jueves, 27 de mayo de 2010
Cerca de las estaciones
viernes, 14 de mayo de 2010
El árbol de quinotos
Salió a la cubierta para examinar el tiempo. La Victoria parecía inmóvil si no fuera por la ancha estela de espuma que dejaba tras de sí, insistiendo en que realmente ella y el capitán se dirigían a algún lado. Lo bueno, pensó el capitán, es que esta nave es mucho más obstinada que yo. Porque ya han pasado varios días celestes como este, casi sin sol, casi sin viento, en los que lo más difícil ha sido encontrar un motivo para seguir adelante con este viaje. Y el capitán, a pesar de la edad o del cansancio, de la resaca que a veces tenía o el mar tenía tras una tormenta, siempre que no encontraba en sí la justificación para seguir le restaba al menos ese sentido oculto que los marinos tienen, que lo liga a este sitio en la mar porque, como para consolarse, al menos este objeto de madera y chatarra seguía creyendo en él, avanzando en la dirección que él había fijado.
Sintió la frustración que deviene de cambiar de opinión y no poder hacerlo. Quizá el viaje de regreso sería tan largo ya como seguir adelante. Quién sabe si dentro de unos días se empezaba a sentir esa corriente encontrada que remonta los barcos como llevados por la mano de Neptuno sobre crestas de agua y los deposita ante una bahía donde todo cesa, donde se alcanza a ver la boca, el abrazo con el que la tierra recibe a los navieros. Quien sabe…
Rompió con el puño el vidrio de una claraboya de calderas. No le quedó en la piel más que el dolor del golpe y los nudillos quemados por la fricción. Se sentó en el suelo y quiso llorar pero no pudo. Su mano casi intacta le recordaba que aún era un hombre muy fuerte. Su abuela solía limpiarle la frente con un trapo y sostenerlo por el pecho. Le decía sobre lo raro que era ver sangrar a un pez o a cualquier otro bicho de mar, porque la sal previene las heridas y en el mar es más fácil morir de cualquier otro modo que ver infectarse una herida. Y tenía razón. Uno sólo ve la sangre de los peces cuando clava bien profundo el anzuelo atravesándoles la cabeza o cuando utiliza un arpón con poca destreza.
El viento cambió de dirección y había que ponerse a trabajar. Entró a su camarote tratando de no llevarle el apunte a la atmósfera que había ahí adentro de desorden y desconsuelo. Ya sabía que si permitía que esa penumbra cálida lo seduciera, volvería a encerrarse ahí dentro un día más o dos, dejándolo todo para después. Corrió las cortinas y abrió las ventilas para que entrara la luz y el aire. Sintió cómo el espíritu ceñudo de la angustia se escapaba por la puerta como un perro arrepentido. Acomodó su catre y se quitó la ropa. Se olfateó las axilas para ver si tenía mal olor, pero estaba limpio. De todas formas le complacía la idea de bañarse y lavar su ropa, aprovechando que había otros trapos que había puesto en remojo hace unos días y a la cubierta no le vendría mal una limpieza general. Bajó a la pieza del aseo y juntó un par de baldes, trapos limpios, un lanudo. Iba a cortar una pieza de jabón, todavía quedaba mucho, pero inconscientemente recogió en su mano los restos que quedaban en la base, como si pensara que valía más ahorrar lo mejor para después.
En la cubierta enganchó un balde en una polea y lo bajó al mar para llenarlo con agua salada. A la madera le venía muy bien la sal. Observó cómo el balde se hundía en el agua que brillaba delicadamente y, una vez que estuvo lleno, lo dejó ahí abajo jugando, resistiendo la fuerza del mar, yendo de arriba abajo como si brincara la cuerda. Qué limpia era el agua y qué hermoso ese sonido pequeño del balde y la soga que se deslizaban, parecido al que uno escucha cuando la navaja traza surcos en la espuma al afeitarse.
Hizo subir el cubo y tiró toda el agua sobre sí derramándola en el suelo, y las juntas de la madera la hicieron correr hacia todas las direcciones chupándola y expandiéndola. El capitán pensó que era la primera vez que notaba cuánto le gustaba mirar cómo se mojan las cosas y por un momento brillan, cambian de color y la vista percibe cómo se vuelven más pesadas. Enganchó otra vez el balde y subió otra tanda de agua. Disolvió ahí el jabón, revolviéndolo hasta que el agua se volvió lechosa y con un trapo limpio se talló el cuerpo y la cabeza. Desde que estaba en altamar las uñas le crecían mucho. A veces no pasaban más de dos días que ya era necesario cortarlas de vuelta y, al contrario de lo que pasa en la tierra, crecían más las de los pies que las de las manos, tal vez porque las manos estaban permanentemente en contacto con la brisa, trabajando en la caldera, exprimiendo trapos y tirando de las cuerdas, y se limaban solas.
La suciedad de los barcos es distinta a la que se junta en tierra firme. La humedad atrae esporas y pequeñas plantas. Entre las vigas de madera, sobre todo en los lugares donde se junta el agua de las tormentas, habían crecido pequeños helechos y moho. El moho no es bueno porque no permite que la madera se seque y el capitán lo rascó con un cepillo. Pero los helechos eran bonitos y delicados. Parecían vivir ahí sin molestar a nadie, exigiendo simplemente un lugar de dónde asirse. Decidió dejarlos por esta vez. Era como una obsesión de los marinos salvar hasta el más mínimo recurso y él siempre actuaba conforme a esas reglas que había aprendido siendo peón en los buques. La única planta que había traído con él, sembrado en una maceta, era un árbol de quinotos. Era costumbre llevar uno en los barcos porque no requiere absolutamente ninguna atención, sobrevive a todas las estaciones y da frutos regularmente. Pero ahora no veía el propósito de evitar cuidar una planta aunque sólo fuera por el hecho de adornar a La Victoria. A las mujeres les gusta vestir flores y cuidar plantas como helechos. No es necesario que den frutos o sirvan para algo. Recogería un poco de arena y separaría unos cacharros oxidados para mudar los helechos junto a la ventana de su camarote. En la bodega había un montón de sacos de hierbas y quedaban algunas papas, camotes y esas raíces que le habían regalado los chinos que pareciera que nunca jamás se mueren. Había un saco de tierra que debía estar ya muy seca, pero incluso podría hacerla buena de nuevo, poniéndole algunos restos de comida y un poco de abono. Así, aprovechando que el sol estaba cerca y tostaba la piel, aunque el viento ya anunciaba el invierno, pasó la mañana desnudo, haciéndolo todo al mismo tiempo, mitad aseándose, mitad limpiando el barco, yendo y volviendo de acá para alla, con una tela enroscada en la cintura, con pedazos de latas, examinando todo lo que había en la alacena para sacarle semillas, cortando varitas para encontrar que algunas todavía estaban verdes por dentro, como el romero y el beleño. Cuando levantó los vidrios que habían quedado en el suelo de aquel arranque de ira que tuvo por la mañana, una astilla se le clavó entre el meñique y la palma y la sangre salada no dejó de salir por un largo rato. Por la tarde, cuando empezó a caer el sol y su pelo ya se había secado, sacó de su arcón una muda de ropa, se cortó las uñas y se puso un poco de una loción que le había regalado hace mucho tiempo la esposa de un gitano en agradecimiento por llevarle noticias de un hijo que también era marino y casi nunca volvía a ver a sus padres sino que lo pasaba de puerto en puerto, mercando y enamorando jovencitas. Tenía un muy buen olor, a sándalo y otros aceites y le recordaba los bosques de acacias en los que había jugado de pequeño a ser pirata y al olor de las casas de las montañas, los días de frío, cuando se encendía la chimenea. Puso un poco en sus sienes y en su frente. Se pasó el peine y se fajó la camiseta.
Cuando llegó la noche, el capitán se abrigó y se sentó a la intemperie. Sorbió un caldo caliente y se pasó mucho tiempo tocándose la cabeza con las manos para después olerlas, contemplando su ropa y su faja, acariciando delicadamente el pequeño árbol de quinotos, el único ser vivo que estaba ahí con él desde el inicio y al que nunca le había puesto más atención que la de recoger los frutos que otra vez ya empezaban a pintarse de color anaranjado. Una rama delgada le tiró de la piel abriendo de nuevo su herida y haciéndole correr la sangre llenándolo de rabia. Se limpió con la camisa y vio cómo la tela la chupó y la expandió por el tejido, volviéndose más pesada.
Lloró hasta mucho después que la sangre hubo dejado de salirle y antes de irse a dormir, le pidió perdón al pequeño árbol, que parecía no guardarle ningún rencor.
domingo, 25 de abril de 2010
A mamá:
De cualquier modo, como buena normalidad siguió y ese sábado que parecía domingo ustedes se fueron y terminó algo, empezó otra cosa, claramente, nítidamente, precedida por unas pequeñas vacaciones esa tarde y el domingo, sabiendo que en cuanto se hiciera lunes el cambio sería totalmente patente e inmutable.
