jueves, 3 de enero de 2008

Crónica de año nuevo

Empezó el año. Parece necesario hablar de ello. Y es que en verdad, aunque la ciencia evolucione, aunque los que somos cabeza dura por un momento comprendamos que el tiempo no existe y que aún menos real es la manera con la que hemos escogido medirlo, eso rápidamente se nos olvida para volver a creer en el mito absurdo.
Pensar que un ochenta por ciento de los países del mundo utilizamos el mismo calendario y que ese mismo día somos miles de millones los que le atribuimos un fuerte sentido a ese momento en el que el que los relojes digitales se ponen en ceros y empiezan a contar los arbitrarios segundos de nuestro destino.
No hay nada como los rituales supersticiosos para confirmar lo mucho que nos importa. Faltaban cinco minutos para las doce cuando mi cuñada fue a la cocina y trajo veinte cacharritos con doce uvas para cada quien. Mi familia nueva celebra a lo grande, por lo que también se repartieron unas botellitas de champaña inividuales para todos los mayores de 18 años. Durante los sucesivos descorches ya era tanta la efusividad que yo me empecé a poner de simple (hace como cuatro años que recibo el año nuevo atacada de la risa). Para cuando estaban a punto de sonar las doce campanadas, la mitad de la familia estaba formada en el recibidor de la casa, equipados con maleta de rueditas que hay que hacer entrar y salir por la puerta tres veces para que el año nuevo traiga muchos viajes, Las uvas que hay que comerse (o embutirse) una tras otra al tiempo que suenan las doce campanadas y se pide un deseo, la botellita de champaña, que verdaderamente era nada más que un estorbo, un vaso con agua que hay que regar por el piso vuelto uno de espaldas para emular que no va a haber penas ni lágrimas en el futuro que se anuncia y un globo inflado con helio de cuyo listoncito pendía un pedazo de papel en el que cada quien había escrito sus deseos para enviarlos al cielo (que si llegara a haber mucho viento no se elevaría más allá del viaducto Tlalpan). Esta última representación era la que me parecía más relacionada con mi manera de ser y entonces media hora antes de todo el jaleo me había sentado muy parsimoniosa en la mesa del comedor, había sacado mi estuche de la escuela que siempre llevo en mi bolsa justo anticipando este tipo de ocasiones, y aunque los pedacitos de papel destinados a los deseos de cada quien estaban muy bien contados, mi cuñada me facilitó dos o tres más, con ese entendimiento que sólo se tiene entre los miembros de una familia y por medio del cuál ella supo de antemano que la aspirante a escritora merecía mucha más materia prima que el resto de los ejecutantes. El mensaje para el más allá, al que sí le eché ganas y no me parecía motivo de risa, llevaba consigo el auténtico deseo de la paz mundial, algunos remedos post socráticos región cuatro relacionados con la virtud humana (en especial la mía) y echando mano, no estoy muy segura si de la literatura barroca o de mi nulo conocimiento de la programación neurolinguística, todos y cada uno de los nombres de las personas que me acompañan en la vida, seguidos de una serie de sustantivos abstractos: abundante, bello, creativo, saludable. Y que todo eso llenara nuestras vidas. También escribí la palabra amor como quince veces (muchas de ellas pensando en sexo). Después me acometió la dura realidad y entonces pedí trabajo, pero en especial dinero, una musa de planta en la cocina de mi casa con un agudo sentido narrativo, paciencia y voluntad para honrar a mi tatarabuela que decía que sólo con esas dos cosas se llega al cielo, enfaticé mi deseo de que el dispositivo intrauterino me siguiera funcionando perfectamente en aras de no ser madre y que a dos o tres hijos de puta que conozco se los cargara la chingada. Para rematar deseé que la parte de mi familia afiliada al INSEN tenga varios años más de vida (porque vaya que le siguen sacando jugo) y volví a pedir salud para mi tía Nachi y mi suegra que batallan todos los días contra el cáncer de mamas y la diabetes, respectivamente. Terminé mi lista con un AMÉN así en mayúsculas, más por mi avidez romántico-latina que por el número de misas a las que he asistido en mi vida y luego escribí mi firma con tanta firmeza como en la solicitud de trabajo que había llenado para el DIF algunos días antes.
La enjundiosa fe que le puse al acto de soltar mi globo y verlo ascender a la estratosfera, hizo que el asunto de deglutir 12 uvas cual condones rellenos de cocaína perdiera todo posible sentido, aunque lo hice de todas maneras. Quedé debiendo lo de la maleta, más por la cantidad de tráfico que había en el recibidor que por falta de ganas. Lo del agua me pareció inútil ya que yo seguiré derramando lágrimas cargadas de ontología cada vez que puedo porque esa es mi naturaleza. Choqué mi homosexual botellita de champaña varias veces con todo el que se cruzó a mi paso y le propiné ocho millones de besos y abrazos a Julián, que por ser una ocasión festiva soportó mis altos niveles de ensimosidad mejor que nunca.
Ni en todas las pascuas, fiestas de quince, entierros teotihuacanos de la historia del hombre, se ha visto semejante cantidad de representaciones rituales a un mismo tiempo. Yo por supuesto, mientras hacía y miraba hacer, reía a carcajadas, que aunque podrían parecer irrespetuosas, por lo mismo del entendimiento familiar fueron bien recibidas y hasta resultaron contagiosas para algunos. No era que me estuviera burlando, sólo que ya se imaginarán que la escena era graciosísima. Creo que la risa era una especie de éxtasis dionisiaco, la catarsis que se espera que les suceda a los asistentes a un rito de esta envergadura.
Como a las tres de la mañana ya había dejado de reírme y Julián y yo partimos a la casa de mi compadre en la que se desempeñaba un ritual mucho más corriente y no por ello menos importante: emborracharse. Y ahí anduvimos emulando las festividades griegas, digamos chupando y neteando hasta mucho después de que saliera el sol. A la una y cuarto de la tarde del primero de enero del año en curso, nos despedimos del resto de la concurrencia que no se iba a ir a ningún lado por el simple hecho de que no podían manejar en aquel estado, y fuimos a cumplir con el compromiso de alimentar a las gatitas de mis padres, que estaban de vacaciones en Tequesquitengo. De ahí al Superama a echar en un carrito todo lo que se nos antojara y finalmente llegamos a la casa a comer hot dogs y a vegetalizar echados en el sillón de la sala, tapados con cobija y mirando una película de Bruce Willis en la tele y sin decirle a nadie, esperando que mi globo para entonces hubiera llegado a su destino.

