Mostrando entradas con la etiqueta Largos rituales para ir a bañarse. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Largos rituales para ir a bañarse. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de abril de 2014

Motorama

La obra habita en tres dimensiones y el diálogo pasa de una a otra de manera arbitraria. Realmente benigno es el estado que uno adquiere cuando se puede reír de las cosas en un acceso involuntario.
Yo soy así, dice Motorama. Fumo porro y me gustan las tetas. Me gustan las teteras, las ateas, las televisiones. Los vídeos. Al Open Documents le parece correcto escribir videos con acento en la í. Motorama toca una canción post apocalíptica, con campanas y una voz que dice “ya no puedo esperar”. Grita a voces que ya no puede esperar. Se puede sentir la desesperación, como en un capítulo de Los Simpson. Un montón de música ranchera, hebillas por todas partes. Botas de lluvia, de cuero negro, altas hasta la rodilla. Se adaptan a todo. Una vez estuve con un cabrón que subió la pirámide de Cobá calzando botas negras cosidas con hilo blanco. Piel de cocodrilo. Puntiagudas y negras. Tres o cuatro talles más sobresale esa punta hacia adelante. “Ya no quiero estar muerto”, dice Motorama. De pronto parece un freak show, un montón de personajes que se perciben oscuros por el entorno en el que están. Tengo una novela que se llama La estrategia del dominó. Se la compré al Ema en la feria de la esquina. La estoy comiendo como si fuera un pedazo de jamón serrano, a pequeñas mordidas en la trastienda. Tiene muy pocas palabras, tiene párrafos perfectos, y de pronto la canción aleatoria dijo algo acerca del dominó, con lo lejos que estamos de las cantinas en las que estallan las fichas sobre la mesa con el sonido de un piano. Vamos a jugar al dominó.
Si me concentro bien, no saben lo lindo que es estar aquí. Todas éstas cosas que te atraviesan, no tener idea de nada y poder despreciar (des-preciar, no cualquier otra cosa) las ideas. Intercambiarlas. Descreerlas. Sacrificarlas en el absurdo del sacrificio. Si sigo aquí seguiré fumando, consumiendo bebidas, quemando balatas; tan preciado es el “no se usa”. Otra vez la música grita: No voy a dejar de ser el mismo de antes. La canción tiene sin duda un tono profundamente cómico. La melancolía, incluso, entra hacia el final de la canción: una especie de marcha épica con un coro de hombres prehistóricos.

