martes, 8 de abril de 2014

Motorama

La obra habita en tres dimensiones y el diálogo pasa de una a otra de manera arbitraria. Realmente benigno es el estado que uno adquiere cuando se puede reír de las cosas en un acceso involuntario.
Yo soy así, dice Motorama. Fumo porro y me gustan las tetas. Me gustan las teteras, las ateas, las televisiones. Los vídeos. Al Open Documents le parece correcto escribir videos con acento en la í. Motorama toca una canción post apocalíptica, con campanas y una voz que dice “ya no puedo esperar”. Grita a voces que ya no puede esperar. Se puede sentir la desesperación, como en un capítulo de Los Simpson. Un montón de música ranchera, hebillas por todas partes. Botas de lluvia, de cuero negro, altas hasta la rodilla. Se adaptan a todo. Una vez estuve con un cabrón que subió la pirámide de Cobá calzando botas negras cosidas con hilo blanco. Piel de cocodrilo. Puntiagudas y negras. Tres o cuatro talles más sobresale esa punta hacia adelante. “Ya no quiero estar muerto”, dice Motorama. De pronto parece un freak show, un montón de personajes que se perciben oscuros por el entorno en el que están. Tengo una novela que se llama La estrategia del dominó. Se la compré al Ema en la feria de la esquina. La estoy comiendo como si fuera un pedazo de jamón serrano, a pequeñas mordidas en la trastienda. Tiene muy pocas palabras, tiene párrafos perfectos, y de pronto la canción aleatoria dijo algo acerca del dominó, con lo lejos que estamos de las cantinas en las que estallan las fichas sobre la mesa con el sonido de un piano. Vamos a jugar al dominó.
Si me concentro bien, no saben lo lindo que es estar aquí. Todas éstas cosas que te atraviesan, no tener idea de nada y poder despreciar (des-preciar, no cualquier otra cosa) las ideas. Intercambiarlas. Descreerlas. Sacrificarlas en el absurdo del sacrificio. Si sigo aquí seguiré fumando, consumiendo bebidas, quemando balatas; tan preciado es el “no se usa”. Otra vez la música grita: No voy a dejar de ser el mismo de antes. La canción tiene sin duda un tono profundamente cómico. La melancolía, incluso, entra hacia el final de la canción: una especie de marcha épica con un coro de hombres prehistóricos.

