jueves, 3 de diciembre de 2015

Sistema operativo

Dentro de este polígono de paredes alquiladas
entre las lianas de cobre cubiertas de plástico negro
entre medio de todos estos forros y pastas, lomos, solapas,
hojas descosidas, despegadas, sin tapa y entre
las pilas de discos compactos que no tenemos dónde tocar
envejece mi sistema operativo
y seis años no han pasado volando sino
mutando,
avanzan con pasos de mamut.
Calaveras eléctricas yacen en los
cajones llenos
de dispositivos
vacíos,
no se rompen cuando caen al suelo.
Hemos comprado
teléfonos que ya no se pueden marcar,
adaptadores
para los aparatos perdidos
en los bolsillos del equipaje que guardamos
para hacer viajes que nunca se llevan a cabo.
Ese horno de microondas
grande como una ventana
funciona pero ya no puede usarse
porque no cabe, pasó de moda,
hay que aterrizarlo porque sólo tiene dos patas,
es peligroso
ahora.
En el corazón de la máquina algo gira ágilmente y repica
cuando la escucho con atención parece
querer decirme algo
antes
de apagarse
sin motivo.


miércoles, 25 de noviembre de 2015

Distorsión


Durante el estado de sitio habíamos ensayado
cómo hacer cortinas con cables que recogimos en la avenida
hemos dejado millones de botellas vacías
y esperan en la vereda
a que volvamos a buscarlas
y rellenarlas de arena
cuando todo se vaya a la mierda.
Hay un montón de campo aquí cerca, tenemos
cajas llenas de semillas y bolsas rellenas
de bolsas de naylon
el vientre vacío y las sábanas gastadas que bordó mi bisabuela,
muchos libros, algunas maderas.
Ayer tuvimos que ir a casa de mi suegra a pedirle dinero.
Sacó del cajón los billetes que el banco le dio a cuenta de su jubilación,
ella fue maestra rural,
y nos prestó mil pesos
que ahora se sienten como si el estado nos hiciera el favor de ayudarnos.
Seguimos siendo niños. No queremos ir más a la escuela. No queremos
vestirnos con ese uniforme amarillo y violeta
y sentarnos
detrás de un escritorio como este
lejos de casa. No tenemos dinero
para comprar zapatos caros, por eso no corremos,
por eso no tenemos un empleo.
El plan B es juntar a un par de locos
y ocupar un terreno
casas de cartón y cables de red
y criar hijos
para que nadie pueda echarnos.
Pero hoy, como nuestras madres y nuestras abuelas,
enumeramos unos ante otros
los gastados enunciados del contenido de la heladera
No hay pan
no hay Tang
y nos sentamos a comer fideos con salsa, un vaso de agua helada
calentamos el café de la mañana, el único vicio caro que nos queda,
y volvemos a nuestras trincheras detrás de la mesa
donde las teclas emulan el sonido de la próxima lluvia.
Ya no tenemos fuerzas para volver atrás.
Hay en el fondo un montón de ladrillos huecos.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Red oculta


Hay un dedo en el agua.

Las naranjas no pueden comerse.

Conectar a una red inalámbrica oculta.
No tener que repetir cómo fué que llegué hasta aquí
eso me alegra mucho de estar a tu lado.

Me olvidé el libro de Gabriel en el alféizar. Nadie usa más esa palabra
pero lo olvidé ahí.
Había olvidado tu cuerpo y el olor de la desgracia.
Pensé que ya no quedaban más árboles como estos. Soñé
que los árboles estaban libres de toda enfermedad
y que las naranjas eran dulces y podían comerse apenas
arrancadas de la rama.
La red recoge los frutos para que no revienten contra el suelo,
son increíblemente grandes, deliciosos. Nunca creí empaparme
con sólo acercar mi dedo.

No te equivoques hermoso brote de clavel, una flor como vos
es una bendición. No permitas que las plagas se apoderen de lo único
que puedes dejar ondear ante el viento.
Lava tu cuerpo,
conserva tu gentileza. Es increíble que sólo hayas cambiado
para hacer más robusto aquello que te sostiene ante mis ojos.
Una vez más me hace bien verte.

Una vez tu sonrisa me indicó la dirección correcta
y todavía nos seguimos encontrando
bajo un techo de estrellas
junto al fuego
y las palabras son dulces
tocaste mi hombro
y escuchaste mi voz
cuando dije te quiero.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Online Radio/Más de lo que te imaginas

No entiendo cómo funciona un teléfono
sé
que los electrones hacen cosas insólitas para los humanos
nosotros sólo podemos ir
de acá para allá en nuestro atuendo de pellejo
y nuestro cerebro electrificado realiza
sinopsis de las que no tenemos noticia
a menos que tomemos esas pastillas color de rosa todos los días.
Mucho menos me cabe en la cabeza
cómo es que llegan hasta aquí
las ondas de radio que emite una antena clavada
en la Colonia Santa Fe, en la Ciudad de México
o en el lejano territorio de Juneau, capital de la extranjera
República de Alaska. ¿Y el cable de red?
¿Y mi conexión wireless?
Todo alrededor vibran sonidos silenciosos,
frecuencias que agitan nuestras membranas aunque no
nos demos cuenta
todo esto es un gran misterio
como dios
la universalidad
o esa historia en la que
el hay más de uno y éste flota
en el espacio,
en compañía de todos los otros universos posibles.

Eso que nos conforma
es incomprensible
aunque parece fácil encender
la radio y escuchar música
y la voz de un viejo amigo
un domingo a la noche
mientras se cocina la cena.

lunes, 26 de octubre de 2015

Voz media


Transmitir boca a boca la sensación de tu alegría
colocar canciones en tu mesa de noche
Cerrar los ojos de cara al sol de la tarde, dejar curtir la piel mas no el alma. El alma
suave no se herrumbra, el alma firme no se desprende de súbito de quien
mantiene encendida su llama cada día
merodear en los lindes de la gracia
suplicarle a los árboles que no dejen de mecerse no dejen
de soltar sus hojas sobre las veredas mojadas. Guardar
las palabras por si el silencio agotara
nuestra calma.
Escapar a los débiles nudos de la lengua mutante.
Resguardarse de las multitudes acorraladas tras el alambre.
Ignorar ante todo sortilegios y panfletos, descartar cualquier diagnóstico irremediable.
No volverás atrás. No pisarás tus propios pasos.
Vamos camino hacia ningún lugar mas seguiremos adelante.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

