver. Sabía que me iba a morir. Por primera vez lo supe, parece una estupidez... Estar acá sentado era justo lo que no quería hacer: esperando a morirme. Y de cualquier forma parece que así es: sabés que te vas a morir y a partir de ese momento ya no podés olvidarlo nunca. Esperás que llegue ese día sólo porque sabés que va a llegar. No es algo que recuerdes. Sólo te queda la vehemencia de hacer que valga la pena.

J: Sí valió la pena abuelo.

V: Los días pasan igual nena... las ideas son las mismas. No cambia nada adentro de uno. Seguís siendo el mismo. La vida es hermosa con todo y la espera y lo mucho que uno deja en ir y venir.

J: Se me olvida eso. Se siente igual ya: ir o volver.

V: Te vas vaciando. Pero eso no es malo.
Pensaba este día si morir sería como volver o como irse. Para mí volver siempre fue mejor.

J: ¿Y cómo fue?

V: Fue como irse.

J: ...

V: ...

J: "Esperar..."

V: Estar acá no era tan malo. Era volver al fin, a casa.
¿Qué tenés en ese bolso tan grande?
 
J: Mis cosas. Una chamarra, un suéter, un estuche de cosméticos, uno de lápices, un cuaderno, tres libros, paletas de dulce, mentas, un pañuelo que me dio papá, un rosario que era de la nona, una botella de agua, un paquete de galletas saladas...
 
V: No vas a necesitar nada de eso. Abrigate antes que sientas frío. Comé lo que te puedas comer. Píntate los labios cada vez que te acuerdes de hacerlo. Rezá cuando tengas ganas. ¿Y el pañuelo?
 
J llora.

J: Es que a veces lloro.

V: Está bien que llores. Uno llora cuando vuelve.

J: ¿Estamos regresando abuelo?

V: Vos sí mi amor... ya nunca te vas a ir, hasta que te mueras. ¿Entiendes?

J: Creo que sí.

V: Sí Lucía...

J: Nunca me habías dicho Lucía.

V: Es por tu nona. Para mí Lucía era ella. Era mi Lucía.

J: Ya van a estar otra vez juntos abuelo.

V: Ya lo sé mi amor. Ni siquiera la extraño. Todo el tiempo estamos juntos. Pero extraño decirle su nombre.

J: Desde aquí ¿No puedes llamarla?

V: Puedo, pero no me escucha. Sólo lo intenté al principio, porque allá, las pocas veces que se escucha, duele.

J: Puedes nombrarme a mí. Hasta que me vaya.

V: Sí Lucía.

J: Abuelo.

V: ...

J: ...

V: Lo que más se extraña es la vida Lucía.

J: ¿Cómo dices?

V: La vida. Lo que se extraña es la vida, querida.

domingo, 20 de junio de 2010

Galactic Heroes

En nuestra piel, el olor, en el límite entre los ojos y las lágrimas, la risa, cuando el cielo brilla nunca tan azul como hoy.
Las flores de las bugambilias caen sobre nuestras cabezas. Al andar nuestros pies tocan la tierra. No somos los primeros ni seremos los últimos. Los últimos hippies. Me alegra tanto que estemos aquí.
La música nos empuja, chocamos nuestras manos, nos damos un beso en la orilla de la boca porque todavía nos da vergüenza amarnos.
Toda esa ternura.
Ayer la luna estaba partida por la mitad como por un cuchillo que se fue curvando en los extremos conforme se hizo de día. Esa luna de Mortal Kombat convirtiéndonos en niños otra vez. El mundo enfrente cruzando la calle. Y nos sentamos en la banqueta sin pensar que los domingos son el mejor día para vivir. Las fachadas de los edificios que llevan mucho tiempo en su sitio. Los templos donde la gente se congrega a rezar, a tratar de comprender, mientras los niños juegan y se tropiezan en los pasillos, se caen, se ríen. Pasar por la biblioteca con esas ganas de hacerte la señal de la cruz, cuando los muros se vuelven gemas transparentes que puedes meter en tu bolsillo. Los llevo conmigo. Los guardo en mi recuerdo, me acompañan aunque esté lejos. Las palabras. Las cosas. El límite de nuestro cuerpo que no alcanza para abrazar todo lo que entra en nuestra cabeza, todo lo que intuye nuestro corazón y sin embargo no existe nada en el mundo que sea mejor que esa casa formada en la penumbra cálida del otro. Y es que a veces te siento tanto que me convierto en mar, te extraño como si siempre hubieras estado en mi interior, me gustas como esos carteles de neón con sus luces fluorescentes, te quiero como se enciende la llama de una vela, para que esté ahí iluminando un círculo perfecto que se sabe que va a terminar por estrecharse y finalmente se apaga.
Mi propio cuerpo, mi propia luz, encarnando toda la otra. Violeta y azul, durazno y lila. Verde pálido como el agua de una pila. Palpitas adentro mío como un corazón eterno y en el final sólo está eso. Mi abuela se llamaba Lucía, y su abuela también. Las manos de mi padre como una crisálida que espera. El regazo de mi madre, como una cuna que nunca cesa de mecerse, con el viento, cuando llueve, cuando golpean los platillos y se cierran los puños, con la esperanza perenne que entraña el que digas “más allá del infinito”.
Las ligas de mi cuerpo, que se estiran y se tensan para brincar los adoquines de dos en dos o se expanden para acurrucarme frente a ti, tapados bajo las sábanas. Los vellos de tus brazos que no terminan de abrigarte hasta que te tengo cerca. Y agarraste mi mano y apretaste mis dedos. El mundo como un experimento efervescente, como esos dulces que te hacen espuma en la boca, como la furia de un perro enjaulado cuya dignidad no se ausenta nunca. La mirada de una niña de color canela que cuida a su hermanito. Abrigados, por la tarde, arrancando las flores del pasto. Esa mujer es grande. Es tan grande en su interior que sus ojos casi no pestañean y de sus pestañas se sostienen las partículas, el punto de fuga desde el que se crea todo lo que existe.
Somos una parábola, la posibilidad de trazar cualquier camino a partir de un punto. El peso de la tinta. Como poner una cruz donde antes no había más que el vacío. Como el saco de tela del que se saca un conejo. Para nosotros, la ausencia de color es el rojo.
Confío en ti. Podrías ser el padre de mis hijos. Tu cuerpo es perfecto, como el mío. Nuestros errores y nuestros aciertos nos han traído aquí haciéndonos hermanos. Déjame apoyar mi cabeza en el hueco de tus clavículas. Quiero oír cómo el blanco vibra hasta volverse sangre, quiero arder esta cortada con un gajo de limón, quiero hacer crujir las costras entre mis dientes y tomar una bocanada del aire que exhalas. Quiero que pases tu lengua por mis encías y sentir cómo la vida toca lo que está adentro.
Lo siento ya como una ola que estalla bajo mis costillas. Los hombres hicieron esos ladrillos iguales el uno al otro. Los hombres trazaron esos senderos que se ven desde los aviones, desde los asientos, desde las ventanas que gritan que la armonía no es susceptible de trocarse. Que una caja llena de piedras puede contar todas las historias. El brillo del filo de ese cuchillo puede cortar la carne de un mamut.
A ti también te amé y ayer no había sido tan feliz como hoy. Las cosas se reúnen, se juntan, sólo así pueden existir. La forma, la materia, eso que ni un bosque entero rendido ante nuestras máquinas puede tirar abajo. La ética que no es más que el valor que le asignamos a las cosas. Todo esto que no es nada y que solamente juntos podemos convertir en una suma.
No te vas a ir nunca porque estuviste aquí. No te disuelves porque todo se hiela. No te extingues porque la luz sólo se apaga para hacerte acordar que permanece.

