miércoles, 26 de febrero de 2014

El Rey Del Pasto I

“Éste es el Cordero de dios que quita el mundo del pecado,
La Comunidad del Gatillo” dice El Rey Del Pasto envuelto en una funda de poliuretano negro
con su corbata de lana
y su corona de pasto, cobijado por el municipio del estrellato,
entre bloques de hielo seco
recita una sambita. Ademanes.
Taconan sus membranas aladas al lado, la vecina en lo alto
no usa bombacha,
se sonrojan. Los tacones de arriba. Se chupa los labios mas el techo es trellado
y de cemento
y se la baja.
El Rey no se equivoca, grita “¡Alfredo!”
Abordo de una silla de ruedas automática viene al palo
por el corredor un viejo gringo,
una botella en cada mano,
le tira un bourbon entero cosecha 1917 y otro 1984 entre las pelotas al Rey Del Pasto
y le ofrece bombones, platos de besos robados. En el Hotel Centurión los platos de porcelana
barata
son blancos pero tienen un sello
verde tirolés
como el pasto, con la vela de una goleta
La Victoria grabada entre doce enormes tentáculos, el oleaje se crispa a los costados.
El capitán gatilla su arma y se vuela la cara de un plomazo,
y antes de sumergirse en las profundidades alcanza a ver la bitácora batida de sesos y larvas de parásito,
se mira boquiabierto las mandíbulas,
los dientes blancos,
sus raíces, nervaduras extirpadas,
el sabor del agua salada
y se despierta. Ríe. Dice en voz alta “El Rey Del Pasto. Qué condenada resaca”.
Desayuna con pan, cerveza de malta, se lleva una banana a la cama y La Victoria lo arrulla. En esta ocasión el capitán sueña sólo
-o casi- nada.