martes, 9 de septiembre de 2008

La dirección opuesta

Sábado. La cita era a las 10:30 am en las afueras del centro de la ciudad: mal sitio. El taxista había hecho el recorrido tan rápido como pudo, aunque cuando me trepé al vocho ya era tarde. En el camino, además de contarme un buen chiste, en el medio de la plática plantó un.- Te va como te sientes. ¿Usted cómo se siente?-. Qué contestarle... ¿Le digo que bien o que últimamente siento que me ha ido bastante mal? .- De maravilla señor-. Unos minutos después cobró sus cincuenta varos y se fue.
El edificio institucional estaba ahí, ahí estuvo todo el tiempo que me tomó encontrarlo, a seis o siete cuadras en dirección opuesta de hacia donde caminé en un principio. Cuando di con él ya me dolían las plantas de los pies. Mis zapatos están viejos. Regístrese, suba, primer piso. Era muy tarde para aparecer quitado de la pena a una entrevista de trabajo, casi las once pero pues ya qué ¿No? Sentí algo horroroso y luego subí.
Un gran espacio. Aire de hospital público. El reloj clavado a una columna no tenía pila y perpetuaba convenientemente las 10:30. Bueno... eso estaba bien. El calendario Gregoriano no funcionaba ahí. Justo a tiempo para mi cita. Un par de mesas altas forradas con linóleo, un sillón tapizado con lana azul y enfrente una mesita con una pila de periódicos del día. Largas filas de computadoras armadas de pedazos y algunos jóvenes con esa apariencia que uno conservaría únicamente si tiene un trabajo de fuerzas básicas. Nadie te puede ver ahí. Tal vez ni los que están trabajando alrededor tuyo.
Once de la mañana y gente guardando sus cosas para irse ¿Pues a qué hora habrán llegado? Eso me despertó algunas sospechas... Lugar sin ley. Ninguna estampa de "AMBIENTE 100% LIBRE DE HUMO" ¿A quién en el mundo le importaría que en un agujero como ese siga habiendo viciosos? ¿Contaminadores? ¿Malos ejemplos para la sociedad? Claro que no. Fumando en ayunas y ceniceros rechonchos de colillas.
Los demás aspirantes al puesto iban vestidos de traje oscuro y corbata. DIOS. ¿Qué no leyeron la parte que decía "TRABAJE DESDE CASA"? Obviamente nadie espera que en un lugar como ese alguien ande de traje. Qué orgullosa me sentí de no ir over dressed. Prefiero llegar de jeans a una fiesta de de rigurosa etiqueta. Al menos yo estaré cómoda y puedo llamarle idiotas a las chicas cuyos torsos intervenidos por varillas de corset y cuyos pezones pegosteados bajo un par de Liftys aúllan Sáquenme de aquí. Yo y mis Converse no tenemos queja alguna. Sólo que están viejos.
El cuerpo de trabajo del lugar estaba formado por ejemplares como una mujer despeinada y decolorada en rubio con vivos color verde alfalfa que portaba unas licras y una orgullosa camiseta de los Pumas; un tipo moreno y arrugado que en su tiempo libre bien podría haber sido el chairman de una cadena de narcotienditas, y un humilde nerd quien ya había pagado suficiente derecho de piso como para ser el Dj del lugar. En su playlist sonaban Velvet Underground y Radiohead, parte del soundtrack que cualquiera elegiría para su ópera prima. Nada mal.
De un ejemplar de "El récord" saqué la sección que supongo que se llama Entretenimiento pero no me he fijado. Es la primera vez que me veo en la necesidad de acudir a ella. A lo mejor se titula Evasión de la realidad o los lugares como ese pagan una mensualidad extra para que esa sección sea añadida al periódico, como una atención a la gente que tiene que esperar sentada en ese horrible sillón. No sé si sirve para que uno se sienta menos peor o justamente para que te vayas acostumbrando a la decadencia. Esperé mi turno jugando al Sudoku... cuando me cansé o bien me terminó de dar asco estar sentada sobre esa mugre, me paré a echar un ojo más atento: detrás de archiveros y lockers color gris rata alcancé a ver la sugerencia de algo que en un principio descarté por increíble pero descaradamente fui y me asomé.- Sí-. En efecto era el área de descanso conformada por unos cinco catres. CATRES. Viejos catres, algunos graciosa y aparatosamente doblados como sólo ellos tienen la cualidad de hacerlo, intentadno no estar ahí sin lograrlo en absoluto, poniendo gran énfasis en su carácter ortopédico, militar, pobreza extrema. Y otros más que eso eran la cama de alguien: cobijas extendidas y gruesas que a juzgar por lo que llamaremos "Percusión" no pueden haber olido nada bien. Pero sin duda había un ser humano que dormía ahí porque había puesto especial cuidado en estirarlo todo y hacer ese revés propio de las camas de hotel, cuando muestran el emblema bordado con cinco estrellas en el dobladillo de las sábanas. Yo hubiera hecho lo mismo si fuera mi cama... No lo es Lu. Piensa que no lo es .- ¿Lucía?
.- Ehhhh ¿Sí?
.- Pasa por favor.

La mujer habló. De cinco de la mañana a una de la tarde. 70 notas mínimo. Un promedio de $2 pesos por nota. Desde tu casa...
OK. $140 pesos diarios. Ocho horas de trabajo. Voy a estar en piyama sentada en el comedor de casa. Pero lo más probable es que si me echo un palomazo cada vez que aborde una unidad de transporte colectivo junte al menos la mitad de eso, con la diferencia de que podría continuar durmiendo por cuatro horas más cada mañana, lejos, muy lejos de ese catre furioso de pulgas, en mi propia camita con sábanas limpias de color azul.
La prueba dura una hora. Consiste en ocupar un asiento ante una de esas PCs y escribir la sinopsis de cinco noticias publicadas en la edición matutina del ESTO. El secretario de Hacienda, las inundaciones en Chihuahua, la demolición del Toreo de Cuatro Caminos y dos más que no retuve porque mi psique conserva todavía algunos de sus mecanismos de defensa.

Salí de ahí pensando que el trabajo "NO ESTABA MAL"
!!!!!!
¿Qué es lo que no estaba mal? Si esa era mi reacción ante lo que me acababa de pasar, todo marchaba bien excepto mi autoestima. Si aceptara ese trabajo, en un santiamén todo lo bueno que hay a mi alrededor comenzaría a tomar la apariencia de ese sillón, del cabello de esa mujer, de la instalación de luz expuesta de esa oficina.