---0---

Al final fuimos, volvimos y yo me quedé en casa. Mi compañero se fué de nuevo porque no puede estar quieto y quizá también porque sólo hay una computadora y tengo una especie de derecho divino sobre ella a estas alturas, ya que el archivo .odt sigue abierto. Hace rato le dije que no quería recibir a nadie pero aflojé un poco. Si vuelves con alguien, dije, que sean los children, children de la casa. La pura banda nomás. Así sí me late. Seis carnales repartidos espalda contra la pared, vasos de cerveza y ceniceros por el suelo. Nadie patea nada, todos comparten o autistean libremente de una forma en la que los demás no nos sentimos inhibidos: ponen música, revisan un libro, hablan sobre mascotas con largos silencios entre medio y chocan los vasos prácticamente cada vez que los rellenan, aunque a veces no dicen salud o no alcanzan a hacer contacto, más que un gesto desde la pared de enfrente, dice Estoy aquí, te percibo, sé que yo soy tú y tú eres yo, algo por el estilo. En el bar de la esquina hay una fiesta trash. El recinto es una especie de jaula muy grande para monos que no tienen más que una sudadera más o menos buena y hasta hace un rato se escuchaba a algún pendejo rimando un dubstep horrible que me hizo alegrarme de estar en mi casa escuchando glitch y tomando jugo tang alternado con cerveza. Tampoco querría que en cierto momento de la early morning se mudaran al living de mi casa después de haber dejado el mayor porcentaje del estilo en la fiesta de la esquina. Hace frío y en casa hay una sopa caliente. El piso está limpio. Me van a saltar con Joaquín Sabina y chicas que caminan mal sobre sus tacones. Ya no puedo soportar la cruda moral que me queda después de ese tipo de eventualidades. Cuando me olvido de ello, pasan algunos días sórdidos, nublados en lo interior.
Vuelvo, como vuelvo a este archivo que hasta ahora había quedado tan breve como se lee atrás, vuelvo a escuchar los discos antiguos en formatos nuevos, vuelvo a hablar por teléfono a mis amigos, vuelvo a hacer agua la boca al enunciar las comidas que más me gustan, a encender un cigarrillo, a tramar cómo es que sigue este libro de apuntes inconexos sobre lo que me acontece. El paradero de todo que finalmente no resulta en ningún punto, a pesar de lo que la luna nueva y todas las oscuras noches puedan figurar. La completud de lo que sea que consigue llevarse a cabo, algunas veces totalmente fallido y cabo de miedo, de imprecisión y descontento, de preocupación imbécil y desconfianza.
Algunas otras cosas no consiguen avergonzarme por más que alguna gente sigue aconsejándome que no me exponga a ello. Hoy Romi tomó una foto en la que al margen derecho salgo con mi cara de síndrome de down riéndome de un chiste sobre heavy metal y cantos gregorianos, una estampa de incalculable valía. Será que me pretendo mucho más interesante de lo que en realidad soy ya que he pasado larguísimas horas jugando Ms. Pacman y Tetris debajo del escenario del teatro Rafael Solana o en las madrugadas de dial-up connection, dieciséis años y ninguna preocupación relacionada con los conceptos cansancio ni descanso.
Vuelvo a buscar las bandas viejas y sus discos nuevos, qué cosas tienen para decir ahora y cómo es que justifican su tránsito creativo, su seguir adelante o empezar de nuevo los ilustradores, los pintores, los conocidos. Y al parecer es difícil integrar lo nuevo, terminar por hacerle caso, aunque hay apariciones que, sin duda alguna, desde el comienzo se conoce serán insalvables. Un día en la fila del café te pones a charlar con alguien que veinte minutos después comparte la mesa contigo, cuatro horas más tarde te entrega un papel con todos sus datos y dos semanas después tienen un proyecto en común, se buscan para reunirse, empujan y vulneran las líneas del tiempo y del espacio, de lo convenido y de lo previsible para hacerse un lugar que, tal parece ahora, les era propio y compartido de antes de haberlo hallado, como si más bien fuera algo que hubiera quedado un tiempo extraviado pero cuenta como si hubiera estado ya, sido, prosódico en su exactitud, ya detallado en sus márgenes y tildes, ya determinado en su gigante alcance y en su íntima y meticulosa amabilidad. Benditos sean los encuentros entre nosotros.
Estás aquí, he dicho. Hemos recorrido éste camino. Me considero afortunada de seguir aquí a tu lado, gracias a ti o a pesar de eso. Lo que tenemos es un cuerpo. Somos cabalmente alguna otra cosa que llamamos de múltiples formas equivocadas. Lo que llamamos es exactamente y sólo una forma, una estructura, cualquier nombre le iría bien mientras responda a ese acomodo arbitrario; lo que se encuentra en el vértice, la punta misma, el ápice apenas distinguible, he ahí el producto del que está hecho el hombre, la vida en sí, aquello que nos reúne y nos hace sentir que esa unión existía previamente.
Quedó sonando una lista larguísima de la discografía de Mouse on Mars. Hace más de diez años que conocí esa banda y aún me asombra. Cuando escucho algunas de sus obras, ya sea los tracks sueltos o discos completos, siento como si fuera testigo de algo que le ocurrió al mundo en un momento como si nunca antes hubiera acontecido algo paralelo o equivalente. Cómo es que la música se puede fragmentar, sintetizar y comprimir de tal modo que sus componentes básicos sean reconocidos más por una especie de función que cumplen que por la verdadera y codificable emisión de sonidos. Si tuviéramos que escribir una partitura de algunas composiciones, tendríamos que hacer una especie de efecto lupa sobre el pentagrama, como una congregación de semifusas abigarradas, tátara-tátara fusas que no tienen nombre ni puesto alguno dentro de la escala musical porque cuando nuestra civilización descubrió la polifonía sólo podía contar hasta algún múltiplo de siete con apenas dos cifras. Escuchando música clásica he podido sentir cómo es que éstos hombres con dictado en negras dentro de su cerebro pudieron encontrar, en la tesitura de cada instrumento, las sugerencias de éstas frecuencias de las que hablo, esos sonidos que yo pude entender solamente a partir del manejo o la observación a la que tuve acceso cuando descubrí las máquinas, primero eléctricas, a luz, a pila, y luego electrónicas. Las fuentes se volvieron variadas. Vínculos, redes, chupones y mangueras que canalizan átomos en movimiento, dispositivos que, a través de ese movimiento inevitable, transmiten.
Siempre supe que la música era una parte importante del todo. La música te acompaña, y jamás te hace sentir más solo, excepto a través de tu cabeza que funciona por antonomasia y encuentra en la proximidad de lo pasajero la melancólica posibilidad única e imprevisible del duelo.