Como todo cambio, una vez que sucede sigue avanzando y no cesa hasta que inicie el proceso mediante el cual se producirá el siguiente. Por lo pronto no vislumbro nada más que el estreno de Los campos de algodón, que en el transcurso de esta semana se va a empezar a ensayar en el espacio definitivo y hay que empezar a apresurar los preparativos de producción. Está quedando hermosa y me gusta. Ya sabes, siempre me gusta el teatro, no importa si hay odaliscas contando cuentos o locos recitando pasajes de la biblia, o como en este caso simplemente alguien que vende y alguien que compra con la inconsistencia de que el que compra nunca logra decirle su deseo al que vende. Finalmente las cosas se parecen, los genios de las lámparas maravillosas, los vendedores y los compradores, los locos y los cuerdos. Siempre uno tiene un deseo difícil de enunciar y casi por ley lo que no tiene nombre sólo existe de manera abstracta, no sólo imposible de decirse sino también de hacerse o de ser o de estar. Hartante hasta la náusea o hermosamente bello, depende con qué paz, con qué claridad uno se aproxime a ese deseo.
Sin duda no deseaba sacarme un 4 en el examen de lingüística que presenté cuando todavía ustedes estaban aquí. Casi me caigo de espaldas. Pasé dos días muy enojada. Por suerte no tenía nadie a quien tirarle la bronca y, como siempre hace uno en esos casos, lo malo es que me la tiré a mí, pero vaya que me lo merezco. Qué pajera. Eso fue hace ya más de una semana y hoy todavía lloré unas lagrimitas de frustración y de torpeza, tristes por ese puto 4 y también por ese deseo sin nombre. Por que no sea un pececito que nada en una pecera redonda apoyada sobre el marco de la ventana, o un libro cuyas hojas se pasan con el dedo húmedo, o cualquiera de las cosas que se pueden guardar en mi mochila y hacerlas pasar por millas, fronteras, aduanas y llevarlas con uno, acompañándolo a uno, aunque me vaya lejos, aunque estuviera sola, aunque quedara ciega. Estar bien, así, ahí o acá.
Porque la manera más idiota, fácil, rápida y obvia de llegar a la nada es continuar preguntándome si estoy en el lugar adecuado, ya no geográficamente sino ahí, acá, estudiando estas letras que tanto me gustan y sin poder aún explicarlas con palabras rimbombantes, fiel a la idea originaria de que lograré desentrañar los misterios del mundo con sólo unos cuantos elementos simples, sin tablas periódicas ni revolución saussureana, con la periodicidad de los días que pasan y algo que rime con banana.
La vez pasada, en una clase, se pusieron a hablar de algo que parecía interesante: una conferencia que dictó Foucault que se enrollaba sobre el tema de los hombres, la verdad y la justicia. Por ahí saltó alguien a preguntar a qué se refería el franchute cuando hablaba de resistencia. En primer lugar en ninguna parte de la conferencia estaba esa palabra, sino que la profesora la usó para dar un mal ejemplo de algo. El resto de la clase giró en torno a una resistencia inexistente y a contestar una pregunta a una persona a la que al parecer su gorro de lana peruano no le permite pensar en un significado propio derivado de esa palabra y, peor que eso, que probablemente no logre desarrollar uno nunca porque nunca ha tenido que utilizar el infinitivo de esa palabra: nunca ha tenido que resistir nada.
Y bueno… que ellos resistan y oreen sus tubérculos, como dice el capitán de La Victoria en el libro que aún no voy a escribir. Que quemen sus naves y sus libros en la búsqueda, ya no de nombrar a su deseo, sino del deseo mismo. Que quemen sus ojos leyendo lo que alguien escribió acerca de un libro que leyó que hablaba sobre un libro que hablaba sobre otro libro que alguien leía y califiquen esa mamada metatextual. Que aprendan a explicar un concepto con las mismas palabras que usó el primer guey que trató de explicar ese concepto hace cien años. Yo seguiré yendo a la escuela a encontrarme con Aristóteles y entenderme con él, a aventurar comunicarme con alguien, a hablar cada vez menos y escuchar cada vez más, a sentir pena por el pobre franchute que ya está muerto y la gente todavía sigue queriendo meterlo en el ínfimo cajón de la psicología o de la sociología o de la antropología, la historia, la ontología, incapaces de comprender que era un escritor y podía escribir acerca de lo que se le diera la gana y lo hizo. Es tan fácil remover una etiqueta que resulta extraño ver cómo la gente saca de su portafolios millones de pequeños rótulos, acomodados alfabéticamente por materia, título, revoluciones, esperando pegarla en algún lado y creyendo fielmente que una vez que hayan hecho eso significará que lo comprendieron.
Siempre me han gustado las estampas. Las estampas de flores, de zapatillas de ballet, con brillantina. Uno compra una plana y no puede esperar a encontrar el lugar adecuado para pegarle la smile, el hombre araña, el pececito dorado. Es bastante malviajante intercambiar mis estampas de terciopelo por unas blancas, rectangulares y alargadas que dicen METODOLOGÍA DE LA INVESTIGACIÓN u otra más fea todavía FILOSOFÍA DE LA SOSPECHA
???
!!!
Pero ya sabes cómo es, mamá. Yo me sigo riendo cuando algo me da risa. Me sigo sonriendo cuando algo me da gusto, sigo disfrutando de caminar los días que el sol entibia y de tomarme un café caliente a la hora de la siesta. De visitar a los que tengo ganas de ver y de recordar a los que extraño. Todavía no te extraño tanto. Apenas un poquito. Anhelo sí, eso sí. Ir al súper contigo a comprar lo de siempre, llevarlos a ti y a papá en el auto a algún lado, por una avenida ancha o por una carretera, sentarme en la cama con ustedes a leer un pasaje cómico de Umberto Eco… vaya, las cosas lindas de la vida pues, con ustedes.
Cuando evito lo fácil, lo rápido y lo obvio me acuerdo que mi misión en este mundo es pasármela bien. Que soy un personaje cómico. Que no le pongo azúcar al café porque no me hace falta. Que debe haber cierta dulzura incluso en renegar.
* Escribir más. Más.
* Leer más.
* Estudiar más.
* Nada más.
Y todo lo demás está joya.
Te amo madre.
Mil besos.
Lu =)!
martes, 20 de abril de 2010
Auto sacramental I
Humildad: Sí, eso o que eres una estúpida.
Orgullo: No, no. No puede ser eso. Acuérdate: tú eres una chica inteligente, sensible, audaz.
Humildad: Insegura, lenta…
Orgullo: Bueno… pero son cosas que no son importantes. No significa nada sacar un cuatro.
Humildad: A mí me importa.
Orgullo: ¡No te importa! ¡Sólo te haces la víctima! En el fondo sabes cuáles son las cosas importantes.
Humildad: ¿Tú me vas a decir a mí de las cosas importantes? Esto sí que no me lo esperaba.
Orgullo: Sí. Te voy a decir. No me importa que creas que soy un pendejo. No lo soy. Sirvo de mucho. Estoy aquí por la esperanza ¿Qué no ves?
Humildad: No, no, no, no. No. A ver… un poco de historia, querido. YO estoy aquí por la esperanza. “Los últimos serán los primeros”. No sé si te suena.
Orgullo: No. No puedes. No puedes salir con una mamada de esas. ¿Qué tienen que ver contigo esos fundamentos? ¿Me vas a decir que todo es culpa de unos putos libros?
Humildad: Ah, ¿Y tú? “La Esperanza”. No te la jales man. Te estás pasando para el otro lado. Ese es MÍ lado.
Orgullo: ¡Eso de los lados es una mierda! ¿Por qué tengo que ser malo? ¡No soy malo! ¿Quién lo dijo? ¿Por qué todos le creen?
Humildad: No te pongas así. Se supone que esa es la verdad. No digo lo de los libros… no son los libros sino la verdadera verdad. Las cosas que uno sabe que están bien.
Orgullo: Pero, a ver… ¿Entiendes que me estás diciendo que tengo que pensar que yo pertenezco a ese otro lado?
Humildad: Eso te estoy diciendo. Es como es.
Orgullo: ¿Cómo podría pensar eso de mí mismo?... Aunque todos lo crean… Si yo creyera en eso no podría existir. No soportaría.
Humildad: Pero se supone que tú… Que a ti no debería importarte. Vaya, dicen. Decían que a ti no te importaba nada de eso.
Orgullo: Sí… se supone que así debería ser.
Humildad: ¿Qué tienes?
Orgullo: Nada. No tengo nada. Es que, si de verdad existe “La Verdad”, no entiendo cómo ella pudo creer que unos pudiéramos estar sólo de un lado. Por qué puso ese estúpido límite entre las dos cosas. Arbitrariamente.
Humildad: No sé. Se supone que ella sabe. Por algo debe ser. En última instancia siempre queda la posibilidad de elegir de qué lado ser.
Orgullo: ¡Elegir! ¡Chingada madre! ¡Ese es el puto problema! ¿Por qué carajos hay que elegir? ¡No se puede empezar nada sin elegir! Es como un jodido truco. No es cierto que uno escoja nada. Estamos y somos antes de haber tomado ninguna decisión. Además, ¡Cómo podemos elegir si sólo hay dos caminos que conducen al mismo sitio! Se le hizo fácil. Se le hizo fácil pintar una raya y ponernos a unos de un lado y a otros del otro. Creyó que simplificaría las cosas pero no lo hizo. ¿Quién le dio a ella el derecho de decidir eso? ¡De decidir por nosotros! Si hubiera un consenso, si a todos nos pareciera bien eso. ¡Incluso así! ¿Ves? Está todo mal desde el arranque.