Descubrí que uno de mis dientes se está manchando por fumar tanto. Tengo una ampolla gigantesca en el pie izquierdo porque mis zapatos están muy viejos. Mi peinado se asemeja a un casco del escuadrón Robotech. Mi tratamiento anticelulitis se está por terminar; y pensé si realmente lo que necesito es tener un trabajo cualquiera, tan vulgar como ese, o debería correr justamente en la dirección opuesta. ¿No dijo el taxista que te va como te sientes?
Entonces me cepillaré los dientes seis veces al día, buscaré unas plantillas para reparar mis zapatos y caminaré cada vez que vaya con tiempo de sobra rumbo a algún lugar. Ahí es donde hay que concentrar el esfuerzo. En comer papaya, tallarse con esponja, visitar a un amigo, reír y amar, fumar menos, cortarse el pelo, echarle ganas, despintarse las uñas de los pies, escribir algo, sentarse en el parque, comprar un caramelo, encender una vela, decir dulces sueños, sentirse bien.

jueves, 31 de julio de 2008

La travesía

A este arrullo nunca le hace falta que las magnolias respondan el llamado de ninguna voz. Será el odio limpio, exhalación de mis cuadernos llenos, quien diga qué habrá que dejar sin nombre o el llanto corriente formando apenas una mancha, ni una pluma, ni un candil.
A oscuras sobre la calma exprimida, una vela se enciende y se iza, se derrite y remonta el magma pétreo expulsado del corazón. Un río maduro baja en cascada los peldaños de arcilla con los que fue horneada mi vida y un par de hojas reverdecen en el mástil. No es que sea otoño: dar un paso en la dirección contraria es igual que haber andado la circunferencia entera del mundo, y los barcos fueron pensados para no salir volando por ahí de manera aparatosa.
En tierra firme las culebras urden poros en el lodo y los caracoles van a dar contra fanfarrones comensales de apretados labios. Que ellos coman y oreen sus tubérculos.
Mi camarote sólo ha escuchado al Victoria dividiendo las aguas de un mar blanco tejido por las anémonas. Si alzo la mano levanto brazadas de granos de arena, embriones de perla, confites para las almejas, lenguas de ostra, paladares marinos. Mi saliva dulce apacigua la hora en la que el sol se bebe cualquier sombra; con los años he trazado las rutas de navegación en los mapas al dorso de mis manos. Si se avecina algún mareo, recostado boca abajo enumero peces con alas hasta quedar dormido y cuando hay tormenta me lavo la espalda curtida, cubierta de escamas.
Se está bien aquí.
Sólo extraño en ocasiones el jugo que crujía al arrancarle el olor de una flor al pasto húmedo. Las espigas de trigo seco y el sonido del viento separando el salvado de las semillas. Sentarme a la orilla de un estanque y escoger un guijarro, lanzarlo al ras de la superficie y que se deslice tocando los círculos de una escala hasta hundirse hueco en el agua tensa. Alzaba a los niños pequeños y los llevaba en hombros jugando al caballo y los jinetes. La luz del faro con su uniforme a rayas. Caminar en la fresca noche de un verano por las calles de adoquines, comprar una cerveza y tomarla en la banqueta fumando un cigarrillo viejo. Un gran plato de tuétano. El sabor del sudor de una muchacha y asistir a un entierro.

viernes, 18 de julio de 2008

Los mudos

Anticipo el ápice y cómo alcanza mis ojos con un punto. Retengo el titubeo callado, el asombro. Mi puño respira. Quieta y de la sangre me destila lo grave de la memoria, luminosa arena. Escalones de piedras de miel y ligeros quebrados. Las cavidades pierden a gotas el flujo celeste y debajo de la lengua un arcoiris diminuto anuda la transparencia de mi pulso. Condensados, nubes negras que sonríen en gajos nos vamos por la alcantarilla. Por qué no. Probaremos qué tan hondo se lleva la vida arraigada revueltos en agua con sal, arrastrados por la fuerza de una perla, sostenidos por la forma centrífuga de avanzar hacia adelante.
No te extingas Ventana, tornasol burbuja no nos lleves, que mi pulso no tiene nada que darte tobogán, no nos tragues, no te alejes.
Llévate mi voz. Anda vete, somos tercos. Con lo que quede haremos lo mejor posible.
Tejeremos en silencio. Palpitando. Abrazados, creciendo.

