jueves, 24 de abril de 2008

Hotel Goya

Se levantó. Debajo de su cuerpo la cobija de poliéster se sentía jugosa. Qué asco. Buscó la manera de entorpecer el desgarre, la decadencia. Se levantó entonces porque se daba cuenta que no había manera de caer más al fondo, o porque siempre había sido una optimista. Hurgó en su bolsa, la cigarrera, su encendedor de gasolina. Escurrió un cigarro por sus dedos, por sus labios, lo encendió y lo fumó junto a la ventana, está prohibido fumar. Seguro todo el mundo lo hace. Miraba la mancha rosada que había quedado plasmada sobre la cama. Esa soy yo, pensó. Miraba los techos de las casas. Esa vista podría ser la que se ve desde cualquier lugar. Todos somos iguales, dijo. A él no le pareció pero permaneció en silencio. No le preguntó por qué. A ella le hubiera gustado tener que explicarle. Sólo era un asunto estético.

Había estado casada con un hombre. Estar con él le hubiera permitido tener otras cosas. Tener cosas. No tener que hacer estas cosas. Y sin embargo un día ella se había ido sin dar demasiadas explicaciones. No eres tú soy yo. Quiero perseguir mis sueños. Tú me estorbas. Quería ser escritora, pero no entendía muy bien por qué era que las dos cosas no hacían sentido. Hubiera podido llevar sus propios planes a término. Hubiera sido inofensivo ser la mujer de alguien y a la vez lo otro pero ella no logró hacer coincidir los dos caminos. Escogió ser escritora. Preparó una maleta pequeña y se fue en medio de una escena digna de Bergman.

Fumaba junto a la ventana. Parecía que iba a llover desde hacía varios días, pero no llovía. Sólo estaban esas nubes encapotando el cielo, pretendiendo una noche a pesar del reflejo anaranjado de las luces de la cuidad. Imaginaba, si lloviera, salir a caminar por la calle y mojarse de pies a cabeza, que esa lluvia le dijera Yo te absuelvo.

No llovía.

Se había olvidado de cuál era el nombre del tipo. Era árabe o latino, no lo recordaba. Quería dirigirse a él de manera digna, hacer valer los tres mil pesos que costaba la hora al lado de ella pero no lo recordaba. Ya faltan sólo cuatro para que sean las cinco horas. Quince mil pesos por unas cuantas horas de horror maldito. La verdad, estaba bien. El problema era que ella no sabía cómo disfrutarlo. Le había parecido fácil al principio. Ahora no encontraba cómo salir de ahí. Se acercaba la migraña, los ojos llorosos, el dolor del alma en las rodillas y a la altura de la cintura. Inclinó la cabeza hacia uno de sus hombros. Sudaba con olor a miedo.

Era normal que el tipo quisiera bañarse. Ella hubiera hecho lo mismo pero él no se lo propuso. Me voy a bañar. Perfecto. Corría el agua de la regadera y seguía corriendo el tiempo sin tener que hacer eso que ella hacía, sin lo que el tipo le hiciera a ella. La licencia de no pedirle nada a nadie ni ser nada de nadie. De no ser la nada de nadie.

Quería escapar. Las personas pocas veces se dan el gusto de hacer lo que en verdad quieren hacer. Escápate, pensó. Vergüenza gremial y orgullo Cosmopolitan. Podía ser que ya estuvieran los quince mil pesos depositados en su cuenta. Hacía esto por dinero. Tal vez porque en el fondo era una puta. Un novio fugaz alguna vez le había dicho que era una puta reprimida. Tal vez lo hacía para demostrar que podía ser puta, pero no reprimida. Y si el dinero no estaba ahí no sería para tanto, una hora no era poco, tres mil pesos no son poco pero no eran tanto.

Escápate.

La víspera, el escape y los otros duelos, lo que haya allá afuera será mejor que esto. Se vistió. Iba a dejar algo de ella sobre la cama y no lo hizo. Con una acción perturbadora es suficiente para demostrarle algo a quien sea. Abrió la puerta apoyando el peso de su cuerpo sobre el picaporte para que las bisagras no hicieran ruido. Cuando la cerró tras de sí ya nada le importaba. Corrió por el pasillo alfombrado, los pies fríos percibían el ardor de la fricción, los tacones en la mano, su pesada bolsa le rebotaba en la cadera y las cosas sueltas adentro de ella hacían ruido, si es que quedaba algo adentro de ella.

La puerta de dos aguas la dejó pasar a la calle de un empujón. El calor del día seguía fraguado en la banqueta. Corrió por la avenida con rumbo fijo. Un lugar conocido, cercano, propio. Sabía a dónde quería llegar y no estaba tan cerca de ahí, pero sólo entonces estaría a salvo de todo. Ya no quedan muchos de esos lugares en el mundo. Le dolía el hombro de tanto cargar esa bolsa tan llena de cosas. Tantas que entre ellas incluso había una lista de una cuartilla de extensión enumerando las cosas que allí había. Billetera. Estuche. Cuaderno. Bloc de Post-its. Teatro completo de Chéjov. Pasaporte. Cigarrera. Cepillo de dientes. Inhalador. Etcétera. Como para acabar en algún aeropuerto, como para escapar si se atreviera.

Se atrevía.

Ya veía la meta a un par de cuadras. El miedo se disipaba de su piel, de su ropa, se evaporaba para reunirse con la bruma que cubría la posibilidad de mañana. Su antigua escuela remataba el callejón. Ya estoy aquí. No sola. No solía pedirle favores a los edificios, pero ese lugar siempre había sido generoso con ella. La calle estaba vacía. Ya no sentía el dolor en los pies. Dejó caer la bolsa al suelo antes de aflojar las piernas. Quedó tendida en la banqueta y apretó los puños para no llorar, los ojos. El viento sopló de tal manera que podía llevarla hasta la tierra de Oz. Las hojas secas caían de los árboles estructurando la melodía de una cascada, un río profundo. Mañana compraría un boleto de avión y se iría lejos.

Y entonces comenzó a llover.

lunes, 21 de abril de 2008

Acerca de Camino

Encontré este texto rascando en mi archivo.
Cuando lo escribí, yo no sabía que esa era yo. Me sorprendí, de hecho. Mi capacidad de autocensura lo reconoció como algo un poco extraño, mi desatendida intuición me dijo que había algo especial en él, una señal. Por supuesto no le hice caso.
De todas formas, desde que Camino salió de algo que por cobarde yo llamé Nada, tiene algo, me atrae de manera sutil. Ayer Camino vino y me pegó con un tubo por la nuca. Quedé inconsiente y quise compartirlo.

