domingo, 5 de junio de 2011

Las crónicas

Mínimo santificarás las fiestas.

Disculpen que los salude a todos, pero en seguida me encontré con que mis ojos los separaban por colores brillantes y mis manos querían ir a meter sus manos adentro de la bolsa con fichas de neón. Qué pequeño es el mundo, decían. Qué de cosas compartimos, con esa cruz sostenida en la mano o colgada del cuello y utilizando el nombre de dios. Todavía quedan una cantidad suficiente de punks como para que eso no ocurra en vano. No pidan que le encuentre sentido a esa clase de abstracciones. Existe el peligro de la ley basada en la moral.
Nada hay que no haya dado frutos. Nada que no sea fruto, como una flor previa.
Dark Days y Afuera el sol, por debajo de los 45 grados sobre nuestras cabezas y a esta hora, todavía un compañero. Ese marinero al que se lo puede mirar a los ojos, saludar bajando un poco la cabeza. Las frondas van soltando sus hojas, amarillas como las esferas de un árbol de limones. Qué dulce vista la de esos frutos dorados que aparecen junto con el invierno por todas partes, contra todas nuestras predicciones. Lavar los platos con agua tibia mientras se espera a que llegue el verano.
Viernes 20 de mayo del 2011. Correo aéreo. Quizá es el pan y el circo para el pueblo, un montón de corrupción y violencia ciñendo nuestras costillas dentro de un corset de latón, pero son tantos los gestos que compartimos y podemos entender que es inútil: no te ofendas si un extraño te trata bien.
Las bicicletas, las guitarras, ni siquiera los hippies se han ido del todo. Una parte de nosotros desearía que fueran ellos los que gobernaran el mundo, pero ya sólo quedan sus cadáveres putrefactos e inútiles dando vueltas en las flores, en los libros y en la paja de los que hacen malabares en los semáforos. Quedaron, sí, los hijos de la guerra fría, los espías y los sospechosistas, los conspiradores, los perseguidores y los agentes. Los hombres grises que se quedan con el tiempo de los distraídos y con la calma nuestra. Sería realmente fascinante que pudieras pasar un día entero desnudo en la cama sin sentir la decadencia ni por un instante. De afuera, pareciera que las acciones de ese tipo son osadas, excéntricas, innecesarias, vulgares, enfermas, perdidas y la verdad es que incluso las acciones humanas más descabelladas se deslindan de una sencilla fenomenología de lo cotidiano. John y Yoko habrán pensado.- Qué ganas de quedarse en la cama en bolas todo el día. Uh, dijo Yoko... pero tenemos esa conferencia al mediodía. ¿Dónde era? Van a venir a buscarnos aquí al hotel. Y bueno, dijo John... que pasen... Que suban. Los atendemos aquí, así no tenemos que vestirnos. No tenemos que ir a ningún lado ¿Te copa?. Al final, el caso por el cuál esa pequeña decisión se convierte en un gran alboroto es la piel, la carne, la manera severa y cruel que tenemos de rechazar nuestros propios instintos porque los que todavía aspiran a algo, han sido entrenados para aspirar a una iluminación basada en el rechazo. Una cultura -bastante nueva, por cierto- que nos culpa de que el líquido en nuestros oídos vibre próximo a nuestro cerebro, de percibir la luz con nuestros ojos, de las millones de terminaciones nerviosas apenas bajo la piel, de meter la nariz en algún asunto o de anhelar que sea domingo para comer un asado. Nada de eso tiene un sentido profundo, nos dicen, como si hubiera algo más introyectado que lo propio de nuestra esencia. Ahogados en su propia imbecilidad, transcurrirán entre las vetas trazadas por la lava entre la lava antigua. Estamos en el infierno y todos los caminos nos conducen al mar. Saldrías por donde entraste. Una voz baja cuenta la historia, porque una punta debe estar bien afilada y una cuerda se envuelve en sí esperando los dedos juntos que la acaricien y la estiren y la tensen. Marcar un compás para volver a su delicada quietud. Érase una vez, un ave con escamas a la altura del cuello y un mono que aplaudía marcando el ritmo de la música y nunca se equivocaba. Un pañuelo de tela que llevaba casi cien años en los bolsillos de los miembros de una misma familia. Una bicicleta herrumbrada en el galpón del fondo. Un billete de veinte dólares entre las páginas de un libro. Una virgen moldeada en yeso, cuyos ojos de vidrio brillaban a pesar de la penumbra en el pasillo. No hubo nada que pudiera contra la dicha, si apenas hace algunas horas que estabas esperando el trolebús en el mismo lugar de siempre, contemplándote unos ojos elípticos y esa planta que esperabas tuviera tallos secos y agusanados tiene brotes otra vez. Brotes sanos. Cortas pedazos de madera buscando las larvas, pero no hay ninguna... La tierra lo renueva todo.
Nos gusta pretender que ya no vamos a la escuela, a pesar de que todas las mañanas nos levantamos, nos tomamos el desayuno, espiamos la hora antes de meternos a bañar, peinamos nuestras cejas y limpiamos nuestros anteojos para precipitarnos al sol, siempre atentos de no tropezar con algo. Olvidamos la posibilidad de la caída hasta el momento en el que dejamos de sentir el suelo, señal de que estamos empezando a a aprender a volar. Sabiendo ya que estamos en el infierno, podríamos empezar a soltarnos un poco, salir a dar una vuelta en bicicleta y llegar hasta la frontera para poder cruzarla sin pestañear. Ya no permitas que tus venas te frenen; trata de captar el momento en el que impulsan la sangre y no el instante apenas perceptible en el que todo se congela, como si hubieras muerto. Por retorcido que parezca, la conciencia humana se mueve dentro de estos parámetros. Qué zarpado, sí, poder ver las estructuras engomadas con las que está fabricado el universo. Qué vanguardistas que somos los que nos damos la cabeza contra la pared para comprender de qué está hecha, con qué está tejida, pero ya puedes ir cortándote el flequillo e imaginar a todos estos hombres, grises y vómito, irradiando luces de colores desde el ombligo. Da un poco de miedo ya que uno no quiere ser uno con todo ni con todos y quizá sería mejor que exploten (y mueran).
No sé por qué, nuevamente y en el lugar más apestosamente común de todos, estoy enferma y me siento inspirada. Tiene esa parte tonta de poeta maldito y de estamos en el infierno y esa otra que lo hace parecer obvio, natural o incluso entrañable. Esa falibilidad acá adentro del propio pecho. Mi viejo nos decía que sorber tus propios mocos te inmuniza, te hace más fuerte. Que es el modo en el que se curan los animales. Las mamás alrededor y señoras de todo tipo, también esas nenas con vinchas de brillantina, lo miraban con cara de asquete o como si fuera un desubicado. Algunos púberes se reían estúpidamente y la mayoría de los niños también reían pero por que les parecía divertido que justo fuera bueno para uno hacer algo que todo el mundo te dice que está equivocado, es feo, parece desagradable, lo noto raro, esto no está bien, algo salió mal, etc. etc.
Hoy mi cuerpo es más fuerte que nunca. Sólo va a desarrollarse un poco más que esto y después empezará a marchitarse. No me voy a regodear en mi juventud ni en mi belleza, pero más me vale tenerlas por ciertas. No tener miedo -por ahora-. Como un personaje de una novela de ciencia ficción, que no puede hacer demasiadas preguntas sobre el pasado o sobre el futuro porque, a no ser que seas George Orwell y escribas un libro de la reputa madre, vas a hacer que los lectores pierdan por completo la atención en lo importante. La novela histórica realmente apesta también. Nosotros preferimos llamarle periodismo aunque tengamos que ser los personajes alternativos del relato. A mí me gusta bastante eso y conozco mucha gente que también prefiere las películas de hombres lobo antes que ver trilobites hablando sentados por televisión. Hoy vimos uno que era realmente desagradable. Usaba un traje de color madera pero no del color que podría ser la corteza de un árbol vivo, sino de esa madera, como el nogal, que se ha curtido ya en su propia resina porque la han separado de sus raíces. Esa funda de camuflaje deshonesto para poder desparramarte grasa vacuna encima y que no queden marcas visibles. Su cuerpo era desproporcionado ya que el tamaño de su barriga superaba el espesor de su pecho, de tal modo que su postura era con la cabeza agachada, como quien se mira esa parte entre el ombligo y las costillas en la que realmente no hay nada que ver -a menos que te hayan injertado un pez robot en las entrañas, que estés intoxicado, tengas el abdomen de una modelo rusa o de ese chico que te gusta tanto-. Eso y varias cosas más de las que compartimos pruebas prácticamente irrefutables, me llevan a pensar que, en el improbable caso de que su traje haya sido confeccionado por un sastre, el encargo fue llevado a término tras una gran cantidad de ajustes y correcciones e -incluso a pesar de ello- una vez ataviado el trilobite, el calce era realmente malo. Aparentemente los uniformes cumplen un papel importante en la tarea de pasar desapercibido, pero un vertebrado con semejantes características tendría que aprender antes de asuntos que superan su inteligencia para dejar de resultarle molesto al prójimo.

