jueves, 4 de octubre de 2012

Tracción

No poder dormir sin esa voz callada. No saber qué hacer para conseguir olvidarle.
La mañana pide abrigo y despojo. Una suma de café y amargura de la que ya se conoce el sabor y no es rancio, todavía, aunque uno pensara que podría ser así. Ella ya no baila y fuma sin querer, ahuyenta a los insectos para que no molesten un sueño que no se ha concretado. El descanso o la muerte llegarán un día y, si la fortuna continúa de su lado para entonces, no ha de tardar mucho en acercársele.
Golpea la soga en el patio, con pesadumbre. Arrea delgados caballos que cansan la vista como para dejar de verlos. No quisiera encontrar sus costillas sosteniendo el cuero sarnoso, maravillan los cascos que aún truenan y trinan metalizando la espera. Que el asfalto vuelva a hacerse tierra, claman, que el brío vuelva y el brillo herrado enrojezca; también espera.
Un hombre pasa y vende tierra. La mujer es grande y olvidó sus anteojos. No puede trabajar, así que se excusa y regresa a casa buscándolos. Cuesta hallar lo que sea sin poder enfocar correctamente la vista. El hombre es ya viejo. Lee una novela sobre los recuerdos de infancia de otro hombre ahora también muerto. Estaría haciendo otra cosa de saber que la oscuridad está vacía y tibia aún de la piel desprendida de alma que yacía boca abajo cuando las horas no amanecían todavía.
Sirenas y policías. Ladrones. Vías del tren. Cada cual anuncia sonoramente su trayectoria abyecta dividiendo el espacio sin sentido, cortándolo en porciones que escapan las soldaduras; firmemente ocultando su titubeo.
Las cosas importantes se desgajan y gotean. El muro se revoca sólo con dinero, la gripe, en cambio, se diluye con el tiempo. La gente se ocupa en distraerse.