3 comentarios:

Travije dijo...

Hola, comadre, qué gustazo verla a asté por acá, reestrenadita (no de re, sino de bien) y regustosa de hacerlo (va igual (qué eCsplicaciones) eso supongo)

Pues eso, que parece que nos vamos desgajando por los caminos, sin esperanza y sin compostura, y aquí y allí o allá juntamos trocitos de aquellos que nos llaman de uno u otro modo. Después nos vamos alejando y apenas somos motas endulzando o arruinando los recuerdos de las gentes. No cobra sentido más que el instante. Por eso me gustan los blogs. Más allá de las grandilocuencias o las torpezas, me dirían por ahí, mas allá de las pretensiones o las cosas mal hechas y aburridas, uno está detrás, como una suerte de fotografía, pero como del estado emocional, del estado corporal, del azul arriba y el gris debajo, la compañía y el cansancio o los ánimos cotidianos. Tal vez un escritor echa mano de esas cosas, pero en un blog son evidentes de ser tan descuidado el modo de decirlo, como más franco y menos rostro y más uno. Se nos cae la guardia de querer metaforear (mafaldizando) o solemnisear las historias. Eso me gusta y me gusta retemucho. Es como descubrir a un amigo muy serio e inocente riéndose de un chiste alburero o a una chica linda echándose un pedo o a aquel animal machote llorando con una canción de topogigio. No sé si me explique, conoces a las personas de otra forma.

Pues eso que ya no somos los sogemitas de ideas estrafalarias y hartas ganas de echar la tinta al viento, bueno, eso sí, pero con más calma y más mejores ideas, eso espero, y ya no seremos pero aquí andamos.

Un beso y un abrazo y nos estamos viendo pronto, comadre. (Adoro los gerundios)

Travije dijo...

por cierto, aquí soy travije nomás.

pensamientovisible dijo...

Luci, hermana cursilette (así de cursi será nuestro gentilicio?), felicidades por este blog y gracias por el torrente de cariños y rituales. Let's blog away!!!
Besos (color rosa, of course!)
Lux