martes, 15 de enero de 2008

El cenicero en pedazos o cómo descubrí el justo valor de mil y uno

Anoche rompí un cenicero de vidrio soplado. Ya saben, hay veces que uno rompe algo y puede ver cómo es que va cayendo, dando giros en el aire, despacio, hasta que

¡PAS!

(Entiéndase como los del hombre araña)

En un instante había siete metros cuadrados llenos de ínfimos fragmentos de vidrio y la cocina era un caos violento y cortante.
Poner de nuevo el espacio en un estado de por lo menos aparente orden, y de seguridad para los futuros sonámbulos en busca de un vaso con agua o para mi cachorro de sensibles cojinetes, me llevó más de una hora.
Me di cuenta de lo desestimado que ha llegado a ser el número mil. Yo soy generalmente exagerada y mando mil besos a las personas antes de colgar el teléfono. Para la mayoría de ellas, pensándolo bien, es otorgarles demasiado cariño.
Hay por ahí una expresión que jamás me he atrevido a usar porque el álgebra no ha sido uno de los lenguajes que domine; El fresísima.- ¡Te quiero mil!-
¿Qué significa eso? ¿Mil qués? ¿Cómo mil? ¿Comparado con qué o con quién? Entonces el querer a alguien se convierte en un valor algebraico, en una incógnita que bien podría ser X, que cuando antecede a un número significa que X se está multiplicando, y que al realizar la operación X1000 el resultado es igual a algo estúpido y abstracto que yo creo que no se debe parecer en nada a la cantidad de aprecio que se puede llegar a tener por alguien. Es por eso que para los de mente concreta, te quiero mil carece absolutamente de sentido, se vuelve una expresión muy poco creíble y la persona que lo enuncia se vuelve un sujeto sospechoso se no querernos en realidad.
Así que eran un chingo los pedacitos de cenincero, reducidos a partículas de vidrio, que quedaron en el suelo. Me acordé de cuando la gente dice que algo se rompe en mil pedazos. Suena a mucho “mil pedazos” para algunos objetos. Por ejemplo decir que un corazón que se rompe en mil pedazos no es muy atinado, aparte de que es un lugarsazo común. Se podría desgarrar, ya que es lo que le correspondería a un músculo, y los desgarres, en la mayoría de los casos, no generan pedazos de músculo repartidos por ahí. Además que mil en este caso, de nuevo se vuelve muchísimo más de lo necesario para expresar el dolor profundo que se quiere ejemplificar. Bastaría con un preinfarto o bien uno de esos novios de prepa que te dejan porque no eres tú, es él, para sentir verdaderamente horrible en el corazón, física o metafísicamente hablando.
Entonces, volviendo a la cocina, mil pedazos era muy poco. No soy buena para calcular multitudes, pero capaz que unos siete millones de vidriecitos cubrían el piso como si se tratara de una filosa milanesa gigante. Barrí como seis veces. Entre más vueltas daba, más pulverizaba aquel tapiz y cuando parecía que ya no quedaba nada, mi sexto sentido me dijo que mirara a contraluz. Era atemorizante.
No he mencionado que padezco de una grave enfermedad. Una vez estaba en el río y un grano de arena me entró al ojo. Un granito prácticamente invisible. Lo tuve ahí como cuatro o cinco días, hasta que regresé a la cuidad y el oculista me lo sacó. No les puedo explicar lo doloroso que fue. Ardía como si me apagaran una brasa en el ojo, me caían lágrimas que de tantas que eran ya no sabían a sal. No podía dormir, ni ver bien, ni estar al sol o a la sombra. Resultó que ese granito de arena me cortó la retina y estuve grave varios días. El doctor dijo que de no haberme atendido a tiempo hubiera podido perder la vista en el ojo derecho. Desde entonces sufro de cristalpedacitofobia o algo así. Me pongo loca cuando pienso que una de esas cositas puede llegar a alojarse en una parte tan importante de mi cuerpo. Imagínenme entonces, casi convertida en Rainman ante la sensación de siete millones de vidriecitos con el potencial de acabar en uno de mis ojos.
En mi casa hay como una ley que considero de la era de piedra (caray que es uno burgués) que implica que el que rompe algo es absoluta y totalmente responsable de recoger el desorden. Así que mientras mi familia miraba la televisión sin más apuro que el de preguntar desde el sillón si estaba yo bien, a lo que contesté que sí sabiendo que mentía, tuve que cerrar la puerta de la cocina para proteger al Tamashi que no tardaba en venir a ver si lo que se había caído era comestible y a partir de ese momento yo y mi crisis quedamos encerradas en el panic room.
Ya dije que barrí seis o siete veces sólo para descubrir que los restos más amenazantes del accidente seguían ahí, así que me puse unos guantes de goma (no tengo unos gogles, por eso no me los puse) y trapeé, mirando de ladito todo el tiempo, tres veces más. Cuando exprimía el trapo y sentía los crujiditos de esas cosas malignas que seguían rompiéndose más y más, quería llorar. Hoy considero que realicé un acto heroico.
Pensando todavía en que sería bueno tener unos gogles en casa, terminé de recoger y se acabó el asunto. Cuando me fui a acostar seguía pensando en el preciso valor de mil. Ahora que lo pienso dos veces me doy cuenta de la ironía del suceso. Deja tú el susto y todo eso. La vulnerabilidad. El poder de UNO. Un solo granito de arena en la situación precisa, en el momento preciso y precisamente a mí. Una sola posibilidad de que entre las millones de partículas de polvo de vidrio, una de ellas libre el obstáculo de las pestañas, resista el flujo de las lágrimas a como de lugar y con un poco de suerte (para ella) me deje parcialmente ciega para toda la vida. Algo tan chiquito.
Finalmente aprendo una lección que en primera instancia parece tonta, de la edad de piedra a lo mejor, como yo misma dije. Y sin embargo así pasa y hay cosas que uno cree que comprende y en realidad no es así, hasta que un suceso que podría no tener ningún significado, cumple función de desenlace de una historia muy larga o vieja o muy absurda y uno se queda silencioso, asintiendo con la cabeza, tomando en cuenta que la próxima vez obrará distinto. Sin vaguedades ni aspavientos, en la vida, así como en la literatura, siempre hay que darle a las cosas el valor justo.