El Rey Del Pasto II


El Rey del Pasto termina de armar una ametralladora de bubble gum crisis.
El polen es color violeta como el humo que expelen sus aureolas. Exhala.
Todo este tiempo estuvo en su casa. Quién hubiera creído otra cosa. Ese muñeco pendejo a cargo de todo no pondrá jamás un pie adentro ni cerca de su trampa.
Ayer recibió una llamada en su oficina en casa. Alfredo, en su silla eléctrica motorizada, le trajo el teléfono para que atienda
el tubo, unos labios carnosos fundidos con brillantina lila.
¿Aló? Dice el Rey.
Es su doble al teléfono.
No puedo soportar más esta mentira, jefe. Me están apretando mucho. Quiero volver a Culiacán a ver a mi familia.
¿Escuchaste eso, Alfredo? Pregunta el Rey al mayordomo.
Alfredo asiente. Baja a la Baticueva. Lo recibe un drone que flota a su alrededor. La voz electrónica cumple con sus comandos.
¿En qué puedo servirle, Amo?, dice el robot con su voz de lata.
Envía la baticleta al penal. Hay que sacar de ahí al CH-G2.
La baticleta es una máquina realmente magnífica. A través de un control
remoto Alfredo y solamente Alfredo el mayordomo puede manejarla.
La baticleta zarpa desde la residencia secreta del Rey y cuarenta minutos después
aparece frente a la celda del CH-G2, la apariencia del reo haría dudar a cualquiera,
podría ser un clon del Rey del Pasto pero sólo un clon. Rey del Pasto sólo hay uno.
Al día siguiente el CH-G2 se reporta desde Sinaloa:
Mi querido jefe, ya estoy aquí. Mis sobrinos me están haciendo una barbacoa. Todo el pueblo está contento. El lunes le deposito las dádivas.
El Rey se alegra.
Me alegro mucho, dice. Hiciste todo muy bien.
Mientras tanto en el penal los de la PGR no saben ni pa dónde se les fue el capo.
Tenerbisa avisa de una red de narcotúneles
como si fuera un cuento nuevo. Los reporteros
no saben que el bebé Ascárraga toma de la rica recién desembarcada por uno de esos
igualito
que va a parar directo a su oficina de San Ángel.
Pero Rey no se mete con ellos ni se mete ya nada
más que algún canuto cada tanto, cuando su nena
y él ya han tomado el desayuno juntos a la mesa y la princesa
se marcha rumbo a la escuela.
Después de mirar el noticiero de la mañana
sin volumen y reírse de las locas historias que inventan los que mienten
y los que no saben nada, el Rey se toma un tehuacán con limón
y baja a la alberca. Se echa un clavado y da algunas brazadas,
se pasa la mañana haciendo el muertito, flotando en el agua,
escuchando el sonido del filtro que separa lo sucio de lo limpio. Trata
de olvidar los días en que huía de algo. El cannabis le ayuda a relajarse.
Más tarde Alfredo llama. Es la hora del almuerzo y la princesa ha regresado.
El Rey se enrosca en su bata gastada,
sube la escalera en patas y se sienta a la cabecera. Su hija le da un beso
en la frente mojada.
Ambos comen la deliciosa comida de su dieta balanceada. Los científicos rusos
la inventaron. El Rey pagó por ella dándole trabajo a más de seis mil mexicanos.
El Rey reza en silencio antes de probar un bocado
y pide al cielo que su hija y él puedan
vivir juntos algo así como un millón de años.

martes, 29 de septiembre de 2015

Dulce


Cada vez que te maldigo
una pizca de azúcar se vuelve
negra. El café
se traga y disipa las imágenes de aquella ciudad.
Hermanos lejanos habitan
tras los muros hechos de fajos
de guita/ladrones
que alguna vez entraron por
la ventana del baño.
Había quedado abierta
mientras pasábamos un día en el campo.
Me pidieron que me quedara en el auto
mientras los adultos volvían los cajones
a su sitio y tiraban las sábanas
al lavarropas como si alguien hubiera muerto dentro.
Anoche soñé que tenía una pistola en la mano
y apuntaba, apretaba el gatillo. Era fácil la muerte
era tibia como la sangre
que fluía (era dulce) por un agujero
que atravesaba mi cerebro.
Sólo estaba el cuerpo.
Nada me preocupaba.
Más fácil de lo que pensé.
Entraste cantando a la habitación
llevabas en brazos al gato
abriste la persiana
y entró la luz.
Había llovido
y no lo supe
hubiera querido escuchar la lluvia
sentir la humedad que trajo un día sereno y limpio
pero estaba dormida
soñando que me mataba.
Al parecer cualquier arma de fuego lastima la carne,
incluso al despertar. La cabeza me explota.
La fortuna no me ha traído la paz.

martes, 25 de agosto de 2015

Sonar

En los silencios de la música
se escucha claramente una tormenta que cae
en alguna parte donde siempre llueve.
El hombre pájaro pasó frente a mi casa
como cada día a esta hora,
dijo que somos un sonar y nuestra
alma es un valle. El sonido es invisible y
reverbera en una frecuencia que no somos capaces de escuchar.
En las cuencas de nuestro valle, quizá allá lejos,
los cambios ocurren, se desgarra un acantilado,
un árbol cae y hace ruido
aunque nadie lo escuche.
Nuestra alma es un valle, dijo,
un valle lleno de recovecos,
en algún lugar ha llovido durante todo este tiempo.
El diluvio
continúa
y los animales se ahogan en lo profundo de las barrancas,
la crecida los toma por sorpresa, y a los hombres también,
construyeron su casa a la orilla del arrollo quieto.
El agua brilla en el fondo de un pozo seco.
Los riscos más altos se volverán islas
y algún día volveremos a encontrar tierra o crecerán nuestras aletas.
El agua amplifica los sonidos y sobreviviremos en la corriente
hasta varar en la costa. Ahí, finalmente,
alguna criatura erguida utilizará su bisturí
para comprobar nuestra causa de muerte.-
Reventaron por dentro.

viernes, 21 de agosto de 2015

Duelo N° 11,139 Cosas que flotan


Fascinada con el genio de los muertos por sobredosis y los suicidas
dejé todo.
No conseguí extasiarme ni
convertirme
en un sonido aterciopelado,
encontrar nuestro espíritu en el follaje de un árbol.
Ningún ladrillo fue suficiente
para levantar un muro suficientemente alto
que pudiera llamarlo por el nombre de casa.
Sólo, si acaso, algunas paredes prestadas,
momentos esperando bajo mi propia sombra en el verano,
espiar a la gente que baila sin vergüenza
y a los chicos que navegan
barcos de papel en la cuneta.

Los pasos de aquellos que se retiran sin 
llevarse nada consigo
son melodías exactas
y nosotros aquí
equivocados,
con la única certeza de volver a encontrarnos,
extrañamos los sueños 
en los que flotamos
y seguimos afilando nuestros globos para
entender cómo será el mundo mañana
sin éxito.

La fe también flota
aunque no sé de qué se trata.

miércoles, 29 de julio de 2015

Carta En Off al Dr. René Favaloro o El experimento

“(…)
En este momento y a esta edad terminar con los principios éticos que recibí de mis
padres, mis maestros y profesores me resulta extremadamente difícil. No puedo cambiar, prefiero desaparecer.
(...)

Sólo espero no se haga de este acto una comedia.”


René Favaloro.
Carta a Fernando De La Rúa, Presidente de la República Argentina.
29 de julio del 2000.




Estas primeras líneas que están aquí escritas no tienen la menor importancia, los editores contemporáneos la cortan sin dudarlo; a ningún lector le interesa saber lo difícil que es empezar por el principio, encontrar un principio, alguno, mucho menos se hable de vivir -o morir- respetándolo. Dicen que estos párrafos menores sirven solamente al escriba para aflojar la mano, no importan las ideas ni su orden, mucho menos los sentimientos de un joven muchacho o un viejo sepultado en algún lugar de la vibrante Buenos Aires. ¿Cómo se encuentra esta noche en su tumba, Dr. Favaloro? Calculo que las cornetas de la victoria se escuchan ahí como gemidos de antiguos mastodontes.

El día que Ud. terminó con su vida encontré a mi abuela Lucía llorando en la cocina, escuchando la radio, dentro de veinte días habrán pasado exactamente catorce años. Me contó lo que había ocurrido. Entonces, apenas pude comprender por qué lloraba mi abuela; sin duda era una ironía. Me imagino a un joven René las noches de guardia cabeceando junto a una camilla, renegando todos los días de su vida con dios y con el diablo por culpa de una estúpida válvula viva, perfeccionando en su cabeza un invento
que cambaría para siempre la historia de la medicina mientras decenas de familias lloraban en las salas de espera del Hospital Güemes por una puta orden grande de papas fritas con huevo y queso, rezando para que la cena de la noche anterior no hubiera sido la última de aquellos hombres muertos, todas esas cabezas de familia.

Lo que no entendí en aquel momento es lo que ahora entiendo, y por ello es que escribo esta carta para un suicida. Quizá sabiendo que alguien comprende el motivo de su muerte verdaderamente -aunque ya no importe- Usted sienta por un instante que todo valió la pena. Siento pena, Dr. Favaloro, y hoy entiendo por qué se quitó la vida. Quizá esta lección evite que yo consiga disipar mis locas ideas de volarme la cabeza, pero las ideas siempre son difíciles de ordenar, ya lo dije más arriba, tal vez a Usted no necesito explicarle demasiado.