Gracias al Gran Secuenciador que todavía eres tú quien está cerca mío.
Gracias, Altísimo.
Altísima.
Gracias, Noche despejada.
Despenalización.
Andar en bicicleta.
Gracias por transformar nuestra agua en vino.
Gracias por haber venido.
Qué bueno, Grandes Iniciados, que ya no tienen que volver.
Gracias a aquello que hace que los pájaros vuelen.
Gracias, Oh Gran Señor, que ese tipo jamás pronunciará mi nombre.
Gracias. Vuelvan pronto. Viajen, y vuelen. 
***

miércoles, 18 de mayo de 2011

Las crónicas

X/I.-
Las mejores tardes para escribir son éstas, camino entre el verano y el invierno, en las que es casi cierto que llueva y hay que meter el pecho adentro de alguna funda gruesa para conservar el calor y el orgullo milenario de los hombres. El lugar más común de todos y el más cómodo: preparar un café y encender un cigarrillo, buscar una música que ocupe la atención en un ritmo análogo y no pensar en nada más que en el estar aquí.
Ahora vivimos en el living, gran broma de los usos del lenguaje. Las otras habitaciones están pobladas por pilas de cosas que no se sabe qué relación tienen entre sí, columnas barajadas de cortinas viejas, libros, vasos, zapatos, discos, medicinas y esa sensación de "yo ya estuve aquí" que proviene de lo que hemos coincidido en llamar "el karma familiar". Hemos estado aquí, sí, omnipresentes en cualquier acción de ir o volver a donde sea y paranoicos de que se repita. Hipersensibles cada vez que vemos una caja pegada con cinta canela en la que se puede leer un destinatario lejano, cada vez que hay que desempolvar algo encontrado al fondo de un clóset o con sólo pensar en que suene el teléfono y sea alguien que llama de larga distancia, que llegue un email de un amigo que está del otro lado de la tierra... no sé. Es como una ola de nostalgia post punk/Charles Dickens que nos arroja a la deriva cual si fuera el mismísimo día del fin de todos los tiempos. Tiemblan las manos y, sólo si hay alguien cerca, lo miramos buscándole el "estoy aquí contigo todavía. No temas. No pongas esa cara de pequeño roedor que observa cómo los perros salvajes destruyen su madriguera. Aprende de una buena vez que todo va a estar bien cuando pase la tormenta y, además, es sólo el carrero que viene a llevarse los escombros"... Ufa... menos mal. Haciendo un esfuerzo por no parecer un imbécil vuelves a tu silla y te acomodas cerca de la ventana abierta. Lo peor de los aviones es que no se puede abrir la ventanilla y entre todas esas capas de acrílico ves condensarse las nubes y el frío en gotitas de agua milimétricas que dan la sensación de que, si algo sale mal, vas a ser testigo de horripilantes imágenes antes de que los globos de tus ojos exploten. Nuevamente te felicitas por estar en el living, por incómodo que sea pasar la tarde en una especie de glorieta desde la cual te pueden ver todos los vecinos en tu ropa de dormir.
Qué suerte que hoy no voy camino a ninguna parte. Va a llegar la noche sin que nadie me haya pedido que vacíe mis bolsillos. Prefiero esta alteridad evocando cualquier concepto, como una novela de Charles Dickens, pero estando quieta y viviendo en el living, a ese peor momento de aviones al condensarse las nubes con el frío entre las hojas de acrílico que no se pueden abrir. Los pies hinchados. La persona que ocupa el asiento junto al pasillo. Ser ese pobre idiota sin querer o de pronto. ¿Qué hace una piedra sola en el medio de la nada? No hace nada. No existe tal piedra, que yo sepa. Todas las piedras que vienen a mi cabeza están acompañadas de un montón de cosas o permanecen flotando cíclicamente en el espacio a un ritmo propio entre las demás piedras. Desde la ventana se alcanza a ver la oscuridad del jardín y las hojas del crespón pintadas de amarillo por la luz artificial. Se está bien aquí; a pesar de la supuesta inconformidad a la que se nos propone orillarlo todo, de tal modo que la posibilidad de hacer esa afirmación queda cercana a la vergüenza. "Se está bien aquí"... Se dice que no tiene interés alguno la parte de una historia en la que la gente lo está pasando genial. Se dice simplemente: a partir de ese momento lo pasaron genial, y después se retoma lo realmente importante.
No quisieron contar que mientras eso sucedía, vieron un nene con una vieja y otra mujer, sentados en el suelo, en la banqueta frente a la iglesia, y las mujeres hablaban como podrían hacerlo las costureras, y el nene dibujaba en un trozo arrancado de un papel color celeste, apoyándolo en el piso, contento. Trazaba con un color rojo las piernas de un personaje muy alto o un caminito de fuego.
Llamaradas color turquesa iluminan la base de la tetera. Mi abuelo nunca vivió en este casa, pero tengo la imagen de él, sentado frente a una especie de secreter angosto, ubicado tras la puerta del estudio, bajo el librero. Puedo verlo ahí, escribiendo en ese rincón, casi en el pasillo, con una taza a su lado derecho y sus grandes anteojos de pasta. A mi nona, cocinando fideos en una cacerola grande y abollada sobre la llama, el agua hirviendo, pintada de beige, y las esferas de aceite de maíz que se arremolinan, se esconden y surgen en el centro.
La fotografía de mis hermanos cuando eran pequeños, parados muy juntos uno al otro, que colgaba en la pared de la escalera de la casa en la que crecí. Alguno de los dos tiene calcetines rojos bien estirados y zapatitos negros. El Juan tiene un yeso, el brazo roto, y la Caro. un vestido clarito, ese lunar en la mejilla y su flequillo muy lacio. Muchas veces no encuentro el sentido en inventar algo determinado por hacer, delante, en el tiempo o en otro espacio, sino que hallo un regocijo, como un caramelo de cereza envuelto en papel dorado, en enunciar lo que puedo contemplar o sentir aquí y ahora; lo que se repite en mí a través de ese tiempo; el espacio que se modifica y uno se reconoce como el mismo a pesar de que cree haber cambiado considerablemente.
Hace dos semanas que salí de mi casa con un billete de cien pesos y todavía tengo algo del cambio. Me resulta asombroso simplemente porque noto la diferencia entre el tiempo que uno invierte y el tiempo en el que se descubre rodeado de regalos. Y cómo el tiempo mismo se convierte en un bien del que uno a veces reniega y otras veces ocurre atendiendo a todo lo que está en él, a todo lo que funciona bajo su sistema de reglas... y es finalmente él el que se adapta, el que se expande de manera significativa o se experimenta inmerso en una emoción particular, genuina y bella. Quizás bella porque uno lo acepta -su paso- como se acepta un regalo.
Quitamos los parásitos de la planta y descubrimos que eran esponjosos y aterciopelados, contrario a la idea rígida y seca que teníamos de ellos. Los aplastamos con un cotonete, poniendo mucha atención en los colores y las texturas de los líquidos que salían de ellos, parecidos a la sangre, a la pus, y al yeso. Sus patitas eran negras y se movían como las de cualquier otro tipo de insecto, pero más suavemente, como si nadaran en una especie de crema. Esos bichos invertebrados cuya figura los dota de toda estructura. Se parecían, en parte, a la cáscara de un queso brie. A los hongos que crecen en febrero, que al pisarlos parece que se hubieran esfumado; al unicel, que desaparece con el fuego, pero sin dejar ese humo negro. Los mexicas usaban las cochinillas para preparar la tintura roja que aún permanece en las paredes. Incluso deben haber sabido diferenciarlas por su tamaño, cuáles pintan más rojo, cuáles más anaranjado, cuáles sólo atribuyen más líquido a la mezcla. Cuando estamos juntos podemos darnos cuenta de cómo es que solemos agrupar las cosas para tratar de entenderlas, cómo nos es más fácil todo cuando podemos encasillarlo, lo fácil que es meterse uno mismo dentro de un túnel de absoluta oscuridad y contemplar la realidad como si fuera eso. Quedarse con el valor negativo de las cosas y, con un poco de suerte, adquirir experiencia a través de ello.
Pintaré caritas felices en las paredes de mi nueva casa y permaneceré mucho tiempo dentro del baño. Llegaré a desesperarme por no tener todas las cosas que anhelo y atesoraré todas las cosas que tengo ya, obsesivamente. Valoraré a las personas por sus acciones, ciñéndome a un código ético tal vez abrupto, pero responsivamente coherente conmigo y sólo conmigo, ante el cuál ni siquiera yo misma tengo a veces nada que objetar porque me he dado cuenta que eso no me es fructífero.
Soy ésta que está aquí, con sus bordes y sus métodos. Con su alquimia pasajera y cíclica de analizar la manera en que ocurre lo que puedo percibir. Andaré con los costados poblados de otros hombres a los que intente comunicar ese modo en el que yo creo que acontece todo, la ósmosis propia de lo que existe, la vida y su centro al que todo regresa. Un moco, un huevo, un badén. Simplemente por que están aquí con nosotros, y referirnos a ellos como si eso les diera una mayor importancia. Atribuírsela nosotros, rebuscada o sabiamente. Decirles a ustedes, que no existen todavía. Que yo sé que existirán y ya podemos ir teniendo cierta empatía. Pensar en nuestros nietos o lo que hemos heredado. Qué habrá en mí que me relacione con ese pedazo de queso, y descubrir, entre las flores de una mata, el eslabón perdido. 
***