Camino

Una pareja joven se sienta en la parte de adelante del camión. Tuvieron una pelea.
Él, de traje gris, de luz color gris de cuya niebla sólo se salvan sus brillantes ojos, espejitos cristalinos que guardan muchas lágrimas o un poquito de esperanza venidera. Reflejan el suelo sucio la cabeza gacha. Ella completamente fina. Que esconde sus manos entre los muslos. Lo aleja de sí con el codo. No quiere que la moleste más.
El camión avanza, pesado, vaivén. Ella se quita el pelo de la cara y se lo peina usando los dedos. Apoya la frente en la ventana. Mira hacia afuera. Hacia adentro.
Él duda con los ojos. Pone las manos sobre las propias piernas como si quisiera abrazarla pero no se permite hacerlo. Cómo la quiere. Es como un perro. Sus ojos dicen perdón. Sencillo. Él quisiera no haber hecho nada malo.
Ella es más compleja. Él no se pregunta lo que ella. Él no tiene miedo de sí mismo. No lo va a abrazar. Es firme y necia pero no lo sabe, ella piensa que es mala.
La tarde de verano se mete entre los ojos. Se convierte en estorbo, en arena, en migraña.
La crocante música del andar del camión se escucha partiendo el silencio que de todas formas parece irrompible. La línea imaginaria que trazaron en el asiento crece y se hace viscosa, estéril, impotente.
Ella mira hacia afuera. Él busca que los espejos atrapen la imagen de su sonrisa, pero ella no voltea. Ni sonríe.
El camión, con esfuerzo de inválido libra los topes de la avenida.
Los jóvenes se encierran. Se licúan con la torpeza, con la apatía.
La felicidad se filtra por telas, tapizados, metales, asfaltos. Se cierra con las manos. Se escapa por los ojos.
***

viernes, 28 de marzo de 2008

Cuestionario Proust

1.- ¿Cuál es el defecto propio que deplora más? La cobardía.
2.- ¿Cuál es el defecto que usted deplora más en otros? La falta de generosidad.
3.- ¿Cuál es su estado mental más común? La improvisación.
4.- ¿Cómo le gustaría morir? Tranquila.
5.- Si después de muerto debe volver a la Tierra, ¿Convertido en qué persona o cosa usted regresaría? En el gato querido y consentido de alguna persona solitaria y amable.
6.- Y si pudiera elegir un personaje de ficción, ¿Cuál escogería? Perseo.
7.- ¿Cuál es su mayor extravagancia? Desear ciertos objetos de colección, como una copia original de la Rolling Stone en la que Hunter Thompson publicó el artículo "Fear and Loathing in Las Vegas" por primera vez, unos tenis converse hasta las rodillas, la colección completa de Pantheon Books, una bolsa de LeSportSac, cosas así. Arte y frivolidades.
8.- ¿En qué ocasiones miente? En las que estoy segura que confesar mis actos lastimaría a otras personas.
9.- ¿Qué persona viva le inspira más desprecio? No sé.
10.- ¿A qué persona viva admira? A Ernesto Sabato, a Harold Pinter, a mi abuela Lucía, a mis padres, a algunos de mis maestros.
11.- ¿Qué palabras o frases usa más? ¡Verga! y ¡Qué maravilla!, entre otras.
12.- ¿Cuál es su idea de la felicidad perfecta? Dejar de tener miedo.
13.- ¿Cuál es su mayor miedo? El sufrimiento.
14.- ¿Cuál es su mayor remordimiento? No me arrepiento de nada. Me remuerden los pendientes.
15.- ¿Cuál es la virtud más sobrevalorada socialmente? La bondad.
16.- ¿Qué le disgusta más de su apariencia? La celulitis y los anteojos.
17.- ¿Cuáles son sus nombres favoritos? Sofía, Elena, Ana, Mariano, Patricio, Pablo, Silvio.
18.- ¿Qué talento desearía tener? Desearía nadar maravillosamente.
19.- ¿Qué le desagrada más? La insensatéz.
20.- ¿Cuándo y dónde ha sido más feliz? La mayor parte de mi vida he sido feliz, aunque recuerdo una exaltación especial cada vez que actuaba en una función de "Mi niña Juana". Y también la extrema felicidad, que no está nada padre, en un rave en el cerro Uritorco.
21.- Si pudiera, ¿Qué cambiaría de su familia? El deseo de que las cosas hubieran sido distintas.
22.- ¿Cuál es su mayor logro? Estar en donde estoy ahora.
23.- ¿Cuál es su posesión más atesorada? La única foto que tengo de cuando mi padre era niño.
24.- ¿Cuál es la manifestación más clara de la miseria? La ignorancia, el resentimiento social, la sordidez.
23.- ¿Dónde desearía vivir? Me encantaría vivir en Roma una temporada. También en París. Cuando sea viejita quiero vivir en una cabaña en el sur de Argentina, cerca de un lago.
24.- ¿Cuál es su pasatiempo favorito? Oír música, charlar con alguien que quiero, irme a comprar algo lindo, cocinar, fumar cigarrillos.
25.- ¿Cuál es la cualidad que usted aprecia más en una mujer? El buen humor y la sensibilidad.
26.- ¿Cuál es la cualidad que usted aprecia más en un hombre? El buen humor y la sensibilidad.
27.- ¿Cuál es su héroe de ficción favorito? Perseo, Astroboy, Yoda, Sandman, Chihiro... muchos.
28.- ¿Cuáles son sus héroes de la vida real? Mis antepasados.

Conversación

¡Chst! ¡Alicia! Sofía, o como te llames. Esto se llama soledad. Esto es lo que los demás mortales llamamos Soledad. Si sí sabes, no te hagas pendeja. Aunque tengas sed, aunque sólo comas manzanas. Que hayas compartido la tuya con alguien no significa nada. Eso sólo tenía sentido para ti y ya no lo tiene. Tu soledad o tus manzanas. Nadie iba a escucharte. Nadie lo haría. ¿Esperabas que pasara una paloma con el ramito de laurel? ¿Querías conquistar algo? Hasta aquí llega todo. Sólo son dos cosas en el fondo, lo mismo de siempre. Tienes esa ventaja. No va a agraciarte lo suficiente y nunca vas a estar tan segura. Ahí están los muertos aunque digas que son cenizas. Para nosotros son muertos.
En algo has de creer, lo que pasa es que te haces pendeja te digo. Eres una chiquilina. Quieres salirte con la tuya. Si nadie lo ha hecho ¿Por qué tú sí?
¿De qué vas a vivir?
¿Cuántas manzanas eres capaz de comerte?
Si no es fácil pasársela bien. Tú misma dijiste que cuando llueve, llueve. Pero ¿Eso es todo lo que sabes?
Nos estamos riendo de ti. Esa es la única gracia que vas a tener. Al menos pásatela lo mejor que puedas. Nadie te tiene lástima. Diremos Valiente por no decirte Hija de puta. Nosotros no decimos malas palabras en voz alta, pero no estés tan segura.
Te crees muy cabrona Alicia, ese es tu problema. Tu sangre no sirve, ni tus huecos. Ni aunque abras los ojos como una loca vas a verte mejor. Los ciegos no perciben la luz. Esa es la única paloma que vas a ver: después de tus pesadillas. Descuartizada por los huecos de las alas, roja y blanca, en el medio de tu camino. Esa es tu señal ¿O seguías pensando que sólo había sido una casualidad?... Lo nombras todo siendo tan imbécil. No nos sirves. Vamos a seguir esperando que tu piel se vuelva pálida, que tu sangre no sirva siquiera para teñir unas gasas. Que te calles la boca.
No tienes la menor idea de lo que es importante. Tu vergüenza gremial y tu orgullo Cosmopolitan. Ahí lo tienes. Qué porquería. Un saco de frívola mierda.
Ya no llores. No es para tanto. Un día de estos, tú también vas a estar muerta.

martes, 25 de marzo de 2008

Desayuno

Jacques Prévert señoras y señores. ¿Quién tendrá los derechos? ¿Es legal hacer esto? Alguien que me informe. Mientras, disfrutemos la piratería.