domingo, 13 de junio de 2010

Niños

Lo bueno de mentir -confió- es que puedes platicar mucho más con las personas. Y todos hablan y todos escuchan.
¿Tú dices mentiras?
¿Qué? ¿Tú no?
No.
Dices eso porque no te has dado cuenta de lo bueno que es. Por ejemplo cuando una persona está hablando y dice Yo conozco un lugar maravilloso, tú, aunque no conozcas ningún lugar maravilloso, puedes decir Yo también, y así la otra persona te toma confianza y te considera como un igual.
¿Pero si se entera que estás mintiendo?
Bueno, eso puede ser malo, dependiendo de la moral de la persona. Si no le importan esas estupideces, tampoco va a importarle que mientas, lo que importa es que tú y él, o todos lo que participen en la conversación, no importa que digan la verdad o una mentira, es que estén contentos, que se emocionen. ¿Comprendes?
¿Cómo si jugaras un juego?
Claro. Como si jugaras un juego. Es un juego. Sólo que las personas que no les gustan las mentiras generalmente lo arruinan.
¿Por?
Para que sea divertido todos tienen que creer en el juego. Incluso hay gente que sabe qué cosas son mentiras y qué cosas son verdad, pero sabe jugar porque se entretiene en escuchar las historias en vez de pensar si sucedieron o qué partes son inventadas.
Yo conozco un señor que siempre que digo que mi casa es grandísima como un castillo me dice que eso es mentira.
¿Ves? Supongo que no te gusta.
No. No me gusta. Porque después ya no sé qué decir. Me da vergüenza y siento que me tengo que quedar ahí parada pero siento ganas de irme.
Sí, es gente muy tonta. Que hace quedar mal a los demás. Disfrutan de incomodarte.
¿Incomodarte?
Sí. Esos momentos. Cuando te quieres ir. Te miras los zapatos y no sabes dónde poner las manos. Te das cuenta de que cualquier cosa que digas ya no le va a importar. Son como las brujas malévolas: cuando te dicen que eres un mentiroso te hacen sentir malo y te transformas en sapo por un momento.
¿Te transformas en sapo?
O algo así. No en sapo, porque los sapos no son malos, pero algo así.
Sí.
…
Pero yo te voy a decir una cosa. A mí no me importa que digas mentiras. Es más. De todas las cosas que me has contado no sé cuáles son verdad. De todos modos me gustan. Tú eres linda.
…
¿Parezco un sapo?
No. Porque tus mejillas se pusieron coloradas.
Ah.
…
Es que también te puedes sentir incómodo por algo bueno, y te conviertes en un helado de fresas o en una manta de lana o en un gato pequeñito.
A mí me gustan los gatitos.
A mí también.
A mí también.
¡Es la verdad!
Sí. Yo te creo.

jueves, 27 de mayo de 2010

Cerca de las estaciones

Así, como se sostienen las manzanas en torno a las estaciones, así será el mundo cuando se acabe.
Las ciudades en sus extremos más apretados, donde más fuerte palpitan, ahí es donde de a poco se extinguen. Se vacían donde más fuertemente están asidos sus cimientos, donde aguardan esos edificios que no van a caerse nunca, ni aunque llegue un invierno oscuro a postergarlo todo.
Esas calles abiertas por el esternón, sus costillas de adoquines rosadas que todavía sangran debajo del asfalto, están ahí desde antes que nosotros y hasta después de nosotros. Los hombres sin darse cuenta pusieron mucho más ahínco en desdibujar sus idas y venidas que en honrar a los dioses con esos templos azules y puntiagudos. El espíritu de los hombres se parece más a esos pies que caminan por los costados de las autopistas, a esos hombres que andan por caminos que no están hechos para que anden los hombres.
Pero los hombres que habitan en esos sitios conocen las almas mejor que otros. Mejor que los de las luces violetas, más profundamente que los de los húmedos templos. La vida en esos pasillos descascarados, verde pálido y debajo el vino, es como fue siempre y como será en el porvenir. No importan los satélites ni los kilómetros, sino el abrigo, el olor a pan y a café a cualquier hora del día o de la noche, poder cambiar algo que se saca de un bolsillo por una cama para echarse cuando uno está cansado. Los hombres de las manzanas en torno a las estaciones no juzgan a otros hombres. Ofrecen comida tan sólo por el precio que cuesta hacerla y mantener una luz encendida. Venden bultos, bolsas, mochilas, maletas, baúles buenos y baratos porque saben que los hombres van y vienen, que lo que uno posee sólo lo ha conseguido con trabajo y tiempo y que el espacio, no importa si es aquí o en alguna otra parte, sólo se llena con esas cosas. Libros, cobijas, sombreros.
No existe la lástima en torno a las estaciones. Por eso los que no tienen techo elijen los escalones anchos sobre las banquetas de esas calles para dormir junto a sus perros, tender sus cartones y envolverse en sus gabardinas. Ahí van a parar las cosas que la gente ya no quiere o no puede llevar consigo. No hay ninguna vergüenza en recogerlas y darles un nuevo sitio y un nuevo nombre. Se puede trocar un buen par de zapatos por un café con leche y una ración de pan con mantequilla y dulce; nadie dice lo que es valioso o necesario. Se puede también pasar desapercibido porque cuando uno pasa por ahí es igual a cualquier otro: todos hemos buscado a alguien en una noche helada para que se acueste a nuestro lado; todos hemos deseado compartir un baño de agua tibia y un pedazo de jabón, el perfume de un pedazo de jabón, y observar la fragilidad de la carne, la vehemencia del frío y la astucia con la que nos metemos debajo de las mantas y nos abrazamos venciéndolo todo: la oscuridad, la inmundicia, la corrupción, la soledad y el agotamiento.
El mundo, el hombre en esas partes, es invencible y de una sola forma, igual al musgo que crece junto a los desagües, igual a un monstruo que camina hacia nosotros a contraluz. Como un pedazo de cinta de seda color de rosa que una abuela compra tras cruzar una puerta que hace trinar unas campanas. La puerta se cierra pesadamente y el vidrio montado en la chapa de metal queda vibrando unos segundos. Un hombre se acerca, sus botas, sus pasos, por el pasillo. En su negocio tiene todo lo que uno pueda pedirle. Y la mujer le pide cinta. Cinta de seda. Color de rosa. El hombre toma una caja de cartón azul marino, le quita la tapa y la pone sobre el mostrador. Dentro hay diez o doce carretes de cinta de color de rosa, rosa pálido, rosa viejo, rosa como chicle de frutas. La mujer siente las puntas de seda entre sus dedos y elije finalmente una, la del color más vivo. Le dice al hombre que es para su nieta. Tal vez para atarle unos moños preciosos alrededor de las coletas. Un metro. Metro y medio mejor, porque tal vez hace falta. Tal vez haya que hacerle muchos moños o dos muy grandes, o uno grandísimo y largo y colgante. Tal vez es para guardar un poco, porque de las cosas lindas uno siempre quiere tener un pedazo guardado para cuando se antoje usarlo, para regalarlo nuevamente en otra ocasión, cuando alguien diga qué hermoso quedaría este suéter con una cinta rosada tejida alrededor del cuello y la abuela abra un pequeño cajón de la máquina de coser y diga yo tengo un pedazo que guardé de aquella vez. La cinta cuesta noventa centavos el metro. Son un peso con treinta y cinco. Y la mujer saca de entre sus bolsas un monedero y mira las monedas por debajo de los anteojos. Paga justo, con una moneda de un peso, una de veinticinco centavos y una de diez. Son sólo esas tres monedas con las que no se paga casi nada que hacen ruido al caer sobre el vidrio del mostrador. El hombre tapa la caja, la acomoda en su sitio y toma las monedas una por una, para contarlas. La cinta enrollada delicadamente y puesta en una pequeña bolsita de plástico. El hombre la entrega a la señora y ella la guarda en otro bulto, adentro de un cierre que queda bien cerrado. La mujer da las gracias y pide permiso. El hombre le dice hasta luego y la manija de la puerta gruñe y abre haciendo sonar de nuevo las campanitas, dejando entrar el viento y el sonido de las hojas secas que barren la vereda. Antes que la puerta se cierre la mujer levanta la voz y repite Hasta luego.
Y por un momento, más que uno sólo, esos hombres estuvieron ahí, complaciéndose infinitamente unos a otros, incluso a otros que estaban lejos, pensando incluso en algo susceptible de suceder entre todos los otros sucesos posibles, haciendo verdadero algo probable tan solo por contemplarlo, por atisbar un calor que aún no existe, emprendiendo un viaje continuamente, yéndose y acercándose a la vez, respetando el tiempo que implica encontrarse con otro, escuchar lo que pide o simplemente dárselo.

