miércoles, 3 de septiembre de 2014

Duelo N° 10,787

La primera vez que tuvo un trabajo su abuela todavía vivía. Estaban en la casa grande al borde de la barranca a la que nunca se podía bajar pero incluso arriba a veces encontraban peces muertos después de la lluvia, y ranas vivas y gatos que aparecían por las casas en busca de alimento fácil. La señora que trabajaba en la casa de Gina una vez les trajo un gatito hasta la puerta, era tan pequeño que todavía tenía los párpados pegados y no podía comer nada. Decidieron dejarlo a pasar la noche en el calor se su habitación y ella permaneció en vela, dándole leche tibia al pequeño gato con una mamadera que pertenecía a un juego para muñecas. El gato nunca se fue. Su hermano mayor lo llamó Udo como un jugador de tenis noruego que en ese entonces jugaba los torneos internacionales y el nombre le iba bien. Udo creció y se hixo un macho fuerte, pardo, atigrado como los bichos del monte, de tamaño no muy grande pero robusto y pechugón. A ella le gustaba decirle palomo.
En una época anterior a esa también tuvo un hámster al que llamó Bernardo, vivía en una jaula con una rueda giratoria, un bebedero y un recipiente para la comida y era ella quien tenía que recordarle a su padre, al pasar por el aserradero de la avenida volviendo de la escuela, que se detuviera, estacionar el auto en la vereda con los autos que subían rápido justo después de pasar el embotellamiento que a veces podía durar horas porque estaban construyendo un túnel que ahora pasa por debajo del anillo periférico entre Altavista y San Jerónimo, ella bajaba, con su jogguineta color blanco de la que se avergonzaba un poco porque podían vérsele las manchas, sobre todo más tarde cuando le vino la menstruación, y por unas monedas los hombres recios con olor a brea, los carpinteros o los chalanes le daban una o dos bolsas llenas de aserrín para llevar a casa, las cargaban en el auto que siempre estaba colmado de cosas de todos los integrantes de la familia, restos de comida, tuppers, apuntes, maletines, camperas, papel de diario, cassettes, y hacían marcha atrás y arrancaban de nuevo hasta alcanzar el suficiente envión para llegar a la punta de la subida de Av. Toluca a la altura de La Curva donde justamente hay una marisquería llamada así. Gino, un amigo de su hermano Juan Pablo que era muy guapo y al que le iba bastante mal en la escuela y era un gran ciclista y cocinero, vivía en la cuadra de al lado de La Curva. A veces caía a la casa sin avisar, aunque Juan no estuviera, y a ella le encantaba porque Gino era alto y tomaba por la cintura y la alzaba en brazos hasta que ella tocaba el techo.
Cuando había que limpiar la jaula de Bernardo ella subía la escalera hasta el primer piso y luego la que iba hasta el segundo. Tocaba la puerta de la pieza de servicio que era donde dormía la abuela aunque en realidad casi siempre permanecía abierta, la ventana de esa pieza era una de las que entraba el sol más lindo de toda la casa, luego, a la derecha, había una puerta de chapa con una traba que daba al lavadero, uno de los más divertidos salones de juego de toda la casa, especialmente porque la abuela estaba tan cerca siempre y la luz a la tarde era tan tibia y todo ahí era tan distinto. Le encantaba jugar entre la ropa de tender y dibujar sobre a mesa de planchar que también era de chapa aunque para planchar le ponían unas mantas de algodón y también había un burro para las camisas.
A decir verdad todo esto funciona muy bien tan sólo para seguir contando pero lo que ocurre es que me doy cuenta de lo que en realidad siento cuando lo hago, que es que entonces tenía muchas cosas que hacer y la mayor parte del tiempo tenía buena compañía. En fin...
A Bernardo lo sacaba de la jaula y lo ponía en una palangana mientras se deshacía del aserrín mojado de orines, lavaba el fondo de la jaula con un cepillo especial para eso que le había provisto su abuela, dejaba un rato todo secándose al sol y mientras tanto jugaba con el bicho. Lo alimentaba con zanahorias y otras verduras y semillas de girasol. Era muy divertido ver cómo el hámster las metía en el buche una por una hasta que casi duplicaba su tamaño y luego, una vez que la jaula estaba de nuevo seca y cubierta con la madera fresca, se arrinconaba cerca de la pared y extraía las semillas haciendo contorsiones y pequeñas arcadas, luego tomaba una de las semillas con las dos manos, hincaba sus largos incisivos afilados y con las uñas se las apañaba para sacar la cáscara y comer el germen haciendo un cruch cruch sin fin.