viernes, 28 de marzo de 2014

Usar las armas justificadamente


La Luna es como una madre. Estuve ahí hablando con una de sus mitades e incluso lloré. Todavía no llegan las últimas semanas de diciembre en las que lloro todo el tiempo como si realmente hubiera algo que se termina para dar lugar a lo que vuelve a empezar. Vuelve a empezar, dando la impresión de que existiera la posibilidad de tomar fuertemente entre los dedos el hilo de una cometa y hacerla bajar nuevamente al plano plano de lo inanimado; hacer que las cosas vuelvan como si eso fuera posible. Llegarás a extrañar todo lo que alguna vez conociste. Transitarás entre el ansia y la angustia, la astilla en tu carne que no puedes encontrar, la lámpara al final del cable cuyo extremo no encuentras en la oscuridad. Dónde mierda está el enchufe. 
Así es la vida, dijiste y me acariciaste la cabeza. La mascota del equipo. La multitud de chicos con uniforme de fútbol que bajan la pendiente todas las noches a cierta hora y no sabemos de dónde vienen pero podemos presumir que de jugar al fútbol. Qué vanguardistas que somos, sobre todo cuando contemplamos a los demás bajar la pendiente. 
El río también viene de bajada, aunque siempre parece que se fuera. Ocurre que el lecho del río retrocede: si el avión está en movimiento o no, si es éste tren el que se va de la estación o más bien es que aquél está llegando. Quiero tener una alfombra voladora y el calefón se transforme de una vez en un cohete. Guardar veinte mil dólares adentro del horno y quemarlos en una guerra de pasteles y bombas de crema (de paso, hacer arder a todos los vigilantes).
Hoy es una llave o una ficha. Delimitar sobre la mesa el espacio que ocuparía cada una de las cosas a jugar ahí. Qué tontería pensar que lo que uno pone realmente tiene una forma material. Qué tontería creer que uno ha perdido algo que nunca formó parte del único cuerpo que será nuestro en esta vida: este cacho de carne con piernas gordas y abundante pelo. Gran problema la confusión ante el parecer del otro ya que, como dicen los muertos vivientes, a lo profundo le encanta el disfraz. Ya no me hables más de todo lo que te molesta de mí porque hacés que sean mil y una las voces que me distraen. Cuando digo que no me voy a distraer más, sólo tengo en cuenta ésta hora y éste lugar; la geografía y el reloj de los antiguos navegantes. Quiero llegar. ¿Cuánto falta?
Tengo que escribir más de lo viejo. De esas tardes encerrada en un cuarto de hotel, mirando desde el balcón a las niñas bañándose en el mar sin camiseta ni sombrero ni bloqueador solar, jugando con una pelota grande de todos los colores, batiendo el pelo plástico de una muñeca en el fondo marrón de una pila cavada en la arena y llena con el agua de las olas que van y vienen. El sonido del mar que va y viene y pide silencio al despertar de ese sueño de fiebre del que despertaba. Quiero dedicar este tema al Sr. Beethoven que utilizaba ese horrible peinado gracias al cual el día de hoy me siento como un músico alcohólico, sordo y maniaco depresivo. Podría hacerme un favor y detener toda esta política de cuarta para raparme la cabeza y, al menos en la superficie, conseguir un poco de prolijidad. Estúpido Ludwig Van. No escuché bien lo que dijiste, pero córtame el pelo o la cabeza toda lo más prolijamente que puedas, tú que perteneces al género de los que pueden usar las armas grácilmente, piadosamente, justificadamente.
Ésta es la historia sobre mi vida que me invento. El poeta -que como ya era casi, se puede decir, viejo, entonces era un poeta- daba clases en un diplomado de escritura creativa. Era el último curso de la noche del viernes y el aula siempre estaba nutrida de alumnos. El viejo (poeta) era riguroso con las asistencias.
Entre los que atendíamos había una chica gorda de labios y cabellera gruesos, nutridos como se dice. Su voz era como la de el brontosaurio de una caricatura y su risa como la de  un vikingo borracho y somnoliento. Tenía un nombre horrible que no puedo recordar y era absolutamente cargosa y molesta. Siempre evadí interactuar con ella con excepción de una vez que ocurrió lo menos pensado para mí que soy tan sorprendible sorpresable... esa palabra no existe y la línea roja que la máquina traza debajo me lo recuerda porque a ella nada puede sorprenderle, contrariamente a mí. Ocurrió que un día la gorda -y miren que yo misma he sido y en ocasiones todavía me siento una gorda- llegó a la escuela con un morral de mezclilla gigantesco y sucio, lleno de libros y me dijo que los había traído para prestármelos. Yo me quedé estupefacta. Como soy tan pelotuda para resumir en una palabra lo que realmente soy, no pude decirle nada aunque tampoco le di las gracias. Intenté comprender a través de dos o tres preguntas confundidas por qué carajos es que ella había pensado que yo quería leer sus libros, esos, los suyos, encima de que yo casi nunca tomo prestado un libro porque alguna vez presté uno muy precioso y no volvió jamás y prefiero evitar hacer a los demás lo que no me gusta que me hagan a mí.