miércoles, 2 de julio de 2008

Llegar tarde

Brinco de la cama una hora tarde para llegar al trabajo. Las sábanas marcadas en los brazos, una cara de ampolla que dios mío, el ardor a la altura de los omóplatos, el susto que me llevo los primeros segundos de vigilia durante los que imagino que son las cuatro y media de la tarde y la decepción que conlleva el hecho de que no sea así porque de ese modo ya no tendría que ir al trabajo ni moriría de ganas de seguir durmiendo ni tendría que hacer todo lo que me falta hacer en el menor tiempo posible. Odio las prisas. Qué me pongo: unos jeans sucios y una playera chistosa. Ok. Calzón, brassiere, calcetines, tenis rojos. Entro al baño, abro el agua caliente, espero al borde de golpear el suelo con el pie repetidamente.- I´m on a rush here MAN!!!!-. Shampoo. Siempre que me lavo la cabeza me parece que soy un animal peludo recibiendo un baño antipulgas: mucha espuma, bien fregadas las sienes atrás de las orejas los nacimientos del cabello. Esponja, más espuma, olor a limpio, a ver si así se me quitan el pinche mal humor, la celulitis, los granos, la panza, la piel seca, los pelos porque no me da tiempo para rasurarme y una depilada no te vendría mal, Frida Kahlo. Me enjuago de autolavado. Saliendo de la regadera omito todos los procedimientos que podrían hacer que, a largo plazo, se me quitaran las aflicciones antes mencionadas: NO sonrío, NO me pongo la crema anticelulitis ni la antibiótica ni la reafirmante ni la hidratante. NO hago mi rutina peor es nada para tonificar los tríceps, mejor conocidos como “El pellejo del adiós” por el grotesco vaivén que ejecutan cuando te despides de alguien agitando el brazo en alto, por supuesto NO me quito un solo vello facial. Más espuma en la boca (te voy a lavar esa boca con jabón niña) y el dolor de la muela del juicio. Qué nombre tan bonito, tan atinado, juicio oral, mal juicio, perder el juicio. Un día debería ir al dentista. Pá: ¿Me das un aventón? A huevo. Me voy a vestir y algo me interrumpe. En verdad debo haber estado muy dormida cuando pensé que podía llegar una hora tarde al trabajo y vestida así. Bueno, hasta para ir al súper en domingo le he echado más ganas que eso, estás muy mal si crees que es el momento de utilizar tu negro sentido del humor para escoger tu ropa. Nuevo proyecto. Nada despampanante pero al menos nadie va a darme una moneda si por algún motivo estiro la mano en un semáforo. El nuevo vestuario sugiere que tengo un hogar en el que hay reglas de higiene, luz eléctrica, una plancha y cosas de ese tipo. Chido. Pá: ve sacando el coche, te veo abajo. Lo que sigue es que llevo dos meses queriendo ir a cortarme el pelo con algún chico llamado Miguel o Ulises, digno del título de estilista y dueño de su propia estética unisex. ¿Estilo? ¿Estética? ¡¡¿¿QUEEQUÉEEEEEEEEE??!! Nada de retórica y qué pedo con qué me dices de la filosofía trascendental; Haz lo que puedas mamacita. Obviamente todo mal con ese look wet/out of bed. Medespertétarde/mebañédecaca/meuntéalgopegajosoenelcabello.- gritaba mi peinado cuando salí de mi casa, eso sí muy unisex, no sin antes agarrar sudadera, chamarra, yogur, llaves, cigarros, celular, ¿No se me olvida nada?... ¡Los lentes! Vaya pendejada. No quiero saber cómo acabaría esta historia si me hubiera atrevido a liberar semejante atarantada, en el mundo exterior, sin lentes: Muere de herpes por besar a un indigente creyendo que era un amigo. Listo, no se me olvida nada. ¡VAMONÓS! Ya en el coche a dónde va toda esta gente. ¿Qué nadie llega temprano al trabajo? Carajo, si son las diez y pico de la mañana. Pá: todo bien pero vas a veinte. Las caras de los apachurrados contra las axilas de otras personas dentro del Metrobús. Sí, sí, es incómodo. Pero qué tal ahorita con el coche a ver bríncale puto. No hay conductor tan tenáz como para librarse de esta y ellos estarán preocupados por su espacio vital pero pasan a toda velocidad y si pudieran agitarían sus pellejos del adiós y cantarían a coro un lindo ADIÓS IDIOTAS! Después de Barranca ya me tomé mi yogur y abrí la ventanilla: ya puedo verbalizar algún pensamiento que no provenga de mi Cerebro Reptiliano. Le marco a mi jefe.- Jefe: me quedé dormida-. Sorbe un cafecito y tiene la, de veras grande, amabilidad de preguntarme que si estoy bien. ¿Estás bien? Cuando le contesto que sí, mi nariz rompe el parabrisas y le crecen hojas verdes en la punta.- Voy en camino-. Pasando Eje 5 “que si estás bien” deja de ser algo tan descabellado. Me miro en el espejo the objects in mirror are closer than they appear y, más allá de lo metafísico de la afirmación, definitivamente estoy más cerca de lo que aparento. Lo único muy descabellado sigue siendo mi peinado pero ya ni pedo. Todo empieza a estar un poco mejor. Pá: Gracias. Te quiero. Buen día. Chau. Me bajo del auto y, paso a pasito, va disminuyendo la distancia que hay entre yo y mi escritorio y van aumentando las cosas buenas hasta culminar en un gran YA LLEGUÉ.

martes, 3 de junio de 2008

Bolsa

*Cartera:
212 pesos.
Un calendario 2008.
Una estampa religiosa.
Credencial del seguro médico.
Tarjeta del Metrobús.
Tarjeta Ladatel.
CURP.
Un ticket de compra de cigarros.
Un ticket de compra de café y cigarros.

*Estuche de lápices:
Cinco plumines de colores negro, café, rojo, morado, verde.
Una pluma fuente de tinta azul.
Dos plumas Bic azules.
Un lápiz.
Un sacapuntas.
Una goma de borrar.
Una memoria USB.
Una lamparita para leer.
Corrector para tinta.
Un plumón marcatextos amarillo.
Un plumón permanente negro.
Una regla de aluminio de 15 cm.
Un bloc de Post-its.

*Estuche de cosméticos:
Perfume.
Cepillo de dientes.
Pasta de dientes.
Ventolín.
Iliadín.
Una tira de paracetamol 500 mg. Tabletas.
Supradol sublingual.
Un tubo de humectante para labios.
Desodorante.
Crema para el cuerpo.

*Cigarrera:
Un cigarro.

*Dos encendedores.

*Una computadora portátil.

*Cable de la computadora portátil.

*Un juego de llaves.

*Un paquete de galetas Kracker Bran.

*Una paleta Mimi.

*Un teléfono celular.

*Un cargador para teléfono celular.


*Libreta:
Propaganda teatral.
Separador.
Boleto del Metro.

*Libro Teatro completo, Antón Chéjov:
Separador.

*Discman:
CD Toxicity, System Of A Down.

*Una caja para CD:
CD Preferidas, Radiohead.

*Pasaporte:
Visa.

martes, 27 de mayo de 2008

Pájaro que brilla:

No siempre se puede ser primavera...
Ha de morir lo que haya nacido.
Brillan las lágrimas y la saliva,
las cucarachas también vuelan.

No brotará lo que no hayas tendido:
equinoccio la marea no tejerá nuestro duelo.
Quedar despierta aunque sólo fuera mi puño,
sin párpado el otoño, sin lengua el alfarero.

Antes, tendría que infectarse todo lo inmune:
el agua brilla en el fondo de un pozo seco.
Así como el barro ha fraguado en ladrillo,
también en la almohada han quedado los sueños.

Hazte estambre, Pájaro que brilla, abrígate en mi pluma,
recuéstate en mi apéndice.
Brilla también el hielo... vuela tu nido y vuela lejos.

jueves, 22 de mayo de 2008

Antonio di Benedetto, alquimista.