Echó café
en la taza.
Echó leche
en la taza de café.
Echó azúcar
en el café con leche.
Con la cucharilla
lo revolvió.
Bebió el café con leche.
Dejó la taza
sin hablarme.
Encendió un cigarrillo.
Hizo anillos
de humo.
Volcó la ceniza
en el cenicero
sin hablarme.
Sin mirarme
se puso de pie.
Se puso el sombrero.
Se puso el impermeable
porque llovía.
Se marchó
bajo la lluvia.
Sin decir palabra.
Sin mirarme.
Y me cubrí
la cara con las manos.
Y lloré.

viernes, 21 de marzo de 2008

La forma de ir

En el fondo te amo. Te amo como el primer día. Como cuando abriste la puerta aquella tarde de febrero. Dónde están esos días en que me abrías la puerta. Todo salió bien, en el fondo, eso era lo más importante. Lo que nos falló fue la forma.
Lucho con ello todos los días. La forma pareciera mi gran enemiga. Todas las cosas importantes que he hecho en mi vida tienen un error de factura, una falla a nivel estructural. Yo me dejé, ahora soy la que oprime. ¿Será valentía? No lo creo. Me muero del miedo. He hecho las cosas mal. Perdóname ya que es probable que mi alma negra no te perdone a ti. El alma duele en las rodillas, en la espina dorsal a la altura de la cintura. El alma negra suda en las noches con olor a miedo, no quiere prometer porque sabe que su naturaleza es la de defraudar. En el fondo te amo, pero así no. Malditos los que viven haciendo daño a los demás. Maldita seas Lucía.
Cuánto cinismo. Lucía, la santa de los que no ven. Lucía, la que lleva luz en el nombre. Lucía la que machuca, saca sangre, come vísceras, piensa en sepia. La que no encuentra la forma. La que hoy se va y no sabe nada, sabe que te ama como el primer día.
No sé más que emigrar. Dejo tu tierra desolada, yo vuelo y atraviezo el mar. Pienso buscar una tierra como tú, quisiera encontrar tu misma tierra después de este viaje. Tl vez así no son las cosas. Siempre me falla la forma. ¿Cómo serás cuando mi abandono nos vuelva a juntar? Y si es así ¿Será mi oscura alma capaz de encontrarte de nuevo en tí? ¿Y en mí?
Que el destino exista. Que sea elocuente y nos convenza. Que él diga si es que en verdad te amo o còmo es que debo amarte para poder volar sin abandonar mi tierra. Si un día va a ser suficiente de exilio. Que los aeropuertos parezcan cosas buenas. Que "ir" no sea el verbo que más conjugue mi vida.

martes, 18 de marzo de 2008

Ayer

Ayer se formaban largas filas frente a las heladerías,
había un chico haciendo equilibrio sobre un barandal,
algunos barrían la banqueta y regaban sus plantas. La calle olía a agua, a viento y a sol.
El cielo estaba limpio. Había gente con sombrero y gente sentada en el umbral de su casa.
Estuve con un amigo y hablamos de amor y de literatura. Pasamos por la plaza.
Por la tarde fui a casa de mi hermana. Tomamos una cerveza y nos reímos. Era como si fuera un domingo sin lunes y ya fuera a llegar la primavera.

lunes, 17 de marzo de 2008

Vacaciones

¿Quién quiere vacaciones? A mí no me preguntaron si quería o no vacaciones. Hubiera contestado que no. Es muy raro cambiar mi preciada rutina sólo porque Cristo murió trágicamente por estas fechas, se supone. Tengo millones de cosas que hacer porque el tiempo, cuando es libre, cree que puede cargarle a uno la mano y mágicamente hacernos llevar a cabo todos los pendientes que fuimos apilando mientras no teníamos tiempo libre.
¿Tiempo libre? Sí, como la revista. Eso es una mamada. Si uno va a ver una función de teatro es porque está ocupando su tiempo para ir a una función de teatro, no porque tenga tiempo libre. Es como los anuncios de CV Directo en los que te dicen: ¿No tiene tiempo de hacer ejercicio? ¿Está tan ocupado que no tiene oportunidad de cocinar lo que su dieta le indica? ¡No se preocupe! ¡Ahora puede ejercitarse sin salir de su casa! ¡Mientra ve la televisión! (¿No que no teníamos tiempo de salir a correr ni de preparar la comida especial? ¿Por qué va a hacer ejercicio mientras ve la televisión?) No entiendo nada.
Bueno, la cosa es que mis vacaciones están llenas de ocupaciones. Pero todas son cosas fascinantes. No lo sé, pero si esto es un adelanto de lo que me espera cuando acabe la escuela, no está tan mal.
Todavía me asusta la idea de que pronto se va a terminar una etapa que me costó muchísimo empezar, que disfruté muchísimo atravezarla. A lo mejor no va a ser tan terrible. Siento como que hay algo maravilloso esperándome al final de este camino. Hoy es un lindo día. Espero que para tí también.

jueves, 13 de marzo de 2008

Listas para recordar

Como la semana pasada no entré a mi clase de narrativa contemporánea, no ten+ía nada que de cir en mi blog, jejejeje. No, la verdad es que después del viaje de Wim Wenders (Hasta el fin del mundo TODITA, 5 horas y cachito) me quedé tan "enmimismada" que hizo falta hasta hoy para encontrar un alientito escribidor dentro de todo el asombro que me produjo ver esa peli, no una, sino TRES veces el mismo fin de semana. El viernes en la noche me eché el corte gringo que se estrenó en el cine. Una película normalita de hora y media con una narrativa muy rara, debido a que durante el proceso de edición le quitaron cuatro horas. Me imagino que eso siempre afecta ¿No? Luego el sábado en el cineclub se presentó el corte íntegro de tres partes. Yo me fui acabando la segunda. El domingo en mi casita me eché el corte europeo también de modesta hora y media, esperando que ahí estuviera sugerida la parte que me perdí el sábado en el cineclub, pero no fue así. Lo único que pasó fue que vi oootra versión, también con una narrativa muy rara, mejor resuelta que el corte comercial estrenado en Estados Unidos, pero que no sirvió de mucha ayuda para que yo recuperara la poquita cordura que creía tener hace una semana. Sigo sumergida en el mundo de Wenders.
Compré un librito muy curioso. Muchos sobrevivientes de grandes catástrofes dicen que lo que los ayudó a aferrarse a la vida, a no enloquecer del todo, era por ejemplo pensar en lo que harían después, hacer planes, listas de deseos, plantearse propósitos de año nuevo y ese tipo de cosas. Bueno, pues acababa de tener un casi ataque de pánico en el DIF, luego fui a Coyoacán y en vez de encontrar algo, lo perdí, no llegó, no tenía de qué agarrarme. Entré a una librería ya que era lo más parecido a mi mamá, mi casa o un amigo. Me quedé ahí dando vueltas y revisando libros para niños hasta que me calmé. Encontré un libro de portada roja con naranja y letras azules. Lo agarré por el color. Cuando lo abrí me di cuenta de que era una especie de cuaderno inventado para hacer listas de diferentes cosas. Una especie de recordatorio de decenas de cosas tan absurdas como maravillosas que se te pueden ocurrir en cualquier momento, luego se te olvidan y algún día lejano te das cuenta de que ya habías pensado en eso pero que lo hubieras tenido que apuntar. Este, entonces, es el lugar adecuado. Decidí comprarlo cuando lo estaba hojeando y de pronto el título de una lista decía "Cambios que haría en la Constitución"
¡Qué padre! Y así hay muchísimas listas para completar que están buenísimas. Lista de obsequios de navidad que cuestan menos de diez pesos, lista de lugares ideales para ver el amanecer, etc. Hay unas súper cursis y unas que parecen realmente geniales. Lo maravilloso es que no solamente te das cuenta de que tienes algo importante que escribir en cada lista, sino que además se te ocurren posibles listas nuevas.
El libro se llama Ayuda memoria de ideas y sueños (Listas para recordar) y es de Editorial Troquel. Gracias a él sigo viva después de Wenders, después de algunos de los días más escabrosos de mi vida, de los desencuentros y los encuentros, las pláticas con Memo Vega (larga vida para ti, querido maestro. Gracias por todo) Caro y Sam que me salvaron de madrugada. Los pequeños logros, tan pequeños como cortar un cabello y que vuelva a crecer. Estoy bien. Por lo menos ya tengo un cuaderno de listas, de cosas que tengo que recordar pero primero las tengo que descubrir, luego las tengo que escribir, luego las tengo que llevar conmigo siempre porque algún día las puedo necesitar, luego puedo hacer las cosas de mi lista. Falta tanto para que todo eso pase que ya no tengo miedo. No tengo nada, pero tengo un libro hecho para que los que no tienen nada tengamos al menos un bonche de listas para recordar.

