viernes, 28 de marzo de 2014

Usar las armas justificadamente


La Luna es como una madre. Estuve ahí hablando con una de sus mitades e incluso lloré. Todavía no llegan las últimas semanas de diciembre en las que lloro todo el tiempo como si realmente hubiera algo que se termina para dar lugar a lo que vuelve a empezar. Vuelve a empezar, dando la impresión de que existiera la posibilidad de tomar fuertemente entre los dedos el hilo de una cometa y hacerla bajar nuevamente al plano plano de lo inanimado; hacer que las cosas vuelvan como si eso fuera posible. Llegarás a extrañar todo lo que alguna vez conociste. Transitarás entre el ansia y la angustia, la astilla en tu carne que no puedes encontrar, la lámpara al final del cable cuyo extremo no encuentras en la oscuridad. Dónde mierda está el enchufe. 
Así es la vida, dijiste y me acariciaste la cabeza. La mascota del equipo. La multitud de chicos con uniforme de fútbol que bajan la pendiente todas las noches a cierta hora y no sabemos de dónde vienen pero podemos presumir que de jugar al fútbol. Qué vanguardistas que somos, sobre todo cuando contemplamos a los demás bajar la pendiente. 
El río también viene de bajada, aunque siempre parece que se fuera. Ocurre que el lecho del río retrocede: si el avión está en movimiento o no, si es éste tren el que se va de la estación o más bien es que aquél está llegando. Quiero tener una alfombra voladora y el calefón se transforme de una vez en un cohete. Guardar veinte mil dólares adentro del horno y quemarlos en una guerra de pasteles y bombas de crema (de paso, hacer arder a todos los vigilantes).
Hoy es una llave o una ficha. Delimitar sobre la mesa el espacio que ocuparía cada una de las cosas a jugar ahí. Qué tontería pensar que lo que uno pone realmente tiene una forma material. Qué tontería creer que uno ha perdido algo que nunca formó parte del único cuerpo que será nuestro en esta vida: este cacho de carne con piernas gordas y abundante pelo. Gran problema la confusión ante el parecer del otro ya que, como dicen los muertos vivientes, a lo profundo le encanta el disfraz. Ya no me hables más de todo lo que te molesta de mí porque hacés que sean mil y una las voces que me distraen. Cuando digo que no me voy a distraer más, sólo tengo en cuenta ésta hora y éste lugar; la geografía y el reloj de los antiguos navegantes. Quiero llegar. ¿Cuánto falta?
Tengo que escribir más de lo viejo. De esas tardes encerrada en un cuarto de hotel, mirando desde el balcón a las niñas bañándose en el mar sin camiseta ni sombrero ni bloqueador solar, jugando con una pelota grande de todos los colores, batiendo el pelo plástico de una muñeca en el fondo marrón de una pila cavada en la arena y llena con el agua de las olas que van y vienen. El sonido del mar que va y viene y pide silencio al despertar de ese sueño de fiebre del que despertaba. Quiero dedicar este tema al Sr. Beethoven que utilizaba ese horrible peinado gracias al cual el día de hoy me siento como un músico alcohólico, sordo y maniaco depresivo. Podría hacerme un favor y detener toda esta política de cuarta para raparme la cabeza y, al menos en la superficie, conseguir un poco de prolijidad. Estúpido Ludwig Van. No escuché bien lo que dijiste, pero córtame el pelo o la cabeza toda lo más prolijamente que puedas, tú que perteneces al género de los que pueden usar las armas grácilmente, piadosamente, justificadamente.
Ésta es la historia sobre mi vida que me invento. El poeta -que como ya era casi, se puede decir, viejo, entonces era un poeta- daba clases en un diplomado de escritura creativa. Era el último curso de la noche del viernes y el aula siempre estaba nutrida de alumnos. El viejo (poeta) era riguroso con las asistencias.
Entre los que atendíamos había una chica gorda de labios y cabellera gruesos, nutridos como se dice. Su voz era como la de el brontosaurio de una caricatura y su risa como la de  un vikingo borracho y somnoliento. Tenía un nombre horrible que no puedo recordar y era absolutamente cargosa y molesta. Siempre evadí interactuar con ella con excepción de una vez que ocurrió lo menos pensado para mí que soy tan sorprendible sorpresable... esa palabra no existe y la línea roja que la máquina traza debajo me lo recuerda porque a ella nada puede sorprenderle, contrariamente a mí. Ocurrió que un día la gorda -y miren que yo misma he sido y en ocasiones todavía me siento una gorda- llegó a la escuela con un morral de mezclilla gigantesco y sucio, lleno de libros y me dijo que los había traído para prestármelos. Yo me quedé estupefacta. Como soy tan pelotuda para resumir en una palabra lo que realmente soy, no pude decirle nada aunque tampoco le di las gracias. Intenté comprender a través de dos o tres preguntas confundidas por qué carajos es que ella había pensado que yo quería leer sus libros, esos, los suyos, encima de que yo casi nunca tomo prestado un libro porque alguna vez presté uno muy precioso y no volvió jamás y prefiero evitar hacer a los demás lo que no me gusta que me hagan a mí.
Aquí podría hacer un paréntesis (pero no me gustan mucho los paréntesis) ya que al escribir esa última frase me puse a pensar en el estado en el que estuve hoy y los “motivos” que a veces tengo para actuar marginándome a mis expectativas de los demás. Hoy me fui a ver una película alemana increíble al museo y eso era lo que quería hacer pero quería hacerlo acompañada y en realidad hubiera dejado de hacerlo si es que hubiese recibido una invitación de la persona con la que quería estar para hacer algo con ella. Pero la invitación no llegó y al contrario llegó un mensaje cruzado con una llamada mía que decía que nos veíamos después. Yo me ardí bastante, aunque ya había decidido ir sola. Al final me alegro de haber hecho lo que yo quería aunque me pregunto si lo hice porque lo deseaba o para hacer sentir mal a esta persona, cosa que sería nada rara pero muy absurda de mi parte ya que a esta persona le chupa un huevo lo que yo haga o deje de hacer para disgustarle y todo esto viene a que muchas veces cuando estaba con los sujetos 1 y 2 principalmente, sufría desde mi costado de esta misma actitud aprensiva y posesiva que ahora tomo yo, pero lo que es cierto en este caso y en aquellos no me consta que lo fuera, es que yo auténticamente tenía ganas de pasar la tarde con esta persona, incluso se lo dije desde temprano, motivo por el cual me ardió quizá el doble que no me invitara a pasar la tarde con él, me excluyera de sus planes y ahora mismo no respondió a mi mensaje en el que le ponía que había salido del museo y que si quería, me dijera dónde podía alcanzarlo, con lo que tomé el camino a casa, pasé por el almacén de los santiagueños que queda, según creo, justo debajo del viejo departamento donde él vivía con su ex novia, y compré dos cervezas de las mejores que encontré y un litro de jugo de naranja que pensaba servirme con el Campari que él trajo la vez pasada y que ahora bebo de un vaso sudoroso de líquido color Conga, como los que servían con hielo seco en el restaurante Mauna Loa al que iba con mi familia cuando era muy pequeña. Traían un copón con hielo seco. No hay nada que pueda hacer a un niño más feliz que humo limpio. Es por eso que aporreo este teclado con furia, ya que también había quedado un poco doblado en un papel la vez pasada y bueno... es lo que hay. Fumo un cigarrillo armado de sabor vainilla de un tabaco danés que compré la vez pasada y me ha durado mucho porque estaba realmente bien almacenado y yo le puse una gruesa peladura de cáscara de limón. El olor que le queda es como de repostería. Me voy a armar otro con una cintita de maría.
La cosa es que la gorda me trajo todos esos libros y después de mis dos o tres preguntas zonzas por las que evidentemente recibí respuestas aún más bobas, tomé la bolsa por las dos sucias asas y era pesada, y suerte que mi viejo pasó a buscarme en el auto y llevé la bolsa a casa. Jamás revisé su contenido y un día, un mes o dos después, mi papá me condujo otra vez a la escuela y llevé la bolsa tal cual la había recibido. Cuando la tenía en casa estorbando ahí como una glorieta, cada vez que tenía que moverla pensaba que la bolsa era como una encarnación simbólica de esta chica, grande e innecesaria, imprudente, estorbosa y demasiado confianzuda, sobre todo eso: imprudente.
El viejo poeta (en adelante Profesor Conchita) dictaba una importante clase que basaba en su valioso criterio, en la que urdía los antecedentes de la poesía contemporánea solamente tras el análisis de la obra de Rimbaud, seguido cronológicamente por T.S. Eliot y después le daba la batuta a Pablo Neruda. Cuestionable, sí, pero realmente revelador. Explicaba el Profesor cómo era que estos tres gigantes habían realmente clavado un gol en la literatura de su época, quedando para siempre a la vanguardia del golpe seco de la palabra, de lo que nuca antes se había contado o dicho de ese modo, del retrato, esa increíble representación de fuerza humana y de sensibilidad y agudeza extrema, de valentía, honestidad y franqueza de la que éstos hombres fueron capaces. Hablaba de ellos como se habla de los guerreros, de Platón o de Maquiavelo. La tonta anécdota que inspira esto son sólo dos palabras dichas por el Profesor Conchita en un momento de gran tensión que se había generado cuando él leía una traducción de su propio puño y letra del poema Waste Land de Eliot. Una, dos veces la gorda Zita (ahora recuerdo su nombre) había sido pescada hablando y se le había pedido, no sólo el profesor, sino también nosotros los alumnos, que por favor guardara silencio, quizá de ese modo educado o de otro más escolar del tipo SHHH!!!! o guey, ya cállate. Pasaron, como he dicho, una, dos, tres y quizá hasta cuatro veces en las que todo fue interrumpido (el Profesor Conchita cortaba su lectura y miraba fijamente al frente. En el blanco de sus ojos podía verse la sangre que se iba condensando y los tirantes tendones de su cuello lo hacían ver más ancho, como un reptil al acecho) hasta que la última vez que esto sucedió, el excelente poeta Jaime Augusto Shelley, bastante misógino pero eso no tiene que ver en esta ocasión, pienso yo, dijo con una voz como la de un león sometido.- ¡Cállate ya, EstÚÚÚpida MujJeEr!