Voy a decirle algo que quisiera decirle a otras personas pero no puedo, por eso me gusta hablar con los muertos. Me siento honrada de que Usted reciba ahora mis palabras; no tengo nadie con quien hablar y nadie mejor que usted comprendería. Mire...

Yo no soy ciudadana de ninguna parte, no tengo obligaciones civiles más que las  que proceden de mi propia ética, y quiero decirle esto a los ciudadanos del mundo, a las personas de América sobre todo, mi patria grande, mi pedazo de tierra:
Así como soplan la corneta cerca del Abasto, con la misma entrega a la Nación Argentina, a esta tierra que no es mía -todos los días lo recuerdo-, con la misma fuerza habríamos de hinchar para ser todos un equipo. Así como ahora, todos los días. Porque el Campeonato Mundial de Futbol, Dr. Favaloro, me hace sentir pena por los seres humanos, porque ahora festejamos estar todos juntos, tener la misma camiseta y experimentar la misma alegría, pero nunca hacemos eso mismo unos por otros sin el teatro que montan las multinacionales, sin este gran circo que montó la Organización de las Naciones Unidas. Nunca -o casi nunca- somos de abrazar a los que están al lado con el corazón en la mano, ser auténticamente felices, nunca por sus logros, ni por los míos, por nada que venga del prójimo, mucho menos por el sólo hecho de estar aquí reunidos.

Reconozcámoslo: somos marionetas.

Suena lindo la alegría, suenan lindo las trompetas, esta tierra es hermosa y está llena de gente sabia y de gente buena. Sólo por hoy estamos juntos para siempre. Sólo por hoy somos compañeros incondicionalmente. Ganamos por penales, todo gracias a Sergio Romero, arquero de la selección Argentina. Me da mucho gusto sin duda por él, y por su equipo. Alegrémonos todos, pasemos la noche en vela bebiendo, brindando, cantándole a nuestra patria, a nuestra bandera. Pero ¿Por qué no podríamos ser así de unidos por nuestra gente? ¿Por qué no podemos pedir con el mismo ahínco? ¿Por qué no podemos llevar a cabo las tareas de educación y servicio, el trabajo de devoción y confianza que exige ser parte de una República y seguimos fomentando su Soberanía? ¿La Soberanía de quiénes?

Desearía, Dr. Favaloro, que este momento se congele y sigan sonando en mi ventana las cornetas eternamente. Desearía ser víctima de esta alegría, que me arrobe, que me eleve, que me lleve más allá de mí misma, a deshechar la ignorancia, a la conquista de la sabiduría. Que a cada quien en su casa, frente a su tele, con su cerveza Quilmes, con nuestros YPF, que a todos nos pasara lo mismo,
que tuviéramos una epifanía.

Pero mañana todo va a volver a la normalidad. El día de la patria va a quedar atrás y no tendremos que plantearnos si San Martín o Bolívar o José María Morelos eran en verdad libertadores o sólo querían dejar de pagar impuestos a la Corona de España para quedárselos ellos. Qué le importa eso ya a los pueblos independientes de América. Qué carajos le importan estas preguntas a nuestra autonomía.

Mientras escribo estas líneas miro en el Facebook las fotografías de cómo explotan manzanas enteras en lo poco que queda de Palestina. También leo el Código de Núremberg, el mismo que Ud. cita en su carta suicida. He aquí algunos de sus principales artículos: 

* El experimento debe ser tal que dé resultados provechosos para el beneficio de la sociedad, no sea obtenible por otros métodos o medios y no debe ser de naturaleza aleatoria o innecesaria.

* El experimento debe ser realizado de tal forma que se evite todo sufrimiento físico y mental innecesario y todo daño.

* No debe realizarse ningún experimento cuando exista una razón a priori que lleve a creer el que pueda sobrevenir muerte o daño que lleve a una incapacitación, excepto, quizás, en aquellos experimentos en que los médicos experimentales sirven también como sujetos.

* El grado de riesgo que ha de ser tomado no debe exceder nunca el determinado por la importancia humanitaria del problema que ha de ser resuelto con el experimento.

* Deben realizarse preparaciones propias y proveerse de facilidades adecuadas para proteger al sujeto de experimentación contra posibilidades, incluso remotas, de daño, incapacitación o muerte.

* Durante el curso del experimento el sujeto humano debe estar en libertad de interrumpirlo si ha alcanzado un estado físico o mental en que la continuación del experimento le parezca imposible.

* Durante el curso del experimento el científico responsable tiene que estar preparado para terminarlo en cualquier fase, si tiene una razón para creer con toda probabilidad, en el ejercicio de la buena fe, que se requiere de él una destreza mayor y un juicio cuidadoso de modo que una continuación del experimento traerá probablemente como resultado daño, discapacidad o muerte del sujeto de experimentación.


Me pregunto qué clase de experimento está llevando a cabo la FIFA. Si realmente vale la pena ser testigo de esto y tratar de seguir vivo a pesar de sus signos, a pesar de no morir en el intento por qué nadie ejerce su poder de cambiar el mundo, de darle una patada en el culo al dinero, de dejar de pedirle educación al abstracto ente de El Gobierno, dejar que todo se resbale, como una dosis de morfina. Una dosis de taurina para seguir adelante sin importar para qué carajos, queremos libertad y no tenemos nada, una victoria en un partido de futbol, por ahora, para Argentina, y el mundo se vuelve cada vez más cruel, Doctor. Gente necia, vos, yo...


Ayúdeme desde el lugar en donde se encuentre. Cure este mal que me afecta:

Afecta mi corazón, aprieta mis venas.

Permítame pensar que todo esto vale la pena...

Mañana vamos a ser mejores personas. Vamos a dejar de ser quienes somos ahora.

Súbitamente

toda la historia nos va a importar una mierda

y vamos a mirar al que está al lado, vamos a

preguntarle

qué le hace falta,

y si podemos dárselo se lo demos,

y si no, podemos pedírselo a cualquiera de nuestros hermanos.

Y ser libres finalmente.

Sin la muerte.

Sin la adaptación del más apto.

Quiero vivir, Doctor Favaloro.

Quiero vivir sin Estado.

Sin La Lectura Equivocada.

Sin que el camino del héroe sea siempre un gran fracaso.

Desearía que estés vivo, Favaloro, y que viviera mi abuela.

Que vivieran los héroes de la Revolución Industrial,

Conocer a los que sobreviven.

Eso quiero.

No estarte hablando a vos, a los borrachos,

una fría tarde de otoño.

Estar muy cerca tuyo y aprovecharlo.

Aprovechar tu calor.

Aprovechar tu abrazo.

Sacarle el jugo como una manzana Neuquina

o del Estado de Washington.


Escrito el 29 de julio del 2014 durante el Campeonato Mundial de Futbol de Brasil para el proyecto Favela 11.

viernes, 17 de julio de 2015

Duelo N° 11,104 - Edificios indestructibles

Ayer soñé con hermosos edificios blancos que flotaban

casi, por encima de la avenida, sostenidos sólo en sus cuatro patas

como mamíferos. Cuando me desperté

me fue revelado cómo estaban hechas sus hermosas formas blancas

orgánicas

eran de plástico

y habían sido hechas con el mismo sistema

que usan las impresoras 3D. Un chorro de polímero tibio

estirando fibras hasta conseguir erguirse ante nosotros.

Edificios indestructibles.

Estabas tú. Sí, tú. Llevaba en mi pecho todas las almas los momentos

a tu lado

bajo el sol de invierno

la risa que me salvó del holocausto

la levedad de ser aquella niña pequeña que alzaste en brazos.