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Al final fuimos, volvimos y yo me quedé en casa. Mi compañero se fué de nuevo porque no puede estar quieto y quizá también porque sólo hay una computadora y tengo una especie de derecho divino sobre ella a estas alturas, ya que el archivo .odt sigue abierto. Hace rato le dije que no quería recibir a nadie pero aflojé un poco. Si vuelves con alguien, dije, que sean los children, children de la casa. La pura banda nomás. Así sí me late. Seis carnales repartidos espalda contra la pared, vasos de cerveza y ceniceros por el suelo. Nadie patea nada, todos comparten o autistean libremente de una forma en la que los demás no nos sentimos inhibidos: ponen música, revisan un libro, hablan sobre mascotas con largos silencios entre medio y chocan los vasos prácticamente cada vez que los rellenan, aunque a veces no dicen salud o no alcanzan a hacer contacto, más que un gesto desde la pared de enfrente, dice Estoy aquí, te percibo, sé que yo soy tú y tú eres yo, algo por el estilo. En el bar de la esquina hay una fiesta trash. El recinto es una especie de jaula muy grande para monos que no tienen más que una sudadera más o menos buena y hasta hace un rato se escuchaba a algún pendejo rimando un dubstep horrible que me hizo alegrarme de estar en mi casa escuchando glitch y tomando jugo tang alternado con cerveza. Tampoco querría que en cierto momento de la early morning se mudaran al living de mi casa después de haber dejado el mayor porcentaje del estilo en la fiesta de la esquina. Hace frío y en casa hay una sopa caliente. El piso está limpio. Me van a saltar con Joaquín Sabina y chicas que caminan mal sobre sus tacones. Ya no puedo soportar la cruda moral que me queda después de ese tipo de eventualidades. Cuando me olvido de ello, pasan algunos días sórdidos, nublados en lo interior.
Vuelvo, como vuelvo a este archivo que hasta ahora había quedado tan breve como se lee atrás, vuelvo a escuchar los discos antiguos en formatos nuevos, vuelvo a hablar por teléfono a mis amigos, vuelvo a hacer agua la boca al enunciar las comidas que más me gustan, a encender un cigarrillo, a tramar cómo es que sigue este libro de apuntes inconexos sobre lo que me acontece. El paradero de todo que finalmente no resulta en ningún punto, a pesar de lo que la luna nueva y todas las oscuras noches puedan figurar. La completud de lo que sea que consigue llevarse a cabo, algunas veces totalmente fallido y cabo de miedo, de imprecisión y descontento, de preocupación imbécil y desconfianza.
Algunas otras cosas no consiguen avergonzarme por más que alguna gente sigue aconsejándome que no me exponga a ello. Hoy Romi tomó una foto en la que al margen derecho salgo con mi cara de síndrome de down riéndome de un chiste sobre heavy metal y cantos gregorianos, una estampa de incalculable valía. Será que me pretendo mucho más interesante de lo que en realidad soy ya que he pasado larguísimas horas jugando Ms. Pacman y Tetris debajo del escenario del teatro Rafael Solana o en las madrugadas de dial-up connection, dieciséis años y ninguna preocupación relacionada con los conceptos cansancio ni descanso.
Vuelvo a buscar las bandas viejas y sus discos nuevos, qué cosas tienen para decir ahora y cómo es que justifican su tránsito creativo, su seguir adelante o empezar de nuevo los ilustradores, los pintores, los conocidos. Y al parecer es difícil integrar lo nuevo, terminar por hacerle caso, aunque hay apariciones que, sin duda alguna, desde el comienzo se conoce serán insalvables. Un día en la fila del café te pones a charlar con alguien que veinte minutos después comparte la mesa contigo, cuatro horas más tarde te entrega un papel con todos sus datos y dos semanas después tienen un proyecto en común, se buscan para reunirse, empujan y vulneran las líneas del tiempo y del espacio, de lo convenido y de lo previsible para hacerse un lugar que, tal parece ahora, les era propio y compartido de antes de haberlo hallado, como si más bien fuera algo que hubiera quedado un tiempo extraviado pero cuenta como si hubiera estado ya, sido, prosódico en su exactitud, ya detallado en sus márgenes y tildes, ya determinado en su gigante alcance y en su íntima y meticulosa amabilidad. Benditos sean los encuentros entre nosotros.
Estás aquí, he dicho. Hemos recorrido éste camino. Me considero afortunada de seguir aquí a tu lado, gracias a ti o a pesar de eso. Lo que tenemos es un cuerpo. Somos cabalmente alguna otra cosa que llamamos de múltiples formas equivocadas. Lo que llamamos es exactamente y sólo una forma, una estructura, cualquier nombre le iría bien mientras responda a ese acomodo arbitrario; lo que se encuentra en el vértice, la punta misma, el ápice apenas distinguible, he ahí el producto del que está hecho el hombre, la vida en sí, aquello que nos reúne y nos hace sentir que esa unión existía previamente.
Quedó sonando una lista larguísima de la discografía de Mouse on Mars. Hace más de diez años que conocí esa banda y aún me asombra. Cuando escucho algunas de sus obras, ya sea los tracks sueltos o discos completos, siento como si fuera testigo de algo que le ocurrió al mundo en un momento como si nunca antes hubiera acontecido algo paralelo o equivalente. Cómo es que la música se puede fragmentar, sintetizar y comprimir de tal modo que sus componentes básicos sean reconocidos más por una especie de función que cumplen que por la verdadera y codificable emisión de sonidos. Si tuviéramos que escribir una partitura de algunas composiciones, tendríamos que hacer una especie de efecto lupa sobre el pentagrama, como una congregación de semifusas abigarradas, tátara-tátara fusas que no tienen nombre ni puesto alguno dentro de la escala musical porque cuando nuestra civilización descubrió la polifonía sólo podía contar hasta algún múltiplo de siete con apenas dos cifras. Escuchando música clásica he podido sentir cómo es que éstos hombres con dictado en negras dentro de su cerebro pudieron encontrar, en la tesitura de cada instrumento, las sugerencias de éstas frecuencias de las que hablo, esos sonidos que yo pude entender solamente a partir del manejo o la observación a la que tuve acceso cuando descubrí las máquinas, primero eléctricas, a luz, a pila, y luego electrónicas. Las fuentes se volvieron variadas. Vínculos, redes, chupones y mangueras que canalizan átomos en movimiento, dispositivos que, a través de ese movimiento inevitable, transmiten.
Siempre supe que la música era una parte importante del todo. La música te acompaña, y jamás te hace sentir más solo, excepto a través de tu cabeza que funciona por antonomasia y encuentra en la proximidad de lo pasajero la melancólica posibilidad única e imprevisible del duelo.