Tuve ese sueño en el que en el entronque de Malagueño había mucha gente esperando el colectivo. Era el mundo del futuro. La fábrica se veía en el marco del cielo. Era invierno y la gente llevaba trajes de piel de animales. Era de noche y las luces de la ciudad (además de quizá, luces provenientes del mismo cielo o de otros lados) hacían que la atmósfera se viera anaranjada y azul oscuro. Cuando le conté el sueño a mi mamá, le dije que era gente que estaba esperando llegar a alguna parte.
También ese otro sueño en el que había un pino gigantesco en un entronque o glorieta del norte de la ciudad de México. “Los pinos” se llama en mi mente. Es un lugar parecido a muchos de la zona de Santa Fe e Interlomas, pero a la vez no lo conozco. En el medio de una glorieta, entremedio  de una calzada de muchísimos carriles por los que transitan los autos con las luces anaranjadas encendidas, asciende un pino delgado como una espiga de 25 o 30 metros de altura. También todo transcurre de noche y es medio postapocalíptico. Había esta especie de vecindad (el mismo pasillo en el que ocurre todo) y yo entraba en una casa que me parecía sorprendentemente lujosa. Adentro vivía una anciana que bebía un “anís chino” con un vasito realmente pequeño, con la forma de un matraz. Recuerdo que después no sabía muy bien cómo podía salir de ahí. En la glorieta del pino, que es como en la salida de esa ciudad, pasaban muchísimos automóviles y camiones de pasajeros.
Y ayer en un descanso como de una hora que hice llegando de La Calera, como a las once de la noche. Fue como una figura o impresión más que un sueño y la palabra impresión ahora me resulta bastante precisa. Las cosas tangibles o concretas perdían su cualidad material y se volvían como un negativo de la materia: quedaba sólo la impresión de su forma volcada en una especie de ectoplasma de color blanco traslúcido, exactamente como en el negativo de una fotografía. En la imagen yo sabía que lo tangible se guardaba o estaba realmente contenido en otro lado del que apenas alcancé a tener un asomo, como un globo gigante que, ese sí, era de un blanco sólido. Una esfera blanca, rígida como si fuera un mundo.