miércoles, 13 de abril de 2011

Nuestra gratitud


La puerta está abierta y las ventanas, cerradas. Es la única salida que ha quedado sin rejas.
Hemos hecho grandes esfuerzos para que la casa deje de ser la misma en la que la abuela empezó a morirse, pero lo sigue siendo. Hace muchos años que hemos nacido.
La pintura nueva combina con el antiguo reloj -ni siquiera las paredes han podido escapar del color mostaza de la nostalgia-, y arriba de los roperos aparecen colchas de lana que jamás habíamos visto porque alguien creyó que un día tendríamos en nuestros propios pies tanto frío como sólo lo habíamos imaginado para otros.
Aparentemente hay una gran diferencia en levantarse temprano por la mañana y quedarse despierto hasta que salga el sol. Ellos fueron puntada, carbón, sacrificio. A nosotros no nos quedó ningún lugar para guardar el rencor: la abuela nos enseñó a hacer collares con fideos y mamá me permitía escribir las vocales en el espejo con sus lápices de labios -para hacernos algún mínimo drama de algo, tuvimos que estudiar en colegios de humanidades, desarrollar alergias, mirar la guerra en el noticiero y tener encarnadas las uñas de los pies-. No conocieron la culpa de los domingos, de los días que hemos pasado sin quitarnos la pijama. No sabemos qué era lo que imaginaban cuando rezaban por que nuestra vida fuera menos dura.
Esto es lo que hemos conseguido; lo que ustedes nos regalaron. No hemos descubierto otra forma de estar bien, más que la de seguir a nuestro corazón. Nuestros tiempos de ocio se los debemos a ustedes y la vocación de hacer lo que más nos gusta. No hemos sentido hambre ni vamos a tener tanto frío excepto que hayamos muerto. Tendríamos que estar muy tristes o solos o locos. No les vamos a pedir perdón; les estoy pidiendo permiso. Santificaremos las fiestas, nos echaremos al sol. Nada malo va a ocurrirnos. Los cimientos de esta casa van a seguir siendo los que ustedes clavaron en el suelo aunque usemos el patio para reunirnos con nuestros amigos a tomar vino. Y un día tomaremos un avión -quizá nos sirvan una comida tan desagradable que no estemos dispuestos a comerla- y aterrizaremos en la tierra de la que ustedes vinieron. Abrigados con camperas de pluma, daremos una vuelta por la plaza del centro y fumaremos un cigarrillos. Visitaremos la iglesia y encenderemos una vela que se apagará cuando ya no estemos ahí. Eso será todo lo que quede en el mundo de esta inmensa gratitud y no habrá sangre. Enseñaremos a nuestros hijos a que ya no les importe si eso es o no es suficiente.

miércoles, 6 de abril de 2011

Aclaraciones innecesarias

1.- La entrada anterior a ésta, fue la número 111.
2.- El número de duelo asignado a algunas de las entradas, se refiere al número de días de vida que goza y duele quien remite este mensaje.
3.- El contenido de esta entrada carece de importancia; su única finalidad es hacer más liviano el peso de no haber posteado nada en dos meses y lograr que el contador marque las cuatro mil visitas de una puta vez.
4.- La dichosa llegada del otoño no fue celebrada con una entrada; lo merecía.
5.- Del lado derecho de este espacio usted encontrará una serie de vínculos, cuyo objeto es promover o rendir homenaje al trabajo de personas que aprecio o admiro, compartir hallazgos que considero valiosos y orientarle a sitios que podrían ser de su interés. Considérelo una invitación.
6.- Si algún día logro comprender el sistema, prometo agregar etiquetas y todos esos gadgets metaconectores que ofrecen las redes sociales.
7.- La imagen del título del blog es nueva. Regalo de Jose. Píquenle ahí, cabezones... son todas cosas lindas.
8.- Ésta es una de las entradas más decadente de este blog. Si es la primera vez que usted lo visita, utilice el scroll y pásele a lo chido.
9.- Como no hay etiquetas, el trabajo lo tiene que hacer usted: a su derecha una vez más, bajo el título de Equipaje, yacen cerca de cien entradas que no han sido leídas en años; apriete en cualquiera de ellas o conjugue los verbos ir y volver en la barra de búsqueda arriba a la izquierda. Hay idas y vueltas como para hacer dulce.
10.- A quienes hayan llegado hasta aquí, a este renglón, a este momento, quiero decirles -como en una chorrísima entrega de premios (y como siempre)- que me alegra mucho. Vuelvan.

Vamos, Hit Counter... Vamos todavía.

martes, 8 de febrero de 2011

✈ Duelo No. 9,484

El dolor vino junto con la posibilidad de un nuevo amor, unas vacaciones que se terminan y la alegría de observar cómo los amigos se hacen cada vez más grandes y más fuertes, más solemnes ante lo importante, más impasibles ante lo que carece de importancia. Una alegría pasajera de fin de semana que consiste en tomar un taxi por la noche, golpear una puerta y ser recibida por esos seres con tatuajes en los brazos o lindas piernas, cuyo rostro es siempre amable. Te sirven un vaso de licor y cuando hablan sostienen tus propias teorías sin dejar de mencionar que la práctica es bastante más compleja, que los piratas también se baten a duelo, naufragan y se emborrachan hasta perder el sentido. Los piratas también mueren. 
Bailar las mismas canciones con las que empezamos a derribar paredes y a luchar en esta guerra. Fumar un último cigarrillo antes de ir a la cama, como si hiciera falta. Dormir boca abajo soñando que la lluvia que repica en las baldosas del patio es la marea que crece y un buque repleto de marinos con capuchas blancas, juntos, en la tormenta, gritando órdenes y sosteniendo esas cuerdas con fuerza para vencer el miedo, para vencer el viento, para poder ver nuevamente cómo cesa la la furia y las nubes se adelgazan, el cielo se platea, se levanta la brisa que anuncia el caluroso día de verano que será mañana y, mientras dura el fresco, toman una bebida caliente y comparten el silencio, con la mirada fija en el Este y la certeza del sol que pronto va a asomar su círculo tras el borde del mundo. Aún no sé cómo pude olvidarme, cómo puedo ser tan idiota:
Hace dos o tres semanas palpitaba en su centro como un pequeño cangrejo ermitaño guardado adentro de su caracol. Sabía que estaba ahí y podía distinguirlo entre todos mis tejidos, tironeando desde la base de la espalda con esa delgada fibra que se anuda una vez donde se juntan la cabeza del fémur y la pelvis, otra vez, en un nudo doble y apretado a mitad de camino hacia la rodilla, en la cara exterior del muslo izquierdo, y una vez más, justo antes de llegar a la corva, detrás de la pierna, como si algo extraño a mí quisiera envolverme y hacerme caer como quien se enreda jugando al resorte. Pero di más importancia a la dulzura pasajera de los libros, los viajes, las visitas y los teatros. Siempre que he logrado hallar una excusa para pasar la noche en vela, me distraigo de todo lo que me aleja del bienestar. En la vera de todo lo que está a punto de suceder -la cosecha de los frutos de las plantas que sembramos hace ya tiempo; los boquetes que se han abierto en las paredes recién construídas para colocar una ventana o una puerta por la que entre el sol y el aire; el dinero obtenido del trabajo al que me forcé para poder gozar de cierta holgura en este mes en el que siempre llueve sin importar de qué lado del Ecuador uno se encuentre- “cómo no iba a distraerme” me dicta la autocompasión: No mereces este dolor y menos ahora... y al dolor no le importa nada. Llega y me toma por la espalda sin escuchar que tengo que ser valiente para poder llevar a cabo el trabajo que me propuse, que tengo que ser bella para encontrar un hombre que me ame, que tengo que ser tolerante para poder comprender ese daño como un ciclo al que está atada mi carne, y ser sabia, templada, virtuosa, y tierna aún cuando el cangrejo se convierta en un dragón, aunque con sus garras arañe mis músculos e intente arrancarme la espina, aún que su fuego consuma mi oxígeno y mi sangre se torne negra, ardiente, y hiera mis propias venas llenándome de rabia, oscuridad y desesperación. Ningún pirata en ninguna historia aparece tirado en el suelo llorando de terror. No existe la belleza en esos gritos que calan el mismo mar cuando los hombres sienten pena de su propia existencia. No hay piedad ni cielo para los que se duelen de ser quienes son ni para aquellos cuya agonía ha hecho adolecer la vida de los que están próximos. No hay amor aguardando por los que han fallado en amarse a sí mismos.
Ya no se siente el vacío porque lo ocupa todo. Mis extremidades con todas sus lianas de grafito amontonan sus quejas en un abismo bajo el cual sólo hay agua hasta donde termina el universo. El otro lado está ahí para hacer visible lo que no alcanzaré jamás. Cada respiro increpa a ese monstruo, desde cuyos ojos lo observo todo, a aumentar el ritmo, a tejer y tensar con más furia mis raíces, tironearlas y retorcerlas y lanzar sus bordes prensiles tan lejos como puedan llegar. Lo que queda de mí tiene miedo de cuando ya no quede nada. Lo que había antes está ya muy lejos, más allá junto con la tierra que alguna vez fue nuestra; junto con mi infancia y la adolescencia de mis hermanos, la juventud de mis padres. Junto con mis abuelos, que están muertos, y los hijos que no tuve contigo ni con él. No soy un marino ni hay nadie cerca, ni nada hay que me recuerde a ti. Ni siquiera a mí.
En ese mundo de fiebre dios es el dolor, la angustia es el brillo de la vida y yo soy todo lo que habré perdido cuando muera.
***