He aquí un ensayo que escribí sobre Zama, novela de este magnífico autor argentino. Si hacen clic en el vínculo pueden leer el primer capítulo de la novela y si exploran en esa página pueden encontrar más de su trabajo y ensayos de otros autores acerca de su obra. También recomiendo el prólogo a El silenciero escrito por Juan José Saer.

A veces dar una opinión es cosa difícil, sobre todo cuando uno es interpelado por una obra y después se exige tomarle cierta distancia para poder objetivarla. Pero me doy cuenta que eso no es necesario, tal vez ni siquiera posible, sino más bien es uno de esos pedidos periodísticos que uno trae tatuados en la frente y contra los que se tiene que luchar para acceder a la creación verdadera. Antonio Di Benedetto es un asombroso ejemplo del carácter del creador, el daño está hecho y hacer un ensayo sobre el efecto que su obra tuvo en mí me aleja de toda posibilidad objetiva.
Zama fue escrita en la década de los cincuentas. Di Benedetto tenía treinta y un años cuando terminó de escribirla. Albert Camus, que era nueve años mayor que Di Benedetto, publicó El extranjero nueve años antes de la primera edición de Zama. Tal vez no quepa la menor duda de que Antonio leyó a Camus pero ese no es un dato posible de ser verificado por mí. Lo que en realidad trasciende no es que estos autores se hayan reconocido uno al otro, ni que hubiera sido sólo Di Benedetto el que se encontrara con el trabajo de Camus; lo que verdaderamente importa son las resonancias entre dos seres humanos en dos costados del mundo, movidos por algo distinto que, al transmutarse en literatura, da a luz obras hermanas.
Imagino un encuentro entre el Diego de Zama de Di Benedetto y el Sr. Mersault. Beberían en silencio. Parecerían a media distancia dos hombres indiferentes a todo, inabordables, de esos a los que los niños no se acercan. Pero hay una profunda y sutil diferencia entre los dos: A Mersault no le importa estar ahí, simplemente no pude importarle, le da exactamente lo mismo eso que cualquier otra cosa. Zama, en cambio, guarda un brillo febril en las pupilas. Reconoce la naturaleza de Mersault parecida a la suya, huele la sensibilidad.
Cuando leía El extranjero tenía ganas de correr hacia él y prenderlo de los hombros, gritarle por qué nada te importa, por qué nada te conmueve. Sentí a lo largo de toda la lectura una profunda frustración y una gran tristeza y distinguí en Mersault a un hombre completamente distinto a mí. Confieso que Zama produjo en mí el efecto contrario. Zama es un guerrero doble: por un lado defensor de su propio carácter de tan humana factura, perfecto balance entre humildad y soberbia. Por el otro, se defiende de la naturaleza misma del hombre y mantiene un estrecho duelo con ella. Las más de las veces es sometido por esa fuerza superior a la suya, mas nunca sucumbe. Sobrevive. Zama no se niega a la vida ni a su exhuberancia pero la padece. Si la historia estuviera contada en tercera persona parecería que Zama sufre como cualquiera. Como es él el que nos la está contando nos damos cuenta de que no es así. Estamos frente a un ser sensible que enuncia su percepción del mundo, delineada por el exilio, el extrañamiento, la desesperación y la esperanza, las necesidades del cuerpo, las inquietudes de la conciencia. Zama es un ermitaño y sin embargo no renuncia a nada que pueda procurarse. Sólo que su albedrío está limitado por sus circunstancias, la geografía de la tierra que pisa, la jerarquía que ocupa en su sociedad, como el del resto de los hombres.
Di Benedetto crea un universo completo y concreto, luego lo acuesta en el suelo y unge cada centímetro de su superficie con manteca clarificada. Después que la grasa ha aprehendido todos los humores, el alquimista la retira y la separa en partes. Destila a fuego lento una pequeña cantidad. Las pocas gotas de extracto caen por el extremo de la pipeta a un embudo y dentro de un frasquito. El alquimista tapa el frasco y escribe una etiqueta con letra manuscrita: Za-ma. Una muestra única de la condición de ese universo concebido, esencia depurada y pulcra, el autor de esta novela ha sintetizado en ella algo que parece vulgar porque todos lo deseamos, pero que los demás seres sensibles valoran de sobremanera. Lo que las religiones prometen y menosprecian. Lo que importa verdaderamente para quienes existen, prueba de que a la ontología le sobra un pedazo; ser y seguir siendo es a lo que aspira el hombre. En ese frasco está la vida eterna reducida a algunas gotas y la trascendencia casi tangible del alquimista que logró crear algo vivo sólo con palabras.
Yo destapé el frasco. El aroma evocó ante mí un hombre espejismo que no me atreví a tocar, mas pude verlo encarnado. Pude oler entre sus clavículas con los ojos cerrados, sentir el calor y la templanza de su cuerpo, mirar en sus ojos la pasión y la aversión por la vida. Poseía tres almas: la del alquimista, la del personaje ficticio y la del hombre que fue y contenían a todas: las de todos los hombres. También la mía, también yo formaba parte de ese espejismo. El hombre me contó su historia, en su voz sonaban las tres en un acorde. Mientras hablaba quise ser parte de esa historia, deseé haberme cruzado por su camino, que él me deseara. Sentí celos de Marta, de Rita, de Lucrecia, de Emilia, quienes compartieron con él la vida, el mundo, la carne. Quise tocarlo pero me contuve. Prolongué nuestro encuentro sin darme cuenta de que lo hacía, escuchando los ecos, los susurros de las otras voces que componían la suya, sintiendo que lo comprendía de una manera tan profunda que aún ahora me sigue consumiendo en la conciencia. Fui flechada, empalada, por ese ser y por esta novela. La herida no se ve, pero el olor del espejismo permanece, lo puedo saborear. Sigo escuchando los ecos y disfrutando el dolor que me infringió en la piel. Si se infecta o cicatriza no me importa. Me queda, humilde y soberbio, el orgullo de haber sido cautivada por su trino y el deseo de que algún día otros escuchen mi voz en esas voces.
Antonio Di Benedetto nació en el mismo lustro que Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Francisco Tario, José Revueltas, José Alvarado, Marguerite Duras y creo que las obras de estos autores tienen resonancias entre sí. Desciende de autores como Franz Kafka, James Joyce, Marcel Proust, Virginia Woolf, Jean Paul Sartre, Albert Camus, Samuel Beckett, William Faulkner, Ernest Hemingway, Alejo Carpentier, Juan José De Soiza Reilly, Roberto Arlt o Jorge Luis Borges. Otros escritores más recientes han confesado el efecto de interlocución que les produjo Di Benedetto, como Juan José Saer, Ricardo Piglia o Roberto Bolaño. Saer reúne a Di Benedetto con los narradores existencialistas.
Con esa manteca embebida de su propio universo, Di Benedetto fue creando, al parecer, todo su trabajo literario. Nos enseña que no se puede ser tan poco tenaz como para creer que basta con tener un universo; el acto sublime se lleva a cabo cuando ese universo queda representado, convertido en arte. Empecé con Zama, seguí con Cuentos del exilio y ahora estoy leyendo El silenciero. No cederé hasta haber leído cada una de sus palabras publicadas y si de ahora en adelante me fuera prohibido leer a cualquier otro autor, me parecería justo. Conocer tan solo lo inteligible de un universo distinto del mío, cada una de las partes que fueron susceptibles de ser escritas por esa asombrosa voz, tal vez sería suficiente para alimentar este hambre. Quién mejor maestro que uno que se dedicó a ponderar la existencia humana aparentando incluirlo todo y logrando salirse con la suya. Yo pude sentirlo como si fuera verdad y nada más contemplé unas de sus constelaciones. No puedo esperar a lo que sigue.