viernes, 14 de mayo de 2010

El árbol de quinotos

Se despertó después de haber dormido casi dos días. Entre medio sólo había soñado con ese amor que todos tenemos sin haberlo conocido nunca: el que haría que no estuviéramos aquí, hojeando un libro o durmiendo los días enteros mientras la tierra gira sobre su propio eje, sino en algún otro lado, acompañándonos, seguros de que la soledad no existe, sin este repicar insistente de la ausencia.
Salió a la cubierta para examinar el tiempo. La Victoria parecía inmóvil si no fuera por la ancha estela de espuma que dejaba tras de sí, insistiendo en que realmente ella y el capitán se dirigían a algún lado. Lo bueno, pensó el capitán, es que esta nave es mucho más obstinada que yo. Porque ya han pasado varios días celestes como este, casi sin sol, casi sin viento, en los que lo más difícil ha sido encontrar un motivo para seguir adelante con este viaje. Y el capitán, a pesar de la edad o del cansancio, de la resaca que a veces tenía o el mar tenía tras una tormenta, siempre que no encontraba en sí la justificación para seguir le restaba al menos ese sentido oculto que los marinos tienen, que lo liga a este sitio en la mar porque, como para consolarse, al menos este objeto de madera y chatarra seguía creyendo en él, avanzando en la dirección que él había fijado.
Sintió la frustración que deviene de cambiar de opinión y no poder hacerlo. Quizá el viaje de regreso sería tan largo ya como seguir adelante. Quién sabe si dentro de unos días se empezaba a sentir esa corriente encontrada que remonta los barcos como llevados por la mano de Neptuno sobre crestas de agua y los deposita ante una bahía donde todo cesa, donde se alcanza a ver la boca, el abrazo con el que la tierra recibe a los navieros. Quien sabe…
Rompió con el puño el vidrio de una claraboya de calderas. No le quedó en la piel más que el dolor del golpe y los nudillos quemados por la fricción. Se sentó en el suelo y quiso llorar pero no pudo. Su mano casi intacta le recordaba que aún era un hombre muy fuerte. Su abuela solía limpiarle la frente con un trapo y sostenerlo por el pecho. Le decía sobre lo raro que era ver sangrar a un pez o a cualquier otro bicho de mar, porque la sal previene las heridas y en el mar es más fácil morir de cualquier otro modo que ver infectarse una herida. Y tenía razón. Uno sólo ve la sangre de los peces cuando clava bien profundo el anzuelo atravesándoles la cabeza o cuando utiliza un arpón con poca destreza.
El viento cambió de dirección y había que ponerse a trabajar. Entró a su camarote tratando de no llevarle el apunte a la atmósfera que había ahí adentro de desorden y desconsuelo. Ya sabía que si permitía que esa penumbra cálida lo seduciera, volvería a encerrarse ahí dentro un día más o dos, dejándolo todo para después. Corrió las cortinas y abrió las ventilas para que entrara la luz y el aire. Sintió cómo el espíritu ceñudo de la angustia se escapaba por la puerta como un perro arrepentido. Acomodó su catre y se quitó la ropa. Se olfateó las axilas para ver si tenía mal olor, pero estaba limpio. De todas formas le complacía la idea de bañarse y lavar su ropa, aprovechando que había otros trapos que había puesto en remojo hace unos días y a la cubierta no le vendría mal una limpieza general. Bajó a la pieza del aseo y juntó un par de baldes, trapos limpios, un lanudo. Iba a cortar una pieza de jabón, todavía quedaba mucho, pero inconscientemente recogió en su mano los restos que quedaban en la base, como si pensara que valía más ahorrar lo mejor para después.
En la cubierta enganchó un balde en una polea y lo bajó al mar para llenarlo con agua salada. A la madera le venía muy bien la sal. Observó cómo el balde se hundía en el agua que brillaba delicadamente y, una vez que estuvo lleno, lo dejó ahí abajo jugando, resistiendo la fuerza del mar, yendo de arriba abajo como si brincara la cuerda. Qué limpia era el agua y qué hermoso ese sonido pequeño del balde y la soga que se deslizaban, parecido al que uno escucha cuando la navaja traza surcos en la espuma al afeitarse.
Hizo subir el cubo y tiró toda el agua sobre sí derramándola en el suelo, y las juntas de la madera la hicieron correr hacia todas las direcciones chupándola y expandiéndola. El capitán pensó que era la primera vez que notaba cuánto le gustaba mirar cómo se mojan las cosas y por un momento brillan, cambian de color y la vista percibe cómo se vuelven más pesadas. Enganchó otra vez el balde y subió otra tanda de agua. Disolvió ahí el jabón, revolviéndolo hasta que el agua se volvió lechosa y con un trapo limpio se talló el cuerpo y la cabeza. Desde que estaba en altamar las uñas le crecían mucho. A veces no pasaban más de dos días que ya era necesario cortarlas de vuelta y, al contrario de lo que pasa en la tierra, crecían más las de los pies que las de las manos, tal vez porque las manos estaban permanentemente en contacto con la brisa, trabajando en la caldera, exprimiendo trapos y tirando de las cuerdas, y se limaban solas.
La suciedad de los barcos es distinta a la que se junta en tierra firme. La humedad atrae esporas y pequeñas plantas. Entre las vigas de madera, sobre todo en los lugares donde se junta el agua de las tormentas, habían crecido pequeños helechos y moho. El moho no es bueno porque no permite que la madera se seque y el capitán lo rascó con un cepillo. Pero los helechos eran bonitos y delicados. Parecían vivir ahí sin molestar a nadie, exigiendo simplemente un lugar de dónde asirse. Decidió dejarlos por esta vez. Era como una obsesión de los marinos salvar hasta el más mínimo recurso y él siempre actuaba conforme a esas reglas que había aprendido siendo peón en los buques. La única planta que había traído con él, sembrado en una maceta, era un árbol de quinotos. Era costumbre llevar uno en los barcos porque no requiere absolutamente ninguna atención, sobrevive a todas las estaciones y da frutos regularmente. Pero ahora no veía el propósito de evitar cuidar una planta aunque sólo fuera por el hecho de adornar a La Victoria. A las mujeres les gusta vestir flores y cuidar plantas como helechos. No es necesario que den frutos o sirvan para algo. Recogería un poco de arena y separaría unos cacharros oxidados para mudar los helechos junto a la ventana de su camarote. En la bodega había un montón de sacos de hierbas y quedaban algunas papas, camotes y esas raíces que le habían regalado los chinos que pareciera que nunca jamás se mueren. Había un saco de tierra que debía estar ya muy seca, pero incluso podría hacerla buena de nuevo, poniéndole algunos restos de comida y un poco de abono. Así, aprovechando que el sol estaba cerca y tostaba la piel, aunque el viento ya anunciaba el invierno, pasó la mañana desnudo, haciéndolo todo al mismo tiempo, mitad aseándose, mitad limpiando el barco, yendo y volviendo de acá para alla, con una tela enroscada en la cintura, con pedazos de latas, examinando todo lo que había en la alacena para sacarle semillas, cortando varitas para encontrar que algunas todavía estaban verdes por dentro, como el romero y el beleño. Cuando levantó los vidrios que habían quedado en el suelo de aquel arranque de ira que tuvo por la mañana, una astilla se le clavó entre el meñique y la palma y la sangre salada no dejó de salir por un largo rato. Por la tarde, cuando empezó a caer el sol y su pelo ya se había secado, sacó de su arcón una muda de ropa, se cortó las uñas y se puso un poco de una loción que le había regalado hace mucho tiempo la esposa de un gitano en agradecimiento por llevarle noticias de un hijo que también era marino y casi nunca volvía a ver a sus padres sino que lo pasaba de puerto en puerto, mercando y enamorando jovencitas. Tenía un muy buen olor, a sándalo y otros aceites y le recordaba los bosques de acacias en los que había jugado de pequeño a ser pirata y al olor de las casas de las montañas, los días de frío, cuando se encendía la chimenea. Puso un poco en sus sienes y en su frente. Se pasó el peine y se fajó la camiseta.