A veces me despierto llorando por el mundo pinchado

no floto aquí. Sólo estás en el recuerdo

o en otra parte
pero yo te llevo. Avanzamos

en este canal alternativo

hacia el ruido de los parlantes. Vamos a volver a encontrarnos

bajo la luz fría, en la cola del baño,

ante la puerta cerrada nos sentaremos en el suelo,

abriremos nuestras mochilas. Tendremos todo lo que necesitábamos

para grabar un disco de abrazos, volver a mirarnos comer

mandarinas abajo del árbol.

Estoy despierta pero sueño

que te llevo en mi pecho. Que no te extraño.
Que vos también sos parte de este mundo raro y tal vez

estarás pensando en mí.

Espero que no pienses en mí tanto.
Que no sufras el frío.
Que la vida pase a tu lado como alguien que se levanta el sombrero

como diciendo buenas tardes o hasta luego. Volveremos a encontrarnos

hermano.

miércoles, 28 de enero de 2015

Duelo N° 10,934


Un enjambre de libélulas se revolvía flotando en el espacio ante las nubes, dos grandes nubes que se reunieron borrando el azul entre medio, se volvieron una y siguieron de largo rumbo al Este, hacia el río.
Las loras hacían jaleo ocultas entre las ramas de un fresno. Un niño perseguía con pasos inseguros las burbujas que su madre formaba al soplar a través de un alambre con forma de lupa forrado de estambre. Las ramas de las araucarias se mecían serenamente, como esos animales-planta que viven prendidos a las paredes de los abismos en lo hondo del mar.
Pude ver todo eso cuando estaba tumbada sobre la manta. Ahora escribo en mi libreta, veo mi sombra, mi vestido. Lo demás se ha ido y sólo queda esto. No se puede escribir boca arriba.

jueves, 4 de septiembre de 2014

10,787 bis

Toma todo lo que en verdad no existe,
es más lenta la muerte del consuelo.
Dile a los chicos que esperen afuera.

Haz 
como si todo estuviera bien aunque sólo haya paz
en la nada, que está, por cierto, en alguna parte
mas no aquí.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Duelo N° 10,787

La primera vez que tuvo un trabajo su abuela todavía vivía. Estaban en la casa grande al borde de la barranca a la que nunca se podía bajar pero incluso arriba a veces encontraban peces muertos después de la lluvia, y ranas vivas y gatos que aparecían por las casas en busca de alimento fácil. La señora que trabajaba en la casa de Gina una vez les trajo un gatito hasta la puerta, era tan pequeño que todavía tenía los párpados pegados y no podía comer nada. Decidieron dejarlo a pasar la noche en el calor se su habitación y ella permaneció en vela, dándole leche tibia al pequeño gato con una mamadera que pertenecía a un juego para muñecas. El gato nunca se fue. Su hermano mayor lo llamó Udo como un jugador de tenis noruego que en ese entonces jugaba los torneos internacionales y el nombre le iba bien. Udo creció y se hixo un macho fuerte, pardo, atigrado como los bichos del monte, de tamaño no muy grande pero robusto y pechugón. A ella le gustaba decirle palomo.
En una época anterior a esa también tuvo un hámster al que llamó Bernardo, vivía en una jaula con una rueda giratoria, un bebedero y un recipiente para la comida y era ella quien tenía que recordarle a su padre, al pasar por el aserradero de la avenida volviendo de la escuela, que se detuviera, estacionar el auto en la vereda con los autos que subían rápido justo después de pasar el embotellamiento que a veces podía durar horas porque estaban construyendo un túnel que ahora pasa por debajo del anillo periférico entre Altavista y San Jerónimo, ella bajaba, con su jogguineta color blanco de la que se avergonzaba un poco porque podían vérsele las manchas, sobre todo más tarde cuando le vino la menstruación, y por unas monedas los hombres recios con olor a brea, los carpinteros o los chalanes le daban una o dos bolsas llenas de aserrín para llevar a casa, las cargaban en el auto que siempre estaba colmado de cosas de todos los integrantes de la familia, restos de comida, tuppers, apuntes, maletines, camperas, papel de diario, cassettes, y hacían marcha atrás y arrancaban de nuevo hasta alcanzar el suficiente envión para llegar a la punta de la subida de Av. Toluca a la altura de La Curva donde justamente hay una marisquería llamada así. Gino, un amigo de su hermano Juan Pablo que era muy guapo y al que le iba bastante mal en la escuela y era un gran ciclista y cocinero, vivía en la cuadra de al lado de La Curva. A veces caía a la casa sin avisar, aunque Juan no estuviera, y a ella le encantaba porque Gino era alto y tomaba por la cintura y la alzaba en brazos hasta que ella tocaba el techo.
Cuando había que limpiar la jaula de Bernardo ella subía la escalera hasta el primer piso y luego la que iba hasta el segundo. Tocaba la puerta de la pieza de servicio que era donde dormía la abuela aunque en realidad casi siempre permanecía abierta, la ventana de esa pieza era una de las que entraba el sol más lindo de toda la casa, luego, a la derecha, había una puerta de chapa con una traba que daba al lavadero, uno de los más divertidos salones de juego de toda la casa, especialmente porque la abuela estaba tan cerca siempre y la luz a la tarde era tan tibia y todo ahí era tan distinto. Le encantaba jugar entre la ropa de tender y dibujar sobre a mesa de planchar que también era de chapa aunque para planchar le ponían unas mantas de algodón y también había un burro para las camisas.
A decir verdad todo esto funciona muy bien tan sólo para seguir contando pero lo que ocurre es que me doy cuenta de lo que en realidad siento cuando lo hago, que es que entonces tenía muchas cosas que hacer y la mayor parte del tiempo tenía buena compañía. En fin...
A Bernardo lo sacaba de la jaula y lo ponía en una palangana mientras se deshacía del aserrín mojado de orines, lavaba el fondo de la jaula con un cepillo especial para eso que le había provisto su abuela, dejaba un rato todo secándose al sol y mientras tanto jugaba con el bicho. Lo alimentaba con zanahorias y otras verduras y semillas de girasol. Era muy divertido ver cómo el hámster las metía en el buche una por una hasta que casi duplicaba su tamaño y luego, una vez que la jaula estaba de nuevo seca y cubierta con la madera fresca, se arrinconaba cerca de la pared y extraía las semillas haciendo contorsiones y pequeñas arcadas, luego tomaba una de las semillas con las dos manos, hincaba sus largos incisivos afilados y con las uñas se las apañaba para sacar la cáscara y comer el germen haciendo un cruch cruch sin fin.
Había días que Bernardo se perdía. Cuando ella llegaba de la escuela la abuela le anunciaba que le parecía que no estaba en su jaula porque se lo sentía muy calladito, y aparecía después abajo del calefón, buscando el calor íntimo hecho una pelotita como en un vientre, acurrucado en el pequeño espacio entre la chapa del tremotanque y el suelo, o las veces más divertidas lo encontraban por el sonido, el crunch crunch que venía de los cajones de la abuela donde guardaba los pliegos de papel importado sobre los que dibujaba con lápices pasteles en otra mesa que ya no recuerdo, que era más fina y larga, con cajones, frente a esa ventana luminosa. Desearía por un momento ser mi abuela en la soledad de esa habitación a la siesta, con la luz celeste y amarilla y esa cajonera de color verde pastel que después bajaron a mi pieza. Ahí donde estaban guardados los útiles de pintura y Bernardo se metía por detrás y mascaba las hojas de papel hecho a mano y la abuela puteaba pero se reía
Cuidó a Bernardo cerca de dos años hasta que un día se murió, tal vez de frío, ya que amaneció tieso y mojado debajo del bebedero. Es mucho para un hamster, había dicho su padre, el veterinario, vivir dos años, lo cuidaste muy bien, y ella lloró un poco, pero dijo que sí, era verdad que lo había cuidado bien y que lo quería, siempre se ocupaba de él con diligencia. Después descubrió que tal vez la bolilla del bebedero no andaba del todo bien y perdía agua, eso podría haber sido el motivo por el que la jaula se humedeció en demasía
El gatito también se quedó. Lo nombraron Udo porque en aquel entonces su hermano mayor era fanático del Tennis y había un jugador noruego que se llamaba así. Udo creció y se hizo un macho fuerte y drástico. Jugaba a pelear y tiraba las zarpas con las uñas de fuera y sólo era prudente jugarlo si uno no lo conocía bien o podía salir lastimado, sólo Juan Pablo, el mayor, y ella, podían jugar con Udo, y el gato prefería quedarse en la habitación de la niña a pasar las noches, o temprano en las mañanas, cuando ella se despertaba antes que nadie los ,fines de semana, y buscaba un libro y se volvía a arropar en la cama, y el gato se acomodaba sobre la colcha del Rey León, entre sus piernas.
La historia de Udo es un poco más larga. Vivió suficiente tiempo en esa casa hasta que ella se fué, se vino, ya no importa, a Argentina. Sus papás estaban tan encariñados con los gatos que los trajeron también, junto con todo el menaje de casa en el que entre todas las cosas que había, los empacadores contaron mil diez libros. Udo se murió un día en la casa de Urca, no recuerdo muy bien la situación. Supe que padre le practicó una autopsia y descubrió que tenía cáncer en el hígado. Muchas cosas deben haber muerto con nosotros en ese viaje, hasta llegar a esa casa y después, pero esa es otra historia y hoy no es un muy buen día para contarla. Junto con Udo también vino el gato Jack, nombrado así por su parecido con Jack Nicholson, otra historia más, casi de vaqueros. Él no se murió en esa historia, sino como un verdadero cowboy, lejos de todo, en el exilio del exilio del exilio del exilio. Un héroe en mi memoria y en la de mi familia. El mejor compañero que tuvo mi abuela hasta el día de su muerte y un respetable huésped en la casa de Hori Bevaqua, el dueño del Chanchi, otro gato heroico cuya historia ya fue escrita, de su viaje y su retorno. Jack no volvió nunca, como en las historietas o las películas de vaqueros, en las que un grupo de indios se aleja hacia el ocaso al final del último capítulo y los vemos de espaldas, yendo hacia el Norte, sabiendo que nunca más nuestros destinos volverán a cruzarse de nuevo, ni siquiera en cuentos o al menos no en éste.