Humildad: ¿Dices que, si todos estuviéramos conformes, incluso eso probaría que el duelo no tiene sentido?...
Orgullo: Sí.
Humildad: Sí… puede ser.
…
Humildad: ¿Sigues ahí Lucía?
...
Humildad: Perdón… Nos desviamos un poco… Si quieres, vete… Cuando arreglemos esto te avisamos… ¿Va?
jueves, 11 de marzo de 2010
Diálogo tipo
Si yo miraba para el frente veía a la profe enmarcada, como diría Trépliev, en un pedazo de pared color ocre gris.
Hablé durante seis minutos más o menos. Después de explicar el último punto de mi fichita, cuando sentí que había terminado lo hice. La profe miró su reloj y sugirió algo como que qué bueno que había terminado porque ya era hora de cortar. Yo pensé, sí… ya se había acabado el tema. Después ella tomó la palabra y me dijo un par de cosas que se suponía que yo tenía que haber sabido. Y después sonrió un poco y miró alrededor. La luz que entraba por la ventana le dio en la cara y miró para afuera, que hay una plazoleta. Parecía que había un balón flotando en algún lugar. Conversamos un par de cosas todos los que estábamos ahí. Cruzamos dos o tres palabras. Me hicieron un par de notas acerca de mi trabajo escrito, una de ellas fue que tengo que usar más términos técnicos y ser precisa en la terminología. ¿Dudas? ¿Comentarios?
Freud no inventó nada. Siempre que yo he ido al doctor ha sido así.
.- Dígame doctor: ¿Cuál es mi problema?
El doctor es una especie de tío. Un tipo que decidió mudar la mesa de su cocina a la oficina.
* ¿Alguna vez ha tenido la sensación de que le pican bichos o parásitos que en realidad no le pican?
.- Eh… bueno… ¿Cómo podría saberlo?
* ¿Lo ha sentido?
.- No, no creo haberlo sentido, bah, me pica a veces algo, no sé, pero me pica nomás. O sea, me rasco.
* Ajá. (Pausa)
.- Oiga doctor… ¿Y hay alguna manera especial de lavarse las orejas?
* No. Con el dedo, supongo.
Enjabone su dedo y páselo por la oreja ¿Eh? Así, qué sé yo.
No por adentro. Por adentro no es necesario porque se limpian solas.
.- Sí ¿no? Qué buena onda.
Bueno pero a mí a veces me pica por adentro.
* Bueno. En ese caso tendría que usar el antibiótico. Pero sólo ese día. Una gota. Nada más ese mismo día y en ese momento.
.- ¿El frasquito ese que usted me dio? ¿Con las gotas?
* Sí.
.- ¿Yo lo uso cuando crea que es necesario?
* Sí.
(Lo interrumpo)
.- ¿Y lo interrumpo en seguida?
* Sí. Tal vez lo necesita. Sólo en ese momento.
.- Mh…
A veces uno se pregunta cómo hay gente que pueda saber eso ¿no? Hay gente para todo. Hasta hay una canción de Calle trece que dice eso.
¿Siente que estuvo bien que le viniera a ver doctor? ¿Cree?
* Sí. Sí… Creo que sí.
.- Una última cosa doctor. Porque veo que usted se depila también las cejas. ¿Sabe en quién puedo confiar para que me realice ese procedimiento?
* Sí. Ya mismo le llamo a mi hermana y le copio el teléfono.
Lo acompaño afuera.
jueves, 25 de febrero de 2010
Los navieros
Conoció algunos que habían creído encontrar el sentido de la vida resguardándose bajo el título de genios. Esa clase de humanos que se colocan sobre los otros, atribuyéndole a una lógica pesimista su coherente montaje para la comprensión de todas las cosas. Desde su punto de vista sólo mentían; hacían quedar a los demás como idiotas fundamentando haber entendido el universo. El capitán sospechaba que, más que entender, se habían dado por vencidos. Bastarse a sí mismo para justificar la vida era de una soberbia extrema.
Estaban también los que no importan. Esos a los que se les podría tachar con una cruz y súbitamente desaparecerían del mapa, cayéndose por el borde hacia el vacío. A veces él mismo se sentía de ese modo, inocuo. Incapaz de contemplar a una tortuga, recibir un abrazo o hablar con dios.
Pero hay seres que por uno u otro motivo deciden darle importancia a otros y, desde niño, el velador del faro lo había elegido a él entre todos los demás niños del pueblo para que fuera su aprendiz. Frotándose un empeine con la planta del pie, mirando hacia abajo, cuando todos se hubieron ido, él preguntó al adulto.- Por qué yo. Hay muchos otros chicos, pensaba. Los que tienen bicicletas son más rápidos, el hijo del albañil es fuerte: lleva carretadas de ladrillos todos los días. Podía pensar al menos veinte buenas razones para darle el lugar a otro chico. He observado cómo miras el mar-. Le dijo el torrero.- Eso me gusta de ti-. Eso lo hizo sentir especial.
Durante su vida encontró, no muchas, personas diferentes que lo hicieron sentir especial por diversos motivos y él también halló cualidades hermosas en toda esa gente y a lo largo del tiempo se convirtieron en sus afectos. No importa que uno no sea especial. Lo importante es que haya otros capaces de descubrir en uno formas nuevas de ser. Rasgos que nos conecten y a la vez nos distingan.
Descubrir los encantos de la empatía lo involucró en un mundo donde el sentido de las cosas recaía en eso. Tuvo maestros, estuvo enamorado, hizo amigos que quiso como hermanos. Y gran parte de su juventud y su vida adulta se construyó sobre esos cimientos. Tampoco tardó en darse cuenta que de la mano del cariño conviene la decepción: podía recordar tardes lluviosas, sentado en las escaleras de un callejón suplicando a voces a la tormenta para que lo lavara del todo, que lo lloviera entre lágrimas y mocos convirtiéndolo en el puro plasma que la tierra caliza no tardaría en filtrar hasta las profundas cavernas de la tierra. Y entonces creía estar seguro que aquel llanto era culpa de la mujer, del traicionero o del que toma las cosas a la ligera pero conforme arreciaba el agua y él se imaginaba haciéndose parte de la corriente que bajaba hacia el mar, lloraba con más vehemencia sintiéndose solo, aunque fuera de agua. Aunque fuera lo que fuere. Conmovido por una angustia más viva que su propia sangre y arraigada en el alma. Descubriendo que el alma es eso que hiere. Uno mismo con su conciencia de sí. Confundido ahora entre los que se sienten únicos, los que son y los que no lo son.
Todos estos años han pasado y ahora ese ímpetu oscuro como un cofre mellaba el filo de su mente. Incluso sabiendo que dejarse caer al foso sólo conduce más adentro, tratando sin eficacia de asirse, de procurarse primero del recuerdo de esos otros con los que había conocido la dicha y la gracia, descartándolo por lejano, por trunco, por finito, inasible él siquiera por el valor que esas otras almas le hubieran atribuido que no importaba ya, incapaz de asignarse con algún rasgo que él y sólo él pudiera encontrar en sí mismo para cobrar importancia, para convencerse de su propia trascendencia. Qué hace ahora solo en aquel buque en el medio del agua y qué se supone que vale la pena de esta travesía.
Pensó en los muertos. En sus padres y sus abuelos. Tuvo miedo como si fuera un niño. Quizás la muerte hiciera cesar esta vacuidad. Esa era la única dirección que nunca había tomado y cualquier rumbo cuando uno lo fija, espera que le conduzca lejos de las tinieblas.
La Victoria rugió su quilla contra las olas. Bajo ese artefacto de metal, bruñido por los brazos de cientos de hombres, se hallaba el infinito mar.
domingo, 14 de febrero de 2010
Abordando
Hay varias teorías que dicen que los seres humanos APRENDEMOS las estructuras. Casi creería que en realidad TODAS las teorías dicen eso: Que al nacer somos unos “animalitos”; dicho esto desde una incapacidad absoluta de observación y comunicación con el resto de las especies animales que habitan nuestro planeta, que, para quienes no se hayan dado cuenta, son igual de grossos que nosotros; unos seres inútiles, carentes de facultades cognoscitivas e incapaces de saber dónde carajos estamos parados, quiénes somos o por qué.
¡Mentira! Hasta a algunas neo mamás de esas que no están interesadas ni en pujar para tener un hijo he escuchado diciendo que le hablan a su bebé y siente tal cosa y siente tal otra. Supongo que Hegel o Sócrates se dieron a la tarea antes que yo de valorar si sentir es igual a pensar, o igual a saber, pero esta no es la primera vez que vamos a disertar sobre una pelotudéz. Nada de lo que diré a continuación se me ocurrió a mí primero, para los que todavía duden de su carácter único en el universo.
Sentir, imaginar, percibir la posibilidad de que a partir de nosotros aparezcan mundos factibles ¿No es la escencia misma de todas las cosas?
Las células llevan dentro suyo la posibilidad de reproducirse: de quedar representadas en otro que será igual a ellas prácticamente, sólo que ocupará otro espacio y se desarrollará en otro tiempo. Y además trabajan, SON, para lograr este fin último, perpetuarse a sí mismas, depositan su energía completa en eso.