Cuando llegó la noche, el capitán se abrigó y se sentó a la intemperie. Sorbió un caldo caliente y se pasó mucho tiempo tocándose la cabeza con las manos para después olerlas, contemplando su ropa y su faja, acariciando delicadamente el pequeño árbol de quinotos, el único ser vivo que estaba ahí con él desde el inicio y al que nunca le había puesto más atención que la de recoger los frutos que otra vez ya empezaban a pintarse de color anaranjado. Una rama delgada le tiró de la piel abriendo de nuevo su herida y haciéndole correr la sangre llenándolo de rabia. Se limpió con la camisa y vio cómo la tela la chupó y la expandió por el tejido, volviéndose más pesada.
Lloró hasta mucho después que la sangre hubo dejado de salirle y antes de irse a dormir, le pidió perdón al pequeño árbol, que parecía no guardarle ningún rencor.

domingo, 25 de abril de 2010

A mamá:

Se fueron ustedes y todo volvió a una normalidad extraña. Una normalidad que se sabe lo es simplemente porque trae consigo una sensación que no es nueva, pero extraña porque tampoco es dulce ni cercana, más bien distante y difícil de especificar el gusto que deja en la boca.
De cualquier modo, como buena normalidad siguió y ese sábado que parecía domingo ustedes se fueron y terminó algo, empezó otra cosa, claramente, nítidamente, precedida por unas pequeñas vacaciones esa tarde y el domingo, sabiendo que en cuanto se hiciera lunes el cambio sería totalmente patente e inmutable.
Como todo cambio, una vez que sucede sigue avanzando y no cesa hasta que inicie el proceso mediante el cual se producirá el siguiente. Por lo pronto no vislumbro nada más que el estreno de Los campos de algodón, que en el transcurso de esta semana se va a empezar a ensayar en el espacio definitivo y hay que empezar a apresurar los preparativos de producción. Está quedando hermosa y me gusta. Ya sabes, siempre me gusta el teatro, no importa si hay odaliscas contando cuentos o locos recitando pasajes de la biblia, o como en este caso simplemente alguien que vende y alguien que compra con la inconsistencia de que el que compra nunca logra decirle su deseo al que vende. Finalmente las cosas se parecen, los genios de las lámparas maravillosas, los vendedores y los compradores, los locos y los cuerdos. Siempre uno tiene un deseo difícil de enunciar y casi por ley lo que no tiene nombre sólo existe de manera abstracta, no sólo imposible de decirse sino también de hacerse o de ser o de estar. Hartante hasta la náusea o hermosamente bello, depende con qué paz, con qué claridad uno se aproxime a ese deseo.
Sin duda no deseaba sacarme un 4 en el examen de lingüística que presenté cuando todavía ustedes estaban aquí. Casi me caigo de espaldas. Pasé dos días muy enojada. Por suerte no tenía nadie a quien tirarle la bronca y, como siempre hace uno en esos casos, lo malo es que me la tiré a mí, pero vaya que me lo merezco. Qué pajera. Eso fue hace ya más de una semana y hoy todavía lloré unas lagrimitas de frustración y de torpeza, tristes por ese puto 4 y también por ese deseo sin nombre. Por que no sea un pececito que nada en una pecera redonda apoyada sobre el marco de la ventana, o un libro cuyas hojas se pasan con el dedo húmedo, o cualquiera de las cosas que se pueden guardar en mi mochila y hacerlas pasar por millas, fronteras, aduanas y llevarlas con uno, acompañándolo a uno, aunque me vaya lejos, aunque estuviera sola, aunque quedara ciega. Estar bien, así, ahí o acá.
Porque la manera más idiota, fácil, rápida y obvia de llegar a la nada es continuar preguntándome si estoy en el lugar adecuado, ya no geográficamente sino ahí, acá, estudiando estas letras que tanto me gustan y sin poder aún explicarlas con palabras rimbombantes, fiel a la idea originaria de que lograré desentrañar los misterios del mundo con sólo unos cuantos elementos simples, sin tablas periódicas ni revolución saussureana, con la periodicidad de los días que pasan y algo que rime con banana.
La vez pasada, en una clase, se pusieron a hablar de algo que parecía interesante: una conferencia que dictó Foucault que se enrollaba sobre el tema de los hombres, la verdad y la justicia. Por ahí saltó alguien a preguntar a qué se refería el franchute cuando hablaba de resistencia. En primer lugar en ninguna parte de la conferencia estaba esa palabra, sino que la profesora la usó para dar un mal ejemplo de algo. El resto de la clase giró en torno a una resistencia inexistente y a contestar una pregunta a una persona a la que al parecer su gorro de lana peruano no le permite pensar en un significado propio derivado de esa palabra y, peor que eso, que probablemente no logre desarrollar uno nunca porque nunca ha tenido que utilizar el infinitivo de esa palabra: nunca ha tenido que resistir nada.