lunes, 18 de agosto de 2014

Duelo N° 10,771


Esperaré hasta las nueve,
hasta las diez.
Esperaré hasta la hora que llegues, junto a la puerta, para romper a llorar otra vez.
Para decirte que no quiero estar aquí, que no quiero estar despierta cuando vuelva a ser de noche,
cuando llegue de nuevo el viernes y sus horas lentas que la gente ocupada niega. Ellos quieren llegar a su casa, permanecer en vela.
Esperaré hasta quedarme dormida para volver a soñar que soy un marino, que soy buena, que mi cuerpo es ágil. En mis sueños no pienso en comida. No pienso que soy drogadicta. No siento ganas de beberme una botella de alcohol entera. Mi cuerpo no está relleno de mierda.
En mi sueños no extraño a mi madre. A veces sueño con mi padre, con Indra, con mi abuela.
En mis sueños tengo un perro que permanece a mi lado pase lo que pase. Estamos en un lugar grande. En mi sueños conozco el río, cruzo los mares. Soy importante.
Mi hijo se va a llamar Silvio.
Mis hijas se van a llamar Irene y Elena.
Voy a poder jugar con ellos. Voy a pasar la tarde en casa con ellos. Voy a ir al parque con ellos. Voy a llevarlos a la escuela. Voy a ser buena con ellos.
Esperaré hasta que llegues y trataré de no llorar, de parecer feliz, trataré de mentirte, no mereces mi sufrimiento. Cocinaré milanesas y ensalada de endivias. Me dirás que está rica la comida y en verdad estará rica. Después iré a la cama y diré que tengo sueño, y eso también será verdad.
Tal vez algún día sepa si cuando digo que te amo digo bien o estoy mintiendo.

sábado, 5 de julio de 2014

El huesero


Una tarde gris en la alameda. Dicen que ahora la han limpiado. Dijeron que habían echado a los vendedores ambulantes. Eso es gracioso. ¿Cuánto tiempo puede durarles el placer de la vigilancia y el castigo? De cualquier forma antes era distinto, aquella tarde, quizá era un domingo, no tiene mucha importancia... La tarde es gris y la alameda se extiende cerca del zócalo capitalino, sobre las tumbas de los muertos, radiografías de las raíces de los árboles enroscándose entre máscaras de jaguar y bayonetas. ¿A dónde habrá ido a parar toda esa gente? Esa gente daba servicios, aunque a algunos les parezca que venden porquerías. Los travestis se juntan ahí a levantar clientes por la noche. No creo que hayan dejado de hacerlo, desconfío de la determinación de echar de la plaza a la gente que la mantiene viva. Serían más o menos las seis, ya enfriaba la idea de la noche y las personas andaban con las manos metidas en los bolsillos de sus chamarras, como si ocultaran algo o tuvieran vergüenza de mostrar las manos, la cabeza agachada, la gorra bien calzada. Un cable pendía del cable pelado de una farola y se contorsionaba como la trayectoria de una mariposa recién nacida a la hora gris, recorría el aire hasta posarse en la rama de un pirul, daba una vuelta y seguía, alisándose ahora en una pendiente hacia el suelo, cruzaba la glorieta rasante lejos de la luz de la lámpara anaranjada hasta insertarse en un modular Aiwa, el botón de encendido palpitaba fluorescente y las luciérnagas semejantes se acercaban a mirar aquella magia que gestaba los pasos de los bailarines reunidos en un círculo. Las trompetas de un danzón grabado hace mucho tiempo, el volumen no muy alto, un travesti con tacones de acrílico transparente, plataforma, minifalda, piernas muy fuertes, morena y bien depilada, bailaba casi en su lugar sostenida de la cintura por un hombre muy viejo, muy chaparro, que usaba un gorro azul marino tejido a mano quizá tan viejo como el danzón. La cabeza del hombre estaba apoyada en el pecho del traba, tenía los ojos cerrados, sus labios carnudos brillaban como la carne de ternera mojados con baba, a veces el danzón parecía mudarse a la playa durante un episodio y los pasos de los bailarines aumentaban su frecuencia al doble. Qué finas las trompetas y las voces de los violines. Adela permaneció un rato detenida, mirándolos, sin entender las reglas de esa danza extrañamente quieta, distante y apasionada. Encendió un cigarrillo. Hizo anillos de humo. Escuchó la marimba haciendo una escala, chachachá y vuelta al ritmo más despacio. La humedad del invierno le hacía doler la pierna izquierda, la cintura, la espalda, dolor tirante que la llevaba cojeando desde hace una semana. Se apretó el muslo y amasó la carne, sintió las huellas digitales del pantalón de mezclilla. Cuánto tiempo pasó ahí escuchando la música no se sabe, hasta que por fin se arregló la ropa bajo el abrigo tirando de los faldones de la camisa para protegerse del frío y dio un rodeo sin dejar de mirar a los danzantes. Algunas zonas de la plaza estaban mal iluminadas, la vereda se volvía abstracta adelante con su miopía, el olor acerino de las meadas se despertaba con el rocío. Distinguió un puesto en la siguiente banca, allá. Un cartel apoyado en el suelo garrapateaba unas palabras con faltas de ortografía:

Huecero. Pomadas.
Curo ezguinse.
Cataplasma.