Terminé de leer La novela luminosa de Mario Levrero. Así como alguien dice en una de las solapas del libro, no quería terminarla. No sé qué hacer ahora. Tendré que conseguir otro de sus libros. Traigo cargando desde hace bastantes días el Diario argentino de Witold Gombrowicz pero no le he puesto casi nada de atención y sólo llevo leídas unas veinte páginas. Estoy segura que me va a enganchar, pero ahora todavía estoy demasiado encantada con el efecto de la novela luminosa. Al final, en la parte de la novela, Levrero dice que la lectura de Kafka le ayudó a darse cuenta de que podía escribir sin necesidad de escribir bien y que eso lo impulsó a animarse a arrancar con su carrera. A mí me ocurrió eso con Levrero y los puntos de encuentro son tantos que me parece como si hubiera sido un acto de magia toparme con su libro. Esto ocurre gracias al impulso que él me ha dado. Desde septiembre que he escrito esta especie de diario, mil veces desorganizado y desestructurado, al que no sé cómo le voy a dar forma si es que alguna vez encuentro que vale la pena de ser publicado o que termine por conformar un libro también. Pero ya es un avance, que por lo menos con una frecuencia mayor que la de antes me siente aquí y escriba... sin poesía y sin inspiración a veces. Sin nada de nada más que algunas anécdotas del pasado y las vivencias más inmediatas de lo que me ocurre. Me gustaría tener personajes bien trazados y nombres bellos y representativos para cada uno de ellos. Me gustaría que esta novela ocurriera en un futuro no tan lejano, como la ciencia ficción más hermosa o la literatura más sorprendente, pero apenas ahora encuentro que las sorpresas no son, justa y obviamente, lo que uno cree ni podrían estar en los lugares que uno las aguarda porque si uno espera una sorpresa, ya no podría existir como tal. 
En La novela luminosa, el último capítulo se llama primera comunión. Esto realmente me dejó perpleja ya que no con poca expectativa y pretensión de mi parte, creé una carpeta entre mis documentos escritos de la computadora que se llama Novela Lúcida y ahí metí un par de cosas viejas y no tanto que desde que comencé a escribirlas en su momento (el año pasado), me pareció pertenecían a un género o tenían ciertos rasgos distintos a otras cosas escritas por mí y conservaban un aliento más largo, imposible de cortarse a diferencia de una crónica o un relato los cuales siempre me dictan un final claro. Dentro de esos cerca de quince documentos hay uno que escribí cuando vivía en la pensión que se llama comunión.odt 
Abro el documento y empieza con la siguiente especie de cita, extraída no textualmente pero casi, del libro de Douglas Coupland que se llama Todas las familias son psicóticas. Hace poco le hablé de él a J cuando me preguntó qué sucedería en caso de que yo estuviera embarazada y le dije que vendería al bebé por miles de dólares, como en ese libro, y seríamos ricos.
Ayer fue día de muertos. El documento comunión.odt empieza con éste texto.

- Pues haz como si estuviéramos muertos, ¿vale? Podemos decirnos lo que queramos. Podemos preguntarnos lo que sea. ¿No sería genial que la vida fuera así?
- Los dos... muertos..., ¿así de fácil?
- Sí.

Douglas Coupland,
Todas las familias son psicóticas

jueves, 6 de marzo de 2014

Cuaderno de Actas, 2010.

Otra vez la pluma tiene tinta y el cuaderno es nuevo y pretencioso. Quisiera que pronto esté lleno de letras. Que se puedan pasar las hojas rápido como las de un libro y ver sólo un montón de palabras seguidas de otras, y de vez en cuando una mancha, un dibujo, una estampa o la cicatriz de una hoja que falta. No espero más contar una historia que nadie conozca ni descubrir el poema que guarde los latidos del infinito en sus sílabas. Ya sé que mi prosa no teje mundos imaginarios casi nunca ni puedo inventar personajes que entrañen el alma en su figura más que cuando el invierno es muy frío, cuando me siento muy sola. Sólo me queda aflojar la mano y conformarme con que hace algunos años mi mayor deseo era multiplicar estos sígnos en el papel, que surgieran sin control para siempre y hacerme vieja sentada frente a un escritorio y que los demás digan Ella es escritora. Lleno estas páginas con ese deseo porque bastaron simplemente unos pocos años para enseñarme que era más fácil de lo que yo creía: empezar y no detenerse.
Ojalá esta historia, si es que se la puede llamar de ese modo, persista para siempre. Que no encuentre su fin sino en el punto que se coloca para empezar con otra oración. Que el género se cante por sí mismo sin que yo tenga que determinarlo ya que no existe la muerte ni el olvido ni nada que sea mudo. Siéntate cerca con tus huesos de cristal y tu sangre negra. Yo voy a decirte cómo es que te pareces al mundo, lo bueno y lo malo que han dejado de alejarse en direcciones opuestas y únicamente tienden hacia un punto en el abismo. Si te colocas ahí por un instante -no soportaremos mucho más que eso- podrás contemplar la belleza.

miércoles, 26 de febrero de 2014

El Rey Del Pasto I

“Éste es el Cordero de dios que quita el mundo del pecado,
La Comunidad del Gatillo” dice El Rey Del Pasto envuelto en una funda de poliuretano negro
con su corbata de lana
y su corona de pasto, cobijado por el municipio del estrellato,
entre bloques de hielo seco
recita una sambita. Ademanes.
Taconan sus membranas aladas al lado, la vecina en lo alto
no usa bombacha,
se sonrojan. Los tacones de arriba. Se chupa los labios mas el techo es trellado
y de cemento
y se la baja.
El Rey no se equivoca, grita “¡Alfredo!”
Abordo de una silla de ruedas automática viene al palo
por el corredor un viejo gringo,
una botella en cada mano,
le tira un bourbon entero cosecha 1917 y otro 1984 entre las pelotas al Rey Del Pasto
y le ofrece bombones, platos de besos robados. En el Hotel Centurión los platos de porcelana
barata
son blancos pero tienen un sello
verde tirolés
como el pasto, con la vela de una goleta
La Victoria grabada entre doce enormes tentáculos, el oleaje se crispa a los costados.
El capitán gatilla su arma y se vuela la cara de un plomazo,
y antes de sumergirse en las profundidades alcanza a ver la bitácora batida de sesos y larvas de parásito,
se mira boquiabierto las mandíbulas,
los dientes blancos,
sus raíces, nervaduras extirpadas,
el sabor del agua salada
y se despierta. Ríe. Dice en voz alta “El Rey Del Pasto. Qué condenada resaca”.
Desayuna con pan, cerveza de malta, se lleva una banana a la cama y La Victoria lo arrulla. En esta ocasión el capitán sueña sólo
-o casi- nada.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Día uno, Mario Levrero


