domingo, 5 de septiembre de 2010

Mínimas porciones de honestidad

Ya falta poco para que los huérfanos vuelvan a dormir con la luz apagada. 
Antes que cualquier recuerdo, llevaba en mi cuello el collar en el que he seguido enhebrando las cuentas de tus días, y esta vez parecía que agosto iba a terminar por no terminar nunca. 
Mirando por la ventanilla, empecé a entender la intención de quien puso un domingo al final de todo, una tarde, igual a esta.
Quiero un techo para treparme a mirar el cielo los domingos.
Tengo la paranoia de que la gente cuchichea cuando bailo. También creo haber estado más lejos de casa que muchos de ellos; cuando escribo puedo darme cuenta: he pasado la mayor parte del tiempo tratando de justificar las mínimas porciones de honestidad de las que soy capaz. Esto sólo es más de lo mismo.
Nunca entendiste que mi manera de llevar la contra fuera haciendo lo que los demás evitan hacer solamente por llevar la contra. Quizá yo urdí ese diabólico plan... lo único que sé es que no fue gracias a ti que surgió la idea, así que trata de no ser tan estúpido. Aunque sé que la parte más cierta es con frecuencia la menos contundente.
Del mismo modo se hace de noche y sigo pensando en ti porque preservo la esperanza de encontrar a alguien que le encuentre un sentido a mi alma.
Deja la puerta abierta cuando salgas.