Llegó hasta ahí estremeciéndose como si fuera la última parada del calvario y bajo un sombrero de palma pintado con grasa y chapopote, aquel hombre del campo. Adela se sentó a su lado esperando no sé qué cosa. No tenía dinero para pagarle, ni siquiera monedas... nada. El huesero ladeó la cabeza hacia ella. Anda usted mala, le dijo, vengo visando cómo renguea. Sí, señor, dijo Adela. Cuesta quince enderezarla. Sale cincuenta, dijo, pero quince para usted, mire cómo anda. Ni quince tengo, dijo Adela. No tengo lana. Se quitó la mochila. Sacó de adentro una bolsa de marranitos. Quedaban dos. Son unas galletas marrones con forma de chancho. Están endulzadas con miel de caña. Adela quería comer uno, pero puso la bolsa en la mano del hombre. Tome, dijo. Ándele pues, contestó el huesero. Se puso de pie tras ella y teniéndola de los hombros la llevó hasta separarla del respaldo. Si no anduviera sola podría darle una friega, dijo, pero no se me hace. Se está poniendo frío. Mejor no ha de sacarse la ropa pues. Adela no dijo nada. Se hubiera sentido incómoda de quitarse la camisa en plena alameda y a esa hora, no por el hombre, el huesero le inspiraba la confianza de un doctor o de un padre, pero la gente que pasa puede ser muy rara y le mirarían el escote con lujuria. Las manos del huesero revolvían pelotas de fibra bajo la piel, bajo las capas de poliéster los músculos se calentaban. Se le murió su abuelita o su madre dijo el indio. Mi abuela, dijo Adela. Por eso anda usted mala, aquí se le tantea, tocó entre los omóplatos para demostrárselo. Debe irse siempre erguida, no ha de darle pena, los hombres son muy cabrones. Adela se quedó callada, sorbió los mocos y los ojos se le llenaron de lágrimas. Ándele, ahí la llevamos, dijo el indio como si fuera lo que hubiera querido conseguir, pellizcaba con sus dedos de hierro el cuero a la altura de los riñones. Ha de sobarse con crema de yema. Yo la preparo pero ya no traigo, sino le regalaba aunque sea un tanto. Adela lloraba. El indio siguió sobándola, el danzón hizo un remate y la alameda quedó en silencio hasta que el disco empezó de nuevo. Con una palmada en el hombro el indió le avisó que la sesión había terminado. Un suspiro entrecortado y hondo cogió a Adela por sorpresa y le llenó el pecho con el olor de la noche y las hojas mojadas.
El indio se puso junto a la banca y revolvió un costal lleno de vendas y bolsas con polvos de colores otoñales. Sacó del fondo un paquetito de pañuelos desechables. Los pañuelos parecían extranjeros al resto del contenido de la bolsa. Tome, le dijo, suénese bien. Adela tenía las manos adormecidas, algo que el hombre había tocado bajo sus axilas hizo que dejara de sentirlas y ahora apenas podía moverlas, no tenía ningún cosquilleo, quizá por el frío. Le costó trabajo despegar la estampa, romper el precinto y sacar el pañuelo. Sopló la nariz con fuerza una vez, algo la obstruía. Sopló más fuerte de nuevo, y otra vez. Plaf, sintió en el papel. Cuando separó las manos de la cara para mirarlo había un coágulo de sangre del tamaño de una nuez. Adela se asustó mucho pero en seguida el indio habló para tranquilizarla. Eso traía, andaba muy congestionada. Las mujeres juntan esas cosas. Adela se puso de pie y quiso devolverle al hombre los pañuelos. Quédeselos, dijo él. Sáquese todas las mucosidades. En llegando a su casa tápese bien y duerma parejo. Ha de dolerle mucho la espalda, harto más hasta que pasen dos días, en luego ya no más. Gracias, dijo Adela, cargando la mochila en la mano con la sensación de que aún le debía al hombre más que aquellas palabras. Ándele dijo el indio, y se inclinó sobre su bolsa del mandando, su piel morena se disolvió en la oscuridad de la plaza y su sombrero color durazno quedó flotando en el aire hasta que Adela dejó de mirarlo y la música se hizo lejana, se perdió entre el ruido y las luces de los autos. Adela caminó ligero hasta las escaleras del metro Hidalgo y se hundió en el asfalto.
Los siguientes días los pasó tendida en la cama durmiendo, y al despertar, llorando. Le vino la regla y empapó las sábanas en sangre. La nariz le sangró todas las veces que se sonaba. El dolor se le fue por algunos años y cada vez que escuchaba un danzón se acordaba de aquel señor.

sábado, 28 de junio de 2014

Árbol bandera

Hoy tengo el honor de ver uno de mis textos publicado en la página de este proyecto:

www.favela11.com

Favela Once es un sitio que encontró en el campeonato mundial de futbol una excusa para convocar a diversos creadores con el objetivo de hacer una reflexión en torno a este acontecimiento. Un proyecto de crónica y narrativa, imagen y poesía que durará sólo 32 días.

Comparto la marquesina con maestros, hermanos y amigos como Josemaría Camacho, Jorge Posada, Juan Pablo Quero, Benjamín Sagols y Guillermo Vega Zaragoza. Es un enorme gusto y un honor haber sido convocada para compartir este espacio con personas tan queridas.

También descubro que este blog cuenta ya con más de siete mil visitas. Enhorabuena.