jueves, 21 de febrero de 2008

Libertad on line

Estoy en el Wings de Perisur. Vine a este extraño recinto a comprar mi regalo de cumpleaños. Creo que necesito trasladarme al Péndulo ahora que ya lo abrieron, ya que el express cortado del Wings, no apesta tanto como el de Sanborns, pero apesta de todas formas. Además el ataque de pánico se siente cerca, aunque me tranquiliza un poco saber que el Juli está en algún lugar de este centro comercial y que cualquier suceso extraño sólo tengo que correr a buscarlo. Lo familiar me trae calma. La conexión a internet velociráptor del Wings también me proporciona algo de paz. Finalmente aquí, inmersos en este nudo binario, están otros que también me quieren. Memo Vega, Biquie Aupart, sin saberlo la hicieron de oreja. Muchas gracias. Me mudo al Péndulo esperando que tengan también conexión a internet. Si no, de todas formas los lugares llenos de libros, sin importar la canidad de snobs que lo pueblen, se sienten distinto en el alma. El Péndulo huele a café tostado y las traducciones españolas impagables de Chuck Palahniuk carecen de su envoltura, así que se pueden hojear. También tienen una edición maravillosa del Finnegan´s Wake editada en Cork, ahí mero donde fue escrito, un estante completo con las versiones de Bonifaz Nuño de las siete maravillas del mundo según mi escala de valores y una mesa de editorial Siruela. Las solapas de lis libros de Siruela se sienten rico al tacto.
Me voy de aquí en busca de texturas que sean de fiar y la probable mudanza del express cortado al azahar con miel.
En tí confío, al menos mientras estoy en tránsito, querido blog aeroportuario.

sábado, 16 de febrero de 2008

Estética de la verga

Otra vez. Clase de Narrativa Latinoamericana. Para esta última sesión teníamos que leer la Trilogía sucia de la Habana, de Pedro Juan Gutiérrez. La solapa de la edición de Anagrama del libro decía, según quién sabe quién, que Gutiérrez es el nuevo Bukowski.
Está muy bien leer a los Beatnicks. Para una generación como la nuestra o los que están arriba de nosotros, vivir en este mundo tal como es y todas las dificultades contemporáneas de existir nos llevan a leer con hambre a los autores de esa época. Somos, como bien lo dice Michel Houellebecq en Las partículas elementales, hijos o nietos de esos gueyes. Las bases de nuestro absurdo mundo las fundaron ellos. Víctimas o próceres, a los que nos interesa la literatura tenemos casi, casi la responsabilidad de averiguar qué quedó escrito en esas páginas, qué pasó con el mundo a mediados del siglo pasado, cuáles son los antecedentes de los libros que estamos escribiendo nosotros.
En toda mi vida jamás he ocupado más tiempo en leer una corriente literaria como el que le atribuí en mi adolescencia a leer a los Beatnicks. Yo amé a los Beatnicks. Me peleaba con mi mamá en el comedor por no haber llegado a dormir en tres o cuatro días y utilizaba como defensa citas de Burroghs. Eso no me hace una especialista en el tema ni mucho menos, quiero aclarar que como es obvio ésto es sólo una impresión mía. Muchos hemos pasado por esa etapa. A algunos el furor les viene llegando apenas o nunca se les ha acabado, pero me parece bien que todos leamos a los Beatnicks. Yo entonces encontré en esos libros muchísimos puntos en común. Sentí muchas veces que me hablaban a mí a través de ese discurso generalmente dirigido a nadie, lleno de viajes en busca de lo exótico, desarrollando las crónicas de unos caminos atormentados por la libertad, el verdugo de la libertad de hacer lo que se nos pegue la gana en un mundo lleno de normas. A mí me pasaba lo mismo, de alguna forma, y Bukowski, Burroghs, Burgess se volvieron mis interlocutores. Una cosa me llevó a la otra y dentro del catálogo de Anagrama un día me encontré con Houellebecq. A él le debo el favor de hacerme ver que el mundo literario, ni siquiera el de él a quien también por ahí en alguna solapa alguien lo propone como el nuevo Kerouac, y mucho menos el mío, podía acabarse ahí.
En el aula de Narrativa Latinoamericana el maestro despotricaba contra algunos de nosotros, de moralinos, de impresionables. Decía.- Si creen que Pedro Juan Gutiérrez está hardcore espérense a Osvaldo Lamborghini-. Pero yo he leído algunas cosas de Lamborghini y entonces sentía que él sí era un artista.
El nuevo Bukowski… Yo me preguntaba ¿Qué hay de nuevo en Bukowski?

Dice Pedro Juan Gutiérrez:
“(…) Ése es mi oficio: revolcador de mierda. A nadie le gusta. ¿No se tapan la nariz cuando pasa el camión de la basura? ¿No esconden al fondo las cubetas de los desperdicios? ¿No ignoran a los barrenderos en las calles, a los sepultureros, a los limpiadores de fosas? ¿No se asquean cuando escuchan la palabra carroña? Por eso tampoco me sonríen y miran a otro lado cuando me ven. Soy un revolcador de mierda. Y no es que busque algo entre la mierda. Generalmente no encuentro nada. No puedo decirles: “Oh, miren, encontré un brillante entre la mierda, o encontré una buena idea entre la mierda, o encontré algo hermoso.” No es así. Nada busco y nada encuentro. Por tanto, no puedo demostrar que soy un tipo pragmático y socialmente últil. Sólo hago como los niños: cagan y después juegan con su propia mierda, la huelen, se la comen, y se divierten hasta que llega mamá, los saca de la mierda, los baña, los perfuma, y les advierte que eso no se puede hacer.
Eso es todo. No me interesa lo decorativo, ni lo hermoso, ni lo dulce, ni lo delicioso. Por eso siempre he dudado de una escultora que fue mi mujer algún tiempo. Había demasiada paz en sus esculturas para ser buenas. El arte sólo sirve para algo si es irreverente, atormentado, lleno de pesadillas y desespero. Sólo un arte irritado, indecente, violento, grosero, puede mostrarnos la otra cara del mundo, la que nunca vemos o nunca queremos ver para evitarle molestias a nuestra conciencia.
Así. Nada de paz y tranquilidad. Quien logra el reposo en equilibrio está demasiado cerca de Dios para ser artista.”