Parece medio hippie esta intromisión en el ámbito del “todos somos iguales”, pero este tipo de cosas a veces me brotan como una necesidad de confesión. Siento, creo, pienso, percibo, que somos iguales a Todo. No a las demás personas, no a dios, no a las cosas tangibles, al gran artilugio que se implementó en un cosmos justamente organizado para que la vida, suceda.
Otra frase muy libertina: “todas las cosaaaaaaaaas están vivaaaaaaaaaaaas”. Ya no se sabe si es filosofía de los vedas o la letra de una canción emo. Pero ¿Ven?... vaya, está ahí...
Bueno chicos: es eso, qué se yo. Esto podría ser una novela, un poema épico, pero queda aquí. Todo(s) estamos de una manera semejante aquí. A veces da bronca. Otras es como ir acompañado por una luciérnaga en un pasillo infinito y oscuro.
Quédate conmigo, pensaríamos decirle.
lunes, 28 de diciembre de 2009
Prólogo
Si enciendes la tele, lees la prensa, deambulas en internet o intentas realizar alguna acción a traves de la cual busques encontrar recorrer un poco la cortina de tu propio oscurantismo sobre la situación actual del mundo, lo único por encontrar es un licuado en el que se combinan el colmo de la decadencia hippie, un new age intervenido por la física cuántica y el combo de dirigentes políticos mas freak de toda la historia.
1.- Roberto Micheletti, Michelle Bachelet, Cristina Kirchner, Evo Morales, Hugo Chávez, Felipe Calderón, todos ellos presidentes de las naciones que más han dado de qué hablar durante los últimos años en Latinoamérica, son cazafortunas enfundados en los disfraces más diversos y temibles. Si Darth Vader se sentara a tomar el desayuno con ellos, haría quedar a George Lucas como un creador de villanos de cuarta. Tal vez muera sin dejar rastro a causa de lo que voy a decir a continuación, pero en esa mesa a la que Vader ni siquiera está invitado, la mayoría ordena largas líneas de coca para abrir el apetito y no hace falta ser un gran terapeuta sistémico para mirar a los ojos de los comensales y darse cuenta de que les faltan algunas canicas en el frasco. Las tres maneras en las que Aristóteles alcanzó a predecir que se degradarían y corromperían los regímenes políticos parecen piropos si analizamos las condiciones económicas, sociales y culturales en las que se encuentran los pueblos gobernados por los personajes del circo. Un neo nazi centroamericano, una Isabel Allende resentida, un injerto de Moria Cazán y Mirta Legrand que se cree Evita, un mestizo que utiliza las raíces de su cultura para meterle el dedo a su propio pueblo, un soldado raso carente de moral embravecido por la merca y un junior neoliberal del Opus Dei que en su plan Telcel tiene llamadas ilimitadas a los jefes de los cárteles y se manda mensajes de texto con sus amigos pedófilos tratantes de blancas. OMG!!!! La frikipedia con todo y notas al pie.
2.- Hace un par de semanas caí en la trampa y me chuté 2012 con John Cusack. Anoche la rematé con un documental del History Channel acerca de Nostradamus/el calendario maya/ el 2012, esos tres temas meneados aleatoriamente en un gran sinsentido de "ciencia" e interpretaciones piñata. A la película no vale la pena dirigirle más tiempo que ninguno y al escribir esto mismo ya siento que mientras lo hago ya perdí una parte valiosa de mi vida. Respecto al pseudo documental (no tiene ninguna cualidad que le merezca ese nombre) sólo entendí que un señor que vivía en la época de la inquisición quizá escribió un libro que quizá se encontró recientemente en el que figuran siete dibujos que quizá tengan algo que ver con lo que una serie de locos esquizoides han interpretado que quizá la cosmogonía maya hubiera contemplado que quizá en el año 2012 habría quizá una modificación en el curso del desarrollo de la propia cultura maya, suceso al que todos se quiren sumar sin comprender en absoluto que cuando los Mayas crearon una mitología y una línea del tiempo lo hicieron pensando en su propia cultura y ninguno de nosotros tiene vela en ese entierro a menos que viviéramos en el territorio conformado por la antigua Mesoamérica, lleváramos apellido Balam, Dzul o Can y hubiésemos nacido mayahablantes. Queridos míos, güeros del mundo titulados Doctores por universidades extranjeras permítanme decirles un secreto: ningún sacerdote ni astrónomo maya pensó jamás en ninguno de ustedes, pelotudos egocéntricos. Cuando uno de esos hippies Dr. en no sé qué madres habla de la desaparición del pueblo maya dan ganas de putear a los cuatro vientos. Los mayas ahí están. Hay al menos un millón trescientas mil personas que conforman el pueblo maya actualmente. ¿Desaparecieron?. ¿Acaso hay algún pendejo que se atreva a decir que los egipcios desaparecieron sólo porque no hay unos señores con tocados chistosos sembrando trigo en los alrededores de la Esfinge?. Chale man. Y además cuando se habla de los mayas en ese tipo de documentos andrajosos siempre aparecen unos re-enactments de actores morenitos con penachos de utilería y líneas de color azul pintadas en la cara, como si no pudieran irse a Quintana Roo y sentarse en una plaza durante quince minutos y pedirle a al Sr. Balam y a su familia si les permiten hacer una toma de ellos para ilustrar al pueblo maya en el History Channel. Ah y por si fuera poco siempre hay alguien "salvajemente" decapitado para ofrecérselo a los dioses. Es verdaderamente críptico que vivamos en la era de las comunicaciones y haya culiados que se atrevan a hacer afirmaciones de ese estilo. Ya quisiera que charlaran diez minutos con algún miembro de la comunidad maya y le pregunten lo que piensa acerca de la pelicula de Mel Gibson, o bien del famoso fin del mundo. El pueblo maya ha atravesado por numerosas etapas en la una línea del tiempo histórica trazada, como en cualquier cultura, por períodos de acomodo, esplendor y decadencia y en cuyo curso el año 2012 significa el término de una etapa y el inicio de otra. Punto. Nada se esconde detrás de esas cosas, inmundos fans de la mamada... nada.
3.- ¿Y qué me dicen del furor autosugestivo producido por Rhonda Byrne? Eso sí que es un secreto: Una señora que no se ha hartado de escuchar Enya, de decolorarse el pelo y peinárselo con secadora y spray o usar hombreras, que de hacer programas de radio y leer un libro de Stephen Hawking resultó la gurú de todas las mamás de mis coetáneos. ¿Es que cuesta más barato un ejemplar de El secreto que uno del Tao Te King? No. ¿Entonces? ¿Quién le dio a esa mujer el título de filósofa? Ahora resulta que un escritor de bestsellers de autoayuda es un gran filósofo. Autoayúdense por favor.
¿Y Ronald Hubbard? Un beatnik frustrado porque su imaginación nunca le dio para contar una historia y lo único que pudo hacer es compilar su gusto por la ciencia ficción y su síndrome post traumático en un libro de reglas. Si Hubbard hubiera tenido un poco más de amor propio tal vez hoy sería considerado uno de los escritores de ciencia ficción más chingones del siglo veinte, por lograr que su obra literaria se convirtiera en una secta, y Philip K. Dick se hubiera rascado la cabeza en su escritorio contemplando un ejemplar del Libro uno preguntándose cómo ese hijo de perra enloquecido por la guerra logró burlar al mundo entero. Pero resulta que no es ni broma ni cuento; al tipo se le zafó la chaveta y ahora hay no sé cuántos millones de personas en el mundo sometiéndose a sus leyes y perdiendo el tiempo de su vida en recrear durante muchas horas al día lo doloroso que es ser un ser humano. Me muero de miedo chicos.
4.- Y nosotros aquí. Contemplando a guevo todo esto. Resulta que sin haberle dedicado voluntariamente ni un solo segundo de mi tiempo a la materia, llevo en mi cabeza datos, nombres, chismes. Tantos que me dan ganas de vomitar. Madonna se divorció, no sólo eso sino que poseo tatuada en mi mente una polaroid de su entrepierna que a pesar de las sentadillas ya no está como para que la ande mostrando. No sé. Snoop Dogg es director de películas porno, por ejemplo. ¿Cuándo me enteré de eso? ¿Quién me lo dijo y por qué? Si lo leí en algún lado, ¿En qué tipo de pulbicación se discute sobre esas cosas? ¡Ricardo Fort! ¡Conozco su cara! ¡La gente habla de él! ¡Está en la portada de una revista! y todos los días, esperando el trole lo veo con su cara deforme y su cuerpo anabólico y no sé cómo sacármelo de encima. Y no me importa pero resulta que ahora mismo estoy hablando de él y no me interesa pero ocupa un espacio de mi cerebro. Ahí tienen, escritores de ciencia ficción, una verdadera trama de agonía y desesperación. ¿Qué haremos con todo esto? ¿Quedará lugar después en nuestras almas como para acomodar lo que verdaderamente importe? ¿O seremos cada uno un terabyte de la gran base de datos de la frikipedia y los tesoros que la vida nos regale nos pasarán inadvertidos?