sábado, 17 de mayo de 2008

Consideraciones nominales para el éxito de una banda de metal


Si está muerto, puede servir:

Gato muerto
Perro muerto
Vaca muerta
Gallina muerta (La degollada ya la escogió Quiroga)

En caso de que alguno de los nombres anteriores ya esté registrado o no funcione, siempre se puede acudir al idioma inglés, cuya tradición metalera asciende por las ramas del árbol genalógico probablemente hasta John Milton. Escuchen: Siéntanlo: Inglés británico.

Dead Cat
Dead Dog
Dead Cow --> !!!!
Dead Hen


O bien agregar el artículo determinado para sumar contundencia y originalidad, en cualquiera de los dos idiomas:

El gato muerto
El perro muerto
La vaca muerta
La gallina muerta

The dead cat
The dead dog ---> Bellísima aliteración
The dead cow ---> Tiene potencial
The dead hen

El indeterminado si se quiere sugerir no sólo el carácter tanático, sino también cierto aire de búsqueda experimental:

Un gato muerto
Un perro muerto
Una vaca muerta
Una gallina muerta

A dead cat
A dead dog
A dead cow
A dead hen
(Nótese, en todos los anteriores, la influencia de Poe)

Ahora, sucede que en la lengua española surte mejor efecto utilizar nombres de animales domésticos, ya que de otro modo la banda pierde espíritu metalero por acercarse más al tono National Geographic.

Ej:
tortuga muerta
Jirafa muerta
Venado muerto

En cambio, además del uso del artículo, la larga tradición inglesa del metal siempre resulta una buena solución ya que puede adquirir el nombre un carácter mitológico como en los siguientes ejemplos:

A dead turtle
Dead jiraffe
The dead deer ---> Otra vez!!!! Aliteración

*NOTA: no olvidar lo de la muerte.

Hasta aquí hemos podido observar que, si bien es importante el uso del idioma español para permitir la identificación del público, es en verdad el inglés el vehículo para convertir cualquier nombre (incluso uno aparentemente destinado al fracaso) en el de una existosa banda de metal. De este modo una de las otras consideraciones que hay que tener es la de el siempre vigente efecto de que lo que sea que esté muerto esté también el algún estado de descomposición o con los fluidos corporales expuestos, lo cual incluso puede ser tan efectivo que permita al adjetivo "Dead" ser suplantado por el verboide (1) y es de tal manera factible tal efecto que incluso estas palabras se pueden agregar en aparente desorden (2).

1) The Rotten Cow
Dead Hen Bleeding

2) Blood Dead Cat
A Dead Scrab Dog
The Dead Cow Snot

OZZFEST: Allá vamos!!!!

miércoles, 7 de mayo de 2008

Medio tiempo

Una oficina muy nais. Alicia de treinta y cinco años, cabello corto, blusa blanca y pantalón azul está sentada al escritorio. El teléfono suena y Alicia contesta.

Alicia: Que pase por favor.

(Entra el Sombrerero. Hombre de unos cincuenta años. Viste raro, trae un sombrero de copa)

Sombrerero: ¡Buenas tardes!

(El Sombrerero se quita el sombrero para saludar, debajo de ese hay otro más pequeño, se quita ese y aparece otro y así sucesivamente hasta que se queda con un sombrero pequeñito puesto. Los demás sombreros se quedan en el piso. El Sombrerero se lleva el pulgar a la boca, lo sopla y el sombrero en su cabeza se hace de tamaño normal)

Alicia: Jeje, hola, qué tal. Siéntate por favor.

(Él así lo hace, sube los pies al escritorio)

Sombrerero: Y dígame señorita…

Alicia: Alicia.

Sombrerero: Lucía, ¿Qué la trae por aquí?

Alicia: Alicia. Jejeje. Se ve que eres muy ocurrente. ¿Trajiste tu currículum?

Sombrerero: (Incómodo) Ejem. ¿Sí, dígame?

Alicia: Te pregunto que si trajiste tu currículum.

Sombrerero: Ah sí, su currículum, claro. ¿Cuál es su experiencia laboral?

Alicia: Jeje… no entiendo muy bien las reglas, pero me imagino que esto es parte de tu presentación ¿No?

Sombrerero: Sería una descortesía no presentarse. ¿Felicia qué?

Alicia: (Inclinándose sobre el escritorio, le tiende la mano) Alicia. Alicia Bosh. Directora creativa de JP, para servirte.

Sombrerero: Usted no me sirve.

Alicia: ¿Perdón?

Sombrerero: ¿Nos conocemos de algún lado querida?

Alicia: Mhhhh… la verdad no me acuerdo, pero seguro de algún evento. A lo mejor de la fiesta del Círculo Creativo.

Sombrerero: Ah sí. El círculo… ¡Qué capacidad! ¡Qué forma más magnífica! Y qué tienes para decirme sobre el valor de Pi. Irracional, trascendental, infinito.