Y bueno… que ellos resistan y oreen sus tubérculos, como dice el capitán de La Victoria en el libro que aún no voy a escribir. Que quemen sus naves y sus libros en la búsqueda, ya no de nombrar a su deseo, sino del deseo mismo. Que quemen sus ojos leyendo lo que alguien escribió acerca de un libro que leyó que hablaba sobre un libro que hablaba sobre otro libro que alguien leía y califiquen esa mamada metatextual. Que aprendan a explicar un concepto con las mismas palabras que usó el primer guey que trató de explicar ese concepto hace cien años. Yo seguiré yendo a la escuela a encontrarme con Aristóteles y entenderme con él, a aventurar comunicarme con alguien, a hablar cada vez menos y escuchar cada vez más, a sentir pena por el pobre franchute que ya está muerto y la gente todavía sigue queriendo meterlo en el ínfimo cajón de la psicología o de la sociología o de la antropología, la historia, la ontología, incapaces de comprender que era un escritor y podía escribir acerca de lo que se le diera la gana y lo hizo. Es tan fácil remover una etiqueta que resulta extraño ver cómo la gente saca de su portafolios millones de pequeños rótulos, acomodados alfabéticamente por materia, título, revoluciones, esperando pegarla en algún lado y creyendo fielmente que una vez que hayan hecho eso significará que lo comprendieron.
Siempre me han gustado las estampas. Las estampas de flores, de zapatillas de ballet, con brillantina. Uno compra una plana y no puede esperar a encontrar el lugar adecuado para pegarle la smile, el hombre araña, el pececito dorado. Es bastante malviajante intercambiar mis estampas de terciopelo por unas blancas, rectangulares y alargadas que dicen METODOLOGÍA DE LA INVESTIGACIÓN u otra más fea todavía FILOSOFÍA DE LA SOSPECHA
???
!!!
Pero ya sabes cómo es, mamá. Yo me sigo riendo cuando algo me da risa. Me sigo sonriendo cuando algo me da gusto, sigo disfrutando de caminar los días que el sol entibia y de tomarme un café caliente a la hora de la siesta. De visitar a los que tengo ganas de ver y de recordar a los que extraño. Todavía no te extraño tanto. Apenas un poquito. Anhelo sí, eso sí. Ir al súper contigo a comprar lo de siempre, llevarlos a ti y a papá en el auto a algún lado, por una avenida ancha o por una carretera, sentarme en la cama con ustedes a leer un pasaje cómico de Umberto Eco… vaya, las cosas lindas de la vida pues, con ustedes.
Cuando evito lo fácil, lo rápido y lo obvio me acuerdo que mi misión en este mundo es pasármela bien. Que soy un personaje cómico. Que no le pongo azúcar al café porque no me hace falta. Que debe haber cierta dulzura incluso en renegar.

* Escribir más. Más.
* Leer más.
* Estudiar más.
* Nada más.

Y todo lo demás está joya.
Te amo madre.
Mil besos.
Lu =)!

martes, 20 de abril de 2010

Auto sacramental I

Orgullo: Cuatro en lingüística sólo es la excepción que confirma la regla: lo que mejor te sale es comenzar de nuevo.

Humildad: Sí, eso o que eres una estúpida.

Orgullo: No, no. No puede ser eso. Acuérdate: tú eres una chica inteligente, sensible, audaz.

Humildad: Insegura, lenta…

Orgullo: Bueno… pero son cosas que no son importantes. No significa nada sacar un cuatro.

Humildad: A mí me importa.

Orgullo: ¡No te importa! ¡Sólo te haces la víctima! En el fondo sabes cuáles son las cosas importantes.

Humildad: ¿Tú me vas a decir a mí de las cosas importantes? Esto sí que no me lo esperaba.

Orgullo: Sí. Te voy a decir. No me importa que creas que soy un pendejo. No lo soy. Sirvo de mucho. Estoy aquí por la esperanza ¿Qué no ves?

Humildad: No, no, no, no. No. A ver… un poco de historia, querido. YO estoy aquí por la esperanza. “Los últimos serán los primeros”. No sé si te suena.

Orgullo: No. No puedes. No puedes salir con una mamada de esas. ¿Qué tienen que ver contigo esos fundamentos? ¿Me vas a decir que todo es culpa de unos putos libros?

Humildad: Ah, ¿Y tú? “La Esperanza”. No te la jales man. Te estás pasando para el otro lado. Ese es MÍ lado.

Orgullo: ¡Eso de los lados es una mierda! ¿Por qué tengo que ser malo? ¡No soy malo! ¿Quién lo dijo? ¿Por qué todos le creen?

Humildad: No te pongas así. Se supone que esa es la verdad. No digo lo de los libros… no son los libros sino la verdadera verdad. Las cosas que uno sabe que están bien.

Orgullo: Pero, a ver… ¿Entiendes que me estás diciendo que tengo que pensar que yo pertenezco a ese otro lado?

Humildad: Eso te estoy diciendo. Es como es.

Orgullo: ¿Cómo podría pensar eso de mí mismo?... Aunque todos lo crean… Si yo creyera en eso no podría existir. No soportaría.

Humildad: Pero se supone que tú… Que a ti no debería importarte. Vaya, dicen. Decían que a ti no te importaba nada de eso.

Orgullo: Sí… se supone que así debería ser.

Humildad: ¿Qué tienes?

Orgullo: Nada. No tengo nada. Es que, si de verdad existe “La Verdad”, no entiendo cómo ella pudo creer que unos pudiéramos estar sólo de un lado. Por qué puso ese estúpido límite entre las dos cosas. Arbitrariamente.

Humildad: No sé. Se supone que ella sabe. Por algo debe ser. En última instancia siempre queda la posibilidad de elegir de qué lado ser.