Pedro Juan sabe cómo tiene que ser el arte, pero está tan ocupado en ser un ejemplo de su propia definición que se aleja mucho de ser un artista. Cree que irritado, indecente, violento y grosero es decir verga o culo. Trilogía sucia de la Habana es mimesis sin ritual. No hay más que escasos momentos de representación, de reinterpretación de la realidad. La estética necesita influenciados, no enunciadores.
Me sentí bastante ofendida cuando el maestro pensó que yo era una tipa que se imresionaba al leer esta serie de crónicas sólo por el hecho de las palabras que utiliza o los hechos que cuenta. Me dio un poco de tristeza no poder explicarle a él y a algunos de mis compañeros que lo que me parecía ofensivo en Gutiérrez no era eso, sino el hecho de que lo estuviéramos tratando como un artista. Uno puede entender perfectamente cómo es la anatomía de una vaca y no por ello se vuelve uno automáticamente un médico veterinario. Es más, eso ni siquiera basta para ser un buen carnicero.
Le agradezco a mi maestro por mantenerme en conflicto, ya que al parecer su clase me enloquece cada jueves un poquito más y me da de qué hablar el resto de la semana. Yo creo que un verdadero escritor no está obsesionado con la idea de hacer daño. Si es bueno de a de veras, lo va a hacer, sin duda. Yo no sé cómo tiene que ser el arte ni sé si soy artista o no. Eso lo descubriré con el paso del tiempo o tal vez nunca pertenezca a los pocos elegidos que, no sólo saben de qué se trata el arte, sino que lo ejercen. Lo que me pasó es que Pedro Juan Gutiérrez no me hizo ningún daño. Las vergas no lastiman, por más grandes que sean, si sólo son literales.

lunes, 11 de febrero de 2008

6 de febrero, 2032.

En torno a mí
hay guerra.
Hoy son espasmos de insolencia, barullo.
Una campana pica las rocas y extrae minerales,
mi saliva corre por un cedazo.
La sordidez hinchada de almas toca una fuga,
ellos pujan, hacen fila para beber de un charco seco
y la franqueza me aisla, el púrpura perturba las líneas de ésta bitácora
y dentro de mí, con qué criterio, sucede la guerra también.
No quedará nada.
¿Quién queda entre nosotros para inventar la concordia?
¿Entre mí?
La paz no es de nuestra especie.
Sus hijos mudos, estériles,
convaleciendo de sí mismos.
Quizá deshidratados, bajo los escombros, encuentren mi diario,
mi sangre improductiva, la piel delgada, la cabeza hueca.
Y entonces descubra, me enseñen, quién era yo, quién hubiera sido,
Cómo me encontraría la muerte si estuviera viva.

sábado, 2 de febrero de 2008

Como cobrarle al DIF

La recepción de un lugar completamente desabrido. Sólo hay un escritorio y en él un libro de firmas, un reloj despertador bastante grande y una lata de cuyo fondo está anudado un cordón. El cordón está enmarañado por todo el suelo y su otro extremo sale por una puerta que está junto al escritorio. En la habitación hay un banquito. Al escritorio está una recepcionista. Entra Humberto.

Humberto: Buenos días.

(No recibe respuesta)

Humberto: Hola, buenos días. Venía a ver al licenciado por el asunto de mi trámite de residencia.

Recepcionista: ¿Ya se va?

Humberto: No, disculpe. Vengo a consultar acerca de mi trámite de residencia. Aquí es la oficina de migraciones ¿No es cierto?

Recepcionista: Sí, como dijo que venía, pensé que ya se iba.

Humberto: ¡Ah! No, recién llego. Vengo a lo del trámite.

Recepcionista: Ah, muy bien.

Humberto: ¿Se encuentra el licenciado?

Recepcionista: ¿Qué se le ofrece?

Humberto: Mire: Yo soy ciudadano boliviano y he venido aquí por asuntos laborales. Estoy tramitando mi residencia temporal.

Recepcionista: Ah, muy bien.

Humberto: Y ya hice mi solicitud. Vengo a ver si se me ha autorizado la residencia, qué tengo que hacer, etcétera.

Recepcionista: Ah, muy bien.

Humberto: ¿Cree usted que pueda pasar a ver al licenciado?

Recepcionista: No en este momento.

Humberto: Bueno, entonces lo voy a esperar.

(Busca donde sentarse. Cuando se dirige hacia el banquito se tropieza con el cordón. Se duele. La recepcionista no hace el menor caso. Humberto se sienta)
Recepcionista: Señor, por favor regístrese.

(Humberto se pone de pie otra vez y va hacia el escritorio. Saca una pluma de su bolsillo y escribe algo)

Humberto: ¿Qué hora es?

Recepcionista: No sabría decirle.

Humberto: Es que no tengo reloj.

Recepcionista: (Mostrando las muñecas) Yo tampoco.

Humberto: ¿No está bien ese reloj?

Recepcionista: Está muy bien, gracias.

Humberto: Eh, no. Le digo que si no dice la hora que es ahora.

Recepcionista: Lamento informarle que este reloj no habla, aunque en algunas oficinas ya cuentan con ese tipo de tecnología.

Humberto: ¿Pero no marca la hora? ¿No me permite ver la hora?

Recepcionista: No le puedo prohibir que lo haga. Usted, aunque no es ciudadano, mientras esté dentro del territorio nacional está amparado por las leyes de nuestra constitución y aunque no estoy al tanto de la legislación vigente en su país de origen, aquí siéntase libre de hacer lo que guste.

Humberto: Gracias. (Espía la hora y la dice en voz alta) Las doce y cinco.

Recepcionista: ¿Va a escribir la hora?

Humberto: Sí, aquí donde dice hora de entrada ¿No es cierto?

Recepcionista: Sí ahí, pero no la escriba.

Humberto: ¿No hay necesidad de poner la hora?

Recepcionista: Sí, pero usted no llegó a las doce y cinco. Debe llevar aquí por los menos tres o cuatro minutos.

Humberto: ¿Pongo que llegué a las doce?

Recepcionista: Yo no le puedo indicar que poner señor. Pero ¿Llegó usted a las doce?

Humberto: Más o menos ¿No?

Recepcionista: No sabría decirle.

(Humberto desiste de registrarse)

Humberto: (Señalando la puerta junto al escritorio) ¿Podré pasar a ver al licenciado?

Recepcionista: El licenciado no se encuentra ¿Le puedo ayudar en algo señor?

Humberto: ¿No se encuentra? Ah, chispas. No sé si usted estará al tanto. Sólo quiero saber si mi solicitud fue aprobada.

Recepcionista: ¿La solicitud de qué, perdón?

Humberto: De mi residencia temporal.

Recepcionista: Ah, no sabría decirle.

Humberto: Y no hay alguien más que me pueda atender.

Recepcionista: ¿Cómo quién puede ser?

Humberto: No sé, alguien que sepa.

Recepcionista: A ver, permítame un minuto.

(La mujer toma la lata, sopla dentro un par de veces, se la pone al oído y espera)Recepcionista: No, no hay línea.

Humberto: Uh, bueno. Tal vez sería mejor venir otro día. Gracias por todo señorita.

Recepcionista: De nada, estamos para servirle.

(Humberto va a salir por donde vino y las palabras de la recepcionista lo detienen)
Recepcionista: ¡Señor! (Indicándole la puerta junto al escritorio) Por aquí está la salida.

Humberto: ¡Ah! Disculpe. Con permiso ¿Eh? Que tenga buen día.