Alicia: (Buscando una respuesta) Una combinación perfecta ¿Eh?

Sombrerero: Nadie es perfecto Sofía. Lo irracional termina por ser vano.

Alicia: ¿Y qué opinas de la trascendencia? O sea, crees que…

Sombrerero: (Interrumpiendo) Creo que ya debe ser hora de tomar el té.

Alicia: Ah, sí. Discúlpame porfas. No te ofrecí nada de tomar. Qué pena. (Levanta el teléfono) ¿Estela? Un té y una Coca Light plis. (Cuelga) Ya, perdón. Entonces ¿En qué andábamos?

Sombrerero: En bicicleta. ¡No no no! Ya sé, viajábamos en barco.

Alicia: ¿En barco? Yo creí que…

Sombrerero: (Interrumpiendo) No creas todo lo que te dicen Lucía. Eso no conduce a nada. ¡Yo conduzco! ¿Nos vamos?

Alicia: ¿A dónde? A ver... ya perdí el hilo.

Sombrerero: ¡¿Cómo?! ¡El hilo! No puede ser. Tenemos que encontrarlo (Descuelga el teléfono) ¿Estela? localice el hilo por favor. (A Alicia) Dios mío niña, qué distraída.

Alicia: (Le arrebata el teléfono) ¡Qué haces! ¿Estela? Olvídalo. Apúrate con las bebidas ¿Sí? por favor.

(Alicia cuelga. Va a decir algo pero Sombrerero la interrumpe)

Sombrerero: ¿Es té La? ¡Estela! apura – té que ya es la hora del té! Jejeje. Qué simpática eres Lucía.

Alicia: Me llamo Alicia. Tú también eres muy simpático pero no veo que esto vaya para ningún lado. Me siento un poco incómoda.

Sombrerero: ¡Haberlo dicho antes! Le cambio el lugar en un santiamén.

(El Sombrerero quita a Alicia de su silla)

Alicia: ¿Qué haces?

Sombrerero: Aquella silla es mucho mejor. Pruébela, se lo garantizo.

(Alicia se sienta y se queda pensativa)

Alicia: Qué curioso, en todo el tiempo que llevo trabajando aquí nunca me había sentado en este lugar.

Sombrerero: Nunca digas nunca.

Alicia: Me refiero a que nunca…

Sombrerero: (Interrumpiendo) ¡Chst! Lo hiciste de nuevo linda. Es muy cómodo. ¿Te puedo tutear?

Alicia: Sí, claro que sí.

Sombrerero: (Se pone las manos alrededor de la boca a manera de megáfono) ¡Tuuuuuutututututututut! (Se acuerda de algo) ¡Estela! (Saca un reloj de bosillo y mira la hora) Ya son las seis… deberíamos tomar el té.

Alicia: No creo que tarde.

Sombrerero: Qué tarde.

Alicia: Sí está bien dicho ¿No?

Sombrerero: No lo conozco, no sé cómo esté. ¿También fue a esa fiesta de la que hablabas?

Alicia: ¿Quién?

Sombrerero: (Le extiende la mano sobre el escritorio) Sombrerero, mucho gusto. Habías dicho algo en latín. Sabes idiomas (Toma una pluma del portalápices y escribe algo) Idiomas… ¿Y qué más? Cuéntame de ti.

(La puerta de la oficina se abre y entra Estela llevando una charola con las bebidas)

Estela: Con permiso.

(Alicia se pone de pié y va hacia Estela como queriendo decirle algo)

Alicia: Te ayudo Estela.

Estela: Toma tu Coca. Señor ¿Toma azúcar?

Sombrerero: Dos cucharitas por favor.

(Estela pone la charola en una mesita auxiliar y agrega azúcar al té)

Estela: Tome señor.

(El Sombrerero da un sorbo al té)

Sombrerero: Muy bien. Un poco húmedo. ¿Y las cucharitas Estela?

Estela: Se las eché…

Sombrerero: (Mirando adentro de la taza) No las veo.

(Silencio incómodo, las chicas se miran. El sombrerero busca en la taza, mete un dedo al agua y explora adentro del té. Tira el té en la alfombra)

Alicia: ¡Oye! ¿Qué estás haciendo?

Estela: Qué barbaridad.

Alicia: Te voy a tener que pedir que te retires.

Sombrerero: No están las cucharitas. Ni siquiera una. Qué decepción. ¿Habrá un poco más de té Estela? No bebí más que un sorbito y ya pasan de las seis.

(Estela mira a Alicia inquisitiva, Alicia asiente con la cabeza)

Estela: Ok, con permiso. (Sale)

Sombrerero: Esa chica se da bastantes permisos. ¿Te cortaste el cabello Alicia?

Alicia: Bueno, al menos le atinaste al nombre (Destapa su refresco y lo bebe).

Sombrerero: Me parece que, no sé, tomábamos el té pero no era una fiesta… Sería té. Lo llevabas más largo.

Alicia: No, te debes estar confundiendo. No te conozco. Me imagino que me acordaría de ti.

Sombrerero: Puede ser. Pero siéntate.

Alicia: ¿Puedo sentarme ahí?

(El Sombrerero se impulsa con las piernas, sentado en la silla de oficina y se traslada del otro lado del escritorio)

Sombrerero: Adelante.

Alicia: Pero, mi silla.

Sombrerero: Esta otra es en verdad mucho más cómoda ¿No crees?

(El Sombrerero se levanta, empuja la silla por el respaldo, toma vuelo y taclea a Alicia de un sentón. Alicia se ríe. Dan vueltas por la oficina, Alicia se quita los tacones y quedan tirados por ahí. Van haciendo ruidos de barco, despidiéndose, ambos ríen hasta que en un momento dado el Sombrerero se cansa y frena. Alicia queda de nuevo en su lugar original, detrás del escritorio, el Sombrerero vuelve a su silla)

Alicia: Ay… jejeje. Hacía mucho que no me divertía tanto.

Sombrerero: Vine por el anuncio.

Alicia: ¿Qué anuncio? ¡Ah! Claro. ¿Puedes creer que ya se me había olvidado?

Sombrerero: Sí, lo mismo que con el hilo. Eres una chica de veras despistada.

Alicia: Em… bueno… ¿Y a qué puesto aspiras?