Simplemente hay veces que me siento a escribir, que debería parecerse a meditar, y lo único que hallo es ese manantial inagotable de mierda humana que en algún momento de la historia comenzó a convertirse en lo suceptible de ser contado, publicado, filmado, fotografiado, debatido. Quisiera saber cómo pasó esto. Tal parece que conforme el tiempo transcurra, cada vez va a ser más difícil hallar tesoros y ni hablar de crearlos. Ojalá con el advenimiento del fin del mundo todos esos pajeros se metan un tiro entre ceja y ceja. Ojalá que si hay algo de cierto en que empieza una etapa nueva sea una en la que haya un poquito más de noción de los valores humanos. Pero tal parece que no va a ser así. Que lo nuevo, queridos míos, no sé qué nombre le vamos a poner, en la década que nos espera ese será el desafío: lograr acercarse a lo sublime mientras el mundo se vuelve un sitio cada vez más vulgar.
lunes, 14 de diciembre de 2009
Epígrafe
Los días de nuestro calendario gregoriano se vuelven cada vez más largos y las noches son claras. Orión brilla tanto que el mismo Zeus, si pudiera verlo desde aquí, lo envidiaría y al mirar
Dentro de tres meses cumplo veinticinco años. Veinticinco es un tratado completo de semiótica. Apenas ahora se me ocurre pensar que a lo mejor había cosas que hacer antes de que eso sucediera. Cuáles no sé; tampoco es cuestión de vivir insatisfecho. Y mientras me percataba de algo que termina, escribí el título en esta hoja en blanco.
Estamos en diciembre y soy de esas personas tan retro que conservo la necesidad de escoger este momento en el tiempo para hacer una recapitulación. El
No es que esté cansada: es muy fácil apresar mis propias nociones ingenuas entre el pulgar y el índice y aplastarlas como a una polilla. Y si alguna vez dije estar cansada de algo hoy puedo acudir a la vulgaridad de la entropía: No estoy cansada.
Podría pronunciar el discurso del héroe mediocre porque la esperanza es un boomerang lanzado con furia para que se estrelle en el parabrisas del horizonte: le has gritado a Dios que se vaya a la mierda y te has secado las lágrimas con un kleenex, con un pañuelo, con el trapo de la cocina, con la toalla en la que te tiendes a tomar sol, hasta que de tanto llorar te sale sangre por la nariz. Y metiste todo en una bolsa y la pusiste en un estante para que no perderla hasta que un día dijiste.- Basta de guardar esta basura-. Y le hiciste un nudo y la metiste en la caldera y permaneciste detrás del vidrio mirando cómo se incineraba. Después juntas las cenizas con una pala y las metes en una urna hasta que un día pasas por el comedor y te preguntas qué carajos hace un frasco con polvo arriba de mi linda chimenea y lo coges con las dos manos, te pones el impermeable y agarras un taxi. Lléveme lejos. Una vez ahí caminas hasta la mitad de un puente bajo el que corre un río revuelto de fuerza y agua dulce, quitas la tapa y tiras las cenizas. El viento las teje en el aire y después caen, se mojan y se las bebe el agua. La urna también la arrojas y se revienta en el fondo del río. Se acabó. Las nubes negras del Oeste que siempre te pareció estaban lejos, ahora están justo arriba de tu cabeza y de pronto llueve.
Todo eso pasó y vas caminando despacito hacia alguna avenida cuando un objeto sólido te golpea en la nuca. Varios días después brincas de la cama de la sala de recuperación sin entender cómo llegaste hasta ahí y cuando recuerdas todo y tu respiración se calma ves que en la mesita de luz está esa enorme pieza de madera que una vez alguien te dijo que no perdieras nunca.

Quién sabe si uno alguna vez comprende que no importa cuántas veces creas haberte deshecho totalmente de tu propia pulsión de vida, mientras no te decidas a pegarte un tiro en la cabeza, un día vas a descubrir que está otra vez ahí.
Y el héroe, mitad ternura mitad absurdo, que se sube al podio para intentar decir algo con el boomerang bajo el brazo, no encuentra ni una sola palabra que valga la pena de ser enunciada. Porque la gente de su pueblo en verdad es una casa vacía, parecida a la de todos los otros héroes, habitada únicamente por él, quien; cualquiera que haya sido la proeza; entiende que no es menos o más grande que otras porque todos tenemos una vida.
A veces releo las líneas que escribo y les encuentro parientes de libro de autoayuda. Cuando las moralejas están implícitas no hace falta ponerlas en ningún lado y si además carecen de trasfondo moral incluso dejan de ser aquello que son.
Y así empieza cada historia, con alguien que ya sabe algo, que va a olvidarlo para luego acordarse de que lo sabía y preguntarse si en realidad es posible trazar el camino como una línea recta o el principio (que siempre parece un final) en realidad es lo único susceptible de suceder.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Montaigne
De los mentirosos
No hay ningún hombre más desacertado que yo para hablar de memoria, pues es tan escasa la que tengo que no creo que haya en el mundo nadie a quien falte más que a mí esta facultad. Todas las demás son en mí viles y comunes, pero en cuanto a memoria me creo un ente singular y raro digno de ganar reputación y nombradía. Además de la falta natural que experimento (en verdad vista su necesidad Platón hace bien en nombrarla diosa grande y poderosa) si en mi país quieren señalar a un hombre falto de sentido, dicen de él que no tiene memoria; cuando me quejo de la falta de la mía me reprenden y no quieren creerme, como si me acusara, de falta de sensatez: no establecen distinción alguna entre memoria y entendimiento, lo cual agrava mi situación, pero no me perjudica, pues por experiencia se ve que las memorias excelentes suelen acompañar a los juicios débiles. Equivócanse también no haciéndome justicia, en el respecto siguiente: quien como yo no sabe hacer bien nada, aparte de ser excelente amigo, ve que para ellos las mismas palabras que acusan mi enfermedad representan la ingratitud; forman idea de mi afección por mi memoria, y de un defecto natural hacen un defecto de conciencia: «Olvidó, dicen, esta súplica o esta promesa; no se acuerda de sus amigos; no se ha acordado de decir, hacer o callar esto o aquello por la estimación que me tiene.» A la verdad, yo puedo fácilmente olvidar, pero dejar de cuidarme del encargo que un amigo me ha confiado, no lo hago nunca. Que se disimule, pues, mi defecto, sin hacerlo consistir en malicia y mucho menos en una malicia que se opone abiertamente a mi carácter. Algo me sirve de consuelo en esta falta de memoria el convencimiento de que es un mal de que me valgo para corregir otro peor, que fácilmente hubiera germinado en mí y el cual es la ambición, pues no puede soportar la falta de memoria quien está sumido en los negocios del mundo. Como rezan varios ejemplos semejantes del progreso de la naturaleza, la ausencia de memoria ha fortificado en mí otras facultades a medida que ésa me ha faltado; de tener buena -23- memoria fácilmente seguiría las huellas ajenas, mi espíritu languidecería por no ejercer sus propias facultades, como suele hacer casi todo el mundo, que se sirve de las extrañas opiniones por tenerlas presentes en la mente; mi discurso por la misma razón tampoco es muy extenso ni dilatado, pues sólo merced a la memoria se almacenan las especies que el juicio no procura. Si me hallara favorecido por tal facultad hubiera ensordecido a mis amigos con mi charla; los asuntos, al despertar en mí la facultad que yo poseo de manejarlos y emplearlos, alargarían en demasía mis disertaciones. Es cosa lamentable, yo lo veo por algunos de mis amigos, a medida que la memoria les representa el caso de que hablan por todas sus fases, retroceden en su narración, cargándola con tan inútiles detalles, que si lo que refieren es interesante, ahogan todo el interés; y si no lo es, hay tanta razón para maldecir de su feliz memoria como de su juicio desdichado. Es cosa harto difícil cerrar una relación y cortarla una vez que se ha comenzado; nada hay que mejor pruebe la fuerza de un caballo que el que se pare neto y en redondo. Aun entre las personas dotadas de tacto veo muchas que quieren y no pueden apartarse ele la carrera emprendida, mientras buscan el punto para cerrar el paso: marchan faramalleando y arrastrándose como hombres que sucumben de debilidad. Sobre todo son peligrosos los viejos en quienes permanece vivo el recuerdo de las cosas pasadas y que perdieron la memoria de sus repeticiones. He visto relaciones muy agradables convertirse en aburridas en la boca de un anciano, porque cada uno de los circunstantes las había oído cien veces por lo menos. La segunda ventaja de la falta de memoria consiste en recordar menos las ofensas recibidas; como decía Cicerón, para ello sería menester un protocolo. Darío, para no echar en olvido la ofensa que había recibido de los atenienses, hacía que un paje le repitiera al oído tres veces, siempre que se sentaba a la mesa: «Señor, acordaos de los atenienses.» Además, los lugares y libros que veo por segunda o tercera vez, se me ofrecen siempre como una novedad. No sin razón se dice que quien no se sienta fuerte de memoria debe apartarse de la mentira. Bien sé que los retóricos establecen diferencia entre mentir y decir mentira; aseguran que decir mentira es decir cosa falsa que se tomó por verdadera; y que la definición de la palabra mentir, en latín, de donde nuestra lengua la ha tomado, vale tanto como ir contra su conciencia, y que, por consiguiente, esto no se relaciona sino con los que dicen algo contrario a lo que