Recepcionista: Propio.

miércoles, 30 de enero de 2008

El buen carnívoro

Las palabras a pocos les importan tanto como a un alumno de creación literaria. En las aulas, las tareas, las impresiones de mis compañeros, las lecturas, muchas veces he sido testigo de afirmaciones con tal poder que me interpelan, me importan, modifican mi postura ante las cosas o bautizan algo que aún no tenía nombre en mi laico desorden teórico-mental. El coautor del complot, el aparentemente inofensivo maestro de narrativa latinoamericana que recomendó la lectura de Roberto Arlt, resultó ser un apremiante apaleador de estupidez y de inocencia.
Cuando yo era chica tenía un libro en el que Beto y Enrique perdían su patito de hule y no podían encontrarlo porque tenían su casa hecha un desmadre, llena de mugre. Así que se veían en la necesidad de hacer una limpieza profunda. Sacaban cantidades de basura, cacharros viejos, trapo en mano, escoba, Windex multiusos. El tapete que adornaba el comedor estaba especialmente sucio. Recuerdo con claridad las diferentes viñetas en las que los enclenques personajes movían los muebles, enrollaban la alfombra, la arrastraban hasta el patio trasero, la tendían de la cuerda de secar la ropa y la desempolvaban a fuertes saques con raqueta de tenis.
Bueno, mi maestro de narrativa latinoamericana con su raqueta de Los siete locos y Los lanzallamas, como un Betoyenrique nada enclenque, me hizo sentir como aquel tapete. Digamos que, citando a mi compañero Fernando, me dio una buena poetiza (Para los que no están familiarizados con el término, una poetiza es la putiza que recibe un poeta).
La determinación de este hombrecito y la efectividad del arma que usó en mi contra, me sacudieron toda. Quedé como trapo viejo, aunque rejuvenecido. Ya nunca volverá a ser lo mismo: mi manera de enfrentar una novela se ha vuelto mucho más de carnicería.
El buen carnívoro como yo, aunque a veces acabe comiendo un paquete de hamburguesa de pollo por economía o falta de convicción (Sí, leí El Código Da Vinci y la saga completa de Artemis Fowl) tiene la seguridad que a la hora que un buen asador pone a la mesa la media res a las brasas, ASADO DE TIRA, VACÍO, ENTRAÑA, NANA, OJO, MOLLEJAS, CHINCHULINES, TUÉTANO, MORCILLA, hay que entrarle a todo. Cada parte sabe distinto, todas saben delicioso.
Además, hija de científicos, yo pregunto ¡Ay del pobre que se siente al banquete al lado mío! Éstas son las glándulas salivales ¿Verdad papá? Arteria inguinal. Aurícula izquierda. Membrana ósea. Así de puerca. Ansia de carne, de anatomía comparada. Escudriñar todo lo que vaya a entrar a la boca y saborear cada parte. Los perros me odian porque no dejo ni un hueso digno de raer.
Es la honestidad la que aprendí a porrazos en el patio de Beto y Enrique. Ya no soy la misma. Así, con disposición de parrilla libre, hay que abordar una novela de a de veras, primero como lector, luego como autor.

jueves, 24 de enero de 2008

Reflexión abisal

Acabé de leer Los Siete Locos de Roberto Arlt. Cuando era adolescente leí El Juguete Rabioso y estuve obsesionada con ese texto los dos años siguientes. Supongo que este es el inicio de un nuevo camino de reflexiones en torno a varias cosas que me importan, hoy más que nunca, y que al parecer a Roberto Arlt le concernían tanto que dedicó su obra a ellas.
Mi maestro de narrativa contemporánea al que no conozco casi nada, puso Los Siete Locos de tarea para esta tarde. Para la próxima semana, la Trilogía Sucia de la Havana, de Pedro Juan Gutiérrez. Como si él sí me conociera, el maestro dijo algo en clase que no pasó desapercibido.- Un buen novelista necesita tener una cosmogonía clara. Tiene que poder afirmar esto o el otro acerca de la vida, del universo, de dios si cree que lo hay-. Aunque he pasado los últimos dos años y medio estudiando los distintos instrumentos con los que cuentan los escritores para la creación de un drama, específicamente la novela en este caso, me doy cuenta que a Roberto Arlt y a Pedro Juan Gutiérrez esos conocimientos les valían de casi nada, si es que contaban con ellos, cosa que no sé. Pero me atrevo a creer que en el momento que escribieron las dos novelas de las que hablo, no los necesitaron. Hay un brío en ellos, casi animal o tan elevadamente humano como el de otros virtuosos que pudiera mencionar. Como escuchar la música de Bach. Esa certeza de que hay una parte del arte, la que verdaderamente importa, que se hace jugándose la vida, apostándole absolutamente todo; la cordura, la integridad, la vida cotidiana.
Me queda nada más que mirar con atención, cómo es que se logra ese milagro. Que de alguna forma creo que sólo cobra semejante vida cuando hay alguien que observa, que lee, que escucha. Cuando fui a Roma vi un millón de cosas increíbles, pero El Moisés me hizo llorar. Quise saltar el sencillo barandal de madera que lo separaba de mí, correr a sentarme en sus piernas, a meter los dedos entre los rizos de sus barbas, a acariciarle los pies, a decirle que me perdonara por ser tan cobarde, por desear tan poca cosa, por que mi obra no infunde a nadie la necesidad de sentarse en sus piernas ni habrá leyendas en las que aparezco yo dándoles cincelazos pidiéndoles que hablen, porque es evidente que no van a hablar nunca.
Bach y Miguel Ángel no son, dirán algunos, Arlt ni Gutiérrez. Sí lo son, al menos para mí. Lo son en cuanto su obra me empala como se le clava una estaca a un vampiro y antes de que muera ocurre algo bello. Ese instante en el que me libero de mis lastres para sentir el dolor que conlleva a la conciencia de la vida, que es sólo un momento, que después termina. Termina porque deja de tener sentido, ya no hay nadie a quien escuchar decir que lo tiene, quedo yo sola sin poder contarle a nadie lo que he descubierto, y la luz que ese acto de magia echó sobre mi vida es efímera y se va atenuando, y el espacio queda en penumbra otra vez y muero o quedo viva en la oscuridad absoluta. Como el ecosistema de una anémona descompuesta, en el que la única luz posible está en sus adentros y no puede, no sabe, cómo hacerse encender.
Leyendo hambienta, mirando, escuchando. Sólo digiriendo un montón de alimento chatarra para el alma encuentro de vez en cuando un plato digno de degustarse. No conozco la forma de vivir en ese estado permanente. Tal vez no tiene siquiera chiste y si me acostumbrara a lo maravilloso dejaría de serlo. No lo sé. Sé que no sé nada y entre todo ese vacío dos cosas: que hay pocos cuya luz alcanza para iluminar su entorno, incluso después de su muerte y que adentro mío no hay tal luz.
Algún día, anémona vieja, que descubras cómo se hace para brillar, sólo entonces podrás ver las facciones de tu mundo y escribir acaso un epígrafe donde la vida importe de veras.

martes, 22 de enero de 2008

Roberto Arlt déjame sola o escucha mis plegarias

Estoy leyendo Los Siete Locos. Creo que estoy mal de la cabeza. Roberto tabién tenía problemas mentales, pero por lo menos era buen novelista. Déjame en paz Roberto Arlt. ¿Cómo se atreve un muerto a rascar así entre las profundidades del alma de alguien que no conoce? Ojalá y algún día pueda vengarme y los libros que yo escriba, después de mi muerte ahoguen estudiantes erráticos entre la salud y la nostalgia.
Yo creía que quedaba algo de niña bien en mí. Éste fue mi duelo. Ojalá me estés escuchando Roberto. Ojalá ésto sea lom que querías. Qué a gusto estar muerto como tú. La cosa es que no disfrutaría de mentarte la madre. Te agradezco por la catarsis. A todos los interventores de este monólogo con el difunto, lean Los Siete Locos o retuérzanse de la curiosidad.
La breve siesta que nos permite la certeza de la locura sirve de vez en cuando ante lo pútrido alrededor, los que no sienten nada, los que no se apasionan. Maestro Arlt... contágiame aunque se3a un poquito. Te lo suplico. AMÉN

martes, 15 de enero de 2008

El cenicero en pedazos o cómo descubrí el justo valor de mil y uno

Anoche rompí un cenicero de vidrio soplado. Ya saben, hay veces que uno rompe algo y puede ver cómo es que va cayendo, dando giros en el aire, despacio, hasta que

¡PAS!