Ayer gasté cien pesos en productos de belleza. A la salida de la farmacia pensé No sé si estoy deprimida o enamorada. En realidad no importa porque voy a quedar más linda. Además sí estoy enamorada, de un chico y de una chica. El sólo hecho de pensar que existen, me produce la necesidad de sacarme todos los bigotes y querer pegarme un tiro de sólo imaginar la posibilidad de volver a ser gorda. Tampoco estoy haciendo nada al respecto, pero creo que no podría soportarlo. Tal vez agarre otros cien pesos que tengo guardados en el cajón del buró y me vaya a un gimnasio muy decadente que está aquí a un par de cuadras, esta misma noche, me enchufe un par de audífonos y me ponga a sudar como una zorra todo lo que aguante arriba de una bicicleta fija (por lo demás, no creo que sean más de veinte minutos. En mi imaginación logro estar ahí una hora y dentro de cuatro meses soy una perra increíble a la que nunca jamás su novio soñado tendría ganas de abandonar). Ojalá realmente ocurrieran todas esas cosas que imagino. Casi todas dependen exclusivamente de mi capacidad de determinación. Esta misma estúpida y totalmente hueca nota surge de la idea de no dejar pasar un día más sin sentarme a escribir lo que sea. Lo que sea. 
El jueves pasado fui a cobrar un cheque a la Secretaría de la niñez por el proyecto que estoy haciendo en la cárcel de menores y en La Calera y a la salida pasé por la librería del Palacio Ferreyra; un lugar agradablemente mamón y mal surtido que está en uno de los lugares más fancy de la ciudad. Dan ganas de tener un lugar parecido a ese sólo que en otra zona más común y con un mil por ciento extra de onda que un lugar administrado por burócratas jamás tendría. Pero realmente la idea del café-librería es arrogante y exquisita, por más que uno odie la imagen de un idiota de pelo lacio, flequillo y boina fumando pipa, leyendo y tomando un café, aunque si el lugar es lindo realmente dan ganas de sentarse ahí también uno. De ser el dueño. Servir cerveza tirada y hecha en casa, unos bocadillos increíbles, postres de flotación y café de todas clases. Todo hecho con sumo amor, todos los libros ordenados de manera prolija y comprensible, no demasiados volúmenes sino ejemplares preciosos que puedas pedir favor de sacarles el envoltorio y sentarte ahí en un sillón restaurado a hojearlos en pose, fumando y comiendo deliciosamente, emborrachándote tranquilamente, solo o con amigos... oh qué lindo sitio. Pasé por esa librería a la que nunca había entrado. Tienen un gran surtido específicamente de libros infantiles ilustrados, género que no soy muy adepta a comprar pero que disfruto mucho de admirar. Quizá los libros más bellos de todo el mundo sean de este tipo, novelas gráficas y esas excepcionales ediciones españolas o australianas que tienen incluso texturas y volumen, éxtasis puro para el ojo de un simple mortal que viene a tomarse un café. Pero no me detuve mucho tiempo en eso porque tenía muchísimas ganas de comprar un libro y sabía que no sería uno ilustrado. Estuve un rato revisando las estanterías pero había la misma basura de siempre: la vistosa colección de colores de la editorial Anagrama de la que tengo las pelotas llenas porque sus traducciones son intragables y me parece que los libros están sobrevaluados, no son la gran cosa y me harté de las pollas de Bukowski y de las telenovelas inteligentes de Paul Auster. Creo que sólo valen la pena en el caso de esa colección cuyas tapas son color hueso o los ejemplares negros, y únicamente cuando el texto original es en español. Vi un libro de Alan Pauls, autor al que le traigo muchas ganas, pero todos mis amigos tienen algún ejemplar y, aunque odio pedir libros prestados, ya rompí la promesa de que no lo haría cuando hace unas semanas no resistí la tentación de traerme un ejemplar de la Poesía vertical de Roberto Juarróz de la casa de Nico y Emi. Todavía no lo termino pero es porque quisiera que no se termine nunca. Cuando me sobre el dinero voy a comprarme la colección completa. Así que no me pareció muy original comprarme un libro de Pauls que al final puedo conseguir en cualquier lado... Vi bastante basura y dentro de lo más rescatable encontré una mesa entera de la editorial De bolsillo, esa colección bastante nueva que han sacado con las tapas plastificadas con una textura aduraznada o brillante, son una bosta también pero por lo menos las traducciones son mucho mejores, tienen el famoso tamaño take over para donde uno quiera y un precio bastante accesible. Por lo demás aprecio mucho todos los libros que tengo de esa colección en tanto que no pesan y el formato me permite hacer lo que siempre hago con todos los libros, llevarlos en la mochila a todas partes. El problema con eso es que los libros muy buenos, de tapas duras o más pesados, se dañan bastante y esta edición los hace más portátiles además de que no da tanta culpa si es que se arrugan o se dañan. Incluso los diseños de tapa son tan malos que todo ese machuquerío les atribuye un poco de carácter. La cosa es que en esa mesa encontré los diarios de Catherine Mansfield con el prólogo original de Virginia Woolf y también Los versos satánicos de Salman Rushdie. El de Mansfield me llamó la atención porque tengo hace bastante un ejemplar de En la bahía que he intentado empezar a leer más de una vez y siempre lo abandono. Confío en que sus diarios, siendo el género