Aquí podría hacer un paréntesis (pero no me gustan mucho los paréntesis) ya que al escribir esa última frase me puse a pensar en el estado en el que estuve hoy y los “motivos” que a veces tengo para actuar marginándome a mis expectativas de los demás. Hoy me fui a ver una película alemana increíble al museo y eso era lo que quería hacer pero quería hacerlo acompañada y en realidad hubiera dejado de hacerlo si es que hubiese recibido una invitación de la persona con la que quería estar para hacer algo con ella. Pero la invitación no llegó y al contrario llegó un mensaje cruzado con una llamada mía que decía que nos veíamos después. Yo me ardí bastante, aunque ya había decidido ir sola. Al final me alegro de haber hecho lo que yo quería aunque me pregunto si lo hice porque lo deseaba o para hacer sentir mal a esta persona, cosa que sería nada rara pero muy absurda de mi parte ya que a esta persona le chupa un huevo lo que yo haga o deje de hacer para disgustarle y todo esto viene a que muchas veces cuando estaba con los sujetos 1 y 2 principalmente, sufría desde mi costado de esta misma actitud aprensiva y posesiva que ahora tomo yo, pero lo que es cierto en este caso y en aquellos no me consta que lo fuera, es que yo auténticamente tenía ganas de pasar la tarde con esta persona, incluso se lo dije desde temprano, motivo por el cual me ardió quizá el doble que no me invitara a pasar la tarde con él, me excluyera de sus planes y ahora mismo no respondió a mi mensaje en el que le ponía que había salido del museo y que si quería, me dijera dónde podía alcanzarlo, con lo que tomé el camino a casa, pasé por el almacén de los santiagueños que queda, según creo, justo debajo del viejo departamento donde él vivía con su ex novia, y compré dos cervezas de las mejores que encontré y un litro de jugo de naranja que pensaba servirme con el Campari que él trajo la vez pasada y que ahora bebo de un vaso sudoroso de líquido color Conga, como los que servían con hielo seco en el restaurante Mauna Loa al que iba con mi familia cuando era muy pequeña. Traían un copón con hielo seco. No hay nada que pueda hacer a un niño más feliz que humo limpio. Es por eso que aporreo este teclado con furia, ya que también había quedado un poco doblado en un papel la vez pasada y bueno... es lo que hay. Fumo un cigarrillo armado de sabor vainilla de un tabaco danés que compré la vez pasada y me ha durado mucho porque estaba realmente bien almacenado y yo le puse una gruesa peladura de cáscara de limón. El olor que le queda es como de repostería. Me voy a armar otro con una cintita de maría.
La cosa es que la gorda me trajo todos esos libros y después de mis dos o tres preguntas zonzas por las que evidentemente recibí respuestas aún más bobas, tomé la bolsa por las dos sucias asas y era pesada, y suerte que mi viejo pasó a buscarme en el auto y llevé la bolsa a casa. Jamás revisé su contenido y un día, un mes o dos después, mi papá me condujo otra vez a la escuela y llevé la bolsa tal cual la había recibido. Cuando la tenía en casa estorbando ahí como una glorieta, cada vez que tenía que moverla pensaba que la bolsa era como una encarnación simbólica de esta chica, grande e innecesaria, imprudente, estorbosa y demasiado confianzuda, sobre todo eso: imprudente.
El viejo poeta (en adelante Profesor Conchita) dictaba una importante clase que basaba en su valioso criterio, en la que urdía los antecedentes de la poesía contemporánea solamente tras el análisis de la obra de Rimbaud, seguido cronológicamente por T.S. Eliot y después le daba la batuta a Pablo Neruda. Cuestionable, sí, pero realmente revelador. Explicaba el Profesor cómo era que estos tres gigantes habían realmente clavado un gol en la literatura de su época, quedando para siempre a la vanguardia del golpe seco de la palabra, de lo que nuca antes se había contado o dicho de ese modo, del retrato, esa increíble representación de fuerza humana y de sensibilidad y agudeza extrema, de valentía, honestidad y franqueza de la que éstos hombres fueron capaces. Hablaba de ellos como se habla de los guerreros, de Platón o de Maquiavelo. La tonta anécdota que inspira esto son sólo dos palabras dichas por el Profesor Conchita en un momento de gran tensión que se había generado cuando él leía una traducción de su propio puño y letra del poema Waste Land de Eliot. Una, dos veces la gorda Zita (ahora recuerdo su nombre) había sido pescada hablando y se le había pedido, no sólo el profesor, sino también nosotros los alumnos, que por favor guardara silencio, quizá de ese modo educado o de otro más escolar del tipo SHHH!!!! o guey, ya cállate. Pasaron, como he dicho, una, dos, tres y quizá hasta cuatro veces en las que todo fue interrumpido (el Profesor Conchita cortaba su lectura y miraba fijamente al frente. En el blanco de sus ojos podía verse la sangre que se iba condensando y los tirantes tendones de su cuello lo hacían ver más ancho, como un reptil al acecho) hasta que la última vez que esto sucedió, el excelente poeta Jaime Augusto Shelley, bastante misógino pero eso no tiene que ver en esta ocasión, pienso yo, dijo con una voz como la de un león sometido.- ¡Cállate ya, EstÚÚÚpida MujJeEr!