(Entiéndase como los del hombre araña)

En un instante había siete metros cuadrados llenos de ínfimos fragmentos de vidrio y la cocina era un caos violento y cortante.
Poner de nuevo el espacio en un estado de por lo menos aparente orden, y de seguridad para los futuros sonámbulos en busca de un vaso con agua o para mi cachorro de sensibles cojinetes, me llevó más de una hora.
Me di cuenta de lo desestimado que ha llegado a ser el número mil. Yo soy generalmente exagerada y mando mil besos a las personas antes de colgar el teléfono. Para la mayoría de ellas, pensándolo bien, es otorgarles demasiado cariño.
Hay por ahí una expresión que jamás me he atrevido a usar porque el álgebra no ha sido uno de los lenguajes que domine; El fresísima.- ¡Te quiero mil!-
¿Qué significa eso? ¿Mil qués? ¿Cómo mil? ¿Comparado con qué o con quién? Entonces el querer a alguien se convierte en un valor algebraico, en una incógnita que bien podría ser X, que cuando antecede a un número significa que X se está multiplicando, y que al realizar la operación X1000 el resultado es igual a algo estúpido y abstracto que yo creo que no se debe parecer en nada a la cantidad de aprecio que se puede llegar a tener por alguien. Es por eso que para los de mente concreta, te quiero mil carece absolutamente de sentido, se vuelve una expresión muy poco creíble y la persona que lo enuncia se vuelve un sujeto sospechoso se no querernos en realidad.
Así que eran un chingo los pedacitos de cenincero, reducidos a partículas de vidrio, que quedaron en el suelo. Me acordé de cuando la gente dice que algo se rompe en mil pedazos. Suena a mucho “mil pedazos” para algunos objetos. Por ejemplo decir que un corazón que se rompe en mil pedazos no es muy atinado, aparte de que es un lugarsazo común. Se podría desgarrar, ya que es lo que le correspondería a un músculo, y los desgarres, en la mayoría de los casos, no generan pedazos de músculo repartidos por ahí. Además que mil en este caso, de nuevo se vuelve muchísimo más de lo necesario para expresar el dolor profundo que se quiere ejemplificar. Bastaría con un preinfarto o bien uno de esos novios de prepa que te dejan porque no eres tú, es él, para sentir verdaderamente horrible en el corazón, física o metafísicamente hablando.
Entonces, volviendo a la cocina, mil pedazos era muy poco. No soy buena para calcular multitudes, pero capaz que unos siete millones de vidriecitos cubrían el piso como si se tratara de una filosa milanesa gigante. Barrí como seis veces. Entre más vueltas daba, más pulverizaba aquel tapiz y cuando parecía que ya no quedaba nada, mi sexto sentido me dijo que mirara a contraluz. Era atemorizante.
No he mencionado que padezco de una grave enfermedad. Una vez estaba en el río y un grano de arena me entró al ojo. Un granito prácticamente invisible. Lo tuve ahí como cuatro o cinco días, hasta que regresé a la cuidad y el oculista me lo sacó. No les puedo explicar lo doloroso que fue. Ardía como si me apagaran una brasa en el ojo, me caían lágrimas que de tantas que eran ya no sabían a sal. No podía dormir, ni ver bien, ni estar al sol o a la sombra. Resultó que ese granito de arena me cortó la retina y estuve grave varios días. El doctor dijo que de no haberme atendido a tiempo hubiera podido perder la vista en el ojo derecho. Desde entonces sufro de cristalpedacitofobia o algo así. Me pongo loca cuando pienso que una de esas cositas puede llegar a alojarse en una parte tan importante de mi cuerpo. Imagínenme entonces, casi convertida en Rainman ante la sensación de siete millones de vidriecitos con el potencial de acabar en uno de mis ojos.
En mi casa hay como una ley que considero de la era de piedra (caray que es uno burgués) que implica que el que rompe algo es absoluta y totalmente responsable de recoger el desorden. Así que mientras mi familia miraba la televisión sin más apuro que el de preguntar desde el sillón si estaba yo bien, a lo que contesté que sí sabiendo que mentía, tuve que cerrar la puerta de la cocina para proteger al Tamashi que no tardaba en venir a ver si lo que se había caído era comestible y a partir de ese momento yo y mi crisis quedamos encerradas en el panic room.
Ya dije que barrí seis o siete veces sólo para descubrir que los restos más amenazantes del accidente seguían ahí, así que me puse unos guantes de goma (no tengo unos gogles, por eso no me los puse) y trapeé, mirando de ladito todo el tiempo, tres veces más. Cuando exprimía el trapo y sentía los crujiditos de esas cosas malignas que seguían rompiéndose más y más, quería llorar. Hoy considero que realicé un acto heroico.
Pensando todavía en que sería bueno tener unos gogles en casa, terminé de recoger y se acabó el asunto. Cuando me fui a acostar seguía pensando en el preciso valor de mil. Ahora que lo pienso dos veces me doy cuenta de la ironía del suceso. Deja tú el susto y todo eso. La vulnerabilidad. El poder de UNO. Un solo granito de arena en la situación precisa, en el momento preciso y precisamente a mí. Una sola posibilidad de que entre las millones de partículas de polvo de vidrio, una de ellas libre el obstáculo de las pestañas, resista el flujo de las lágrimas a como de lugar y con un poco de suerte (para ella) me deje parcialmente ciega para toda la vida. Algo tan chiquito.
Finalmente aprendo una lección que en primera instancia parece tonta, de la edad de piedra a lo mejor, como yo misma dije. Y sin embargo así pasa y hay cosas que uno cree que comprende y en realidad no es así, hasta que un suceso que podría no tener ningún significado, cumple función de desenlace de una historia muy larga o vieja o muy absurda y uno se queda silencioso, asintiendo con la cabeza, tomando en cuenta que la próxima vez obrará distinto. Sin vaguedades ni aspavientos, en la vida, así como en la literatura, siempre hay que darle a las cosas el valor justo.

lunes, 14 de enero de 2008

Volviendo

Vuelvo a todas partes. A cambierme de casa, a la escuela, a firmar papeles en oficinas llenas de burócratas, a estar desempleada, a proponerme cosas y a hacer que sucedan.
Oy vuelvo a la escuela y vuelvo a escribir aquí. Te extrañaba blog. No tenía computadora. Es un caso cuando uno no tiene todo lo que necesita para desahogarse. Un poco ahora escribo por eso. No tengo nada tan interesante qué contarle a nadie, ni siquiera a mí solita, pero vaya que han pasado días en los que lo que más quería era escribir alguna parodia de lo terrible que había sido el trascurrir de esas veinticuatro horas. Absurdo, darkie, lleno de polvo, acompañado de escobas y meadas de un perrito encantador. EL pasar de os días llenos de actividades que ya de lejos parecen hallar un pequeño sentido, un punto de reunión con el resto de mi tragicomedia. Los grandes misterios son para no ser resueltos nunca. La filosofía persecutoria no me angustia tanto cuando puedo llevar a cabo, cumplir sueños, producir trabajo. Pero entonces no va tras de mi el cansado ser o no ser, sino qe aparece una pregunta nueva, menos importante, que no me asusta tanto pero me urge conocer la respuesta. ¿Quién seré cuando sea grande?
No quiero ser grande. Me importa ser y saber quién soy, cómo soy. No sé si me explico. No es una pregunta de esas que uno le hace a su mamá .- ¿Cómo era yo de chiquito mamá?- No. Más bien es un ciego pidiéndole a la persona que más ama que lo describa. No le importaría lo verde o lo pálido, casi no puede imaginárselo. Las cicatrices, los olores, las texturas, la sencilléz, el alma, los pechos. Todo eso en una masa que forma una sola cosa, que el otro la interpreta, la habla, el ciego la escucha, la siente, la reinterpreta. Sólo entonces se ve. Un poco desde afuera, como un viaje astral.
Se me entoja algo así. Necesito pasar a hacer un osote a un escenario vacío y que la´única persona que mire desde las butacas sea yo.
Creo que voy a empezar por ir comprar una cámara de fotos.
* Que no se me olvide volver.