Orgullo: ¡Elegir! ¡Chingada madre! ¡Ese es el puto problema! ¿Por qué carajos hay que elegir? ¡No se puede empezar nada sin elegir! Es como un jodido truco. No es cierto que uno escoja nada. Estamos y somos antes de haber tomado ninguna decisión. Además, ¡Cómo podemos elegir si sólo hay dos caminos que conducen al mismo sitio! Se le hizo fácil. Se le hizo fácil pintar una raya y ponernos a unos de un lado y a otros del otro. Creyó que simplificaría las cosas pero no lo hizo. ¿Quién le dio a ella el derecho de decidir eso? ¡De decidir por nosotros! Si hubiera un consenso, si a todos nos pareciera bien eso. ¡Incluso así! ¿Ves? Está todo mal desde el arranque.

Humildad: ¿Dices que, si todos estuviéramos conformes, incluso eso probaría que el duelo no tiene sentido?...

Orgullo: Sí.

Humildad: Sí… puede ser.

…

Humildad: ¿Sigues ahí Lucía?

...

Humildad: Perdón… Nos desviamos un poco… Si quieres, vete… Cuando arreglemos esto te avisamos… ¿Va?

jueves, 11 de marzo de 2010

Diálogo tipo

Ayer tuve un examen oral de Problemáticas de la literatura. ¡Chan! Dios mío… Qué carajos es eso. Leí unas fotocopias que ya había leído y no había entendido nada. Las leí, las subrayé, acomodé unas frases con unos títulos en una ficha bibliográfica y les expliqué lo que entendí. Me resultaba increíblemente invulnerable la cara de palo de la profe, que se sentaba extrañamente cerca, al lado del chabón que revisó mi trabajo en cuyos ojos traté de apoyarme el resto del tiempo, tratando afectadamente de también hacer referencia a los otros dos ayudantes alumnos, uno a mi derecha y otro a mi izquierda, porque sus sillas ocupaban espacios atrás de la mía.

Si yo miraba para el frente veía a la profe enmarcada, como diría Trépliev, en un pedazo de pared color ocre gris.

Hablé durante seis minutos más o menos. Después de explicar el último punto de mi fichita, cuando sentí que había terminado lo hice. La profe miró su reloj y sugirió algo como que qué bueno que había terminado porque ya era hora de cortar. Yo pensé, sí… ya se había acabado el tema. Después ella tomó la palabra y me dijo un par de cosas que se suponía que yo tenía que haber sabido. Y después sonrió un poco y miró alrededor. La luz que entraba por la ventana le dio en la cara y miró para afuera, que hay una plazoleta. Parecía que había un balón flotando en algún lugar. Conversamos un par de cosas todos los que estábamos ahí. Cruzamos dos o tres palabras. Me hicieron un par de notas acerca de mi trabajo escrito, una de ellas fue que tengo que usar más términos técnicos y ser precisa en la terminología. ¿Dudas? ¿Comentarios?

Freud no inventó nada. Siempre que yo he ido al doctor ha sido así.

.- Dígame doctor: ¿Cuál es mi problema?

El doctor es una especie de tío. Un tipo que decidió mudar la mesa de su cocina a la oficina.

* ¿Alguna vez ha tenido la sensación de que le pican bichos o parásitos que en realidad no le pican?

.- Eh… bueno… ¿Cómo podría saberlo?

* ¿Lo ha sentido?

.- No, no creo haberlo sentido, bah, me pica a veces algo, no sé, pero me pica nomás. O sea, me rasco.

* Ajá. (Pausa)

.- Oiga doctor… ¿Y hay alguna manera especial de lavarse las orejas?

* No. Con el dedo, supongo.

Enjabone su dedo y páselo por la oreja ¿Eh? Así, qué sé yo.

No por adentro. Por adentro no es necesario porque se limpian solas.

.- Sí ¿no? Qué buena onda.

Bueno pero a mí a veces me pica por adentro.

* Bueno. En ese caso tendría que usar el antibiótico. Pero sólo ese día. Una gota. Nada más ese mismo día y en ese momento.

.- ¿El frasquito ese que usted me dio? ¿Con las gotas?

* Sí.

.- ¿Yo lo uso cuando crea que es necesario?

* Sí.

(Lo interrumpo)

.- ¿Y lo interrumpo en seguida?

* Sí. Tal vez lo necesita. Sólo en ese momento.

.- Mh…

A veces uno se pregunta cómo hay gente que pueda saber eso ¿no? Hay gente para todo. Hasta hay una canción de Calle trece que dice eso.

¿Siente que estuvo bien que le viniera a ver doctor? ¿Cree?

* Sí. Sí… Creo que sí.

.- Una última cosa doctor. Porque veo que usted se depila también las cejas. ¿Sabe en quién puedo confiar para que me realice ese procedimiento?

* Sí. Ya mismo le llamo a mi hermana y le copio el teléfono.

Lo acompaño afuera.

jueves, 25 de febrero de 2010

Los navieros

Como en un cuento de espantos, un pensamiento gótico tomó por rehén su lucidez. Así llegan estos, como peces hambrientos, enguyendo todo lo que hallan frente a sus bocas.
Conoció algunos que habían creído encontrar el sentido de la vida resguardándose bajo el título de genios. Esa clase de humanos que se colocan sobre los otros, atribuyéndole a una lógica pesimista su coherente montaje para la comprensión de todas las cosas. Desde su punto de vista sólo mentían; hacían quedar a los demás como idiotas fundamentando haber entendido el universo. El capitán sospechaba que, más que entender, se habían dado por vencidos. Bastarse a sí mismo para justificar la vida era de una soberbia extrema.
Estaban también los que no importan. Esos a los que se les podría tachar con una cruz y súbitamente desaparecerían del mapa, cayéndose por el borde hacia el vacío. A veces él mismo se sentía de ese modo, inocuo. Incapaz de contemplar a una tortuga, recibir un abrazo o hablar con dios.
Pero hay seres que por uno u otro motivo deciden darle importancia a otros y, desde niño, el velador del faro lo había elegido a él entre todos los demás niños del pueblo para que fuera su aprendiz. Frotándose un empeine con la planta del pie, mirando hacia abajo, cuando todos se hubieron ido, él preguntó al adulto.- Por qué yo. Hay muchos otros chicos, pensaba. Los que tienen bicicletas son más rápidos, el hijo del albañil es fuerte: lleva carretadas de ladrillos todos los días. Podía pensar al menos veinte buenas razones para darle el lugar a otro chico. He observado cómo miras el mar-. Le dijo el torrero.- Eso me gusta de ti-. Eso lo hizo sentir especial.
Durante su vida encontró, no muchas, personas diferentes que lo hicieron sentir especial por diversos motivos y él también halló cualidades hermosas en toda esa gente y a lo largo del tiempo se convirtieron en sus afectos. No importa que uno no sea especial. Lo importante es que haya otros capaces de descubrir en uno formas nuevas de ser. Rasgos que nos conecten y a la vez nos distingan.
Descubrir los encantos de la empatía lo involucró en un mundo donde el sentido de las cosas recaía en eso. Tuvo maestros, estuvo enamorado, hizo amigos que quiso como hermanos. Y gran parte de su juventud y su vida adulta se construyó sobre esos cimientos. Tampoco tardó en darse cuenta que de la mano del cariño conviene la decepción: podía recordar tardes lluviosas, sentado en las escaleras de un callejón suplicando a voces a la tormenta para que lo lavara del todo, que lo lloviera entre lágrimas y mocos convirtiéndolo en el puro plasma que la tierra caliza no tardaría en filtrar hasta las profundas cavernas de la tierra. Y entonces creía estar seguro que aquel llanto era culpa de la mujer, del traicionero o del que toma las cosas a la ligera pero conforme arreciaba el agua y él se imaginaba haciéndose parte de la corriente que bajaba hacia el mar, lloraba con más vehemencia sintiéndose solo, aunque fuera de agua. Aunque fuera lo que fuere. Conmovido por una angustia más viva que su propia sangre y arraigada en el alma. Descubriendo que el alma es eso que hiere. Uno mismo con su conciencia de sí. Confundido ahora entre los que se sienten únicos, los que son y los que no lo son.
Todos estos años han pasado y ahora ese ímpetu oscuro como un cofre mellaba el filo de su mente. Incluso sabiendo que dejarse caer al foso sólo conduce más adentro, tratando sin eficacia de asirse, de procurarse primero del recuerdo de esos otros con los que había conocido la dicha y la gracia, descartándolo por lejano, por trunco, por finito, inasible él siquiera por el valor que esas otras almas le hubieran atribuido que no importaba ya, incapaz de asignarse con algún rasgo que él y sólo él pudiera encontrar en sí mismo para cobrar importancia, para convencerse de su propia trascendencia. Qué hace ahora solo en aquel buque en el medio del agua y qué se supone que vale la pena de esta travesía.
Pensó en los muertos. En sus padres y sus abuelos. Tuvo miedo como si fuera un niño. Quizás la muerte hiciera cesar esta vacuidad. Esa era la única dirección que nunca había tomado y cualquier rumbo cuando uno lo fija, espera que le conduzca lejos de las tinieblas.
La Victoria rugió su quilla contra las olas. Bajo ese artefacto de metal, bruñido por los brazos de cientos de hombres, se hallaba el infinito mar.