viernes, 14 de enero de 2011

Iteración

Nunca estuviste más cerca que ahora. Qué te puede hacer la hierba si tan solo vas a recostarte ahí por un momento. Nos vivimos volando de los nidos que nos vieron nacer y aprendemos a transitar reptando a través del suelo pulcro. Ellos barrieron para que tú puedas acostarte ahí. Muchas gracias abuelo. Y no lo digo por nadie, sino por la tierra; por los pedazos de montaña que antes eran el fondo del mar. Entiéndeme. No me la creo tanto como para venir a decirte de hacer lo que quieras, pero hazlo.
En el principio no había nada y casi no puedo, me cuesta, empezar a describirles todo lo que hay aquí ahora. No podríamos volver atrás y me tiemblan las manos si me anticipo a pensar que ya lo hemos hecho. De cómo es que nos comunicamos y podemos comprendernos. No sé todavía si somos capaces de creer en eso pero, una vez más, estuviste conmigo, toqué tu carne y estaba tibia. Recortes de matas que echan raíz donde quiera que haya un poco de tierra y florecen pronto en pétalos de colores, crecen como la tinta en la tela. Hemos conseguido estampar la luz en nuestro pecho y probar la frutas pequeñas, agrias, romper la nueces, morder las cáscaras. En el interior está lleno de pequeños núcleos, membranas delgadas que conservan agua, acopian cristales, se tornan amarillas y brillantes, se oxidan y se pudren. Descubrimos los lustros, las estaciones. Las bajadas, las películas. Hazte una, en la que aparece un lago muy hondo y la orilla está cubierta de polvo de piedras. Las almejas se reúnen donde las olas se hacen nudo y permanecen allí, como quien muere para volverse tierra de vuelta, en un listado que jamás se arredra de objetos -sujetos- que se suceden.
Deberías tranquilizarte un poco: sentarte a contemplar el cielo y no decírselo a nadie. Pero cuando yo llegué, tú ya estabas formado en la fila; o será que te conozco desde que te vi acercarte, a lo lejos, y eras pequeño y gris, y no sabía tu nombre. Roberto, Euménides, Marucha, siéntate aquí. Acuérdate dónde dejaste las llaves. Ya acuéstate que tienes frío. Cuando llegó a la dimensión número dieciséis dejó el lápiz a un costado, suspiró y miró alrededor: la habitación estaba vacía.
No esperes nada de mí. Menos aún si logro convencerte de que todo es posible. Te invité para que pudieras mirar en aquellos ojos; esta es la gente que he amado y nunca se irán. ¿Te persiguen? Sí... más o menos eso. Continúan estando en mi sangre lívida por volverse oscura. Detrás de los postigos, junto con toda esa luz. Y si te vas, enséñame cómo dejas abierta la puerta.

sábado, 1 de enero de 2011

Fwd 2011

Envié este mensaje a mis seres queridos para despedir el año. Fueron ellos, con la enorme generosidad que los caracteriza, los que me aconsejaron postearlo aquí. A ellos están dedicadas estas líneas:

En los cuadros de esta nostalgia de calendario gregoriano tan predecible, hay calles y noches, luces de todos colores, escritorios y asientos, cortinas, telones, sábanas, bolsas de dormir, pañuelos desechables, vendas. Montones de manos que se alcanzan objetos unas a otras. Fuentes, ríos, regaderas, baños públicos. Aeropuertos y terminales de autobús, estaciones del metro que se vacían de toda esa gente que espera en tan poco espacio... y quedan sólo los ecos de algunos pasos solemnes que ya no se apuran porque es demasiado tarde.
Lunas cortadas por la mitad, de color amarillo, durazno, blancas. Mañanas que llegan sin haber dormido, en las que los propios párpados pueden sentir los ojos desvelados y atentos a la claridad inesperada. El calor que enrojece las mejillas hasta que laten por sí mismas como dos corazones sonrientes y ansiosos de llegar al lugar en el que se los espera. La primavera y el otoño sólo son los matices que las plantas nos barren y nos llueven, confiándonos, en un cifrado de sonidos, que todo llega y todo se va, pero sobre todo, continúa.
Serán ya cientos de miles los kilómetros de carretera. Otra vez las noches sin dormir esperando para irse, otra vez las sábanas que los pies retuercen anticipando el movimiento para levantarse, bañarse, cambiarse y abrir otra vez la mochila para comprobar si está todo, ojalá esté todo, y cerrarla e irse... Los kilómetros de vuelo por sobre las nubes que cuando se esconde el sol ya no se sabe si son nubes o mares, o desiertos de sal o montañas de arena. Los caminos que se ven desde allá arriba, increíblemente perfectos, que lo atraviezan todo, todo de una manera en la que pareciera indiscutible que somos parte del universo. Caminos como flores gigantes, como las venas de los empeines, como tallos de apio, como alas de insecto como velas de barco. Desde allá arriba no se distingue ningún error. La vida persiste de la única forma en la que sabe hacerlo: repitiéndose a sí misma, filtrándose en todo lo que existe. Por sobre las nubes distinguiendo a los que están abajo como nidos de luciérnaga, tan pequeños o lejanos que no se sabe si son fósforos, lámparas, haciendas o pueblos. Cómo hemos poblado este mundo tan grande que el horizonte se curva, los ojos son esferas, damos vueltas alrededor del sol y bailamos en ronda. A pesar de la distancia podemos encontrarnos. Aquí mismo, a la hora de la siesta, en cada palabra que se formula está la certeza de ti.
Todos los libros que se tratan de lo mismo. Las letras en diferentes lenguas que se entienden de todas formas. Con la cabeza rapada y el cuerpo desnudo formamos un ejército de los mismos seres que descubren que tienen cosas en común con todos los otros, incluso aunque no lo deseen o aunque no puedan verlo. Un millón de veces más escribiré esta carta para decirles que los llevo adentro mío porque todas las cosas me recuerdan a ustedes, me acompañan de ustedes, nos reúnen eternamente y al final no queda ninguna frontera o límite, ninguna separación ni distancia o pasado posible y solamente el cariño, la luz que irradia de lo invisible.
Feliz 2011.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Breve fragmento de La verdad idiota


Idiotas:

Finalmente aquí estamos: esperando el advenimiento del fin del mundo. Muchos de ustedes estarán asustados; otros, contentos.
La vajilla se conserva completa gracias a que permanezco lejos de ella, debido a que en numerosas ocasiones he podido comprobar que basta con dejar de sostener la taza del café para que esta se acelere a impactar contra el suelo y rompa en fragmentos ya sin nombre. A medida que voy desentrañando el misterio de la estructura que me rodea, obtengo méritos para conseguir mi propia mención en su cuadro de honor: he creído en sus palabras y he dado demasiada importancia a las mías, he confiado en ustedes y dudado de mis capacidades. Gracias a ello me puedo contar orgullosa entre sus filas. Reconozco la sabiduría de quienes nos antecedieron y prometieron que cambiaríamos el mundo, sabiendo que nos dispondríamos a obedecerles. Conoceríamos la frustración, negaríamos nuestra alma y encontraríamos las armas para defendernos contra cualquier amenaza. Con el tiempo, no sólo habremos descubierto la ausencia de la verdad, sino que vamos a adquirir gran práctica en preservar la aparente inoperatividad del sistema. Seremos capaces de ignorar lo más impetuoso, dar por sentadas nuestras vagas nociones, negaremos la posibilidad de cambio y habremos sido abanderados de la misma mentira tanto que podremos repetirla sin ser condenados.
Quiero felicitarles por el diseño de esta trayectoria, ya que las palabras apenas alcanzan para esbozar en la mente una ínfima porción de este magnífico plano, única representación perfecta de lo que algunos aún osan llamar el Dios por ignorancia o rebeldía, ya que no reconocen la importancia de su propio papel en la absoluta omnipotencia. Tenemos la comprobación fáctica de que hasta el momento llevamos ganada la batalla. ¿Quién hay en el mundo que, dotado de la posibilidad de la conciencia, no haya percibido al menos por un instante la gran ventaja que existe en desconfiar del otro o la molesta decadencia de intentar la empatía? Son las consecuencias, los resultados de esas acciones, los que nos acercan al conocimiento y a la comprensión de esta forma infalible y hemos de afirmar que mientras ellos más se inclinen en reprobarnos, más profunda sentirán la vehemencia de su propia idiotéz. De esta manera hemos creado y alcanzado el equilibrio único entre forma y contenido, la accesibilidad al miedo más allá del espacio y el tiempo. Podemos acudir en todo momento a nuestra más poderosa arma: la locura; aquello que nos concede justificación para la crueldad, nos redime de la culpa y nos abraza en su seno valeroso cuando la atribuimos a los demás.
Podremos perderlo todo pero bajo los escombros quedarán las pruebas: la apatía será el combustible del mañana; la incomprensión resultará evidente.
Si la vida no nos alcanza para ser testigos de la manifestación fehaciente de la gloria, quienes bajen de esas naves interestelares encontrarán nuestros cuerpos momificados bajo armaduras de adamantio, índice claro y eterno de la supremacía de nuestra idiotéz.
Nada puede detenernos y esa es la verdad.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Nexus