jueves, 3 de enero de 2008

Crónica de año nuevo

Empezó el año. Parece necesario hablar de ello. Y es que en verdad, aunque la ciencia evolucione, aunque los que somos cabeza dura por un momento comprendamos que el tiempo no existe y que aún menos real es la manera con la que hemos escogido medirlo, eso rápidamente se nos olvida para volver a creer en el mito absurdo.
Pensar que un ochenta por ciento de los países del mundo utilizamos el mismo calendario y que ese mismo día somos miles de millones los que le atribuimos un fuerte sentido a ese momento en el que el que los relojes digitales se ponen en ceros y empiezan a contar los arbitrarios segundos de nuestro destino.
No hay nada como los rituales supersticiosos para confirmar lo mucho que nos importa. Faltaban cinco minutos para las doce cuando mi cuñada fue a la cocina y trajo veinte cacharritos con doce uvas para cada quien. Mi familia nueva celebra a lo grande, por lo que también se repartieron unas botellitas de champaña inividuales para todos los mayores de 18 años. Durante los sucesivos descorches ya era tanta la efusividad que yo me empecé a poner de simple (hace como cuatro años que recibo el año nuevo atacada de la risa). Para cuando estaban a punto de sonar las doce campanadas, la mitad de la familia estaba formada en el recibidor de la casa, equipados con maleta de rueditas que hay que hacer entrar y salir por la puerta tres veces para que el año nuevo traiga muchos viajes, Las uvas que hay que comerse (o embutirse) una tras otra al tiempo que suenan las doce campanadas y se pide un deseo, la botellita de champaña, que verdaderamente era nada más que un estorbo, un vaso con agua que hay que regar por el piso vuelto uno de espaldas para emular que no va a haber penas ni lágrimas en el futuro que se anuncia y un globo inflado con helio de cuyo listoncito pendía un pedazo de papel en el que cada quien había escrito sus deseos para enviarlos al cielo (que si llegara a haber mucho viento no se elevaría más allá del viaducto Tlalpan). Esta última representación era la que me parecía más relacionada con mi manera de ser y entonces media hora antes de todo el jaleo me había sentado muy parsimoniosa en la mesa del comedor, había sacado mi estuche de la escuela que siempre llevo en mi bolsa justo anticipando este tipo de ocasiones, y aunque los pedacitos de papel destinados a los deseos de cada quien estaban muy bien contados, mi cuñada me facilitó dos o tres más, con ese entendimiento que sólo se tiene entre los miembros de una familia y por medio del cuál ella supo de antemano que la aspirante a escritora merecía mucha más materia prima que el resto de los ejecutantes. El mensaje para el más allá, al que sí le eché ganas y no me parecía motivo de risa, llevaba consigo el auténtico deseo de la paz mundial, algunos remedos post socráticos región cuatro relacionados con la virtud humana (en especial la mía) y echando mano, no estoy muy segura si de la literatura barroca o de mi nulo conocimiento de la programación neurolinguística, todos y cada uno de los nombres de las personas que me acompañan en la vida, seguidos de una serie de sustantivos abstractos: abundante, bello, creativo, saludable. Y que todo eso llenara nuestras vidas. También escribí la palabra amor como quince veces (muchas de ellas pensando en sexo). Después me acometió la dura realidad y entonces pedí trabajo, pero en especial dinero, una musa de planta en la cocina de mi casa con un agudo sentido narrativo, paciencia y voluntad para honrar a mi tatarabuela que decía que sólo con esas dos cosas se llega al cielo, enfaticé mi deseo de que el dispositivo intrauterino me siguiera funcionando perfectamente en aras de no ser madre y que a dos o tres hijos de puta que conozco se los cargara la chingada. Para rematar deseé que la parte de mi familia afiliada al INSEN tenga varios años más de vida (porque vaya que le siguen sacando jugo) y volví a pedir salud para mi tía Nachi y mi suegra que batallan todos los días contra el cáncer de mamas y la diabetes, respectivamente. Terminé mi lista con un AMÉN así en mayúsculas, más por mi avidez romántico-latina que por el número de misas a las que he asistido en mi vida y luego escribí mi firma con tanta firmeza como en la solicitud de trabajo que había llenado para el DIF algunos días antes.
La enjundiosa fe que le puse al acto de soltar mi globo y verlo ascender a la estratosfera, hizo que el asunto de deglutir 12 uvas cual condones rellenos de cocaína perdiera todo posible sentido, aunque lo hice de todas maneras. Quedé debiendo lo de la maleta, más por la cantidad de tráfico que había en el recibidor que por falta de ganas. Lo del agua me pareció inútil ya que yo seguiré derramando lágrimas cargadas de ontología cada vez que puedo porque esa es mi naturaleza. Choqué mi homosexual botellita de champaña varias veces con todo el que se cruzó a mi paso y le propiné ocho millones de besos y abrazos a Julián, que por ser una ocasión festiva soportó mis altos niveles de ensimosidad mejor que nunca.
Ni en todas las pascuas, fiestas de quince, entierros teotihuacanos de la historia del hombre, se ha visto semejante cantidad de representaciones rituales a un mismo tiempo. Yo por supuesto, mientras hacía y miraba hacer, reía a carcajadas, que aunque podrían parecer irrespetuosas, por lo mismo del entendimiento familiar fueron bien recibidas y hasta resultaron contagiosas para algunos. No era que me estuviera burlando, sólo que ya se imaginarán que la escena era graciosísima. Creo que la risa era una especie de éxtasis dionisiaco, la catarsis que se espera que les suceda a los asistentes a un rito de esta envergadura.
Como a las tres de la mañana ya había dejado de reírme y Julián y yo partimos a la casa de mi compadre en la que se desempeñaba un ritual mucho más corriente y no por ello menos importante: emborracharse. Y ahí anduvimos emulando las festividades griegas, digamos chupando y neteando hasta mucho después de que saliera el sol. A la una y cuarto de la tarde del primero de enero del año en curso, nos despedimos del resto de la concurrencia que no se iba a ir a ningún lado por el simple hecho de que no podían manejar en aquel estado, y fuimos a cumplir con el compromiso de alimentar a las gatitas de mis padres, que estaban de vacaciones en Tequesquitengo. De ahí al Superama a echar en un carrito todo lo que se nos antojara y finalmente llegamos a la casa a comer hot dogs y a vegetalizar echados en el sillón de la sala, tapados con cobija y mirando una película de Bruce Willis en la tele y sin decirle a nadie, esperando que mi globo para entonces hubiera llegado a su destino.