domingo, 14 de febrero de 2010

Abordando

Hay varias teorías que dicen que los seres humanos APRENDEMOS las estructuras. Casi creería que en realidad TODAS las teorías dicen eso: Que al nacer somos unos “animalitos”; dicho esto desde una incapacidad absoluta de observación y comunicación con el resto de las especies animales que habitan nuestro planeta, que, para quienes no se hayan dado cuenta, son igual de grossos que nosotros; unos seres inútiles, carentes de facultades cognoscitivas e incapaces de saber dónde carajos estamos parados, quiénes somos o por qué.

¡Mentira! Hasta a algunas neo mamás de esas que no están interesadas ni en pujar para tener un hijo he escuchado diciendo que le hablan a su bebé y siente tal cosa y siente tal otra. Supongo que Hegel o Sócrates se dieron a la tarea antes que yo de valorar si sentir es igual a pensar, o igual a saber, pero esta no es la primera vez que vamos a disertar sobre una pelotudéz. Nada de lo que diré a continuación se me ocurrió a mí primero, para los que todavía duden de su carácter único en el universo.

Sentir, imaginar, percibir la posibilidad de que a partir de nosotros aparezcan mundos factibles ¿No es la escencia misma de todas las cosas?

Las células llevan dentro suyo la posibilidad de reproducirse: de quedar representadas en otro que será igual a ellas prácticamente, sólo que ocupará otro espacio y se desarrollará en otro tiempo. Y además trabajan, SON, para lograr este fin último, perpetuarse a sí mismas, depositan su energía completa en eso.

Parece medio hippie esta intromisión en el ámbito del “todos somos iguales”, pero este tipo de cosas a veces me brotan como una necesidad de confesión. Siento, creo, pienso, percibo, que somos iguales a Todo. No a las demás personas, no a dios, no a las cosas tangibles, al gran artilugio que se implementó en un cosmos justamente organizado para que la vida, suceda.

Otra frase muy libertina: “todas las cosaaaaaaaaas están vivaaaaaaaaaaaas”. Ya no se sabe si es filosofía de los vedas o la letra de una canción emo. Pero ¿Ven?... vaya, está ahí...

Bueno chicos: es eso, qué se yo. Esto podría ser una novela, un poema épico, pero queda aquí. Todo(s) estamos de una manera semejante aquí. A veces da bronca. Otras es como ir acompañado por una luciérnaga en un pasillo infinito y oscuro.

Quédate conmigo, pensaríamos decirle.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Prólogo

Ya tiene rato que Al Gore se ganaba a las audiencias del mundo con su documental sobre el calentamiento global. Nunca jamás había conocido una actitud más omnipotente que ésta en la que se ponen las personas cuando afirman que "Estamos destruyendo el mundo". Lo he escuchado tanto últimamente que me parece poder ver cómo un desvarío de algún megalómano de pronto se convirtió en una serie arrasadora de pruebas irrefutables filmadas en HQ y una histeria colectiva honestamente muy boluda de grupos desinformándose los unos a los otros. Y todo alrededor nuestro está contaminado por hordas de gente estúpida con un poquito de poder generando pánico entre la otra parte de la población que es tan estúpida como ellos.
Si enciendes la tele, lees la prensa, deambulas en internet o intentas realizar alguna acción a traves de la cual busques encontrar recorrer un poco la cortina de tu propio oscurantismo sobre la situación actual del mundo, lo único por encontrar es un licuado en el que se combinan el colmo de la decadencia hippie, un new age intervenido por la física cuántica y el combo de dirigentes políticos mas freak de toda la historia.

1.- Roberto Micheletti, Michelle Bachelet, Cristina Kirchner, Evo Morales, Hugo Chávez, Felipe Calderón, todos ellos presidentes de las naciones que más han dado de qué hablar durante los últimos años en Latinoamérica, son cazafortunas enfundados en los disfraces más diversos y temibles. Si Darth Vader se sentara a tomar el desayuno con ellos, haría quedar a George Lucas como un creador de villanos de cuarta. Tal vez muera sin dejar rastro a causa de lo que voy a decir a continuación, pero en esa mesa a la que Vader ni siquiera está invitado, la mayoría ordena largas líneas de coca para abrir el apetito y no hace falta ser un gran terapeuta sistémico para mirar a los ojos de los comensales y darse cuenta de que les faltan algunas canicas en el frasco. Las tres maneras en las que Aristóteles alcanzó a predecir que se degradarían y corromperían los regímenes políticos parecen piropos si analizamos las condiciones económicas, sociales y culturales en las que se encuentran los pueblos gobernados por los personajes del circo. Un neo nazi centroamericano, una Isabel Allende resentida, un injerto de Moria Cazán y Mirta Legrand que se cree Evita, un mestizo que utiliza las raíces de su cultura para meterle el dedo a su propio pueblo, un soldado raso carente de moral embravecido por la merca y un junior neoliberal del Opus Dei que en su plan Telcel tiene llamadas ilimitadas a los jefes de los cárteles y se manda mensajes de texto con sus amigos pedófilos tratantes de blancas. OMG!!!! La frikipedia con todo y notas al pie.

