jueves, 25 de febrero de 2010

Los navieros

Como en un cuento de espantos, un pensamiento gótico tomó por rehén su lucidez. Así llegan estos, como peces hambrientos, enguyendo todo lo que hallan frente a sus bocas.
Conoció algunos que habían creído encontrar el sentido de la vida resguardándose bajo el título de genios. Esa clase de humanos que se colocan sobre los otros, atribuyéndole a una lógica pesimista su coherente montaje para la comprensión de todas las cosas. Desde su punto de vista sólo mentían; hacían quedar a los demás como idiotas fundamentando haber entendido el universo. El capitán sospechaba que, más que entender, se habían dado por vencidos. Bastarse a sí mismo para justificar la vida era de una soberbia extrema.
Estaban también los que no importan. Esos a los que se les podría tachar con una cruz y súbitamente desaparecerían del mapa, cayéndose por el borde hacia el vacío. A veces él mismo se sentía de ese modo, inocuo. Incapaz de contemplar a una tortuga, recibir un abrazo o hablar con dios.
Pero hay seres que por uno u otro motivo deciden darle importancia a otros y, desde niño, el velador del faro lo había elegido a él entre todos los demás niños del pueblo para que fuera su aprendiz. Frotándose un empeine con la planta del pie, mirando hacia abajo, cuando todos se hubieron ido, él preguntó al adulto.- Por qué yo. Hay muchos otros chicos, pensaba. Los que tienen bicicletas son más rápidos, el hijo del albañil es fuerte: lleva carretadas de ladrillos todos los días. Podía pensar al menos veinte buenas razones para darle el lugar a otro chico. He observado cómo miras el mar-. Le dijo el torrero.- Eso me gusta de ti-. Eso lo hizo sentir especial.
Durante su vida encontró, no muchas, personas diferentes que lo hicieron sentir especial por diversos motivos y él también halló cualidades hermosas en toda esa gente y a lo largo del tiempo se convirtieron en sus afectos. No importa que uno no sea especial. Lo importante es que haya otros capaces de descubrir en uno formas nuevas de ser. Rasgos que nos conecten y a la vez nos distingan.
Descubrir los encantos de la empatía lo involucró en un mundo donde el sentido de las cosas recaía en eso. Tuvo maestros, estuvo enamorado, hizo amigos que quiso como hermanos. Y gran parte de su juventud y su vida adulta se construyó sobre esos cimientos. Tampoco tardó en darse cuenta que de la mano del cariño conviene la decepción: podía recordar tardes lluviosas, sentado en las escaleras de un callejón suplicando a voces a la tormenta para que lo lavara del todo, que lo lloviera entre lágrimas y mocos convirtiéndolo en el puro plasma que la tierra caliza no tardaría en filtrar hasta las profundas cavernas de la tierra. Y entonces creía estar seguro que aquel llanto era culpa de la mujer, del traicionero o del que toma las cosas a la ligera pero conforme arreciaba el agua y él se imaginaba haciéndose parte de la corriente que bajaba hacia el mar, lloraba con más vehemencia sintiéndose solo, aunque fuera de agua. Aunque fuera lo que fuere. Conmovido por una angustia más viva que su propia sangre y arraigada en el alma. Descubriendo que el alma es eso que hiere. Uno mismo con su conciencia de sí. Confundido ahora entre los que se sienten únicos, los que son y los que no lo son.
Todos estos años han pasado y ahora ese ímpetu oscuro como un cofre mellaba el filo de su mente. Incluso sabiendo que dejarse caer al foso sólo conduce más adentro, tratando sin eficacia de asirse, de procurarse primero del recuerdo de esos otros con los que había conocido la dicha y la gracia, descartándolo por lejano, por trunco, por finito, inasible él siquiera por el valor que esas otras almas le hubieran atribuido que no importaba ya, incapaz de asignarse con algún rasgo que él y sólo él pudiera encontrar en sí mismo para cobrar importancia, para convencerse de su propia trascendencia. Qué hace ahora solo en aquel buque en el medio del agua y qué se supone que vale la pena de esta travesía.
Pensó en los muertos. En sus padres y sus abuelos. Tuvo miedo como si fuera un niño. Quizás la muerte hiciera cesar esta vacuidad. Esa era la única dirección que nunca había tomado y cualquier rumbo cuando uno lo fija, espera que le conduzca lejos de las tinieblas.
La Victoria rugió su quilla contra las olas. Bajo ese artefacto de metal, bruñido por los brazos de cientos de hombres, se hallaba el infinito mar.