No conozco el nombre de quien hace las preguntas. El que está sentado frente a él es Henry Miller. Tiene setenta años, su voz es hermosa y sus movimientos son los de un hombre joven.
Las preguntas van por el lado de la creación; el hombre con la grabadora y la libreta puede ordenar las palabras de la manera que considere mejor, pero hay una sola cosa en su mente: quiere saber cómo.
Miller no da ninguna vuelta alrededor de sí mismo. Las circunstancias fueron esas, dice. Hice lo que hice, como pude. A veces escribía durante días enteros. Me levantaba temprano, escribía hasta que me daba hambre. Después me daba sueño y dormía una siesta. Después me despertaba y seguía escribiendo. Algunas veces lo hacía hasta que salía el sol. Otras empecé algo y pasaron años hasta que lo retomé y lo terminé. Quizá podría decir el cómo, pero para eso tendría que precisar un por qué. Lo intenta: ¿Por qué?... bueno... lo necesitaba. La mayor parte de las veces ponía mi voluntad en eso. Con menos frecuencia sentí que había algo más allá, como una fuerza o un flujo del que provenía todo. Y la máquina de escribir traqueteaba sin parar, y los manuscritos quedaban arriba de la mesa, hoja sobre hoja. Después los corregía con tinta azul. Dejaba pasar el tiempo y les daba una leída. Tachaba fragmentos y cambiaba algunas palabras pero generalmente las cosas quedaban casi como habían salido. Los manuscritos corregidos eran hermosos. Luego tomaba todas esas hojas y volvía a tipearlas. En ese proceso volvía a corregir palabras pescadas al vuelo, las que el texto le pedía. Todo en favor de su música, del ritmo que había en ellas. Trabajaba como un loco. Ahora siento que no es necesario escribir tanto, dice. No hace del todo bien.
Cómo quisiera, querido Henry, que las palabras salieran de mis dedos incesantemente durante días y días como te sucedía a ti. Cómo quisiéramos descubrir el siglo veinte igual que tú; perdernos en París, experimentar el hambre y el frío, la amistad y el amor. La necesidad de escribir para poder estar bien, estar bien a pesar de todo. Pero aparentemente cada vez somos más idiotas. Yo soy una idiota. Lo tengo todo y no puedo llevar a cabo las acciones necesarias para dirigirme al lugar al que deseo llegar. Le doy demasiada importancia a eso, pierdo la concentración en el camino y siento que no soy buena para nada. Ayer leía una entrevista a Hunter Thompson, donde decía que escribir cartas le servía de mucho; que muchas veces la energía necesaria para empezar algo provenía de ahí. A mí me pasa algo semejante, creo. Ni si quiera lo sé con certeza ya que a veces no encuentro un motivo, me da vergüenza dirigirme a alguien o creo que no he sufrido lo suficiente. Después recuerdo los momentos difíciles y lo difícil que fue salir adelante y entonces ya no tengo ninguna justificación. Todo es muy fácil y nada me lo parece. Escribir es lo que más deseo y lo que más me cuesta trabajo.
¿Y de qué me sirve todo esto? Cuando estaba en Roma y fui a ver la escultura del Moisés rompí en llanto.  Cuando leí tus novelas me pasó lo mismo. Nexus está sobre la mesa de mi habitación porque no me atrevo a leerlo. No quiero más. Necesito un tiempo de descanso para prepararme porque no puedo soportarlo. Tus palabras me hacen sentir podrida, tonta, vaga, inútil.
Querido Henry Miller: Robé el Nexus de una librería de esas que obtienen su dinero vendiendo una gran cantidad de libros de Paulo Coelho y cosas por el estilo. Era el único que me faltaba por leer de la trilogía. Lo deseaba, así que sentí que lo merecía. De otro modo permanecería ahí, en un estante muy cerca del suelo, lejos de la vista de todos y juntando el polvo de ese local sin gente. No era demasiado caro pero yo no tenía dinero para comprarlo. Había terminado de leer el Plexus y necesitaba seguir, no podía parar. Hacía mucho frío y me sentía muy sola. Si el mundo fuera un poco mejor, sería gratis llamar por teléfono y copias de Trópico de Capricornio de tapas rígidas color celeste llegarían a nuestro buzón uno de esos días de invierno. Me arrodillé en el suelo, junto a la estantería, abrí mi mochila y metí el libro dentro, como si fuera mío ya. Después cerré el cierre, dije buenas tardes a la mujer de la caja y salí de ahí dando pasos largos, sabiendo que nadie se había dado cuenta entonces y quizá nunca lo hagan.
Cuando llegué a casa ya se había hecho de noche y hacía todavía más frío. Me tiré en la cama y saqué el libro. Le quité la solapa. Sentí su olor. Escribí mi firma con tinta azul en la primera página.  Pasé la hoja, leí la dedicatoria y después me encontré con el primer párrafo. Cuando había pasado la segunda página sentí cómo algo muy grande se quebraba adentro mío y empecé a llorar. Algunas lágrimas cayeron sobre el papel y tuve que cerrar el libro, cerrar la puerta con llave. No podía calmarme y era la hora en la que empezaba a aparecer gente en los pasillos de la pensión; alguien preparando la cena o tratando de encontrar un alargador para poder planchar la camisa  que usaría al día siguiente. Otra vez la chica que llora, dirían. Antes no me daba vergüenza, pero ahora sí. Llorar a solas es un poco más digno y escribir acerca del propio llanto es una de las cosas más bajas que se puede hacer. Heme aquí. Era una emoción parecida a la que sentí cuando vi el Moisés. Ahí sí que lloré pública e impúdicamente. Mientras lo admiraba y me sonaba los mocos con una servilleta de algún restaurante, sentí ganas de brincar la valla de madera para ir a sentarme en sus piernas como una niña pequeña. Ni siquiera en mi imaginación tuve la osadía de que ese personaje me mirara a los ojos y sencillamente deseé apoyar mi cabeza en su pecho y echar mis brazos sobre sus hombros. Sentir su mano acariciando mi cabeza. Que tuviera compasión de mí ya que nunca voy a estar ni apenas un poco cerca de toda esa grandeza.
No le he escrito ninguna carta a él ni a Miguel Ángel. Tampoco he podido volver a abrir tu libro. Quedó ahí, sobre el escritorio ese día, marcado con mi nombre y el tuyo. Incluso me mudé de casa, lo traje conmigo y sigue aquí cerca, cerrado. El título me recuerda que todas las cosas están vinculadas, que no hay nada que nos separe. Sé que ya juntaré el valor de leerlo y gozarlo. Cuando te leo tengo el diccionario al lado porque no sé nada de francés. Trato de imaginar cómo deben ser algunos pasajes escritos en inglés, como tú los pusiste ahí, como salieron de tu alma. Deben sonar como esas matas verdes llenas de botones de flores a punto de abrirse. Esos días de paredes sin reboque, de nostalgia por lo que está lejos, el brillante brío con el que cuentas las cosas que te sucedían y ese ímpetu sólido de cuando pones un punto y aparte y dejas un renglón vacío antes de comenzar con el siguiente párrafo. Juntaré el valor sólo para llevar más de tus palabras nuevas adentro mío, para entrañarlas. No sé si en inglés exista esa palabra, pero significa algo que se tiene en las entrañas y que si se saca de ahí, duele. Pero también duele lo que sea que uno ponga ahí. Duele porque para hacerlo hay que empezar a correr otras cosas que ocupan espacio, hay que hacer sitio; muchas veces, deshacerse de lo que había previamente y eso también duele. Duele por anticipado, porque cualquier cosa que uno ponga, la guardará tan cerca del corazón que tendrá miedo de perderla después. Sigue doliendo ese libro cerrado porque ya sé que lo que contiene quizá no quepa en mí.
“Escribir como un león y vivir como un cordero”... No tengo nada de eso o hasta el momento lo he hecho todo al revés. Te pido la misma compasión que invoqué ante ese gigante de piedra apenas verde. Apiádate de mí. Escúchame. Absuélveme sólo por hoy. Por escribirte esta carta y nada más.

Atte: Lucía Malvido 

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Punto de cruz

Las mujeres siguen juntándose a tejer y en algún lugar de la ecuación sigue estando esa incógnita, pero se puede distinguir qué letra es. No hablemos más de su valor. Es que lo tiene.
Tal vez no haya que contar una historia; la historia se cuenta igual. Escuché cómo los bandoneones formaban una trama, bordada desde distintos puntos de vista, de pequeños episodios encadenados en un aliento que se termina. Desarrollo, clímax, desenlace. El principio sólo es un instante. El punto de partida siempre es el mismo. Tocaban una canción y nosotros la escuchábamos. Reunidos en una bodega percibíamos uno a uno cómo es estar aquí y haber estado antes. Contar con el instante próximo. Con lo eterno.
A veces no escribo porque no puedo encontrar las palabras para plantearlo. Las cuerdas tensas, negras, trenzas densas que entre sus fibras capturan el presente continuo extendiendo la red a cada latido más grande. Cada imagen aprendida concebida, proyectada, cimentada, levantada, capturada, conservada. Desgastada, disuelta, olvidada, muerta. El olvido es el recuerdo. Pensamos en la muerte partiendo desde el hecho de estar vivos. Es tanto lo que cabe en esta humillante luz que a veces necesitamos cerrar de golpe la ventana para no tener que verlo todo, y la equis sigue estando al pie de la hoja interrogándonos, nos sugiere un número, un nombre, un sujeto, que podría tener un predicado, haber estado o seguir estando. Te he dicho mil veces que vas a quedarte aquí para siempre.
Sólo el horizonte plateado le permite a un buque sus pequeñas verticales. La tierra y la neblina reflejan la luz de la ciudad, y es de noche junto con la luna, junto con el sol detrás de aquellos cerros, donde caiga el ovillo de mi trópico. Es mañana, eres tú que te guardas el misterio de tu ciclo. Descubriste la paz al sentir la decadencia; como una mancha de jabón o ese cartel fijo en la puerta: Jale o empuje. Abierto o cerrado. Entrada o salida; y nunca me habías dado un abrazo. No sé de dónde sacaste ese, pero sentí que te había extrañado, creí haber llegado hasta aquí sólo para recibirlo. Un pajarito color caoba picoteaba entre el pasto seco y, al menos en esa sentencia, quedará para siempre. Ten por cierto lo más inverosímil: toda el agua del mar tiene gusto a sal. Que lo imposible sólo es cuestión de tiempo.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Post New Romantic