Para leer el texto haga clic aquí:
Favela11/Día17/Árbol bandera

miércoles, 16 de abril de 2014

Los chinos

En la clase, adentro del aula, haciendo falta toda la atención posible para ignorar el viento helado que se filtraba por las rendijas de las ventanas, la profesora hablaba de la cuidad de las luces, los escritores, los bohemios. Tenían frío y el vapor de las cafeteras calentaba el ambiente. Pagaban el precio de un café y obtenían a cambio un escritorio y una silla en un rincón tibio, tal vez un poco de música y el barullo de fondo, algunos escotes para mirar, el olor de la mantequilla fritándose en las sartenes, la luz eléctrica. Y cuando se hacía de noche podían seguir escribiendo.
Siempre supe que los chinos podrían sacarme de un apuro. No tienen prejuicios, no hacen preguntas. Caminé desde el centro hacia el Mercado Norte y fui mirando las vidrieras con cuidado. La gente es desconfiada y yo también necesito serlo a veces. Cuando encontré el lugar adecuado para hacer mi pedido lo supe en el primer instante. Sobre la puerta se exhibían esos móviles de metal que tintinean y tienen mariposas o frutas de plástico de colores pastel. Cosas hermosas. Si no fuera uno de esos bichos que calculan utilidad/espacio, tendría millones de figuritas fosforescentes y adorables. Tras un pasillo largo enlozado con vinílico rojo y manchado de gris estaban un viejo chino y un joven que sin duda era su hijo. Me asomé por la puerta tratando de no tocar las campanitas, fingiendo ser solamente otra curiosa de los arcoiris, pero nueve milenios de cultura no corren bajo la piel sin que uno los distinga y en seguida el viejo tocó el brazo del joven y me señaló con la mirada. Entonces entré. El joven se alisó la camiseta y se frotó las manos frías. Esperé un En qué le puedo ayudar nacido en mi hábito mexicano pero en vez de eso recibí un seco Qué necesitaba. Es difícil contestar esa pregunta ya que además de suponer que la necesidad quedó en el pasado, lo que en realidad necesitaba no era fácil de plantear. Un poco de orden cerebral y alguna frase, aunque sea una letra que sirva como para pescarse de ella y tirar la línea. Fui clara aunque solté información que a los chinos les pareció absolutamente innecesaria. Sólo los occidentales en nuestro afán de separarlo todo, explicamos esas mamadas. Vengo de México y tengo unos dólares. En la casa de cambio no me los quieren cambiar porque están marcados. Tomé mi mochila, saqué mi billetera y los busqué para mostrárselos. El viejo me hizo con la cabeza una seña de que me acercara al mostrador y el joven me siguió, mirándolo todo por detrás de mi hombro. Mire ¿Ve? Tienen estas marcas. Los puse sobre el vidrio y los extendí en un abanico. El joven pasó su brazo por arriba mío y levantó los billetes. El viejo hizo las preguntas ¿No te los cambian? No, le dije. Hubo un silencio. El joven miraba los billetes contra la luz del foco. ¿Por esas marcas? Sí, contesté. Y sin decir nada los tres comprendimos que el mundo funciona de una manera idiota, que el sistema bancario es una mierda y que cien dólares son cien dólares aquí y en China. Mucho. El joven le entregó los billetes al viejo. Como ya habían pasado el control de calidad, el viejo sólo los contó. Acercó la calculadora y me preguntó ¿Tres con ochenta? Sí, le dije. 3.80 x 160 =. ¿Cuánto es? le pregunté. Seiscientos ocho, dijo con su voz filosa. De bajo de la registradora sacó una caja de latón con una llave, la famosa caja chica. De la caja chica sacó un fajo de billetes de cien, lo sostuvo entre sus manos y con la agilidad de un insecto, utilizando sólo el pulgar, hizo pasar seis billetes que puso sobre el vidrio. Los demás los guardó, puso el cerrojo y devolvió la caja a su sitio. El joven buscó en sus bolsillos y puso encima del otro dinero los cinco pesos y la moneda. Mi billetera vieja, que había quedado parada sobre el mostrador como un pequeño biombo, es china también. Cuando mi hermano me la trajo de San Francisco tenía un olor espantoso, como si hubiera cruzado el Atlántico metida en una lata de arenques en aceite. Un año entero estuvo en tratamiento adentro de un cajón de madera de pino y tapada bajo una parva de paquetes de incienso Shalimar. Eso la curó, tanto que todavía se le siente el aroma oriental y la misma esencia rancia de antes ayudó a fijar la nueva. La tomé y puse adentro el dinero con cuidado mientras el viejo sonreía ante la imagen de la geisha que toca una flauta de bambú, pintada en el plástico desgastado de la billetera. Abrí mi mochila, acomodé lo que había adentro y me aseguré de cerrarla bien. Dije buenas tardes y muchas gracias. Buen día, me dijeron. Y cuando salí golpeé las campanitas con la mano.
Después del deal caminé por la calle mientras hacía cuentas: todavía queda comida en el refrigerador. Dos litros de leche, un paquete completo de yerba, fideos, un par de huevos, un pedazo de queso, una papa. Hambre no voy a pasar. Las fiestas y el alcohol, la vida de la noche… Me gusta pero no me interesa mucho ya… saldría a bailar un drummandbass furioso si tuviera la oportunidad de hacerlo. Sudaría, tomaría whiskey y fumaría pero no hay en la agenda nada que se le parezca a mi ideal de una gran fiesta y las mejores fiestas a las que he ido las he tenido que organizar yo. Ya no tengo ganas. Lo que más gusta es bailar y mi música favorita la escucho todos los días encerrada en mi habitación. Brinco un poco mientras doblo la ropa limpia. Además emborracharse bajo un techo prestado y turbio cuesta dinero. No voy a necesitar dinero para ir de fiesta -la fiesta la llevo dentro- VAMOS MÉXICO!!!! Mientras multiplicaba dólares por tres sabiendo que es mejor así porque siempre sobra, sumaba el puto dinero y lo transformaba en vida, cosas, en tiempo y libertad. Hace ya un par de meses que perdí un estuche con mi pluma fuente, plumines de colores y un USB que me sacaba del apuro porque también era chino. Me había costado un dólar. Y desde entonces lo único que había extrañado de esa bolsa llena de objetos eran los matices del trazo de mi pluma y su tinta azul, los colores de los carteles de neón guardados en mi bolsillo. Entré en una papelería muy bonita y compré una pluma fuente nueva y una caja de cartuchos de repuesto de tinta azul. Había una Pelikan de 25 pesos y esta, china, de 5. De verdad me cuesta trabajo entender cuál es la diferencia entre una y otra. Y además había de todos los colores!!!! Elegí una con la tapa verde. Ahí en seguida le puse un cartucho y en un instante estaba estirando una hermosa, líquida, gruesa línea por la hoja de papel que me dieron para probarla. Compré también una Bic azul común y otra azul turquesa y fui feliz. Sólo me quedaban plumas de tinta negra y escribir se vuelve frío, aburrido y necio. Seguí caminando y pasé por la librería de Don Rubén. Uno de esos lugares que en mis sueños más salvajes debería de ser la sala de mi casa. Los libros y sus ediciones más lindas, mejor traducidas, hermosamente encuadernadas, están todos ahí. Miré primero la vidriera. Don Rubén, sin zapatos, se paseaba metiendo la panza por ahí dentro para reacomodar un libro en su sitio. Cuando me vio, salió de entre la mampara para recibirme. Me preguntó si no tenía frío y me hizo pasar, como quien te da permiso de pasar a su casa y me sentí bien de uqe me recibieran de ese modo. Adentro no hacía frío y de pronto Henry Miller y los flaneurs que lo antecedieron desfilaron por atrás de mis ojos. La ociosidad. Montainge tiene un ensayo que se llama así, en el que delimita muy bien la frontera entre hacerse pelotas en la entropía de unas vacaciones interminables y el dulce gusto de utilizar el tiempo para sentarse en un lugar cálido a leer un libro. Don Rubén me dio tres besos en el transcurso de mi estadía. Tres. Me dijo que volviera cuando quisiera. Siempre lo hago, pero es lindo saber que uno es bienvenido. Incluso un chico que atiende ahí, que siempre pensé que tenía una cara de culo incoherentemente vinculada con su espacio de trabajo, me sonrió y me dio la mano. Se llama Leo. No le hice una broma acerca de eso porque supongo que debe tener una especie de hit counter en el cual suma las veces que alguien le ha hecho la misma observación obvia. Pero no deja de ser gracioso. Compré la edición más barata del Lunar Park de Bret Easton Ellis. Busqué 1984 de George Orwell pero en realidad ese es el tipo de libro ideal para buscar en una librería de usados y pagarlo a siete pesos. Lunar Park costó 20 es una edición de tapas duras y con una traducción bastante decente de editorial De bolsillo. Estuve mirando los libros de Miller, pero eran caros. Hablé acerca de eso con Don Rubén. Son bonitos pero en realidad es una edición barata, me refiero en cuanto a la manufactura. Estuvo de acuerdo conmigo. Y en realidad me contó que se respetan mucho los precios que vienen de España y que aquí había una especie de cámara de libreros que establece un precio mínimo. 63 pesos el Nexus… me sudaron las manos cuando lo sostuve, pero no tenía dinero. Después de todos mis besos y mis vuelva pronto enfilé para la parada del camión, sabiendo que antes tenía que pasar a un kiosco y comprar una tira de cospeles. Prefiero comprar muchos de un tirón y así me puedo administrar mejor. Prefiero gastar todo el dinero en un día y darme todos los lujos y cubrir todas mis necesidades y comer salchichas durante el todo el próximo mes que sostener una mediocridad estable.  Otro día, robé el Nexus de una librería en la que querían cobrármelo 75 pesos. Los chinos lo entenderían. Y cuando llegué a mi casa lo firmé estirando una línea firme de tinta azul. Lucía Malvido F. 2010.

