martes, 10 de agosto de 2010

El recurso soñado

Había grandes salones de luz pálida como la miel de maíz. Los pisos eran fríos. Escaleras por las que sólo pudimos bajar y las venas del mármol lechoso eran casi negras, rojas o azules como entrañas. Había cosas doradas. A lo mejor los marcos de los cuadros que hubiera en la pared, los listones que sostenían las cortinas, los candelabros en la superficie de los muebles, el pasamanos de la monstruosa escalera. No estaba sola sino que había otros conmigo. No estábamos preparados para la misión. Todo era demasiado grande. El techo de aquel sitio estaba por lo menos a diez metros de nuestras cabezas. De haber sido necesario abrir un cajón o manotear un picaporte, hubiéramos tenido que hacerlo entre dos o tres y de todos los que podrían haber estado conmigo sólo puedo asegurar que no somos -ni en sueños lo éramos tampoco- acróbatas, karatekas ni agentes secretos. Sólo nosotros, los mismos de siempre con lo bueno, lo malo y lo feo, enfrentando ese espacio, esa presencia que nunca pudimos ver pero que estaba allá arriba acechando; un ogro, la vehemencia del mal, las cosas que nos persiguen y de las que no nos podemos deshacer porque están adentro nuestro. Dejarlas atrás sólo es posible quitando, como quien arranca una costra, un pedazo que tal vez no sirve pero, de menos, va a doler.
No sé muy bien cuál era la misión. Sólo sé que debíamos sobrevivir a ese sitio. No perder a nadie en el camino, formar un equipo y ver por la seguridad de todos. Resistir a lo que fuera que estuviera allá arriba y en todas partes, con su frialdad y su blancura se filtraba despacio adentro nuestro. Nos hubiera convertido. Nos hubiera transformado en sal o en piedra alejándonos de toda posibilidad de volver a ser nosotros mismos, de volver a calentar nuestra piel o darnos un abrazo, de percibir la luz más vulnerable, esa que se enciende junto con la madera y que puede ser color de rosa, lila o crema como un durazno. 
Íbamos contra el reloj. Teníamos que salir de ahí y debíamos hacerlo rápido. No bastaba con salir por la puerta: afuera no había nada. No habría nada hasta que resolviéramos el asunto. Necesitábamos organizarnos. Teníamos que usar todos los recursos y las capacidades de cada quien. Teníamos algunas armas pero nos dábamos cuenta que no servirían de nada. Sosteníamos esos palos en el aire sólo para aferrarnos a algo, pensando que tal vez sería mejor agarrarnos de las manos. Llevábamos lo puesto, lo que uno siempre trae encima. Como mucho un cinturón, un reloj, un celular, un alfiler de gancho.
También pensamos en ceder. Hacer un círculo, apretados unos contra otros, las cabezas juntas, el calor de nuestros alientos, y despedirnos de todo ahí, en la penumbra formada por la fuerza de nuestros cuerpos, como una casa en ninguna parte, ahí... decirnos hasta nunca. Morir juntos. Con recuerdos, con amor.
Pero no lo hicimos. Necesitábamos una idea, un último intento. Las reglas eran esas, como las de un cuento de hadas o una historia épica.
Se me ocurrió una idea: desde algún dispositivo que no sé quién tenía o de dónde sacamos mandé un Twitter. Tampoco sé qué decía pero eso nos salvaba. Es gracioso.
Creo que lo que sucedió fue el hallazgo de la posibilidad de romper la ley de ese sitio de un modo tan simple, con algo tan al alcance, una ocurrencia que aplastaba toda la coherente y lo serio de ese mundo tan fácilmente como aplaudir sobre un mosquito. Tal vez esa fue la clave del éxito. Me hizo pensar en los recursos que tenemos y en lo importante que es cómo, cuándo y para qué los utilizamos sin importar qué tan bastardos pensamos que son. Yo ni siquiera tengo Twitter.
Hacía bastante que no posteaba. Pensé que valía la pena compartir esto.
Les mando besos.
Lu =)!