saben, a los cuales me refiero. Ahora bien, éstos o lo inventan todo a su guisa, o alteran y trastornan aquello que es verdadero. Cuando cambian y desfiguran una cosa, al ponerla en su lugar un interlocutor, es difícil -24- que se desconcierten, en atención a que su idea, tal cual es, habiéndose acomodado primeramente en su memoria o impreso en ella por la vía del conocimiento y de la ciencia, es difícil que no se presente a imaginación desalojando la falsedad, que no puede tener el pie tan seguro ni asentado, y las circunstancias del primer aprendizaje, esparciéndose de diversas suertes en el espíritu, tampoco hacen perder el recuerdo de la parte falsa o bastarda. En aquellos otros que inventan fondo y forma, como no hay ninguna impresión contraria que choque a su falsedad, tanto menos semejan equivocarse. De todos modos acontece que, como la mentira es un cuerpo vano y sin fundamento escapa fácilmente a la memoria, si ésta no es fuerte y bien templada. De lo cual he tenido experiencia frecuente en casos graciosos ocurridos a expensas de los que forman constantemente el propósito de ser de la misma opinión de la persona a quien hablan, bien en los asuntos que negocian, bien por dar satisfacción a los grandes; pues estas circunstancias en las cuales quieren prescindir de su fe y de su conciencia, estando sujetas a cambios frecuentes, preciso es que sus palabras se diversifiquen a medida que ellas cambian, de donde resulta que tratándose de la misma cosa, unas veces dicen gris, otras amarillo a una persona de un modo, a otra de manera distinta. Y si por fortuna esta clase de hombres acomodan opiniones tan contrarias ¿en qué se convierte tan hermoso arte? ¡a más de que imprudentemente ellos mismos se desconciertan con tanta frecuencia! Porque, ¿de qué memoria no habrían menester para acordarse de tantas formas diversas como forjaron de un mismo asunto? En mi tiempo he visto envidiar a algunos esta clase de habilidad, los cuales no ven que si la reputación la acompaña, ésta carece de todo fundamento. Es a la verdad la mentira un vicio maldito. No somos hombres ni estamos ligados los unos a los otros más que por la palabra. Si conociéramos todo su horror y trascendencia, la perseguiríamos a sangre y fuego, con mucho mayor motivo que otros pecados. Yo creo que de ordinario se castiga a los muchachos sin causa justificada, por errores inocentes, y que se les atormenta por acciones irreflexivas que carecen de importancia y consecuencia. La mentira sola, y algo menos la testarudez, parécenme ser las faltas que debieran a todo trance combatirse: ambas cosas crecen con ellos, y desde que la lengua tomó esa falsa dirección, es peregrino el trabajo que cuesta y lo imposible que es llevarla a buen camino; por donde acontece que comúnmente vemos mentir a personas que por otros respectos son excelentes, las cuales no tienen inconveniente en incurrir en este vicio. Trabaja en mi casa un buen muchacho, sastre, a quien jamás oí decir verdad más que cuando le conviene. Si como la verdad, la mentira no tuviera más -25- que una cara, estaríamos mejor dispuestos para conocer aquélla, pues tomaríamos por cierto lo opuesto a lo que dijera el embustero mas el reverso de la verdad reviste cien mil figuras y se extiende por un campo indefinido. Los pitagóricos creen que el bien es cierto y limitado, el mal infinito e incierto. Mil caminos desvían del fin, uno solo conduce a él. No me determino a asegurar que yo fuera capaz para salir de un duro aprieto o de un peligro evidente y extremo, de emplear una descarada y solemne mentira. Plinio dice que nos encontramos más a gusto en compañía de un perro conocido que en la de un hombre cuya veracidad de lenguaje desconocemos. Ut externus alieno non sit homines vice96. El lenguaje falso es en efecto mucho menos sociable que el silencio. El rey Francisco I se alagaba de haber arrollado por medio de tales artes a Francisco Taverna, embajador de Francisco Sforza, duque de Milán. Era este legado hombre famosísimo en la ciencia de la charla, y había recibido de su señor la misión de disculparle a los ojos del monarca a causa de un suceso de importancia grave. El rey, para estar informado de las cosas de Italia, de donde había sido expulsado, incluso del ducado de Milán, decidió enviar cerca de Sforza un gentilhombre que le sirviera de hecho de embajador, pero que en apariencia simulara residir en el país por sus negocios -26- particulares, lo cual era posible fingir porque el poder del duque dependía más del emperador (sobre todo en aquella época en que preparaba el matrimonio con su sobrina, hija del rey de Dinamarca, que es al presente dueña de Lorena), y no podía descubrir, sin perjuicio de sus intereses, que tal personaje tuviera ninguna relación ni comunicación con nosotros. A esta comisión se prestó un caballero milanés, caballerizo de la casa real llamado Maravilla, quien, despachado con cartas secretas y particulares instrucciones como embajador, y llevando además otras de recomendación para el duque en favor de sus asuntos particulares, para cubrir las apariencias, permaneció tanto tiempo cerca de ese personaje, que habiéndolo advertido el emperador, disgustose por ello, lo cual a mi ver dio lugar a lo que sucedió después, y fue que, so pretexto de una muerte misteriosa, el duque mandó que le cortaran la cabeza de noche, habiendo el proceso durado sólo dos días. Francisco Taverna se encargó de tergiversar lo acontecido (el rey había reclamado a todos los príncipes de la cristiandad y al duque mismo), y en sus declaraciones relató mil patrañas, entre otras que su señor jamás consideró al muerto sino como gentilhombre privado y súbdito suyo, a quien habían llevado a Milán sus negocios particulares, añadiendo además que no sabía que perteneciera a la casa del soberano, ni mucho menos que fuera su representante. El rey a su vez, acorralándole con diversas objeciones y preguntas, y cercándole por todos lados, llevole por fin al punto de la ejecución, que se llevó a cabo como queda dicho, por la noche, y como a escondidas, a lo cual el pobre hombre, confundido por completo, respondió para echárselas de sencillote, que por respeto a su majestad, el duque no hubiera consentido que hubiese tenido lugar durante el día. Puede suponerse cómo fue cogido en la trampa, habiéndoselas con un hombre de tan aguzado olfato como Francisco I. El papa Julio II envió un embajador al rey de Inglaterra para impulsarle a la guerra contra el rey Francisco. Luego que fue conocida su misión, como el rey de Inglaterra insistiera en su respuesta sobre los obstáculos que veía para disponer los preparativos necesarios con que combatir a un soberano tan poderoso, el embajador replicó torpemente que él por su parte los había pesado también y se los había hecho presentes al papa. Por estas palabras, bien ajenas a su misión, que no era otra que la de empujarle desde luego a la lucha, el rey infirió lo que se corroboró después, o sea que el embajador, por designio propio, era un auxiliar de Francia. Advertido de ello el papa fuéronle confiscados todos los bienes y faltole poco para perder la vida.
* Tomado de www.cervantesvirtual.com aprieta el link para ver las notas al pie.
domingo, 29 de noviembre de 2009
Viaje en el viaje I
En la parte grande llevo un cuaderno chico y uno grande, regalo de mi madre, que me llegó por correo, un libro que era de mi abuelo Juan, un estuche morado con plumas de colores y mi USB 254 MB, el estuche de mis lentes, mis lentes de sol flogger, la cartera y una bolsa de cosméticos.
En la cartera llevo un escapulario viejo, un billete de dólar hecho nudo, un billete de cien pesos mexicanos; un boleto del metro, la tarjeta del metro y la del metrobús. Quinientos pesos argentinos; la tarjeta del trolebús, un peso con treinta y cinco centavos y un cospel. La credencial del seguro de gastos médicos mayores y mi licencia de manejar del Distrito Federal. Y el boleto de ida a Buenos Aires.
En la bolsa de cosméticos hay un carretito de hilo dental, cepillo de dientes y pasta, un inhalador, dos pastillas de pepto bismol, tres de paracetamol; dos docenas de pasadores y un peine negros; los lentes de contacto, unas gotas de manzanilla que mi papá me compró en el aeropuerto de México, la botella de líquido para limpiar los lentes, Kleenex, un espejito, la pinza de depilar, el cortauñas y dos brillos para labios.
También voy a llevar una chamarra delgadita por si llueve y una sudadera gruesa por si tengo frío.
En la bolsa de afuera de la mochila va el celular de México: lo uso de reloj y de alarma. Y el cargador de ese celular con su adaptador para poderlo conectar. Y llevo el de aquí, por si alguien me llama y su cargador. La cigarrera, una cajetilla de cigarros, dos encendedores y una lamparita para leer en la oscuridad.
En una bolsita del lado hay caramelitos de cereza con mentol, otros que se llaman Pico Dulce que son buenísimos, un paquete de pastillas de limón y unos dulces de propóleo por si me duele la garganta.
Las llaves de mi nueva casa están enganchadas al cierre y mi llavero es un peluchito de un burro que cuando lo aprietas hace el ruido que los burros hacen y una pulsera de Pumas con la leyenda CÓMO NO TE VOY A QUERER. También va enganchado a la tela un segurito gigante que me encanta y es lo más parecido a un arma que jamás llevo conmigo. Todo es muy parecido a algo nuevo, algo viejo, algo prestado y algo azul.
En la maleta llevo mi ropa, una toalla y unas alpargatas y dos revistas mexicanas para regalar. Pesa un poco.
