viernes, 3 de abril de 2009

Los nietos

El mundo era otro ayer, antes de ayer, antes. No queda nada de eso más que las historias que el abuelo te cuenta mientras calienta el agua para el mate a la hora de la siesta los días que afuera llueve o hace muchísimo calor. La ventana abierta, escoger entre dulce o amargo y las historias sobre la vida de unos hombres que ya están muertos. De dónde venían, por qué, los barcos, a dónde llegaron, qué cosas les pasaron aquí y qué de cosas les pasaron aquí. Hicieron tanto que tú estás aquí sentada en esta silla. El abuelo, testigo ahí a tu lado cebando mate, te sirve uno y te lo da en la mano. Las yemas de tus dedos sienten apenas los bordes de las uñas de esos dedos de esas manos antiguas, iguales a las manos de los abuelos que él recuerda. Te cuenta tan atrás en el tiempo como le contaron a él, padre de tu más grande héroe, héroe de tu padre.
En ese mundo, que era el mismo que éste, vivían unos héroes. Serían de tu edad más o menos alguna vez. Ellos conocieron el hambre y el frío. Sabían cosas de las que tú jamás hubieras escuchado hablar si no fuera porque ellos se las enseñaron al abuelo. Él todavía las aprehendió y a tu padre se las enseñó como se enseña taquigrafía. Tu padre las aprendió. A ti sólo te las enseña ahora como a veces te enseña el dedo anular en el que le faltan dos falanges. Para que lo veas. No vas a aprender nada de nada, no vas a sentir lo que él sintió cuando perdió esa parte ni vas a tener que vivir el resto de tu vida enfrentando la dificultad de que algo te falte. Sólo vas a saber que al abuelo le falta una parte de un dedo de esa mano antigua que una vez fue joven como la tuya. Para ti el hambre sólo existe porque sabes que el abuelo de tu abuelo se llamaba Genesio. El abuelo, que está parado frente a ti, lo conoció.
Mañana va a llover, dice el abuelo cuando terminas de chupar el mate y la cocina se perfuma de nostalgia. Te puede explicar cómo lo sabe pero no puedes aprender a hacerlo ni él puede enseñártelo porque esas eran cosas de otro mundo, al que él perteneció cuando sus manos eran jóvenes, pero esas cosas ya no están en éste ahora que sus manos son antiguas. Hasta ese momento tú no tenías la más puta idea de que mañana iba a llover. Ahora lo sabes y también sabes que nunca vas a poder afirmar que va a llover con un día de antelación y de todas formas no te serviría de nada que te lo enseñe, por eso no lo hace. A tus nietos vas a contarles que tu abuelo tenía un abuelo que le enseñó cómo saber que al día siguiente llovería y tu abuelo y el abuelo de tu abuelo van a existir para ellos en tanto existas tú para contarles esa historia.
El día que te mueras habrá muerto la tataranieta de Genesio Foradini, y habrás sido el último testigo de su existencia. Y un poco antes, cuando tengas nietos, para ellos ya no va a haber ni siquiera una palabra que los vincule con tu tatarabuelo. Empezarán con tus hijos los chosnos y los tátara-tátaras. Ser el tátara-tátara-tataranieto de alguien no es nada. Cuando un abuelo muere, muere con él la existencia de su propio abuelo porque deja de existir el testigo, el vínculo.
Tal vez por la nostalgia o sólo para que lo sepas, el abuelo sigue hablando de su nono Genesio y tira un poco de la yerba del mate que ya se lavó. Y tú lo escuchas y lo miras con toda tu alma: Un día no muy lejano el abuelo se va a morir. Y tú también. Y sin embargo están ahí en la cocina tomando mate los dos juntos, entra el aire por la ventana y a ti no te falta nada.

2 comentarios:

josefina abalos dijo...

me en-can-tó este texto

cada vez que entro a este blog me sorprendo y me da un poco de culpa estar tan dejada con la escritura

pero, paradójicamente, la facu de letras no me deja tiempo más que para escribir trabajos prácticos y para leer toda la literatura que nunca leí y que siempre quise leer

supongo que va a servirme tanta información, aunque ahora no entienda bien cómo y para qué...

me despido lucía, abrazotes.

roberto foradini dijo...

entre en internet como por costumbre,escribi foradini casi al descuido,de pronto surge el nombre de mi abuelo que fallecio en el 42,de quien recuerdo su frente fria en la ultima despedida en mis 4 años,recuerdo un tio del mismo nombre(ñato para los intimos)y vuelven vivencias viejas casi olvidadas ,en las palabras de vidas jovenes y pienso que no se fueron,que persisten en nosotros.