Tuve ese sueño en el que en el entronque de Malagueño había mucha gente esperando el colectivo. Era el mundo del futuro. La fábrica se veía en el marco del cielo. Era invierno y la gente llevaba trajes de piel de animales. Era de noche y las luces de la ciudad (además de quizá, luces provenientes del mismo cielo o de otros lados) hacían que la atmósfera se viera anaranjada y azul oscuro. Cuando le conté el sueño a mi mamá, le dije que era gente que estaba esperando llegar a alguna parte.
También ese otro sueño en el que había un pino gigantesco en un entronque o glorieta del norte de la ciudad de México. “Los pinos” se llama en mi mente. Es un lugar parecido a muchos de la zona de Santa Fe e Interlomas, pero a la vez no lo conozco. En el medio de una glorieta, entremedio  de una calzada de muchísimos carriles por los que transitan los autos con las luces anaranjadas encendidas, asciende un pino delgado como una espiga de 25 o 30 metros de altura. También todo transcurre de noche y es medio postapocalíptico. Había esta especie de vecindad (el mismo pasillo en el que ocurre todo) y yo entraba en una casa que me parecía sorprendentemente lujosa. Adentro vivía una anciana que bebía un “anís chino” con un vasito realmente pequeño, con la forma de un matraz. Recuerdo que después no sabía muy bien cómo podía salir de ahí. En la glorieta del pino, que es como en la salida de esa ciudad, pasaban muchísimos automóviles y camiones de pasajeros.
Y ayer en un descanso como de una hora que hice llegando de La Calera, como a las once de la noche. Fue como una figura o impresión más que un sueño y la palabra impresión ahora me resulta bastante precisa. Las cosas tangibles o concretas perdían su cualidad material y se volvían como un negativo de la materia: quedaba sólo la impresión de su forma volcada en una especie de ectoplasma de color blanco traslúcido, exactamente como en el negativo de una fotografía. En la imagen yo sabía que lo tangible se guardaba o estaba realmente contenido en otro lado del que apenas alcancé a tener un asomo, como un globo gigante que, ese sí, era de un blanco sólido. Una esfera blanca, rígida como si fuera un mundo.

Terminé de leer La novela luminosa de Mario Levrero. Así como alguien dice en una de las solapas del libro, no quería terminarla. No sé qué hacer ahora. Tendré que conseguir otro de sus libros. Traigo cargando desde hace bastantes días el Diario argentino de Witold Gombrowicz pero no le he puesto casi nada de atención y sólo llevo leídas unas veinte páginas. Estoy segura que me va a enganchar, pero ahora todavía estoy demasiado encantada con el efecto de la novela luminosa. Al final, en la parte de la novela, Levrero dice que la lectura de Kafka le ayudó a darse cuenta de que podía escribir sin necesidad de escribir bien y que eso lo impulsó a animarse a arrancar con su carrera. A mí me ocurrió eso con Levrero y los puntos de encuentro son tantos que me parece como si hubiera sido un acto de magia toparme con su libro. Esto ocurre gracias al impulso que él me ha dado. Desde septiembre que he escrito esta especie de diario, mil veces desorganizado y desestructurado, al que no sé cómo le voy a dar forma si es que alguna vez encuentro que vale la pena de ser publicado o que termine por conformar un libro también. Pero ya es un avance, que por lo menos con una frecuencia mayor que la de antes me siente aquí y escriba... sin poesía y sin inspiración a veces. Sin nada de nada más que algunas anécdotas del pasado y las vivencias más inmediatas de lo que me ocurre. Me gustaría tener personajes bien trazados y nombres bellos y representativos para cada uno de ellos. Me gustaría que esta novela ocurriera en un futuro no tan lejano, como la ciencia ficción más hermosa o la literatura más sorprendente, pero apenas ahora encuentro que las sorpresas no son, justa y obviamente, lo que uno cree ni podrían estar en los lugares que uno las aguarda porque si uno espera una sorpresa, ya no podría existir como tal. 
En La novela luminosa, el último capítulo se llama primera comunión. Esto realmente me dejó perpleja ya que no con poca expectativa y pretensión de mi parte, creé una carpeta entre mis documentos escritos de la computadora que se llama Novela Lúcida y ahí metí un par de cosas viejas y no tanto que desde que comencé a escribirlas en su momento (el año pasado), me pareció pertenecían a un género o tenían ciertos rasgos distintos a otras cosas escritas por mí y conservaban un aliento más largo, imposible de cortarse a diferencia de una crónica o un relato los cuales siempre me dictan un final claro. Dentro de esos cerca de quince documentos hay uno que escribí cuando vivía en la pensión que se llama comunión.odt 
Abro el documento y empieza con la siguiente especie de cita, extraída no textualmente pero casi, del libro de Douglas Coupland que se llama Todas las familias son psicóticas. Hace poco le hablé de él a J cuando me preguntó qué sucedería en caso de que yo estuviera embarazada y le dije que vendería al bebé por miles de dólares, como en ese libro, y seríamos ricos.
Ayer fue día de muertos. El documento comunión.odt empieza con éste texto.