Sombrerero: Puesto que ya estamos donde empezamos.

Alicia: Me refiero a cuál de los trabajos que estamos ofreciendo te interesa.

Sombrerero: Vine por lo del medio tiempo.

(Alicia parece comprender, toma la pluma y apunta algo)

Alicia: Ajá.

Sombrerero: Verás… el tiempo es mi mayor inquietud. ¿Esa mujer no va a traer el té? Bueno… como te decía, es exactamente eso. La hora del té (Saca un reloj de su bolsillo) ¿Ves? Las seis. Siempre son las seis. La totalidad del tiempo son las seis. Pensé que tal vez eso del medio tiempo podría resolver el asunto, aunque no estoy seguro. Me pregunto de qué manera sucedería eso. Si habrá solución.

Alicia: ¿Me permites ver tu reloj?

Sombrerero: Claro.

(Se lo extiende. Alicia lo revisa)

Sombrerero: ¿Entiendes lo que te digo Lucía?

Alicia: Alicia.

Sombrerero: Me interesa su teoría. Si existiera tal cosa ¿Serían entonces las tres? Porque la mitad de seis es tres, pero un día tiene veinticuatro horas, entonces si son las seis serían dieciocho, (Murmura) Dieciocho entre dos serían nueve (Retoma el tono de voz normal) Entonces serían las nueve.

Alicia: Lo que pasa es que tu reloj no funciona, está parado.

Sombrerero: Pero me pregunto si no será lo mismo. Por ejemplo, si es correcto lo que ustedes afirman, si en realidad el tiempo se puede dividir entre dos sea como sea ¿No pasarían cada una de esas dos partes a ser una totalidad en sí mismas?

Alicia: No, mira. Lo del medio tiempo es sólo un decir. Significa que las personas trabajan sólo media jornada en vez de una completa.

Sombrerero: Eso mismo. Ya me lo habían dicho. No puedo escapar. He probado con todas las técnicas conocidas. Me faltaba lo de las cucharitas. ¿Crees que Estela tarde mucho con eso?

(Alicia saca su celular de un bolsillo y mira la hora)

Alicia: Ya son las seis. Ya se debe haber ido, ya se tardó mucho. Ya es hora de irse.

Sombrerero: Quieres que me vaya. Es eso ¿Verdad? No tienes que insinuar nada Felicia… somos adultos ¿No crees? Pídeme que me vaya. Vamos, pídemelo.

Alicia: ¿¡Qué te pasa!? ¡Es increíble! Qué tipo más enfermo. Pero si… ya me la estaba pasando bien. ¿Quieres irte? Te hubieras ido desde hace rato. Eres un loco. No sé qué hice todo este tiempo soportando tus delirios. ¡Retírate! Vete de aquí.

Sombrerero: (Se pasa la mano por la frente) Menos mal. Pensé que nunca ibas a pedírmelo. Desde hace rato. (Se levanta y se va poniendo los sombreros, le da sus zapatos a Alicia) Dijiste que me ibas tener que pedir que me retirara y nunca lo hiciste. Si te soy honesto, pienso que eres una persona muy inconsistente Lucía. Te hace falta claridad ¿Sabes?

Alicia: (Le recibe los zapatos y le devuelve el reloj) Ya vete. Toma.

Sombrerero: Vete con tu tiempo. Bonita frase. Dramática. Yo la dije. Sería propio despedirnos adecuadamente ¿No crees?

Alicia: Tienes razón (Le extiende la mano) Mucho gusto. Para servirte.

Sombrerero: (Se levanta y deja la silla vuelta de espaldas al público) No me sirves niña. Te queda bien el cabello corto. Au- revoir. Arigato. Good bye. Siempre tendremos París.

(Parece que el Sombrerero va a salir por la puerta pero en vez de eso va hacia un mueble modular y se mete por una de las puertitas. Alicia se levanta y va a fijarse adentro del mueble pero no hay nada. Se queda pensativa. Da una vuelta por la oficina, voltea la silla del Sombrerero y descubre un sombrero pequeñito que ha quedado en el asiento. Lo toma en las manos y se sienta ahí. Entra Estela llevando una charola con una taza de té)

Estela: Alicia, ya me voy. Me pediste té ¿Verdad?

(Telón)

jueves, 24 de abril de 2008

Hotel Goya

Se levantó. Debajo de su cuerpo la cobija de poliéster se sentía jugosa. Qué asco. Buscó la manera de entorpecer el desgarre, la decadencia. Se levantó entonces porque se daba cuenta que no había manera de caer más al fondo, o porque siempre había sido una optimista. Hurgó en su bolsa, la cigarrera, su encendedor de gasolina. Escurrió un cigarro por sus dedos, por sus labios, lo encendió y lo fumó junto a la ventana, está prohibido fumar. Seguro todo el mundo lo hace. Miraba la mancha rosada que había quedado plasmada sobre la cama. Esa soy yo, pensó. Miraba los techos de las casas. Esa vista podría ser la que se ve desde cualquier lugar. Todos somos iguales, dijo. A él no le pareció pero permaneció en silencio. No le preguntó por qué. A ella le hubiera gustado tener que explicarle. Sólo era un asunto estético.

Había estado casada con un hombre. Estar con él le hubiera permitido tener otras cosas. Tener cosas. No tener que hacer estas cosas. Y sin embargo un día ella se había ido sin dar demasiadas explicaciones. No eres tú soy yo. Quiero perseguir mis sueños. Tú me estorbas. Quería ser escritora, pero no entendía muy bien por qué era que las dos cosas no hacían sentido. Hubiera podido llevar sus propios planes a término. Hubiera sido inofensivo ser la mujer de alguien y a la vez lo otro pero ella no logró hacer coincidir los dos caminos. Escogió ser escritora. Preparó una maleta pequeña y se fue en medio de una escena digna de Bergman.

Fumaba junto a la ventana. Parecía que iba a llover desde hacía varios días, pero no llovía. Sólo estaban esas nubes encapotando el cielo, pretendiendo una noche a pesar del reflejo anaranjado de las luces de la cuidad. Imaginaba, si lloviera, salir a caminar por la calle y mojarse de pies a cabeza, que esa lluvia le dijera Yo te absuelvo.

No llovía.

