jueves, 22 de mayo de 2008

Antonio di Benedetto, alquimista.

He aquí un ensayo que escribí sobre Zama, novela de este magnífico autor argentino. Si hacen clic en el vínculo pueden leer el primer capítulo de la novela y si exploran en esa página pueden encontrar más de su trabajo y ensayos de otros autores acerca de su obra. También recomiendo el prólogo a El silenciero escrito por Juan José Saer.

A veces dar una opinión es cosa difícil, sobre todo cuando uno es interpelado por una obra y después se exige tomarle cierta distancia para poder objetivarla. Pero me doy cuenta que eso no es necesario, tal vez ni siquiera posible, sino más bien es uno de esos pedidos periodísticos que uno trae tatuados en la frente y contra los que se tiene que luchar para acceder a la creación verdadera. Antonio Di Benedetto es un asombroso ejemplo del carácter del creador, el daño está hecho y hacer un ensayo sobre el efecto que su obra tuvo en mí me aleja de toda posibilidad objetiva.
Zama fue escrita en la década de los cincuentas. Di Benedetto tenía treinta y un años cuando terminó de escribirla. Albert Camus, que era nueve años mayor que Di Benedetto, publicó El extranjero nueve años antes de la primera edición de Zama. Tal vez no quepa la menor duda de que Antonio leyó a Camus pero ese no es un dato posible de ser verificado por mí. Lo que en realidad trasciende no es que estos autores se hayan reconocido uno al otro, ni que hubiera sido sólo Di Benedetto el que se encontrara con el trabajo de Camus; lo que verdaderamente importa son las resonancias entre dos seres humanos en dos costados del mundo, movidos por algo distinto que, al transmutarse en literatura, da a luz obras hermanas.
Imagino un encuentro entre el Diego de Zama de Di Benedetto y el Sr. Mersault. Beberían en silencio. Parecerían a media distancia dos hombres indiferentes a todo, inabordables, de esos a los que los niños no se acercan. Pero hay una profunda y sutil diferencia entre los dos: A Mersault no le importa estar ahí, simplemente no pude importarle, le da exactamente lo mismo eso que cualquier otra cosa. Zama, en cambio, guarda un brillo febril en las pupilas. Reconoce la naturaleza de Mersault parecida a la suya, huele la sensibilidad.
Cuando leía El extranjero tenía ganas de correr hacia él y prenderlo de los hombros, gritarle por qué nada te importa, por qué nada te conmueve. Sentí a lo largo de toda la lectura una profunda frustración y una gran tristeza y distinguí en Mersault a un hombre completamente distinto a mí. Confieso que Zama produjo en mí el efecto contrario. Zama es un guerrero doble: por un lado defensor de su propio carácter de tan humana factura, perfecto balance entre humildad y soberbia. Por el otro, se defiende de la naturaleza misma del hombre y mantiene un estrecho duelo con ella. Las más de las veces es sometido por esa fuerza superior a la suya, mas nunca sucumbe. Sobrevive. Zama no se niega a la vida ni a su exhuberancia pero la padece. Si la historia estuviera contada en tercera persona parecería que Zama sufre como cualquiera. Como es él el que nos la está contando nos damos cuenta de que no es así. Estamos frente a un ser sensible que enuncia su percepción del mundo, delineada por el exilio, el extrañamiento, la desesperación y la esperanza, las necesidades del cuerpo, las inquietudes de la conciencia. Zama es un ermitaño y sin embargo no renuncia a nada que pueda procurarse. Sólo que su albedrío está limitado por sus circunstancias, la geografía de la tierra que pisa, la jerarquía que ocupa en su sociedad, como el del resto de los hombres.