Y el sobre de los documentos es tan importante que tengo que llevarlo en la mochila pero tan grande que me gustaría mandarlo en la maleta.
Recen a los dioses tortuga, al árbol genealógico in heaven y si alguien tiene a Dios en su facebook, sugiérale que me mande una solicitud de amistad.
Lu =)!
viernes, 13 de noviembre de 2009
2000/2
Más o menos al tiempo que este querido espacio cumple los dos años de existencia, en algún momento entre ayer y hoy cumplió también las 2000 visitas. Siempre pensé que 2000 era poco, comparado con esos blogs a los que uno entra y hay un hit counter que ilumina tantos numeritos que hay que señalarlos con el dedo a partir de las unidades para adivinar dónde van las comas de la cantidad. Pero hace unos cuantos días me di cuenta que esta especie de cumpleaños blogger estaba por suceder, Hor me dijo.- Son más o menos tres visitas por día-. ¡Es verdad! Eso significa que desde hace dos años hay tres, por ponerle un número, personas de carne y hueso que pasan por aquí y miran y esperan, sonríen y se baten a duelo junto conmigo. No hay cosa más conmovedora que eso.
Yo tengo para mí que no son 2000 sujetos, sino que son muchos menos. Un número que ha ido aumentando de a poco, pero que en realidad cuenta porque son gente que vuelve. Tampoco es el blog más comentado del universo, pero a través de esas participaciones intuyo que es así. Que uno que pasó alguna vez por aquí sin darse cuenta terminó de nuevo en este sitio por alguna causa, tal y como le sucede a uno cuando se sienta a reflexionar en la sala de abordaje, el imposible deja vu del "yo ya estuve antes aquí" que te lleva a unir puntos para formar la figura de la persona que eres hoy, de las relaciones que ese ser tiene con los demás y de cómo nos parecemos en la nostalgia, en las causas y defectos, en los ecos y las ansias de soltar.
Al día de hoy, otros espacios como Facebook, que parece un tortazo, realmente han contribuído a que haya cada vez más pasajeros. No es mucho lo que he hecho para que De aeropuertos se sostenga, simplemente seguirlo abonando. Y muchas de esas veces pajeras que uno piensa "no tengo a nadie" como la canción del gusano, lo que queda cuando todo lo demás ha sido rastrillado por la estupidéz es la posibilidad de esta entrada, vacía hasta que decido llenarla, un espacio ficticio colmado de vasos medio llenos de mí y de todos esos vínculos que estampan sellos de colores en las paginas traseras de mi pasaporte al mundo.
No es que existo a partir de esto, pero esa parva de pasajeros despistados que nos sentamos en estas butacas azules, incómodas, frecuentemente nos damos cuenta de que nos acompañamos mutuamente; eso es bello.
Ahí arriba hay un link con Muerte sin fin de José Gorostiza. Es un poema largo, que puede leerse en una sentada o dosificando los versos homeopáticamente en años, pero si alguien tiene tiempo de darle una peinada, es un regalo que yo recibí de mi querida maestra de retórica anciana y dulce Dolores Castro y entonces, formados los tres en fila para subir a un avión, nos miramos las caras, sin contar con explicación alguna de cómo es que de pronto Gorostiza/Lola y Lucía terminaron en el mismo lugar, descubriendo que tenían cosas en común.
A veces simplemente no sé a quién darle las gracias. Doy un abrazo o beso el escapulario que cuelga de mi cuello y pienso en esa larga e improbable línea de sere humanos formados delante mío, detrás.
* ¿Su pase de abordar por favor?
.- Aquí está.
La mujer le troquela un redondelito perfecto y me lo devuelve:
* Adelante-. dice.
Abro mi pasaporte y atoro ahí el tíquet. Seguro me lo piden llegando a mi destino y si no, me gustaría guardarlo de recuerdo. Antes de avanzar por el túnel me doy vuelta. Ella me mira...
* ¿Se le ofrece algo más?
.- No...
Pero no me voy. Miro al suelo. No sé si decírselo, a lo mejor no lo va a entender, pero si no se lo digo me voy a quedar con las ganas. La gente que falta por checar su tíquet espera su turno. Sus ojos me urgen: se lo digo o avanzo, no hay de otra.
.- Oiga...
Ella espera una pregunta. La tensión se termina cuando se dispone a atenderme.- ¿Sí?
.- ... Gracias.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Super Yo: el superhéroe maligno
* ¿No hiciste mucho? No hiciste NADA, querrás decir.
.- No sí. Sí hice. Lavé los platos, me bañé. Conseguí peinarme y cociné una pila de milanesas. En la tarde fui al super, a la pollería y a la panadería. Es más, de regreso pasé por una veterinaria y entré a pedir trabajo y les dejé mi teléfono. Podría bañar perros un par de días a la semana.
* Sí idiota... podrías hacer un montón de cosas en vez de freír milanesas. No me salgas con la mamada de que eso es lo que quieres hacer en la vida. Bañar perros, no mames Lucía.
.- Pero cuando me fui a dormir estaba contenta. Sentía que había hecho muchas cosas. Tal vez no cosas importantes, pero hice. No sé por dónde empezar o si es que ya empecé. No sé qué es lo que sigue o qué buscar si en realidad todo lo que deseo lo llevo conmigo. Si ir a comprar el pan es un comienzo o debería estar haciendo otras cosas.
* Otras.
.- ¿Como cuáles?
* No sé. Tú tienes muchos sueños. Tomarte la vida como viene no te va a llevar a ninguna parte.
.- ¿Tú cómo sabes eso? Después no pude dormir. Me desperté triste y cuando me bañaba esta mañana me eché a llorar. ¿No puedes irte? ¿Callarte de una vez? ¿Qué haces aquí? ¿Quién carajos eres tú para estarme hostigando todo el tiempo?
* Soy Super Yo: el superhéroe maligno.
.- ¡Vete!
* No me voy a ir a ningún lado. Atravezaste el mundo y sigo aquí, ¿No te has dado cuenta? Jamás podrás deshacerte de mí. Estoy aquí para dificultarte las cosas. Para hacerte enteder que lo que tienes que hacer es sentarte a escribir nuestros díalogos, por lo menos. Que te dejes de pendejadas de llorar en la regadera. Ya deberías haber comprendido, al menos un poco.
.- ¿Qué es lo que tengo que entender? Nunca me has explicado nada.
* Eso justamente: ¿Cuántos momentos maravillosos has tirado a la basura por estarte peleando conmigo? Simplemente deberías hacer lo que te digo.
.- Eso es fácil, pero tú nunca me dices qué hacer. Sólo das ideas. No logras nada con eso. Eres como un artista flogger: te sientas en una mesa con la pierna cruzada luciendo tus estúpidos tenis de diseñador para hablar de proyectos posibles e ideas fantásticas pero no llevas a cabo ninguna. Sólo son tú y tu postura fundamentada en filosofías de las que has oído hablar en mesas de café. Y tomas vermouth y te crees muy chingón. Enr ealidad creo que eres un pendejo atómico.
* ¿Ah sí?
.- Sí. Pendejo.
* Entonces ¿Por qué perderías tu tiempo hablando conmigo?
.- No lo sé. Por eso lloro. Nunca encuentro una solución. Sabes mucho más que yo acerca de la maldad. No puedo ganarte y si sí, no sé cómo hacerlo. Siempre encuentras la manera de perturbarme.
* No soy yo Lucía. Eres tú. Tú eres la que está perturbada.
.- Sí claro... Ya sabía que ibas a contestar eso.
* ¿Ah sí?
.- Chale.
* ...
.- Vete a la mierda. Me caga escucharte y tener que hablar contigo. Lo tuerces todo. Me haces sentir confundida. Me produce mucha angustia nunca jamás poder ganarte. ¡Yo no estoy perturbada! ¡NO ESTOY PERTURBADA!
* AAAAAAjajajajaja.
.- ...
* ...
.- ... De qué te ríes... ¡Imbécil!
* Qué linda eres Lucía.
lunes, 2 de noviembre de 2009
Sur
30 de octubre, 2007.
Ella había tenido que aprenderse las calles y los atajos por los que debería ir frecuentemente. Conocer de memoria el Sur de la cuidad. La ubicación exacta de las sucursales de los bancos, las rutas de los camiones, la línea del metro con los nombres de las estaciones, los días que colocaban los tianguis en las diferentes calles de diferentes colonias y los verdaderos nombres de las colonias. La correcta ubicación del destinatario, el remitente y las estampillas en el sobre de una carta. Entre otras cosas.
Era la menor de tres hijos. Su padre, veterinario, de joven había sido boy scout, luego rescatista en el temblor del 85. Su madre, emigrada de Argentina casi treinta años atrás, fue algún tiempo enfermera de la cruz roja en la división de quemados y titular de un puesto importante en la fiscalía de apoyo a las víctimas de violencia.