Se había olvidado de cuál era el nombre del tipo. Era árabe o latino, no lo recordaba. Quería dirigirse a él de manera digna, hacer valer los tres mil pesos que costaba la hora al lado de ella pero no lo recordaba. Ya faltan sólo cuatro para que sean las cinco horas. Quince mil pesos por unas cuantas horas de horror maldito. La verdad, estaba bien. El problema era que ella no sabía cómo disfrutarlo. Le había parecido fácil al principio. Ahora no encontraba cómo salir de ahí. Se acercaba la migraña, los ojos llorosos, el dolor del alma en las rodillas y a la altura de la cintura. Inclinó la cabeza hacia uno de sus hombros. Sudaba con olor a miedo.

Era normal que el tipo quisiera bañarse. Ella hubiera hecho lo mismo pero él no se lo propuso. Me voy a bañar. Perfecto. Corría el agua de la regadera y seguía corriendo el tiempo sin tener que hacer eso que ella hacía, sin lo que el tipo le hiciera a ella. La licencia de no pedirle nada a nadie ni ser nada de nadie. De no ser la nada de nadie.

Quería escapar. Las personas pocas veces se dan el gusto de hacer lo que en verdad quieren hacer. Escápate, pensó. Vergüenza gremial y orgullo Cosmopolitan. Podía ser que ya estuvieran los quince mil pesos depositados en su cuenta. Hacía esto por dinero. Tal vez porque en el fondo era una puta. Un novio fugaz alguna vez le había dicho que era una puta reprimida. Tal vez lo hacía para demostrar que podía ser puta, pero no reprimida. Y si el dinero no estaba ahí no sería para tanto, una hora no era poco, tres mil pesos no son poco pero no eran tanto.

Escápate.

La víspera, el escape y los otros duelos, lo que haya allá afuera será mejor que esto. Se vistió. Iba a dejar algo de ella sobre la cama y no lo hizo. Con una acción perturbadora es suficiente para demostrarle algo a quien sea. Abrió la puerta apoyando el peso de su cuerpo sobre el picaporte para que las bisagras no hicieran ruido. Cuando la cerró tras de sí ya nada le importaba. Corrió por el pasillo alfombrado, los pies fríos percibían el ardor de la fricción, los tacones en la mano, su pesada bolsa le rebotaba en la cadera y las cosas sueltas adentro de ella hacían ruido, si es que quedaba algo adentro de ella.

La puerta de dos aguas la dejó pasar a la calle de un empujón. El calor del día seguía fraguado en la banqueta. Corrió por la avenida con rumbo fijo. Un lugar conocido, cercano, propio. Sabía a dónde quería llegar y no estaba tan cerca de ahí, pero sólo entonces estaría a salvo de todo. Ya no quedan muchos de esos lugares en el mundo. Le dolía el hombro de tanto cargar esa bolsa tan llena de cosas. Tantas que entre ellas incluso había una lista de una cuartilla de extensión enumerando las cosas que allí había. Billetera. Estuche. Cuaderno. Bloc de Post-its. Teatro completo de Chéjov. Pasaporte. Cigarrera. Cepillo de dientes. Inhalador. Etcétera. Como para acabar en algún aeropuerto, como para escapar si se atreviera.

Se atrevía.

Ya veía la meta a un par de cuadras. El miedo se disipaba de su piel, de su ropa, se evaporaba para reunirse con la bruma que cubría la posibilidad de mañana. Su antigua escuela remataba el callejón. Ya estoy aquí. No sola. No solía pedirle favores a los edificios, pero ese lugar siempre había sido generoso con ella. La calle estaba vacía. Ya no sentía el dolor en los pies. Dejó caer la bolsa al suelo antes de aflojar las piernas. Quedó tendida en la banqueta y apretó los puños para no llorar, los ojos. El viento sopló de tal manera que podía llevarla hasta la tierra de Oz. Las hojas secas caían de los árboles estructurando la melodía de una cascada, un río profundo. Mañana compraría un boleto de avión y se iría lejos.

Y entonces comenzó a llover.

lunes, 21 de abril de 2008

Acerca de Camino

Encontré este texto rascando en mi archivo.
Cuando lo escribí, yo no sabía que esa era yo. Me sorprendí, de hecho. Mi capacidad de autocensura lo reconoció como algo un poco extraño, mi desatendida intuición me dijo que había algo especial en él, una señal. Por supuesto no le hice caso.
De todas formas, desde que Camino salió de algo que por cobarde yo llamé Nada, tiene algo, me atrae de manera sutil. Ayer Camino vino y me pegó con un tubo por la nuca. Quedé inconsiente y quise compartirlo.

Camino

Una pareja joven se sienta en la parte de adelante del camión. Tuvieron una pelea.
Él, de traje gris, de luz color gris de cuya niebla sólo se salvan sus brillantes ojos, espejitos cristalinos que guardan muchas lágrimas o un poquito de esperanza venidera. Reflejan el suelo sucio la cabeza gacha. Ella completamente fina. Que esconde sus manos entre los muslos. Lo aleja de sí con el codo. No quiere que la moleste más.
El camión avanza, pesado, vaivén. Ella se quita el pelo de la cara y se lo peina usando los dedos. Apoya la frente en la ventana. Mira hacia afuera. Hacia adentro.
Él duda con los ojos. Pone las manos sobre las propias piernas como si quisiera abrazarla pero no se permite hacerlo. Cómo la quiere. Es como un perro. Sus ojos dicen perdón. Sencillo. Él quisiera no haber hecho nada malo.
Ella es más compleja. Él no se pregunta lo que ella. Él no tiene miedo de sí mismo. No lo va a abrazar. Es firme y necia pero no lo sabe, ella piensa que es mala.
La tarde de verano se mete entre los ojos. Se convierte en estorbo, en arena, en migraña.
La crocante música del andar del camión se escucha partiendo el silencio que de todas formas parece irrompible. La línea imaginaria que trazaron en el asiento crece y se hace viscosa, estéril, impotente.
Ella mira hacia afuera. Él busca que los espejos atrapen la imagen de su sonrisa, pero ella no voltea. Ni sonríe.
El camión, con esfuerzo de inválido libra los topes de la avenida.
Los jóvenes se encierran. Se licúan con la torpeza, con la apatía.
La felicidad se filtra por telas, tapizados, metales, asfaltos. Se cierra con las manos. Se escapa por los ojos.
***