que más me gusta, me den una entrada más cómoda hacia su obra o tal vez ya ni siquiera sienta después la necesidad de leer su ficción. Eso me gusta mucho de los diarios, es como si uno conociera al autor y supiera más de él que todo lo que sus novelas o cuentos le pudieran decir. Creo que sólo la poesía encierra una verdadera profundidad y misterio extra. Y la novela de Rushdie, bueno, es obvio, nunca la he leído a pesar de que he leído muchísimas entrevistas que le han hecho (otro género que me fascina, la entrevista) y cuando se editó por primera vez le partió la cabeza a todo el mundo y le trajo a Rushdie el odio de un montón de gente. Eso generalmente significa mucho talento; nadie se ocupa de odiarte si no vale realmente la pena. Así que ya tenía esas dos muy buenas opciones pero estoy muy atrasada con el tema literatura argentina contemporánea, así que insistí y me puse a 
buscar en esa estantería. Me gusta buscar bien. Miro los libros uno por uno y me llaman la atención, sí, los de las editoriales 
conocidas. Mondadori es una de las que me puede, sus libros siempre son bellos, con diseños limpios y muy cuidados, jamás se me ha roto ninguno e incluso los he comprado usados -muy usados- y se conservan en perfectas condiciones, además de que me da la sensación que los editores realmente le dan la oportunidad a escritores noveles o que nadie conoce, simplemente porque la obra vale la pena. No era este precisamente el caso, pero acostado el fondo, muy mal puesto y equivocado de lugar ya que el autor no es argentino, vi un bello libro (también el tamaño que usa Mondadori llama la atención porque les da una importancia especial) color gris con una cintilla anaranjada. Cuando lo pesqué para mirar el autor, encima se apellidaba Levrero, con v chica pero no importa, me pareció como una señal porque los jueves en la noche tenemos un club de lectura en el Teatro La Luna que se llama Las liebres, por aquello del bicho orejudo que se ve en la luna. Así que el libro era lindo, el autor se apellidaba así, el título: La novela luminosa. ¡Bang! Leí en la solapa una veloz y vaga biografía del autor y después la contratapa (que, por ejemplo, en las ediciones de Mondadori se puede leer, las de Anagrama generalmente dicen puras pelotudeces de la revista The New Yorker o aún peor: te cuentan la mejor parte de la novela de Paul Auster). Al parecer el libro era para mí. Sólo faltaba saber el precio, porque si superaba los cien pesos me iba a parecer demasiado caro por un autor que no conocía, pero lo llevé a checar y costaba 89. Listo. Fui tan feliz de llevarlo entre mis manos. La chica, que era bastante amable, me preguntó si era para regalo y le contesté que era un regalo para mí, a lo que sonrió simpáticamente. De ahí me fui al banco a cobrar mi cheque y me senté en la escalera a leer el libro. Tenía un prólogo del mismo autor, lo que también se agradece, no largos y aburridos prólogos de analistas y estudiosos que no tienen nada que hacer más que escribir acerca de la obra de otro autor como en el caso mío ahora, porque resultó que Levrero me cautivó totalmente. Pasé como dos horas esperando mi turno en el puto banco de la provincia y estuve todo el tiempo embelesada con La novela luminosa. Empieza con una parte que el autor llama Diario de la beca y que efectivamente es un diario que se propuso escribir durante todos los días desde que la fundación Guggenheim le otorgó una beca para terminar de escribir la verdadera Novela luminosa. Y el diario es así, no cuenta nada más que la vida del tipo y cómo procrastina todo el tiempo su verdadero trabajo, el mismo por el que está escribiendo lo que uno va leyendo y por el que encima le están dando una buena suma de dinero. Un freakie que vive casi encerrado en su departamento, come sólo yogurt que él mismo prepara, milanesas y el guiso de arvejas que le trae una chica bastante joven con la que tuvo una relación pero ya no ocurre nada aunque son muy amigos y él sigue profundamente enamorado de ella. Lo visitan algunos amigos y sus alumnos del taller literario. Pasa mucho tiempo leyendo novelas policíacas y la obra de una autora española que se llama Rosa algo y con la que él está fascinado y el resto del tiempo lo desperdicia en la computadora jugando a los jueguitos, programando y mirando pornografía. Es realmente genial. Casi lo mismo que yo hago, sólo que él es un hombre de unos sesenta y y tantos años. Me es tan grato saber que no soy la única boluda haciendo esto, esto, todo esto, y encima de todo su libro está publicado, por Mondadori, le dieron la beca del Guggenheim y yo estoy leyendo su obra que encontré casualmente y a un precio que estaba dispuesta a pagar, se apellida de ese modo y tenemos tantas cosas en común. Si es que existe una remota posibilidad de que eso me ocurra a mí dentro de cuarenta años, entonces es que este camino realmente vale la pena. Qué egoísta es que yo valore la obra de un autor en tanto lo que a mí me conviene que su vida haya sido más o menos del modo en el que quisiera que se perfile la mía, pero realmente me hace sentir bien. Me inspira y me motiva. No estaría escribiendo esto si no fuera por el Diario de la beca de La Novela luminosa de Mario Levrero. Ojalá la esté pasando de maravilla en el infierno o al lugar a donde se haya ido su espíritu. Creo que debe estar ahí porque el cielo le resultaría aburrido.