- Pues haz como si estuviéramos muertos, ¿vale? Podemos decirnos lo que queramos. Podemos preguntarnos lo que sea. ¿No sería genial que la vida fuera así?
- Los dos... muertos..., ¿así de fácil?
- Sí.

Douglas Coupland,
Todas las familias son psicóticas

jueves, 6 de marzo de 2014

Cuaderno de Actas, 2010.

Otra vez la pluma tiene tinta y el cuaderno es nuevo y pretencioso. Quisiera que pronto esté lleno de letras. Que se puedan pasar las hojas rápido como las de un libro y ver sólo un montón de palabras seguidas de otras, y de vez en cuando una mancha, un dibujo, una estampa o la cicatriz de una hoja que falta. No espero más contar una historia que nadie conozca ni descubrir el poema que guarde los latidos del infinito en sus sílabas. Ya sé que mi prosa no teje mundos imaginarios casi nunca ni puedo inventar personajes que entrañen el alma en su figura más que cuando el invierno es muy frío, cuando me siento muy sola. Sólo me queda aflojar la mano y conformarme con que hace algunos años mi mayor deseo era multiplicar estos sígnos en el papel, que surgieran sin control para siempre y hacerme vieja sentada frente a un escritorio y que los demás digan Ella es escritora. Lleno estas páginas con ese deseo porque bastaron simplemente unos pocos años para enseñarme que era más fácil de lo que yo creía: empezar y no detenerse.
Ojalá esta historia, si es que se la puede llamar de ese modo, persista para siempre. Que no encuentre su fin sino en el punto que se coloca para empezar con otra oración. Que el género se cante por sí mismo sin que yo tenga que determinarlo ya que no existe la muerte ni el olvido ni nada que sea mudo. Siéntate cerca con tus huesos de cristal y tu sangre negra. Yo voy a decirte cómo es que te pareces al mundo, lo bueno y lo malo que han dejado de alejarse en direcciones opuestas y únicamente tienden hacia un punto en el abismo. Si te colocas ahí por un instante -no soportaremos mucho más que eso- podrás contemplar la belleza.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Día uno, Mario Levrero