El mundo es este lugar resbaladizo y tembloroso en el que nos abigarramos muy cerca unos con otros esperando conseguir un mínimo instante de contención. El sitio en el que por suerte, porque es nuestra maldición, todavía podemos reírnos de los aburridos críticos colocando etiquetas con nombres graciosos a las cosas que han dejado de comprender por convicción propia: Postmodernismo, dicen. Después de tantos años de romanticismo, esperaríamos que las cosas cambien pero no lo han hecho. Seguimos siendo muñecos para recortar, vestidos apenas con esas prendas que se agarran con pestañas de papel y la lluvia nos moja, nos hincha, nos arruga, cala profundo entre los pliegues del uso y finalmente ablanda nuestras extremidades, más probablemente a la altura del cuello. Muñecos sin cabeza ya inútiles, sin identidad, sin manos, ni piernas. Gusanos de pulpa -reciclable, por suerte- hemos de morir y reintegrarnos a la tierra para alimentar a los árboles.
Que nos muelan de vuelta en gigantezcas licuadoras, que nos mezclen con agua y luego nos expriman en prensas, en planchas. Volveremos a quedar todos juntos, más cerca que antes, y seremos papel en vez de polvo.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

✈ Duelo No. 9,345

Quizá no llovía porque el mundo pensaba ¿Para qué llover? Todavía no es.
Hoy, lloverá tanto que los ríos crezcan y los brotes exploten.
¿Cómo es que llegamos hasta aquí? En esa foto estás tú, está ella y al fondo un cuadro que pintó mamá. El cielo es verde y amarillo y los caballos huyen. No sé cómo explicarte: es que todas las cosas son de todas las formas pero la cuenta regresiva siempre se acaba al llegar a cero. Es tan frustrante que para perdonar hace falta creer que alguien te hizo daño. Te quise tanto que te sigo hablando a ti pero haces a la culpa persistir aunque no la desee. Comenzamos a matarnos. Que alguien estrelle mis cenizas contra las piedras del fondo. Uno siempre sigue el camino del corazón y si crees que ese corazón es húmedo, torcido, siniestro, te estás olvidando del uno. La pena no vale nada. Otra vez esas nubes absolutas y el sol está detrás. Hagamos nuestro propio mundo. Sigamos nuestras reglas. ¿Crees en tí? Yo también. Los tatuajes no se borran. Cuando te hagas uno, asegúrate de que te vaya a gustar para siempre. De lo contrario tendrás que taparlo con otro más grande y más teñido. Hagas lo que hagas te vas a seguir acordando del que estuvo primero. También llueve del otro lado del Ecuador durante el mes de septiembre. La lluvia no nos deja escucharnos las voces y gritamos a través del agua que cae del cielo. No puedo comprender nada de lo que dices. La luz se apaga. Todo está oscuro como en el vacío - alguien va en esa ambulancia - los dragones no estarán dormidos por todos los tiempos. Cuando tenga el valor de estirar mi brazo entre la nada, espero encontrar el tuyo; confesarte que por un momento dejé de tener la certeza de que siguieras estando.
✈

domingo, 12 de septiembre de 2010

21:51... diez menos diez

No tenés hora, ¿No?


Sí señor. (21:51)... Son las diez menos diez.


Gracias, mamá.


De nada...


Desde siempre el reloj estuvo al revés. La mañana es lisa. El viento fresco. El sol, caliente.

Obvio que podemos pelear por un zapallo y dejarnos de hablar para siempre. Pero todo el tiempo uno se enfrenta con que hay otra manera de hacer las cosas. Una en la que nos ponemos cursis... panfleto... Qué se yo pero los colores brillan de otro modo. Por qué estar enfermo si puedes estar sano.
Ni siquiera llevaba mi libreta así que escribí detrás de esos panfletos que tendría que haber repartido:

Ver el cielo hace que me lleve por delante las ventanas una, o dos... o hasta tres veces.
¿Quién era ese tal Orión? Lo he visto un millón de veces; un día le regalé a alguien una estrella de su cinturón.
El frío viene de las estrellas y - más que cualquier otra cosa - está el vacío.
Llegar en barco. Llegar en avión. Todos consentimos en ver el momento en el que las personas se reúnen, se encuentran de nuevo. Llegando... todo el tiempo yéndose.

Ya sé. Nos parece estúpido y fácil: “MERECEMOS LA GUERRA”.

A veces somos monstruos,
también hemos hecho bailar a los sombis.

:- Pienso en ustedes.
.- Qué narcisista.
… Sí.- Lo primero que tuve fue a mí.
* ¡¿Profe?! ??? ¿Nacemos de nosotros mismos? ???
Me alegro de estar aquí con ustedes. Tocar tu pierna; saber cómo has estado; cuéntame algo de ti... Que estemos juntos. Que podamos serlo todo. ¿Cómo vas a hacer que te crea que justo ayer estabas hablando de esta misma canción? Pensé en una palabra nueva y al día siguiente brincó de entre las páginas del libro que estoy leyendo. Un círculo marcado por todos sus diámetros. Las estrellas siguen ahí, y esa flor grande y roja que pintaste en mi brazo. Las estrellas no quieren que te vayas, ni los colores, ni las plantas. No te lleves todas tus plantas la próxima vez que te vayas: sigues aquí.

Mi vida estará en tu recuerdo: todo, estará hecho de hebras de oro. Quizá sólo la forma pueda ser más precisa, más fina, más clara.


(23:54)...
Son las once menos diez.

domingo, 5 de septiembre de 2010

Mínimas porciones de honestidad

Ya falta poco para que los huérfanos vuelvan a dormir con la luz apagada. 
Antes que cualquier recuerdo, llevaba en mi cuello el collar en el que he seguido enhebrando las cuentas de tus días, y esta vez parecía que agosto iba a terminar por no terminar nunca. 
Mirando por la ventanilla, empecé a entender la intención de quien puso un domingo al final de todo, una tarde, igual a esta.
Quiero un techo para treparme a mirar el cielo los domingos.
Tengo la paranoia de que la gente cuchichea cuando bailo. También creo haber estado más lejos de casa que muchos de ellos; cuando escribo puedo darme cuenta: he pasado la mayor parte del tiempo tratando de justificar las mínimas porciones de honestidad de las que soy capaz. Esto sólo es más de lo mismo.
Nunca entendiste que mi manera de llevar la contra fuera haciendo lo que los demás evitan hacer solamente por llevar la contra. Quizá yo urdí ese diabólico plan... lo único que sé es que no fue gracias a ti que surgió la idea, así que trata de no ser tan estúpido. Aunque sé que la parte más cierta es con frecuencia la menos contundente.
Del mismo modo se hace de noche y sigo pensando en ti porque preservo la esperanza de encontrar a alguien que le encuentre un sentido a mi alma.
Deja la puerta abierta cuando salgas.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Septiembre

Hoy fue un día que de
tan
claro, era triste.
Todos juntos en el patio,
bajo el cielo a que el sol nos absuelva.
A entibiar la piel bajo los trapos con
la cara lavada
la arena y los labios resecos,
y el sol.
La lluvia no se anima de mojar nuestros bocados,
la luna es blanca, como en un frigorífico, y
nos damos
un abrazo enclenque: no podríamos no hacerlo.
No me atrevo, nos decimos. La distancia
es la paz que no debería perdérseme.
La victoria
es la honra de quien se aleja; ya no me mires.
Ya no toques esos claveles porque va a llegar la primavera.
Quédate levantado, obstínate, si crees en la intemperie.