2.- Hace un par de semanas caí en la trampa y me chuté 2012 con John Cusack. Anoche la rematé con un documental del History Channel acerca de Nostradamus/el calendario maya/ el 2012, esos tres temas meneados aleatoriamente en un gran sinsentido de "ciencia" e interpretaciones piñata. A la película no vale la pena dirigirle más tiempo que ninguno y al escribir esto mismo ya siento que mientras lo hago ya perdí una parte valiosa de mi vida. Respecto al pseudo documental (no tiene ninguna cualidad que le merezca ese nombre) sólo entendí que un señor que vivía en la época de la inquisición quizá escribió un libro que quizá se encontró recientemente en el que figuran siete dibujos que quizá tengan algo que ver con lo que una serie de locos esquizoides han interpretado que quizá la cosmogonía maya hubiera contemplado que quizá en el año 2012 habría quizá una modificación en el curso del desarrollo de la propia cultura maya, suceso al que todos se quiren sumar sin comprender en absoluto que cuando los Mayas crearon una mitología y una línea del tiempo lo hicieron pensando en su propia cultura y ninguno de nosotros tiene vela en ese entierro a menos que viviéramos en el territorio conformado por la antigua Mesoamérica, lleváramos apellido Balam, Dzul o Can y hubiésemos nacido mayahablantes. Queridos míos, güeros del mundo titulados Doctores por universidades extranjeras permítanme decirles un secreto: ningún sacerdote ni astrónomo maya pensó jamás en ninguno de ustedes, pelotudos egocéntricos. Cuando uno de esos hippies Dr. en no sé qué madres habla de la desaparición del pueblo maya dan ganas de putear a los cuatro vientos. Los mayas ahí están. Hay al menos un millón trescientas mil personas que conforman el pueblo maya actualmente. ¿Desaparecieron?. ¿Acaso hay algún pendejo que se atreva a decir que los egipcios desaparecieron sólo porque no hay unos señores con tocados chistosos sembrando trigo en los alrededores de la Esfinge?. Chale man. Y además cuando se habla de los mayas en ese tipo de documentos andrajosos siempre aparecen unos re-enactments de actores morenitos con penachos de utilería y líneas de color azul pintadas en la cara, como si no pudieran irse a Quintana Roo y sentarse en una plaza durante quince minutos y pedirle a al Sr. Balam y a su familia si les permiten hacer una toma de ellos para ilustrar al pueblo maya en el History Channel. Ah y por si fuera poco siempre hay alguien "salvajemente" decapitado para ofrecérselo a los dioses. Es verdaderamente críptico que vivamos en la era de las comunicaciones y haya culiados que se atrevan a hacer afirmaciones de ese estilo. Ya quisiera que charlaran diez minutos con algún miembro de la comunidad maya y le pregunten lo que piensa acerca de la pelicula de Mel Gibson, o bien del famoso fin del mundo. El pueblo maya ha atravesado por numerosas etapas en la una línea del tiempo histórica trazada, como en cualquier cultura, por períodos de acomodo, esplendor y decadencia y en cuyo curso el año 2012 significa el término de una etapa y el inicio de otra. Punto. Nada se esconde detrás de esas cosas, inmundos fans de la mamada... nada.

3.- ¿Y qué me dicen del furor autosugestivo producido por Rhonda Byrne? Eso sí que es un secreto: Una señora que no se ha hartado de escuchar Enya, de decolorarse el pelo y peinárselo con secadora y spray o usar hombreras, que de hacer programas de radio y leer un libro de Stephen Hawking resultó la gurú de todas las mamás de mis coetáneos. ¿Es que cuesta más barato un ejemplar de El secreto que uno del Tao Te King? No. ¿Entonces? ¿Quién le dio a esa mujer el título de filósofa? Ahora resulta que un escritor de bestsellers de autoayuda es un gran filósofo. Autoayúdense por favor.
¿Y Ronald Hubbard? Un beatnik frustrado porque su imaginación nunca le dio para contar una historia y lo único que pudo hacer es compilar su gusto por la ciencia ficción y su síndrome post traumático en un libro de reglas. Si Hubbard hubiera tenido un poco más de amor propio tal vez hoy sería considerado uno de los escritores de ciencia ficción más chingones del siglo veinte, por lograr que su obra literaria se convirtiera en una secta, y Philip K. Dick se hubiera rascado la cabeza en su escritorio contemplando un ejemplar del Libro uno preguntándose cómo ese hijo de perra enloquecido por la guerra logró burlar al mundo entero. Pero resulta que no es ni broma ni cuento; al tipo se le zafó la chaveta y ahora hay no sé cuántos millones de personas en el mundo sometiéndose a sus leyes y perdiendo el tiempo de su vida en recrear durante muchas horas al día lo doloroso que es ser un ser humano. Me muero de miedo chicos.

4.- Y nosotros aquí. Contemplando a guevo todo esto. Resulta que sin haberle dedicado voluntariamente ni un solo segundo de mi tiempo a la materia, llevo en mi cabeza datos, nombres, chismes. Tantos que me dan ganas de vomitar. Madonna se divorció, no sólo eso sino que poseo tatuada en mi mente una polaroid de su entrepierna que a pesar de las sentadillas ya no está como para que la ande mostrando. No sé. Snoop Dogg es director de películas porno, por ejemplo. ¿Cuándo me enteré de eso? ¿Quién me lo dijo y por qué? Si lo leí en algún lado, ¿En qué tipo de pulbicación se discute sobre esas cosas? ¡Ricardo Fort! ¡Conozco su cara! ¡La gente habla de él! ¡Está en la portada de una revista! y todos los días, esperando el trole lo veo con su cara deforme y su cuerpo anabólico y no sé cómo sacármelo de encima. Y no me importa pero resulta que ahora mismo estoy hablando de él y no me interesa pero ocupa un espacio de mi cerebro. Ahí tienen, escritores de ciencia ficción, una verdadera trama de agonía y desesperación. ¿Qué haremos con todo esto? ¿Quedará lugar después en nuestras almas como para acomodar lo que verdaderamente importe? ¿O seremos cada uno un terabyte de la gran base de datos de la frikipedia y los tesoros que la vida nos regale nos pasarán inadvertidos?

Simplemente hay veces que me siento a escribir, que debería parecerse a meditar, y lo único que hallo es ese manantial inagotable de mierda humana que en algún momento de la historia comenzó a convertirse en lo suceptible de ser contado, publicado, filmado, fotografiado, debatido. Quisiera saber cómo pasó esto. Tal parece que conforme el tiempo transcurra, cada vez va a ser más difícil hallar tesoros y ni hablar de crearlos. Ojalá con el advenimiento del fin del mundo todos esos pajeros se metan un tiro entre ceja y ceja. Ojalá que si hay algo de cierto en que empieza una etapa nueva sea una en la que haya un poquito más de noción de los valores humanos. Pero tal parece que no va a ser así. Que lo nuevo, queridos míos, no sé qué nombre le vamos a poner, en la década que nos espera ese será el desafío: lograr acercarse a lo sublime mientras el mundo se vuelve un sitio cada vez más vulgar.