martes, 4 de febrero de 2014

Duelo #10,576/Cuarto veneno/Madre


Madre:
Tu veneno me corre dentro, 
he perdido la cuenta de las veces que casi me muero pero sigo aquí, todavía, bajo el manto de la estúpida suerte de los humanos. Hasta ahora no me cayó encima ningún piano, sólo he tenido accidentes que involucraron dinero que no tenía, un descuido, olor a faso.
A veces percibo cómo el hilo se va haciendo cada vez más fino, como si fuera a zafárseme algo. Qué pasará si se destejen los puntos que hilan mi supuesta estructura, mi impotencia, mi coherencia, quedaría solamente una cuerda larga para enredarnos en ella como en esa foto que había en la escalera de cuando yo era muy pequeña, jugar a cazarlo como los gatos, ovillarlo todo de vuelta en una madeja que se sostenga a sí misma desde el centro, eso sólo, un paraíso perfecto.
No quiero ser como ese colchón que está en el garage. Cómo mierda es que esa goma estéril, esa espuma plástica se contamina y se pudre como nuestra mente podrida, la tuya, la mía, la de mi abuela y la abuela de mi abuela, cómo será la muerte, el hermoso vacío, la oscuridad donde no hay más cadenas, reflejos, génesis, espejos. Ahí no hay personas solas, no hay camas vacías, nadie duerme en la calle, no tiene casa nadie porque todos somos de tierra, ese polvo, partículas semejantes a estrellas.
Cuántos duelos durará mi vida. Cuántas veces quebraré mis propias costillas para moldear vasijas, Madre. Cuándo va agotarse el combustible que cocina el ollejo de la fruta para que podamos comerlo. Cuándo te vas a volver vieja y serena, cuándo vas a poner huevos, cómo vamos a desprendemos el tiempo que se agarra al ruedo y pincha como esas semillas de amor seco. Cuando eso ocurra, por favor te pido que me des otro nombre, quiero llamarme Udo, Otto, Máximo, Primitivo, que me des un nombre oscuro y con alas, dejarme crecer las barbas, caminar de noche por el sendero, encontrar un compañero, fumar opio y beber ginebra, tener las manos duras y una de esas espaldas cuyos músculos crecen hacia arriba, acostarme contigo, darte un beso e irme para siempre.
Un tango que suena lejos. Un hombre canta sobre una mujer que se ha ido, se llevó los frascos que guardaba en el baño, tras el espejo. Uno de ellos decía Veneno. 

sábado, 25 de enero de 2014

Duelo #10,566/Tres veneno.

* VOS SOS DIOS, AMOR. 
  YO NO SOY NADA. 
  DIOS ES AMOR Y EL AMOR NO ES LA NADA.
  NADA ES 
  AMOR. NO HAY DIOS EN LA NADA. VOS NO SOS EL AMOR, 
  NO HAY AMOR, NI YO, DIOS, SOS, ÉL,
  Y VOS, 
  AMOR,
  SOY,
  EN,
  NI.
  NI EN MÍ.

  SÍ (...)

  SÓLO ELLA HAY EN LA... 


  NO, NADA.

viernes, 17 de enero de 2014

Padre Veneno y los merodeadores


Padre Veneno:
Cómo soy con los ojos cerrados. Cómo no soy. 
Atravezar el parque de noche, cuando no hay nadie 
con los ojos cerrados. Irse a la cama, de noche 
y cerrar los ojos
permanecer despierto hasta el otro día y levantarte, con los ojos cerrados.
Sin haberlos visto, sin haber podido cerrarlos sin haberlos visto/
abiertos.
Sin haberlos abierto.
Sin verlos. 
Sin haberlos visto cerrados. 
Nunca antes haberlos cerrado. 
El veneno es una flama intensa que arde detrás de los ojos,
su cortina de fuego anaranjado rodea mi mente.
La mente de la cortina de fuego. 
La ilusión de que somos sólo lo que nos rodea. 
Me rodea. Sólo eso. Así. 
Merodea.
Cerrar la cortina para que te quedes durmiendo como si fueras mi padre. 
Mi madre, su cuerpo tendido color hueso, teñido de tibio como un papel dorado. 
El tiempo de las palmeras meciéndose delicadamente. Mañanas nubladas.
El aire que entra por la ventana. 

La música se apaga. 
Los ojos salados. 
Palpitan.
Acuosos. 
Se miran.
A ti. 
Mi cuerpo. 
Tu mano.
La música se calla Ojitos verdes. 
Ojales. 
Soldado.
Tira del hilo. 
Entre igual.
Resultado
✈_ _ _ _ _

jueves, 19 de diciembre de 2013

Primo Veneno

Imaginé,
(imagino)

a una mujer vendiendo polvo de chile, limones jugosos como ningunos y cilantro,
sentada en la vereda del mercado. Un hombre del sindicato pasa y la mira feo
porque no paga impuestos, no tiene un puesto como la gente decente, no porta sus documentos. Adentro el cerdo cotiza alto, entre más tierno venga se paga más caro. Nada
como un grupo de humanos congregados para decirle a otros
que no se pueden juntar con extraños.
El niño llora porque tiene hambre, tiene sueño y quiere jugar

pero su madre está cansada y le pide que duerma.
Ella permanece despierta

esperando que pase algo cuando pase la tormenta, recordar una cita sin estar evocándola ya en vano, una palabra que cubra el ancho
del ser amado, una voz que dice Duérmete,
niño, duérmete ya,

me estás volviendo loca, 
imagino seres en la oscuridad
y aparecen,
se llevan a mis hijos, se los llevan a ustedes y se quedan ellos.

Nos separamos.
Desayunan con palos los lunes, los usan para golpear las rejas, las hacen sonar y gritan.
Duérmanse ya, grita el policía, la madre, la enfermera,
díganle a papá que vuelva pronto, por ustedes, que compre leche.
Mi niño enfermo, dulce, hablan de nosotros en la tele
dicen que tenemos miedo

y pienso en el miedo, siento
miedo, crece
nunca
se va,
el miedo.

Crece mi vientre lleno de veneno. Crece el veneno que creo.
Son limpios los cerdos, se comen todo, les dan excremento. Son buenos.
Enciende la vela, hermana, tía, abuela, que se ha ido la luz eléctrica y no pueden vernos, no ven que estamos aquí con el ruido de las hélices, bajo la lluvia de estrellas crece

un bulto en tu pecho, mi niño, un bulto en nuestras orejas, un bulto
grande
me creció entre las piernas. Me hice hombre, papá,
por favor háblame,
regresa,
deja abierta la puerta
y cántame
para que deje de llorar
cuéntame una historia sobre ángeles, sobre el cielo,
que no se coman mi mierda,

que no recorten tus alas,
que no renazcas, pájaro de fuego, de tus cenizas,
ya no caben más alas en el caldero.
Del polvo de nuestro pueblo que no queden restos, ni voces apagadas
ningún latido sordo,
éste, u otro.
Acércate...
duerme.
Más lejos duele más.