Había días que Bernardo se perdía. Cuando ella llegaba de la escuela la abuela le anunciaba que le parecía que no estaba en su jaula porque se lo sentía muy calladito, y aparecía después abajo del calefón, buscando el calor íntimo hecho una pelotita como en un vientre, acurrucado en el pequeño espacio entre la chapa del tremotanque y el suelo, o las veces más divertidas lo encontraban por el sonido, el crunch crunch que venía de los cajones de la abuela donde guardaba los pliegos de papel importado sobre los que dibujaba con lápices pasteles en otra mesa que ya no recuerdo, que era más fina y larga, con cajones, frente a esa ventana luminosa. Desearía por un momento ser mi abuela en la soledad de esa habitación a la siesta, con la luz celeste y amarilla y esa cajonera de color verde pastel que después bajaron a mi pieza. Ahí donde estaban guardados los útiles de pintura y Bernardo se metía por detrás y mascaba las hojas de papel hecho a mano y la abuela puteaba pero se reía
Cuidó a Bernardo cerca de dos años hasta que un día se murió, tal vez de frío, ya que amaneció tieso y mojado debajo del bebedero. Es mucho para un hamster, había dicho su padre, el veterinario, vivir dos años, lo cuidaste muy bien, y ella lloró un poco, pero dijo que sí, era verdad que lo había cuidado bien y que lo quería, siempre se ocupaba de él con diligencia. Después descubrió que tal vez la bolilla del bebedero no andaba del todo bien y perdía agua, eso podría haber sido el motivo por el que la jaula se humedeció en demasía
El gatito también se quedó. Lo nombraron Udo porque en aquel entonces su hermano mayor era fanático del Tennis y había un jugador noruego que se llamaba así. Udo creció y se hizo un macho fuerte y drástico. Jugaba a pelear y tiraba las zarpas con las uñas de fuera y sólo era prudente jugarlo si uno no lo conocía bien o podía salir lastimado, sólo Juan Pablo, el mayor, y ella, podían jugar con Udo, y el gato prefería quedarse en la habitación de la niña a pasar las noches, o temprano en las mañanas, cuando ella se despertaba antes que nadie los ,fines de semana, y buscaba un libro y se volvía a arropar en la cama, y el gato se acomodaba sobre la colcha del Rey León, entre sus piernas.
La historia de Udo es un poco más larga. Vivió suficiente tiempo en esa casa hasta que ella se fué, se vino, ya no importa, a Argentina. Sus papás estaban tan encariñados con los gatos que los trajeron también, junto con todo el menaje de casa en el que entre todas las cosas que había, los empacadores contaron mil diez libros. Udo se murió un día en la casa de Urca, no recuerdo muy bien la situación. Supe que padre le practicó una autopsia y descubrió que tenía cáncer en el hígado. Muchas cosas deben haber muerto con nosotros en ese viaje, hasta llegar a esa casa y después, pero esa es otra historia y hoy no es un muy buen día para contarla. Junto con Udo también vino el gato Jack, nombrado así por su parecido con Jack Nicholson, otra historia más, casi de vaqueros. Él no se murió en esa historia, sino como un verdadero cowboy, lejos de todo, en el exilio del exilio del exilio del exilio. Un héroe en mi memoria y en la de mi familia. El mejor compañero que tuvo mi abuela hasta el día de su muerte y un respetable huésped en la casa de Hori Bevaqua, el dueño del Chanchi, otro gato heroico cuya historia ya fue escrita, de su viaje y su retorno. Jack no volvió nunca, como en las historietas o las películas de vaqueros, en las que un grupo de indios se aleja hacia el ocaso al final del último capítulo y los vemos de espaldas, yendo hacia el Norte, sabiendo que nunca más nuestros destinos volverán a cruzarse de nuevo, ni siquiera en cuentos o al menos no en éste.