Ayer gasté cien pesos en productos de belleza. A la salida de la farmacia pensé No sé si estoy deprimida o enamorada. En realidad no importa porque voy a quedar más linda. Además sí estoy enamorada, de un chico y de una chica. El sólo hecho de pensar que existen, me produce la necesidad de sacarme todos los bigotes y querer pegarme un tiro de sólo imaginar la posibilidad de volver a ser gorda. Tampoco estoy haciendo nada al respecto, pero creo que no podría soportarlo. Tal vez agarre otros cien pesos que tengo guardados en el cajón del buró y me vaya a un gimnasio muy decadente que está aquí a un par de cuadras, esta misma noche, me enchufe un par de audífonos y me ponga a sudar como una zorra todo lo que aguante arriba de una bicicleta fija (por lo demás, no creo que sean más de veinte minutos. En mi imaginación logro estar ahí una hora y dentro de cuatro meses soy una perra increíble a la que nunca jamás su novio soñado tendría ganas de abandonar). Ojalá realmente ocurrieran todas esas cosas que imagino. Casi todas dependen exclusivamente de mi capacidad de determinación. Esta misma estúpida y totalmente hueca nota surge de la idea de no dejar pasar un día más sin sentarme a escribir lo que sea. Lo que sea. 
El jueves pasado fui a cobrar un cheque a la Secretaría de la niñez por el proyecto que estoy haciendo en la cárcel de menores y en La Calera y a la salida pasé por la librería del Palacio Ferreyra; un lugar agradablemente mamón y mal surtido que está en uno de los lugares más fancy de la ciudad. Dan ganas de tener un lugar parecido a ese sólo que en otra zona más común y con un mil por ciento extra de onda que un lugar administrado por burócratas jamás tendría. Pero realmente la idea del café-librería es arrogante y exquisita, por más que uno odie la imagen de un idiota de pelo lacio, flequillo y boina fumando pipa, leyendo y tomando un café, aunque si el lugar es lindo realmente dan ganas de sentarse ahí también uno. De ser el dueño. Servir cerveza tirada y hecha en casa, unos bocadillos increíbles, postres de flotación y café de todas clases. Todo hecho con sumo amor, todos los libros ordenados de manera prolija y comprensible, no demasiados volúmenes sino ejemplares preciosos que puedas pedir favor de sacarles el envoltorio y sentarte ahí en un sillón restaurado a hojearlos en pose, fumando y comiendo deliciosamente, emborrachándote tranquilamente, solo o con amigos... oh qué lindo sitio. Pasé por esa librería a la que nunca había entrado. Tienen un gran surtido específicamente de libros infantiles ilustrados, género que no soy muy adepta a comprar pero que disfruto mucho de admirar. Quizá los libros más bellos de todo el mundo sean de este tipo, novelas gráficas y esas excepcionales ediciones españolas o australianas que tienen incluso texturas y volumen, éxtasis puro para el ojo de un simple mortal que viene a tomarse un café. Pero no me detuve mucho tiempo en eso porque tenía muchísimas ganas de comprar un libro y sabía que no sería uno ilustrado. Estuve un rato revisando las estanterías pero había la misma basura de siempre: la vistosa colección de colores de la editorial Anagrama de la que tengo las pelotas llenas porque sus traducciones son intragables y me parece que los libros están sobrevaluados, no son la gran cosa y me harté de las pollas de Bukowski y de las telenovelas inteligentes de Paul Auster. Creo que sólo valen la pena en el caso de esa colección cuyas tapas son color hueso o los ejemplares negros, y únicamente cuando el texto original es en español. Vi un libro de Alan Pauls, autor al que le traigo muchas ganas, pero todos mis amigos tienen algún ejemplar y, aunque odio pedir libros prestados, ya rompí la promesa de que no lo haría cuando hace unas semanas no resistí la tentación de traerme un ejemplar de la Poesía vertical de Roberto Juarróz de la casa de Nico y Emi. Todavía no lo termino pero es porque quisiera que no se termine nunca. Cuando me sobre el dinero voy a comprarme la colección completa. Así que no me pareció muy original comprarme un libro de Pauls que al final puedo conseguir en cualquier lado... Vi bastante basura y dentro de lo más rescatable encontré una mesa entera de la editorial De bolsillo, esa colección bastante nueva que han sacado con las tapas plastificadas con una textura aduraznada o brillante, son una bosta también pero por lo menos las traducciones son mucho mejores, tienen el famoso tamaño take over para donde uno quiera y un precio bastante accesible. Por lo demás aprecio mucho todos los libros que tengo de esa colección en tanto que no pesan y el formato me permite hacer lo que siempre hago con todos los libros, llevarlos en la mochila a todas partes. El problema con eso es que los libros muy buenos, de tapas duras o más pesados, se dañan bastante y esta edición los hace más portátiles además de que no da tanta culpa si es que se arrugan o se dañan. Incluso los diseños de tapa son tan malos que todo ese machuquerío les atribuye un poco de carácter. La cosa es que en esa mesa encontré los diarios de Catherine Mansfield con el prólogo original de Virginia Woolf y también Los versos satánicos de Salman Rushdie. El de Mansfield me llamó la atención porque tengo hace bastante un ejemplar de En la bahía que he intentado empezar a leer más de una vez y siempre lo abandono. Confío en que sus diarios, siendo el género