Una familia de entusiastas. Les gustaba emprender aventuras. Una vez se habían ido a Alaska en una camioneta verde, todos juntos, y habían tardado cuatro meses en ir y volver. Un día, decidieron bienaventurarse a vivir a la patria materna, puntualmente a la cuidad de Córdoba. Y se fueron. Primero sus hermanos mayores. Después ella, que estaba a punto de cumplir los trece años y decididamente ya podía viajar sola en avión: tomaría el vuelo de Lloyd Aero Boliviana el día 28 de enero de 1998, disfrutaría unos días de vacaciones acompañada de su abuela y sus tíos y primas, se instalaría de manera pasajera en casa de alguno de ellos e iniciaría el ciclo escolar a principios de marzo. Sus padres tendrían que quedarse en México hasta abril, fecha en la que más o menos ya estarían resueltos los trámites de la venta de la casa y los papeles notariados, actas de nacimiento marcadas con el sello del tratado de
La burocracia hizo su parte y no fue en abril sino hasta octubre, que sus padres fueron llegando a destino, seis meses después de lo planeado.
Y fue durante ese tiempo que ella, la menor de los miembros de la entusiasta familia, pasó los seis meses más espantosos de su vida; la entrada a la adolescencia, acompañada del proceso de desarraigo-adaptación y una púrpura trombositopénica medicamentosa, producto seguramente de todo lo anterior, la llevaron a conocer lo opuesto de entusiasmo.
Quizá en las leyes de Mendel o en El miedo a la libertad de Erich Fromm, podríamos encontrar fundamentos para lo que sigue. Y ya que cada uno de los 16 tatarabuelos de esta niña había trepado a un barco para venir a hacer
A ella, que tanto llegó a aborrecer después el romanticismo absurdo de los sesentas y setentas. Las imágenes de los presos políticos, las madres de
Ella y su madre fueron las últimas en volver a México. Sin ningún cálculo ni fanatismos numerológicos, un 27 de enero del año 2002 treparon a un avión y exactamente cuatro años después de haberse ido, ella volvía a pisar su auténtica tierra, no sin antes sufrir una especie de ataque de pánico celeste porque desde que faltaba una hora para aterrizar, ya nunca dejó de ver las luces de las casas que le apuntaban Bienvenida a la cuidad monstruo.
El pánico de perderse y nunca encontrarse, la melancolía por la pequeña cuidad adolescente y el recuerdo de todos esos abuelos y abuelas que no se habían dado por vencidos, la hicieron aferrarse a la decisión de salir adelante. La rosa de los vientos, mapamundi, Continente Americano, América del norte, México, zona conurbada, Distrito Federal, zona Sur, Circuito Diamantes 149, Colonia Joyas del Pedregal, Delegación Coyoacán, Código Postal 04660 y todo el primer párrafo, se fueron arraigando en ella por la necesidad de tener algo que nunca se quedara atrás, que no se mudara de hemisferio, que no pudiera irse lejos.
Han pasado casi diez años desde ese día en el que todo cambió. Hoy, de lo único que tiene certeza es de todas esas cosas que tuvo que aprender y que con el pasar de los años se van volviendo inútiles. Las otras certezas antiguas las perdió seguramente en algún aeropuerto. El miedo de perderse ya no lo tiene, aunque el miedo de nunca encontrase, persiste.
Cuando está lejos de su casa tiene la habilidad de ubicar hacia qué dirección queda el Sur, y mira hacia allá para asegurarse de que en algún lugar en ese sitio, está la casa en la que vive. Pero con la mirada, tal vez, busca ver más allá.
Más allá del Ecuador, más austral, trece mil kilómetros al Sur, está aquello que intenta evocar en el horizonte. Allá donde su familia perdió el entusiasmo, a lo mejor valdría la pena regresar, a tratar de encontrarlo otra vez.
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viernes, 23 de octubre de 2009
María:
Leímos el I-Ching. Entusiasmo me dijo. La danza, el teatro, la música. La soledad y la desolación. El movimiento.
La fuerza. No estás sola Lucía.- tu historia te acompaña. Tú María. Tu cuerpo y tu cara. El Sureste. Tu casa, nuestros amigos, mi gente. El cineclub. La oscuridad detrás de escena. Esos ojos de camello que me miraban de frente.
Todo está aquí María. Amanece y el sol se pone. Los días alegres y los tristes. Los lugares comunes.
Puedo sentir la velocidad de las cosas... la saliva se detiene y me permite mirar un momento.
"Leave". Dejar, permitir, ahuyentar. Las hojas caídas. El ritmo agudo, ahogado.
Se juntan los pintores y los punks. Los sujetos del amor, los efectos con ricitos.
El mundo sigue aquí María. Lo digo sin sentir dolor. A bordo de una línea de bajo, como si emprendiera una travesía. No sé a dónde voy a llegar pero traje todo lo que tenía. Dejé allá pruebas, vestigios de heroísmo.
No tengo alas. Soy linda: la piel se me sonroja y no termino de entender si empieza el verano o acaba el invierno. Los billetes están rotos y arrugados y el río se ve vacío; corre como tirado de un hilo. El sol es dorado fresa y los amaneceres violeta. Las latas las abren los hombres. La guerra está lejos pero se trae en la nostalgia. Te extraño flaca.
Me gustaría contarte todo esto. Pasar mucho tiempo callada y charlar con amigos. Escribir una carta. Estudiar a Esquilo. Abrazar a mi madre y a mi padre, tenerlos cerca. Tú eres mi hermana. La Caro, el Juan, mis primas.
María Laura, la que se casó, vive en casa de mi abuela. El domingo estuve ahí.
Un sillón anaranjado apareció en la entrada y la casa de una pareja. Sus cosas. En el cuarto de adelante un montón de muebles apilados conducía el camino a la puerta del clóset. La persiana de madera que no deja entrar el frío estaba baja e iluminaba de verde clarito el cuarto. La María estaba en el patio jugando con la perra. Me acerqué tanteando la madera. Apreté la puerta para que corriera bien en el riel.
Ropa doblada. Cartas y bolsas de lástico envolviendo documentos. El olor de la naftalina y algo dulce, parecido a la paja o el mimbre. El tacto de mi abuela Luci...
Había caminado casi dos cuadras rumbo a la parada del trolebús. La tarde seguía y sonreí porque había llorado cuando abrí el segundo cajón del ropero. Tomé una camiseta de algodón entre las dos manos y la apreté contra mi cara. Dije Lucía; nona. La amé tanto. Caminé haciendo olas con pasos pequeños y enuncié en mi cabeza las primeras palabras de una carta dirigida a ella, luego sonreí otra vez. Ya no estás lejos.- pensé.
Mañana compro un sobre de papel de estraza y pongo esta carta en el correo.
Nada se acaba María.
Con todo mi cariño: Lu.
viernes, 9 de octubre de 2009
Lista imaginaria
Unos días antes había recordado perfectamente la sensación en las manos de esa mesa a la que ahora estaba sentada.
Los peines estaban en el mismo cajón, debajo del lavamanos. El olor de esa casa, todavía mezclado con el del invierno. Pensó que podría quedarse ahí. Que sus tíos y sus primas eran otro par de pares, otras hermanas.
En la capital se había sentido extranjera. Incluso teniendo la posibilidad de cambiar el switch y hablar como argentina, al pedir un refresco había tenido que tomar la decisión rápido y al hablar se aferró a su tierra.
.- ¿Me da un refresco de toronja por favor? Ese. No, el de abajo, sí
ese.
Todavía no había tenido tiempo de llegar del todo: apenas desempacó dos o tres cosas, salió con su tía y la Dani a hacer unos quehaceres y comprar un par de cosas al super. Cenó con su familia y tomó dos copas de vino. La cena sabía también un poco a invierno. ¿Allá está el norte verdad tía? No recordaba haber visto el atardecer nunca en Córdoba, auqnue tampoco creía, no podía ser... sólo no se acordaba. Apuntó eso en una lista imaginaria: ahora lo vería.
No olvidaría hacia dónde quedaba el norte. Pediría un mapa en el centro para recordar el orden y el sentido de las calles. Pediría prestado el coche y conduciría hasta Alta Córdoba, tomando por la Cañada.
El grifo de la cocina todavía perdía agua, con el mismo ritmo
una, una, dos, una una una, dos.
La cuidad había crecido y la gente decía que las cosas no estaban del todo bien. Pero ESTABAN.
miércoles, 7 de octubre de 2009
Terminal 2, sala 58/59
Antes, son sólo como exorcizar un alma que no está endemoniada y enviarla lejos. El presente se queda solo y vacío y el contenido completo de la caja de Pandora se muda al destino, dejándote incapáz de conservar contigo ninguna virtud ni vicio para operar en la cotidianeidad que resulta de la espera. La espera es el duelo entonces. Cualquier construcción o proyección posible se cierne allá y aquí está un remitente del que sólo queda tiempo y espacio.
Y así, después de aguardar tandas de semanas que de a poco sólo son ya días y noches, horas, después filas, turnos; alguien corta ese elástico ya delgadísimo que tensa lo poco que queda de alma, sin decir ni hola ni sí, sólo recibe tu equipaje, te pregunta tu nombre, te entrega papeles que no tienes que perder y te indica por dónde, a qué hora vas a empezar a recorrer el camino que te reuna de vuelta con tus ilusiones.
En una sala de abordar como un iceberg, te quitas el abrigo y te tocas las mejillas para ver si con las palmas puedes retirar un poco de calor, y reflexionas en que, desde que empezó esta espera, no habías percibido nada tan cálido como esto.
jueves, 10 de septiembre de 2009
Oposiciones
Kaambal significa aprender y enseñar...
Kaxan (kashán) significa buscar y encontrar...
Tómala barbas.