martes, 8 de abril de 2014

Motorama

La obra habita en tres dimensiones y el diálogo pasa de una a otra de manera arbitraria. Realmente benigno es el estado que uno adquiere cuando se puede reír de las cosas en un acceso involuntario.
Yo soy así, dice Motorama. Fumo porro y me gustan las tetas. Me gustan las teteras, las ateas, las televisiones. Los vídeos. Al Open Documents le parece correcto escribir videos con acento en la í. Motorama toca una canción post apocalíptica, con campanas y una voz que dice “ya no puedo esperar”. Grita a voces que ya no puede esperar. Se puede sentir la desesperación, como en un capítulo de Los Simpson. Un montón de música ranchera, hebillas por todas partes. Botas de lluvia, de cuero negro, altas hasta la rodilla. Se adaptan a todo. Una vez estuve con un cabrón que subió la pirámide de Cobá calzando botas negras cosidas con hilo blanco. Piel de cocodrilo. Puntiagudas y negras. Tres o cuatro talles más sobresale esa punta hacia adelante. “Ya no quiero estar muerto”, dice Motorama. De pronto parece un freak show, un montón de personajes que se perciben oscuros por el entorno en el que están. Tengo una novela que se llama La estrategia del dominó. Se la compré al Ema en la feria de la esquina. La estoy comiendo como si fuera un pedazo de jamón serrano, a pequeñas mordidas en la trastienda. Tiene muy pocas palabras, tiene párrafos perfectos, y de pronto la canción aleatoria dijo algo acerca del dominó, con lo lejos que estamos de las cantinas en las que estallan las fichas sobre la mesa con el sonido de un piano. Vamos a jugar al dominó.
Si me concentro bien, no saben lo lindo que es estar aquí. Todas éstas cosas que te atraviesan, no tener idea de nada y poder despreciar (des-preciar, no cualquier otra cosa) las ideas. Intercambiarlas. Descreerlas. Sacrificarlas en el absurdo del sacrificio. Si sigo aquí seguiré fumando, consumiendo bebidas, quemando balatas; tan preciado es el “no se usa”. Otra vez la música grita: No voy a dejar de ser el mismo de antes. La canción tiene sin duda un tono profundamente cómico. La melancolía, incluso, entra hacia el final de la canción: una especie de marcha épica con un coro de hombres prehistóricos.

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Al final fuimos, volvimos y yo me quedé en casa. Mi compañero se fué de nuevo porque no puede estar quieto y quizá también porque sólo hay una computadora y tengo una especie de derecho divino sobre ella a estas alturas, ya que el archivo .odt sigue abierto. Hace rato le dije que no quería recibir a nadie pero aflojé un poco. Si vuelves con alguien, dije, que sean los children, children de la casa. La pura banda nomás. Así sí me late. Seis carnales repartidos espalda contra la pared, vasos de cerveza y ceniceros por el suelo. Nadie patea nada, todos comparten o autistean libremente de una forma en la que los demás no nos sentimos inhibidos: ponen música, revisan un libro, hablan sobre mascotas con largos silencios entre medio y chocan los vasos prácticamente cada vez que los rellenan, aunque a veces no dicen salud o no alcanzan a hacer contacto, más que un gesto desde la pared de enfrente, dice Estoy aquí, te percibo, sé que yo soy tú y tú eres yo, algo por el estilo. En el bar de la esquina hay una fiesta trash. El recinto es una especie de jaula muy grande para monos que no tienen más que una sudadera más o menos buena y hasta hace un rato se escuchaba a algún pendejo rimando un dubstep horrible que me hizo alegrarme de estar en mi casa escuchando glitch y tomando jugo tang alternado con cerveza. Tampoco querría que en cierto momento de la early morning se mudaran al living de mi casa después de haber dejado el mayor porcentaje del estilo en la fiesta de la esquina. Hace frío y en casa hay una sopa caliente. El piso está limpio. Me van a saltar con Joaquín Sabina y chicas que caminan mal sobre sus tacones. Ya no puedo soportar la cruda moral que me queda después de ese tipo de eventualidades. Cuando me olvido de ello, pasan algunos días sórdidos, nublados en lo interior.
Vuelvo, como vuelvo a este archivo que hasta ahora había quedado tan breve como se lee atrás, vuelvo a escuchar los discos antiguos en formatos nuevos, vuelvo a hablar por teléfono a mis amigos, vuelvo a hacer agua la boca al enunciar las comidas que más me gustan, a encender un cigarrillo, a tramar cómo es que sigue este libro de apuntes inconexos sobre lo que me acontece. El paradero de todo que finalmente no resulta en ningún punto, a pesar de lo que la luna nueva y todas las oscuras noches puedan figurar. La completud de lo que sea que consigue llevarse a cabo, algunas veces totalmente fallido y cabo de miedo, de imprecisión y descontento, de preocupación imbécil y desconfianza.
Algunas otras cosas no consiguen avergonzarme por más que alguna gente sigue aconsejándome que no me exponga a ello. Hoy Romi tomó una foto en la que al margen derecho salgo con mi cara de síndrome de down riéndome de un chiste sobre heavy metal y cantos gregorianos, una estampa de incalculable valía. Será que me pretendo mucho más interesante de lo que en realidad soy ya que he pasado larguísimas horas jugando Ms. Pacman y Tetris debajo del escenario del teatro Rafael Solana o en las madrugadas de dial-up connection, dieciséis años y ninguna preocupación relacionada con los conceptos cansancio ni descanso.
Vuelvo a buscar las bandas viejas y sus discos nuevos, qué cosas tienen para decir ahora y cómo es que justifican su tránsito creativo, su seguir adelante o empezar de nuevo los ilustradores, los pintores, los conocidos. Y al parecer es difícil integrar lo nuevo, terminar por hacerle caso, aunque hay apariciones que, sin duda alguna, desde el comienzo se conoce serán insalvables. Un día en la fila del café te pones a charlar con alguien que veinte minutos después comparte la mesa contigo, cuatro horas más tarde te entrega un papel con todos sus datos y dos semanas después tienen un proyecto en común, se buscan para reunirse, empujan y vulneran las líneas del tiempo y del espacio, de lo convenido y de lo previsible para hacerse un lugar que, tal parece ahora, les era propio y compartido de antes de haberlo hallado, como si más bien fuera algo que hubiera quedado un tiempo extraviado pero cuenta como si hubiera estado ya, sido, prosódico en su exactitud, ya detallado en sus márgenes y tildes, ya determinado en su gigante alcance y en su íntima y meticulosa amabilidad. Benditos sean los encuentros entre nosotros.
Estás aquí, he dicho. Hemos recorrido éste camino. Me considero afortunada de seguir aquí a tu lado, gracias a ti o a pesar de eso. Lo que tenemos es un cuerpo. Somos cabalmente alguna otra cosa que llamamos de múltiples formas equivocadas. Lo que llamamos es exactamente y sólo una forma, una estructura, cualquier nombre le iría bien mientras responda a ese acomodo arbitrario; lo que se encuentra en el vértice, la punta misma, el ápice apenas distinguible, he ahí el producto del que está hecho el hombre, la vida en sí, aquello que nos reúne y nos hace sentir que esa unión existía previamente.
Quedó sonando una lista larguísima de la discografía de Mouse on Mars. Hace más de diez años que conocí esa banda y aún me asombra. Cuando escucho algunas de sus obras, ya sea los tracks sueltos o discos completos, siento como si fuera testigo de algo que le ocurrió al mundo en un momento como si nunca antes hubiera acontecido algo paralelo o equivalente. Cómo es que la música se puede fragmentar, sintetizar y comprimir de tal modo que sus componentes básicos sean reconocidos más por una especie de función que cumplen que por la verdadera y codificable emisión de sonidos. Si tuviéramos que escribir una partitura de algunas composiciones, tendríamos que hacer una especie de efecto lupa sobre el pentagrama, como una congregación de semifusas abigarradas, tátara-tátara fusas que no tienen nombre ni puesto alguno dentro de la escala musical porque cuando nuestra civilización descubrió la polifonía sólo podía contar hasta algún múltiplo de siete con apenas dos cifras. Escuchando música clásica he podido sentir cómo es que éstos hombres con dictado en negras dentro de su cerebro pudieron encontrar, en la tesitura de cada instrumento, las sugerencias de éstas frecuencias de las que hablo, esos sonidos que yo pude entender solamente a partir del manejo o la observación a la que tuve acceso cuando descubrí las máquinas, primero eléctricas, a luz, a pila, y luego electrónicas. Las fuentes se volvieron variadas. Vínculos, redes, chupones y mangueras que canalizan átomos en movimiento, dispositivos que, a través de ese movimiento inevitable, transmiten.
Siempre supe que la música era una parte importante del todo. La música te acompaña, y jamás te hace sentir más solo, excepto a través de tu cabeza que funciona por antonomasia y encuentra en la proximidad de lo pasajero la melancólica posibilidad única e imprevisible del duelo.