viernes, 27 de agosto de 2010

Niveles

Papá y mamá se habían ido. Cuando llegué iban saliendo y me habían prevenido del Mercedes color azul metálico estacionado en el techo de nuestra casa. El dueño volvería en algún momento. Simplemente había que asegurarse que no se le ofreciera nada. Cuando era niña papá tenía un Ford al que llamábamos La perrera, pintado de ese mismo color. 
Estaba en mi habitación, iluminada con una luz cálida y preciosa, cuando escuché que, sobre el techo de la sala, el motor del Mercedes empezaba a roncar. En nuestro garaje, ahí, planta baja nomás, estaba el Orion rojo modelo 95. Mis tíos aún lo conservan y a mí me gusta. La pintura es de un rojo especial.
Cuando el Mercedes bajó del techo por la rampa -que era simplemente alguna pared del frente de la casa inclinada en un ángulo de 45 grados- recibí un montón de información que atravezó mi cabeza, como un video. No es que la haya descubierto enseguida o la haya sabido de antemano sino que en ese momento, ocupando tiempo, antes de abrir la puerta de calle para salir a despedir al huesped, hubo para mí esa presentación informativa: El precioso automóvil estacionado en el techo de mi casa no era de un viejo libanés de piel curtida que sostenía en los labios una boquilla con un cigarro light en la punta, como había sospechado yo al principio; era nada más y nada menos que del autor, novelista, el fabricante más prolífico de bestsellers en el mundo, Stephen King. El informativo, muy bien editado, documentado e ilustrado, me contó que Stephen King tenía una hija. Una nena que había nacido entremedio de una relación tortuosa con una mujer. Ella había tenido un trágico destino que no hacía falta detallar. Los medios, un juicio, no sé qué más cosas, habían hecho un jaleo espantoso y terrible alrededor de aquel bebé que por nada del mundo podía quedarse con su madre, tenía por padre a un escritor alcohólico de cuya cordura dudaba la ley, y además la bebé padecía alguna enfermedad que limitaba su capacidad mental. Stephen King, luchando contra todos los obstáculos, había sido valiente y había criado a su nena. 
Tal vez habría que mover el Orion para que Stephen King pudiera echarse en reversa para salir. Yo nunca he manejado el Orion. Aunque quizá pensándolo bien, el mercedes sí daría la vuelta; era un coche pequeño, de esos que no tienen asiento de atrás más que una especie de maletero o en el que sólo cabe una persona ridículamente sentada a lo largo. Abrí la puerta de calle y efectivamente Stephen King había podido maniobrar. Esa fue la primera señal que tuve de que era un hombre sencillo. Habría podido gritar que le corriéramos esa carcacha si se le hubiera dado la gana, como un rico pelotudo e inútil. Pero no lo hizo. Había frenado el auto sobre el empedrado, frente a mi casa, y apagado el motor. Su puerta estaba abierta y él hacía una llamada de trabajo por el celular. En el asiento del acompañante había una chica. Cuando me acerqué, Stephen King pidió un momento a la persona en el teléfono y se presentó conmigo. Me tendió la mano, me dijo su nombre. Lucía Malvido, mucho gusto, le dije yo. Y él tocó mi hombro y con un gesto paternal se disculpó con la cabeza y retomó su llamada. Yo me acerqué al auto para saludar a la chica. En el informativo la hija de Sthephen King era sólo un bebé, pero eso había sido hace mucho tiempo. Tendría mi edad. Su piel era cobriza y estaba además bronceada por el sol. Iba arreglada con excelente gusto: corte de pelo carré, pequeños aretes dorados, una camiseta de punto, mangas tres cuartos y escote en v de un color verde ficus y sus pantalones eran de gabardina delgada, de un verde pálido, menta. Su perfume olía bien también. Estiré la mano para estrechar la suya pero sería propio darnos un beso, aunque para eso yo tenía que sentarme en el asiento de Stephen King. Siéntate, dijo ella, sabiendo que su padre se demoraría. Venían de pasar el día en algún spa, bañándose en algún lado, algún tipo de club o balneario. Habían dado una caminata y disfrutado del domingo juntos y en paz. ¿Por qué estacionaban en mi techo? Bueno, todos los techos son iguales. Podrían estar pegados. Simplemente sería como un nivel un poco superior, nada más. No tenía demasiada importancia. 
La tarde tenía ese sol mandarina que no quema sino que entibia dulcemente. Estuvimos platicando un poco. Los asientos eran de piel color hueso y combinaban muy bien con las molduras de madera y el azul acero del auto. Ella era muy amable, muy linda e inteligente. Su discapacidad sólo se notaba en una untuosidad particular en su voz y una de sus manos no se había formado bien por lo que no tenía dedos más que uno muy pequeñito. Sus rasgos no eran muy diferentes a los de su viejo, aunque llamaba la atención que su piel era mucho más oscura, como la de un pielroja. Su nombre empezaba con S. 
Mientras le decía algo, ví una cosa que se movía en la pequeña ventana detrás de ella. Le dije ¡Mira eso!: una oruga, como un gusano de seda pero grande como una esponja, estaba esquinada en el ángulo del vidrio y se movía. Era negra y verde y amarilla, con un patrón curioso como todas las orugas, y en algunos puntos tenía manchitas color malteada de fresa. A mí me daba un poco de miedo. No parecía mala o algo así, pero era grande. Quizá quemaba, como algunos gusanos. No hace nada, me dijo ella. Se habría metido en el auto. Vendría del nivel de allá arriba. Simplemente querrá regresar a su casa. Y la gorda oruga recorrió despacio su camino. Eso implicaba pasar por donde yo estaba, por lo que salí del auto y me acuclillé junto al asiento para verla desplazarse. La observamos durante un rato largo. Era muy bonita. S no le tenía miedo y la tocó un poco para orientarla. Mientras tanto Stephen King discutía con alguien que le decía algo de unos archivos que tendría que reenviar. Renegaba porque los traía en el celular pero no estaba seguro de cómo mandarlos y, un poco embolado, pedía indicaciones a la persona que hablaba con él, quejándose de que por estos días la tecnología resultaba a veces tan un dolor de huevos. S me sonrió y yo a ella. Esas sonrisas que resumen las cosas cotidianas.
Mientras esperaba con S a que su papá terminara la llamada, en la casa de la esquina también había unas personas esperando. Eran dos tipos, uno más joven y uno más viejo, muy flaco, que tendría casi cincuenta años y una rala melena larga y canosa. Usaba bermudas como para hacerse el pibe. Un forever planta y el otro por ahí. El vehículo en el que esperaban sentados era como una carreta. Y se sentaban bastante juntos respetando el lugar que ocuparía la persona que faltaba. Empezaron a cantar esa canción que dice “y nos dieron las diez y las once, las doce y la una, y las dos, y las tres...” Su tono era terriblemente desafinado y yo y S nos reímos. Después empezaba a ser insoportable. Era gracioso que nosotras también estuviéramos esperando, pero a pesar de los cánticos de borrachos, Stephen King no se distrajo ni un poco de lo que lo ocupaba. S me preguntó si tenía hermanos y le conté algunas cosas acerca de ellos. Que ya vivían cada quien por su lado, que mi hermana vivía con su chico y todo eso. Algunas anécdotas de cuando yo era chica y mis hermanos eran adolescentes. Nada del otro mundo, sólo mis impresiones de entonces; las locas ideas de los chicos de quince y dieciséis años que yo admiraba tanto. En la pared de ladrillos de cemento debajo de mi ventana, todavía se podían leer frases escritas con aerosol color vino, que los amigos de mi hermano habían escrito en esa época. La más desubicada decía algo del whiskey. Había una, escrita por el Negro Cobos, que decía Juan sírveme un meñoqui gratis. Recordé al Negro sentado en la mesa de la cocina de la verdadera casa en la que crecimos, diciendo algo sobre que siempre había menú, la comida era rica y además era gratis. Y entonces siempre que tenía hambre, preguntaba si no había menú (meñoqui, qué sé yo. También menú es gracioso).
Hubo una elipsis sonora en la que, mientras yo pensaba acerca de el origen de la palabra meñoqui, Stephen King suspendió su llamada, se despidió de mí muy amablemente y me dió las gracias. Un gran tipo. Se ve que un gran padre también. S y yo nos dimos un beso y nos dijimos que había sido un gusto conocernos y charlar. La molesta voz de los borrachos pasó a segundo plano y caía la noche. El Mercedes, del color de la noche nueva, sonó y encendió sus luces blancas, dio vuelta en la esquina y desapareció. En algún lugar, alguien me esperaba a mí también.
Me despertó mi propia risa: Meñoqui gratis, jejejeje.

jueves, 12 de agosto de 2010

Acopiando viento

Si el cielo no tuviera hoy ese uniforme celeste y viejo.
El Plata café con leche. El tango de esa noche cantándole al humo de un cigarro, otra vez como si cada rizo gris fuera inesperado.
Un viejo marino descubre la melancolía en el horizonte, tierra a la vista, como si fuera la última vez, la primera de todas, la única que hubiera conocido.
Ha cruzado todo el Atlántico para llegar hasta aquí ya que todo tiende hacia el ocaso. Durante la noche enfrenta a la oscuridad, resiste, y muere. Pero la muerte y la honra son la vida: el sol ha renacido.
La esperanza de que vuelvas. De que halles la hermosura en un nido de gusanos. Si creyeras un poco.
Por qué quemaste a tanta gente con tu pólvora. Por qué llamaste putas a las que cerraron los ojos en tu pecho, y hablábamos del alma, del héroe, del vacío...
Yo también he maldicho la carne. Yo también he malvido los campos.
He pisado las semillas, Señor. He afilado los colmillos de los cerdos para infectar sus raíces; con la luz que tuve en mis brazos frabriqué veneno. He calentado el hierro para grabar mi nombre en sus ancas. He ayunado con ron y llanto esperando convertirme en perla, en ostiones, en almejas. He dormido más de la cuenta. He contado más de lo que escribiré nunca. He andado tanto para llegar hasta acá: el mismo sitio que nos vio partir. Quisiera no morir nunca Señor. O morir en el mar, un día martes. En el misterio del mar con sus posibles monstruos. Descubrir las sirenas. Ver a las tortugas que sostienen el mundo. Acariciar su espalda de roca; contemplar cómo le crece al coral el cabello.
La Victoria flota en una nube ceniza y no puedo ver hacia dónde apunta su frente. Sólo sé que vamos adelante, sin torcer el rumbo, acopiando viento.