Di Benedetto crea un universo completo y concreto, luego lo acuesta en el suelo y unge cada centímetro de su superficie con manteca clarificada. Después que la grasa ha aprehendido todos los humores, el alquimista la retira y la separa en partes. Destila a fuego lento una pequeña cantidad. Las pocas gotas de extracto caen por el extremo de la pipeta a un embudo y dentro de un frasquito. El alquimista tapa el frasco y escribe una etiqueta con letra manuscrita: Za-ma. Una muestra única de la condición de ese universo concebido, esencia depurada y pulcra, el autor de esta novela ha sintetizado en ella algo que parece vulgar porque todos lo deseamos, pero que los demás seres sensibles valoran de sobremanera. Lo que las religiones prometen y menosprecian. Lo que importa verdaderamente para quienes existen, prueba de que a la ontología le sobra un pedazo; ser y seguir siendo es a lo que aspira el hombre. En ese frasco está la vida eterna reducida a algunas gotas y la trascendencia casi tangible del alquimista que logró crear algo vivo sólo con palabras.
Yo destapé el frasco. El aroma evocó ante mí un hombre espejismo que no me atreví a tocar, mas pude verlo encarnado. Pude oler entre sus clavículas con los ojos cerrados, sentir el calor y la templanza de su cuerpo, mirar en sus ojos la pasión y la aversión por la vida. Poseía tres almas: la del alquimista, la del personaje ficticio y la del hombre que fue y contenían a todas: las de todos los hombres. También la mía, también yo formaba parte de ese espejismo. El hombre me contó su historia, en su voz sonaban las tres en un acorde. Mientras hablaba quise ser parte de esa historia, deseé haberme cruzado por su camino, que él me deseara. Sentí celos de Marta, de Rita, de Lucrecia, de Emilia, quienes compartieron con él la vida, el mundo, la carne. Quise tocarlo pero me contuve. Prolongué nuestro encuentro sin darme cuenta de que lo hacía, escuchando los ecos, los susurros de las otras voces que componían la suya, sintiendo que lo comprendía de una manera tan profunda que aún ahora me sigue consumiendo en la conciencia. Fui flechada, empalada, por ese ser y por esta novela. La herida no se ve, pero el olor del espejismo permanece, lo puedo saborear. Sigo escuchando los ecos y disfrutando el dolor que me infringió en la piel. Si se infecta o cicatriza no me importa. Me queda, humilde y soberbio, el orgullo de haber sido cautivada por su trino y el deseo de que algún día otros escuchen mi voz en esas voces.
Antonio Di Benedetto nació en el mismo lustro que Ernesto Sábato, Julio Cortázar, Francisco Tario, José Revueltas, José Alvarado, Marguerite Duras y creo que las obras de estos autores tienen resonancias entre sí. Desciende de autores como Franz Kafka, James Joyce, Marcel Proust, Virginia Woolf, Jean Paul Sartre, Albert Camus, Samuel Beckett, William Faulkner, Ernest Hemingway, Alejo Carpentier, Juan José De Soiza Reilly, Roberto Arlt o Jorge Luis Borges. Otros escritores más recientes han confesado el efecto de interlocución que les produjo Di Benedetto, como Juan José Saer, Ricardo Piglia o Roberto Bolaño. Saer reúne a Di Benedetto con los narradores existencialistas.
Con esa manteca embebida de su propio universo, Di Benedetto fue creando, al parecer, todo su trabajo literario. Nos enseña que no se puede ser tan poco tenaz como para creer que basta con tener un universo; el acto sublime se lleva a cabo cuando ese universo queda representado, convertido en arte. Empecé con Zama, seguí con Cuentos del exilio y ahora estoy leyendo El silenciero. No cederé hasta haber leído cada una de sus palabras publicadas y si de ahora en adelante me fuera prohibido leer a cualquier otro autor, me parecería justo. Conocer tan solo lo inteligible de un universo distinto del mío, cada una de las partes que fueron susceptibles de ser escritas por esa asombrosa voz, tal vez sería suficiente para alimentar este hambre. Quién mejor maestro que uno que se dedicó a ponderar la existencia humana aparentando incluirlo todo y logrando salirse con la suya. Yo pude sentirlo como si fuera verdad y nada más contemplé unas de sus constelaciones. No puedo esperar a lo que sigue.