que más me gusta, me den una entrada más cómoda hacia su obra o tal vez ya ni siquiera sienta después la necesidad de leer su ficción. Eso me gusta mucho de los diarios, es como si uno conociera al autor y supiera más de él que todo lo que sus novelas o cuentos le pudieran decir. Creo que sólo la poesía encierra una verdadera profundidad y misterio extra. Y la novela de Rushdie, bueno, es obvio, nunca la he leído a pesar de que he leído muchísimas entrevistas que le han hecho (otro género que me fascina, la entrevista) y cuando se editó por primera vez le partió la cabeza a todo el mundo y le trajo a Rushdie el odio de un montón de gente. Eso generalmente significa mucho talento; nadie se ocupa de odiarte si no vale realmente la pena. Así que ya tenía esas dos muy buenas opciones pero estoy muy atrasada con el tema literatura argentina contemporánea, así que insistí y me puse a 
buscar en esa estantería. Me gusta buscar bien. Miro los libros uno por uno y me llaman la atención, sí, los de las editoriales 
conocidas. Mondadori es una de las que me puede, sus libros siempre son bellos, con diseños limpios y muy cuidados, jamás se me ha roto ninguno e incluso los he comprado usados -muy usados- y se conservan en perfectas condiciones, además de que me da la sensación que los editores realmente le dan la oportunidad a escritores noveles o que nadie conoce, simplemente porque la obra vale la pena. No era este precisamente el caso, pero acostado el fondo, muy mal puesto y equivocado de lugar ya que el autor no es argentino, vi un bello libro (también el tamaño que usa Mondadori llama la atención porque les da una importancia especial) color gris con una cintilla anaranjada. Cuando lo pesqué para mirar el autor, encima se apellidaba Levrero, con v chica pero no importa, me pareció como una señal porque los jueves en la noche tenemos un club de lectura en el Teatro La Luna que se llama Las liebres, por aquello del bicho orejudo que se ve en la luna. Así que el libro era lindo, el autor se apellidaba así, el título: La novela luminosa. ¡Bang! Leí en la solapa una veloz y vaga biografía del autor y después la contratapa (que, por ejemplo, en las ediciones de Mondadori se puede leer, las de Anagrama generalmente dicen puras pelotudeces de la revista The New Yorker o aún peor: te cuentan la mejor parte de la novela de Paul Auster). Al parecer el libro era para mí. Sólo faltaba saber el precio, porque si superaba los cien pesos me iba a parecer demasiado caro por un autor que no conocía, pero lo llevé a checar y costaba 89. Listo. Fui tan feliz de llevarlo entre mis manos. La chica, que era bastante amable, me preguntó si era para regalo y le contesté que era un regalo para mí, a lo que sonrió simpáticamente. De ahí me fui al banco a cobrar mi cheque y me senté en la escalera a leer el libro. Tenía un prólogo del mismo autor, lo que también se agradece, no largos y aburridos prólogos de analistas y estudiosos que no tienen nada que hacer más que escribir acerca de la obra de otro autor como en el caso mío ahora, porque resultó que Levrero me cautivó totalmente. Pasé como dos horas esperando mi turno en el puto banco de la provincia y estuve todo el tiempo embelesada con La novela luminosa. Empieza con una parte que el autor llama Diario de la beca y que efectivamente es un diario que se propuso escribir durante todos los días desde que la fundación Guggenheim le otorgó una beca para terminar de escribir la verdadera Novela luminosa. Y el diario es así, no cuenta nada más que la vida del tipo y cómo procrastina todo el tiempo su verdadero trabajo, el mismo por el que está escribiendo lo que uno va leyendo y por el que encima le están dando una buena suma de dinero. Un freakie que vive casi encerrado en su departamento, come sólo yogurt que él mismo prepara, milanesas y el guiso de arvejas que le trae una chica bastante joven con la que tuvo una relación pero ya no ocurre nada aunque son muy amigos y él sigue profundamente enamorado de ella. Lo visitan algunos amigos y sus alumnos del taller literario. Pasa mucho tiempo leyendo novelas policíacas y la obra de una autora española que se llama Rosa algo y con la que él está fascinado y el resto del tiempo lo desperdicia en la computadora jugando a los jueguitos, programando y mirando pornografía. Es realmente genial. Casi lo mismo que yo hago, sólo que él es un hombre de unos sesenta y y tantos años. Me es tan grato saber que no soy la única boluda haciendo esto, esto, todo esto, y encima de todo su libro está publicado, por Mondadori, le dieron la beca del Guggenheim y yo estoy leyendo su obra que encontré casualmente y a un precio que estaba dispuesta a pagar, se apellida de ese modo y tenemos tantas cosas en común. Si es que existe una remota posibilidad de que eso me ocurra a mí dentro de cuarenta años, entonces es que este camino realmente vale la pena. Qué egoísta es que yo valore la obra de un autor en tanto lo que a mí me conviene que su vida haya sido más o menos del modo en el que quisiera que se perfile la mía, pero realmente me hace sentir bien. Me inspira y me motiva. No estaría escribiendo esto si no fuera por el Diario de la beca de La Novela luminosa de Mario Levrero. Ojalá la esté pasando de maravilla en el infierno o al lugar a donde se haya ido su espíritu. Creo que debe estar ahí porque el cielo le resultaría aburrido.