jueves, 31 de julio de 2008

La travesía

A este arrullo nunca le hace falta que las magnolias respondan el llamado de ninguna voz. Será el odio limpio, exhalación de mis cuadernos llenos, quien diga qué habrá que dejar sin nombre o el llanto corriente formando apenas una mancha, ni una pluma, ni un candil.
A oscuras sobre la calma exprimida, una vela se enciende y se iza, se derrite y remonta el magma pétreo expulsado del corazón. Un río maduro baja en cascada los peldaños de arcilla con los que fue horneada mi vida y un par de hojas reverdecen en el mástil. No es que sea otoño: dar un paso en la dirección contraria es igual que haber andado la circunferencia entera del mundo, y los barcos fueron pensados para no salir volando por ahí de manera aparatosa.
En tierra firme las culebras urden poros en el lodo y los caracoles van a dar contra fanfarrones comensales de apretados labios. Que ellos coman y oreen sus tubérculos.
Mi camarote sólo ha escuchado al Victoria dividiendo las aguas de un mar blanco tejido por las anémonas. Si alzo la mano levanto brazadas de granos de arena, embriones de perla, confites para las almejas, lenguas de ostra, paladares marinos. Mi saliva dulce apacigua la hora en la que el sol se bebe cualquier sombra; con los años he trazado las rutas de navegación en los mapas al dorso de mis manos. Si se avecina algún mareo, recostado boca abajo enumero peces con alas hasta quedar dormido y cuando hay tormenta me lavo la espalda curtida, cubierta de escamas.
Se está bien aquí.
Sólo extraño en ocasiones el jugo que crujía al arrancarle el olor de una flor al pasto húmedo. Las espigas de trigo seco y el sonido del viento separando el salvado de las semillas. Sentarme a la orilla de un estanque y escoger un guijarro, lanzarlo al ras de la superficie y que se deslice tocando los círculos de una escala hasta hundirse hueco en el agua tensa. Alzaba a los niños pequeños y los llevaba en hombros jugando al caballo y los jinetes. La luz del faro con su uniforme a rayas. Caminar en la fresca noche de un verano por las calles de adoquines, comprar una cerveza y tomarla en la banqueta fumando un cigarrillo viejo. Un gran plato de tuétano. El sabor del sudor de una muchacha y asistir a un entierro.

3 comentarios:

Lucas Aguirre. dijo...

hey q lindo esto, conforme iba avanzando el texto me gustaba mas , las partes finales estan muy buenas, lo del sudor de una muchacha, tambien me encanta la frase los peldaños de arcilla con los que fue horneada mi vida, very cool! y sobretodo al principio me parece se ve el caos primigeinio vomitante de la escritura automatica. gud!

TrAvIjE dijo...

Siempre me hubiese gustado se marinero, pero de los duros, de los de antes. Con cicatrices por todo el cuerpo y las manos más callosas y gentiles de desde acá hasta las playas de Davao. No sé si tú también querías ser marinera (en el fondo sé y tú sabes: lo somos (aunque no como yo quisiera) muy en el fondo)
A veces sueño a las personas en contextos bien distintos, ellas mismas son otras pero siempre sé quienes son en la vida de acá. Me gustaría soñarme hoy contigo compartiendo esa cerveza y ese tuétano y hablando cosas soeces y tiernas sobre alguna bella mujer.

Lucia dijo...

La verdad el nombre de tu blog me parecía una especie de exaltación de un motivo medio inexacto. O no había tenido mucha experiencia con los aeropuertos o no había tenido mucha experiencia en general. No sabes cuánto sentido me hace ahora. Sigue escribiendo, debe ser una obligación para alguien que lo hace como tú.