martes, 24 de septiembre de 2013

Todos vuelvan

Un pedazo de masa se desarrolla en mi garganta. Está a mitad de camino entre lo que quiero decir, lo que me he fumado y masticado en estos días y en todos estos años, un año nuevo marcado por la ausencia de gracia, y la gracia que todolo entrega. Las cosas que soban y las que se meten en la casa, todos estos juegos de llaves metidas en argollas que evocan los pañuelos de todas mis primas y de las abuelas, un tejido de algodón color de rosa, de azúcar, Lucía y Julieta. Esos nombres juntos para siempre en la ciudad de Babel, donde todos se encuentran entre las distintas palabras y músicas, conociendo todos los lenguajes al mismo tiempo, bibliotecas vivas de mambo y música de los noventas, la década en la que nuestros amigos nacieron a las trompetas subtropicales, las moléculas subatómicas, los comportamientos de las distintas sales, de todo el plomo que nos comimos alrededor de nuestros combustibles y nuestros vehículos, todo este humo quemadándose y nadie que sepa cómo se cierra la canilla del gas, dónde carajos quedó sepultada bajo todo este cemento. Una tira, una historieta enorme de palabras que dibujan las imágenes de un circo de mujeres pequeñas con grandes pectorales, la lengua lastimada y un poco de saliva en las heridas, la miel del cuerpo inerte, de todo lo que se le pega cuando escuchamos las sirenas y tienen dientes y escamas como plumas, tener semillas y regalarlas, lentejas en cuencos tirando raíces porque están cargadas de un jugo blanco y si tomaras un vaso de eso tal vez podrías morir con sólo, apenas, tocarlo con tus papilas. Como una púa de vida en la punta del cuchillo, una manifestación del veneno que concentra los poderes creativos, la potencia del oscuro y la del blanco, la luz infrarroja que quema los negros. Juegos continuos de colores y texturas desfilan ante nuestros cerebros llenos, hay algo de panfleto, de lo que entre todos dicen, eso que se data comoformando filas o pilas, cadenas enteras de manifiestos estares, qué postura ante la máquina como tirada en el suelo, con el pelo largo y despeinado en el living de tu casa o de la casa de tus viejos, la casa vieja en la que estaban esas personas sentadas en el patio al fondo de un pasillo de ladrillo visto sobre el que trepan los tallos de hiedra. Me voy a ir a dar un baño, como para dar otra vuelta.
Aquí volví, dicen en provincia.
Vino un chico a la pieza y me sirvió más cerveza. Es martes a la noche. Volví de la Casa 13, fumé marihuana y tuve miedo de la cana, me puse una gorra y los tacos fluorescentes. Hay un cienpiés en mi cabeza, no es de goma ni de seda, su larga cola gris se asemeja a la de una muñeca sin cabeza.
A mí también me duele el pecho, no me duele diario, pero puedo sentir como se afilan mis huesos, sus puntas se proyectan hacia la enormidad de mi vaso de cerveza. Los 30 se celebran. Al gato le gusta que yo juegue con los dedos, que peguen sobre el tapete, su cola se mueve y los bigotes se le hacen para adelante como antenas, hace una mueca. Tal vez vuelva.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Carta a los muertos I

Si están ahí y pueden escucharme, aquí es donde podrán encontrarme. He apagado las luces y encendido las velas, el único fuego que nunca me ha traicionado. Afuera las personas chocan en sus vehículos y un par de individuos discuten aún, a gritos, desde la noche anterior a ésta.
Me colgué y pensé que hoy ya había pasado y que era mañana, aunque ya es ese mañana del que ahora hablo, al menos aquí en la tierra de los hombres de cuero. Estamos bien, aunque un poco apretados dentro de nosotros mismos. La piel sólo se estira en la medida que podemos alimentarnos en exceso y suele ser poco sentador además de malo para la salud y tampoco ayuda mucho a acomodarse del todo; entre más espacio se ocupa menos capacidad de movimiento resulta de ello.
Ayer lloré por ustedes. Lloré por mí, porque los extrañaba y por las cosas que se fueron.


martes, 20 de agosto de 2013

Diario de Casa 13, Cinética de la percepción

Qué suerte que tengo de que exista el lugar común, el rincón quieto, el sitio donde podramos hallar un refugio cuando tengamos frío, hambre, miedo o no tengamos dinero. ¿Cuánto cuesta un día más de estar vivo? ¿Cuánto es lo que dices que te debo? ¿Cuándo te cansarás de enumerar todo lo que me es ajeno?
El living quedó limpio. Por mi parte hay una pieza lista, son paquetes rellenos de folletos instrascendentes; no estoy diciendo que lo que anuncian no hubiera tenido importancia, sólo su información ahora, tras el paso del tiempo, pareciera que todo lo que dicen ya lo sabemos.

Encontré muchas revistas y la colección completa del poemario Troquel, un libro enorme, lo dejé sobre la mesa del living, quizá lo tenga que volver a meter al mueble.
Después de mirar todos esos folletos, catálogos, propagandas, invitaciones, quedé descompuesta. La información cuando la obra està ausente es sólo el ego que queda, incluso algunas impresiones con fotos de obra plástica, las rescata su estampa, una imagen que podría tomar otro lugar humilde, un lugar gustoso en alguna otra parte. Si no, podría hacerse un muestrario, sobres llenos de reproducciones, practicar el arte del reciclado.
Es por eso que éste es un proyecto a largo plazo, porque hoy nada más me quedan ganas de llenar este diario.
Habrá que ver qué queda al final, hacer con ello un collage, un encuadernado. Por suerte los pibes tienen pilas. Creemos con certeza que es este y no otro nuestro trabajo.
El comedor está muy despelotado pero algunas cosas ya tienen su espacio, ojalà todos corrièramos con la misma suerte, ojalá el mundo no sea un lugar definitivo.
Deseo el vacío.

domingo, 21 de octubre de 2012

Pájaro que brilla, teatro.

Aquí se puede leer online o descargar la versión original de la obra de teatro Pájaro que brilla, que fue estrenada en el Teatro La Luna, en la ciudad de Córdoba, Argentina, en agosto del 2011.