martes, 10 de agosto de 2010

El recurso soñado

Había grandes salones de luz pálida como la miel de maíz. Los pisos eran fríos. Escaleras por las que sólo pudimos bajar y las venas del mármol lechoso eran casi negras, rojas o azules como entrañas. Había cosas doradas. A lo mejor los marcos de los cuadros que hubiera en la pared, los listones que sostenían las cortinas, los candelabros en la superficie de los muebles, el pasamanos de la monstruosa escalera. No estaba sola sino que había otros conmigo. No estábamos preparados para la misión. Todo era demasiado grande. El techo de aquel sitio estaba por lo menos a diez metros de nuestras cabezas. De haber sido necesario abrir un cajón o manotear un picaporte, hubiéramos tenido que hacerlo entre dos o tres y de todos los que podrían haber estado conmigo sólo puedo asegurar que no somos -ni en sueños lo éramos tampoco- acróbatas, karatekas ni agentes secretos. Sólo nosotros, los mismos de siempre con lo bueno, lo malo y lo feo, enfrentando ese espacio, esa presencia que nunca pudimos ver pero que estaba allá arriba acechando; un ogro, la vehemencia del mal, las cosas que nos persiguen y de las que no nos podemos deshacer porque están adentro nuestro. Dejarlas atrás sólo es posible quitando, como quien arranca una costra, un pedazo que tal vez no sirve pero, de menos, va a doler.
No sé muy bien cuál era la misión. Sólo sé que debíamos sobrevivir a ese sitio. No perder a nadie en el camino, formar un equipo y ver por la seguridad de todos. Resistir a lo que fuera que estuviera allá arriba y en todas partes, con su frialdad y su blancura se filtraba despacio adentro nuestro. Nos hubiera convertido. Nos hubiera transformado en sal o en piedra alejándonos de toda posibilidad de volver a ser nosotros mismos, de volver a calentar nuestra piel o darnos un abrazo, de percibir la luz más vulnerable, esa que se enciende junto con la madera y que puede ser color de rosa, lila o crema como un durazno. 
Íbamos contra el reloj. Teníamos que salir de ahí y debíamos hacerlo rápido. No bastaba con salir por la puerta: afuera no había nada. No habría nada hasta que resolviéramos el asunto. Necesitábamos organizarnos. Teníamos que usar todos los recursos y las capacidades de cada quien. Teníamos algunas armas pero nos dábamos cuenta que no servirían de nada. Sosteníamos esos palos en el aire sólo para aferrarnos a algo, pensando que tal vez sería mejor agarrarnos de las manos. Llevábamos lo puesto, lo que uno siempre trae encima. Como mucho un cinturón, un reloj, un celular, un alfiler de gancho.
También pensamos en ceder. Hacer un círculo, apretados unos contra otros, las cabezas juntas, el calor de nuestros alientos, y despedirnos de todo ahí, en la penumbra formada por la fuerza de nuestros cuerpos, como una casa en ninguna parte, ahí... decirnos hasta nunca. Morir juntos. Con recuerdos, con amor.
Pero no lo hicimos. Necesitábamos una idea, un último intento. Las reglas eran esas, como las de un cuento de hadas o una historia épica.
Se me ocurrió una idea: desde algún dispositivo que no sé quién tenía o de dónde sacamos mandé un Twitter. Tampoco sé qué decía pero eso nos salvaba. Es gracioso.
Creo que lo que sucedió fue el hallazgo de la posibilidad de romper la ley de ese sitio de un modo tan simple, con algo tan al alcance, una ocurrencia que aplastaba toda la coherente y lo serio de ese mundo tan fácilmente como aplaudir sobre un mosquito. Tal vez esa fue la clave del éxito. Me hizo pensar en los recursos que tenemos y en lo importante que es cómo, cuándo y para qué los utilizamos sin importar qué tan bastardos pensamos que son. Yo ni siquiera tengo Twitter.
Hacía bastante que no posteaba. Pensé que valía la pena compartir esto.
Les mando besos.
Lu =)!



miércoles, 14 de julio de 2010

Amoral

Miles de personas se congregaron hoy en distintas ciudades de Argentina, convocadas por la iglesia católica, para expresar su desapruebo a la derogación de la ley que licita el matrimonio entre parejas homosexuales. Una visión terrible: hombres y mujeres del siglo veintiuno, nuestros congéneres, nuestros contemporáneos, los sujetos con los que debemos compartir el mundo. A los que les cedemos nuestro lugar en el colectivo, a los que les ayudamos a levantarse cuando se tropiezan en la vereda, los mismos que dicen seguir el ejemplo de Jesucristo, un tipo más que dedicó su vida a intentar difuminar esos bordes que entre todos nos esforzamos en poner en medio de nosotros y continuamos separándonos, segregándonos, evaluándonos. Seguimos siendo esos mismos salvajes con bikinis de mapache con un defecto de fábrica extra: como ya no tenemos que preocuparnos por sobrevivir porque vivimos en un mundo de excesos; como ya no tenemos que preocuparnos por trascender porque las siliconas de nuestras nuevas tetas no se van a biodegradar jamás, muestra de que estuvimos en esta tierra; como no tenemos que preocuparnos por las pestes porque Lysoform viene en aerosol y mata el 99% de los gérmenes, como vivimos en la fértil y salvaje Latinoamérica y todavía le cuelga para que hasta acá llegue la guerra que lo devaste todo y nos deje lo suficientemente desnudos como para darnos cuenta de que todos somos iguales... Nos queda algo de mierda que adquirimos en algún momento del camino, craso error apostólico cortesano, de la que todavía no podemos deshacernos y que, para nuestro pánico, entre más banal se vuelva todo esto, más tiempo vamos a tener para seguir trayéndola a colación: La moral.
La moral es una cosa absurda que no existió nunca hasta que los seres humanos estuvieron lo suficientemente al pedo como para empezar a fijarse en los demás, aún cuando el bien común ya había sido conseguido. Como ya estábamos bien a un nivel masivo (no digo que fuera justo, simplemente ordenado) -habíamos conseguido crear un sistema jerárquico general en el que había un sitio para cada cosa, incluso para la perversión, para la corrupción, para la enfermedad-, empezamos a aburrirnos tanto de no tener nada de qué quejarnos que no nos quedó nada mejor para hacer que ver la paja en el ojo ajeno: reciclaremos la metafísica y la utilizaremos para darnos a todos en la madre, para retorcer todo lo retorcible. Enjuiciaremos a los padres que fotografían a sus niños sin playera porque nosotros mismos somos tan asquerosos que no podemos mirar esa escena sin salivar. ¿Si no por qué lo haríamos?
Porque una cosa es sentarse a hablar con alguien, cuando algo te afecta directamente, y decirle mira, lo que estás haciendo a mí me hace mal. Eso tiene un sustento de amor. Un sustento de comprensión. Agradezco infinitamente el estar rodeada de seres que son capaces de hacer eso, de poner por delante el respeto y el cariño. Que por más que todos somos prudentemente ateos nos limamos la cabeza para convencernos de que somos hermanos. La ética es natural al hombre y podemos explicarnos, discutir. Tal vez no lleguemos a nada pero podremos decir, bueno, está bien… me sigue doliendo pero escuché lo que dijiste y, lo crea o no, agradezco que hayas estado frente a mí y lo hayamos aclarado. Pero la moral es una construcción deshonesta producto del malentendido de la libertad humana. Del estúpido síndrome de abstinencia. De la gente que sólo puede controlar el hoy ya que no alcanza a avistar lo que le puede pasar mañana. Como los alcohólicos anónimos que deciden seguir llamándose a sí mismos enfermos cada día en vez de elegir curarse o chupar en paz. Como el “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” con la megalomanía que implica el creerse capaz de hacerlo todo ahora mismo. Y hoy te juzgo, te rechazo, te limito, te tiro mala onda ya que estamos porque quién sabe si mañana lo podré hacer.    
Es en verdad triste que desde lo particular hasta lo universal sucedan cosas semejantes a esa. Que nuestros semejantes canten respeto y después nos digan que lo que hacemos, lo que somos, nuestros valores están mal, que somos malos. Una maldad abstracta que sólo llevamos cargando porque alguien nos la puso, nos la tiró como la piedra del evangelio de San Juan.
“Ah, pero si yo quiero tirar una piedra, la tiro. Soy un hombre libre” Sí mi amor, tírala y córrele en la dirección opuesta. Pero las pedradas duelen. Y los que las reciben, también pueden tirártelas, mañana, cuando te vuelvan a encontrar. La única piedra con la que se puede tirar y después dar la cara y decir no me arrepiento porque lo hice con el corazón, es el amor. Y ellos, lo que estaban esta tarde en la plaza, no saben nada de eso.

sábado, 10 de julio de 2010

Lo que se acerca

No se lavó los dientes porque le gustaba el sabor que el humo le dejaba en la boca. Todo puede ser hipotético. Tomaba agua de la llave porque creía que estaba limpia. Sabía que podíamos ser tan chiquitos. Lugares comunes. Indefensos. Hemos deseado tanto dejar de estar solos y con las cortinas cerradas nos espiamos para ver si tenemos los ojos abiertos. Que pueda besar tu frente, acariciar tu mano. Y me aterrorice que la oscuridad fuera sólo un largo equívoco, y regresar a ella porque es más fácil, más rápido. Obvio. Que viva en mis sueños aunque logre desterrarla de mi vida. Está aquí y es nuestra. También debemos amarla. Y eres mi amigo, mi hermano, mi padre…

.- ¿Se acerca el fin del mundo? Preguntas conteniendo la voz.
No lo sé, mi nena.
Pero algo está cambiando. Estamos creciendo.

Vine hasta aquí para encontrar el amor. Tiemblo de frío, pero lloro y sonrío. En esa foto puedes ver cómo brillaban tus ojos ese día. No podrías arrepentirte nunca. Un vampiro, un árbol, un samurai, un duende, un maestro, un brujo, un camello. Un alacrán. Una magnolia. Una fuente.
Una canción que has escuchado mil veces. Los kilómetros recorridos. Los niños pequeños que podrían ser tus hijos.