El video arriba es el trabajo que hizo Ivana Iudicello para Pájaro que brilla. Éste -junto con algunas modificaciones del guión en las que el pájaro no se comportaba como un tarado (cual figura en el archivo de Scribd)- ensamblaban el final de la obra como se llevó a escena.

jueves, 4 de octubre de 2012

Tracción

No poder dormir sin esa voz callada. No saber qué hacer para conseguir olvidarle.
La mañana pide abrigo y despojo. Una suma de café y amargura de la que ya se conoce el sabor y no es rancio, todavía, aunque uno pensara que podría ser así. Ella ya no baila y fuma sin querer, ahuyenta a los insectos para que no molesten un sueño que no se ha concretado. El descanso o la muerte llegarán un día y, si la fortuna continúa de su lado para entonces, no ha de tardar mucho en acercársele.
Golpea la soga en el patio, con pesadumbre. Arrea delgados caballos que cansan la vista como para dejar de verlos. No quisiera encontrar sus costillas sosteniendo el cuero sarnoso, maravillan los cascos que aún truenan y trinan metalizando la espera. Que el asfalto vuelva a hacerse tierra, claman, que el brío vuelva y el brillo herrado enrojezca; también espera.
Un hombre pasa y vende tierra. La mujer es grande y olvidó sus anteojos. No puede trabajar, así que se excusa y regresa a casa buscándolos. Cuesta hallar lo que sea sin poder enfocar correctamente la vista. El hombre es ya viejo. Lee una novela sobre los recuerdos de infancia de otro hombre ahora también muerto. Estaría haciendo otra cosa de saber que la oscuridad está vacía y tibia aún de la piel desprendida de alma que yacía boca abajo cuando las horas no amanecían todavía.
Sirenas y policías. Ladrones. Vías del tren. Cada cual anuncia sonoramente su trayectoria abyecta dividiendo el espacio sin sentido, cortándolo en porciones que escapan las soldaduras; firmemente ocultando su titubeo.
Las cosas importantes se desgajan y gotean. El muro se revoca sólo con dinero, la gripe, en cambio, se diluye con el tiempo. La gente se ocupa en distraerse. 

domingo, 16 de septiembre de 2012

Día de independencia


Llovía tanto que nadie lo podía creer. La plancha enorme, atascada de gente. Luces robóticas instaladas desde los ángulos más fríamente calculados para que los ojos lectores de las lentes no vean nada más que los reflejos verdes y sangrientos, los flashes inacabados, las voces sepultadas de la tormenta y los millones de muertos que yacen ahí, bajo la planta de tu pie.
Maravilla Martínez mantuvo la guardia bien baja y lanzó un gancho tras otro. No arreció nunca. No cejó. El chico había dicho que lo iba planchar en la lona y no supo lo que once años de aguantar hacen en quien los lleva consigo. Aguantó él también, como los grandes, y por su patria, y por su padre. Quizá Maravilla haga como el chico le dijo, y se retire ahora con su título y sus ojos brillantes.
Cien millones de personas gritándole asesino en otro estadio, no muy lejos de ahí, a ese hombre siniestro en medio de toda la mafia, por el séptimo round, las apuestas subiendo y el dinero de todos esos asquerosos que se juegan por él. El grito de todos los dolores.
Ya es domingo y se acerca el fin del mundo. Algunos cables apuntaron:

https://www.youtube.com/embed/6G5WswRbUsc

¡Viva el cambio!
(Asesino, Asesino, A-se-si-no, A-Se-Sino)
!Viva México!

Tocan las campanas.
Empieza la marcha del himno nacional. Suena y retiembla en sus centros la tierra.

!México!
(Sigue unido)
¡México!
Sigue unido.
Sigue unido. Como un corazón agitado. Un corazón solo, sentido entre todos los que ponen los pies sobre esa tierra… esa tierra…

Desde aquí abajo son los héroes de una gran novela de ciencia ficción.
Jamás en mi vida vi tanto ni escuché tanto. Jamás había sentido latir mi corazón como lo siento ahora.
Aquí no llueve, ni allá tampoco.
Es domingo. La gente bebe jugos de fruta fresca. Esa parte de la cabeza no nos duele, sino todo lo demás. Cerveza fría y chorizo para los que andan bajo el sol. Aquellos duermen en sus cuevas, dichosos en su sueño. Gloria a los dormidos y a los muertos.
Termina la historia de golpe, en ese solo momento. La plancha caliente y vacía. Los robots desmembrados crujiendo. Un chico sentado, rendido, que sabe lo que es verdadero.
Puedo verte, oh gigante, hombre pequeño. Brilla tu camisa blanca bajo el cielo. Amarilla. Brillan los latones, las chapas bruñidas, lo que ha quedado de todo ese duelo. Desde aquí la nada sigue. Yo te permito empezar de nuevo. Borrar esas marcas frías, esas heridas derritan el hielo. Que el cielo se limpie. Te limpia ese cielo. Que por un día apenas puedas ser libre. Sin derrota. Sin ningún premio.

domingo, 12 de agosto de 2012

Duelo #10035

Botellas de vidrio sumergidas en el agua
lavandina y detergente.
Un millón de pibes necios esperando que alguien les diga
Vamos por un helado. Nacidos esperando
que todo se caiga hoy
ya mismo
y no haga daño y no haga ruido,
no se rompa ningún extremo.
La piel tira porque el sol está cerca, 

fregar quema los nudillos en los puños de las manos.
Aquí me tienes, abominable y fija,
no me gastaré. Todavía
no se han cerrado los huecos de mis lóbulos y tal vez coloque ahí
algún pendiente, o lo deje para mañana;
pondré a San Expedito sin cabeza, junto a la ventana
de mi habitación, cuando tenga una,
sin maletas.
El humor acuoso no consigue hacer contacto con la dama del/ futuro. En cambio, junto a la barranca, crecen lianas y está/ la abuela. Buceo en una bahía de piedras negras
y no conozco el encierro porque siempre hay otra puerta.
Déjame salir, tú, pereza, descuento, suspenso...
Atrás está -si consigo darme vuelta- el proyecto de luz platina
tejido de organza y quietud.
Tamborilea con los dedos la máquina simple.
Enrosca en sus labios cabellos
de acero.
No teme volcar el tintero
y termina el cuento.